Cuitláhuac, el poco recordado hermano de Moctezuma que derrotó a los españoles
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Cortesía Alcaldía de Iztapalapa

Cuitláhuac, el poco recordado hermano de Moctezuma que demostró que los españoles no eran invencibles

Poco mencionado en los libros de historia, este "guerrero invicto" fue el único que logró derrotar a las huestes de Hernán Cortés.
Cortesía Alcaldía de Iztapalapa
27 de diciembre, 2020
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Cuitláhuac, según un cómic recientemente publicado para conmemorar los 500 años de su muerte.

Cortesía Alcaldía de Iztapalapa
Un cómic recién publicado narra la vida de Cuitláhuac.

La historia de la conquista de México por los españoles se ha contado muchas veces y de muchas maneras.

Los nombres del rey mexica Moctezuma o del conquistador castellano Hernán Cortés les resultan familiares a la mayoría, pero, paradójicamente, hay un personaje central del que se ha hablado y escrito mucho menos.

Se trata de Cuitláhuac, hermano menor de Moctezuma.

A la muerte de su hermano en junio de 1520, Cuitláhuac le sucedió en el trono mexica y se puso al frente de la resistencia contra los invasores europeos, a los que derrotó en la llamada Noche Triste, causándoles numerosas bajas y expulsándolos de Tenochtitlán, la Ciudad de México actual.

Para Patrick Johansson, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y autor del libro “Cuitláhuac, señor de Iztapalapa y tlatoani de Tