'La pérdida de olfato por coronavirus hizo que la carne me sepa a gasolina'
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Kate McHenry

'La pérdida de olfato por coronavirus hizo que la carne me sepa a gasolina'

Un fenómeno llamado parosmia ha dejado a algunos sobrevivientes de coronavirus en un mundo de esencias distorsionadas.
Kate McHenry
31 de agosto, 2020
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Perder la facultad de oler y degustar son dos síntomas asociados a la COVID-19.

Mientras muchos han recuperado sus sentidos, otros sufren un fenómeno llamado parosmia en el que tienen los sabores y olores distorsionados.

Para Kate McHenry, el agua de la pila deja un hedor horrible. Eso, junto a otro desagradable olor que destila al ducharse, significa que incluso el aseo se ha convertido en algo que debe enfrentar.

“Mi champú favorito tiene ahora el olor más asqueroso del mundo”, dijo McHenry.

Tras caer levemente enferma en marzo, esta inglesa de 37 años fue incapaz de oler algo durante cuatro semanas. Su sentido regresó poco a poco, pero a mediados de junio las cosas “empezaron a oler muy raras” y fueron reemplazadas por un “hedor químico horrible”.

Este hecho ha cambiado la vida de McHenry. Ha perdido peso, tiene ansiedad y añora el placer de comer, beber y socializar. Su problema es tan fuerte que este hedor le desborda incluso en lugares donde simplemente se cocina comida.

Le aterra pensar que ha perdido el sentido de olfato para siempre.

Kate McHenry y su pareja Craig Gordon.
Kate McHenry

Kate se siente culpable cuando su pareja le pregunta qué le apetece comer.

“Me encanta las buenas comidas, salir a restaurantes y beber con amigos, pero todo eso se ha ido. La carne me sabe a gasolina y el prosecco a manzana podrida. Si mi novio Craig se come un curry el olor es horrible. Le sale de sus poros y es difícil estar cerca de él”.

“Me entristezco cuando cocino en las tardes. Craig me pregunta qué quiero comer y me siento mal porque no hay nada que me apetezca. Sé que todo tendrá un sabor horrendo. Me asusta quedarme así para siempre”.

Comida que McHenry puede comer.

Kate McHenry
La pasta con queso es uno de los pocos platos que McHenry puede tolerar.

Las personas con covid-19 pueden perder su sentido del olfato porque el virus daña los nervios terminales de sus narices.

La parosmia puede producirse cuando esos nervios se regeneran y el cerebro es incapaz de identificar debidamente el olor real de algo.

Esta condición está habitualmente vinculada a los resfriados comunes, la sinusitis y las lesiones en la cabeza. Los que los sufren describen oler a quemado, humo de cigarro o carne podrida. En algunos casos el olor es tan fuerte que induce al vómito.

Aunque los profesionales reconocen que la parosmia es un signo de recuperación del olfato, para algunas personas puede tardar años en pasar.

Pasquale Hester

Pasquale Hester
Pasquale Hester afirma que lidiar con la parosmia le quita fuerzas.

Lavarse los dientes con sal

Para Pasquale Hester, también de Inglaterra, la pasta de dientes es uno de sus peores enemigos.

El gusto químico que desprende le produce tantas arcadas que ha empezado a lavarse los dientes con sal, que sabe normal para ella.

Como muchos otros afectados por coronavirus, pasaron semanas hasta que mejoró su sentido del olfato. Pero entonces comió curry por su cumpleaños en junio y se dio cuenta de lo distorsionado que estaba su gusto.

“Escupí la comida porque sabía a pintura. Algunas cosas se toleran mejor. El café, el ajo y la cebolla son lo peor. Puedo comer judías verdes y queso. Lo que me está pasando me afecta. No se lo desearía ni al peor enemigo”, dice Hester.

Lo que comer Pasquale Hester

Pasquale Hester
Un plato de judías verdes y queso es de lo poco que Pasquale puede comer.

Brooke Jones empezó con síntomas en abril y dio positivo por covid-19 una semana más tarde. Describe casi todo lo que huele como “carne podrida con algo sacado de una granja”.

Esta estudiante de 20 años hizo una lista de comida que puede tolerar: gofres tostados, pepino y tomate. Lo demás le disgusta.

“Trato de imaginarme el sabor de las cosas. Si como comida china, incluso si no sabe tan bien, me convenzo de que en realidad no está tan mal”.

Brooke Jones

Brooke Jones
Brooke Jones perdió el sentido del gusto y del olfato.

Impacto psicológico

Se desconoce el número de infectados por covid que han tenido parosmia, pero se estima que cientos de miles han perdido el olfato o gusto de forma temporal.

La profesora Claire Hopkis, presidenta de la Sociedad Rinológica Británica, advierte que hay una “creencia incorrecta generalizada” de que la pérdida de olfato por el virus es a corto plazo”.

“Sí, hay una gran probabilidad de recuperación, pero también muchas personas que perderán este sentido por un período largo de tiempo y ese impacto se está infravalorando“, agrega la especialista.

El olfato juega un rol importante en la memoria, el estado de ánimo y las emociones. Aquellos que sufren alguna disfunción se sienten recluidos.

“Cuando intento explicarlo, algunos piensan que es gracioso. Sé que las secuelas del coronavirus pudieron ser mucho peores, pero me afecta y asusta que nadie es capaz de confirmar si mejorará”, confiesa Jones.

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Cuartoscuro Archivo

Contaminación provoca que laguna de Bacalar comience a perder tonalidades

De acuerdo con una investigación de la UNAM, las tonalidades azules de la laguna empiezan a mostrarse verdosas y cafés.
Cuartoscuro Archivo
7 de julio, 2020
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Un estudio de la UNAM reveló que la laguna de Bacalar, en Quintana Roo, comienza a perder sus tonos característicos por el aumento del turismo y los desechos de agricultura que son vertidos en ella.

De acuerdo con los especialistas, las tonalidades de la llamada “laguna de los siete colores” comienzan a tornarse verdosas y cafés.

Actualmente, la laguna de Bacalar tiene el arrecife bacteriano de agua dulce más grande del mundo, mismo que estaría en peligro en caso de persistir el daño ambiental.

Lee: ¿Cuál es el riesgo de transmisión de COVID-19 en playas y piscinas?

“Es un tesoro que no hemos sabido cuidar; el turismo desordenado y la falta de tratamiento de aguas residuales están acabando ella”, refirió la encargada del estudio e investigadora del Instituto de Ecología (IE) de la UNAM, Luisa Falcón Álvarez.

La experta detalló que la arena blanca de la laguna y los diferentes gradientes de profundidad que le otorgan las siete tonalidades de azul, “han empezado a desaparecer de manera recurrente y se transforman en una coloración verdosa y café”.

Falcón señaló que en los últimos 15 años, la laguna de Bacalar pasó de recibir decenas de visitantes al año a más de 140 mil; un incremento que coincide con la llegada del sargazo al Caribe mexicano, el cual ahuyenta a los turistas a otros sitios, como Bacalar.

El aumento exponencial de turismo propició la improvisación hoteles y servicios, según la investigadora, todos inadecuados y sin regulación.

Actualmente, la ocupación hotelera en Bacalar es mayor al 85% durante todo el año, situación que ha acelerado el deterioro del entorno.

La especialista explicó que las grandes cantidades de nitrógeno y fósforo vertidas en la laguna favorecen el crecimiento del plancton, lo que deriva en el cambio de coloración.

“El problema se agudiza porque esta laguna es parte de la cuenca hidrológica, que constituye un corredor transversal costero de flujo de aguas superficiales y subterráneas que conecta al Caribe con otros cuerpos de agua”, agregó.

Los factores que han ocasionado el daño directo o indirecto en la laguna son: los asentamientos humanos no planificados sin tratamiento de aguas residuales; la presencia de materia orgánica humana en la laguna; los basureros a cielo abierto, y los fertilizantes utilizados en cultivos de la región.

Lee: Limpias y azul turquesa: así se ven las playas de Veracruz por ausencia de turistas

La experta dijo que también revisan la salud de las comunidades microbianas que forman arrecifes en la laguna, y que viven desde hace 9 mil años en la zona.

En entrevista para la Gaceta UNAM, Falcón comentó que este tipo de arrecifes son sitios muy frágiles, y que si bien comenzaron a recuperarse por el confinamiento por COVID, necesitan décadas para restaurarse en su totalidad.

Ante este contexto, las y los expertos universitarios trabajan en coordinación con la Secretaría del Medio Ambiente para determinar qué zonas se consideran perdidas y cuáles deben ser “núcleo de conservación”, con lo que se prohibirían las visitas y se establecería un control muy estricto de acceso.

Luisa Falcón aclaró que la comunidad científica está a favor del progreso económico y social, pero que éste “no debe estar peleado con la conservación del entorno”.

Con información de Gaceta UNAM.

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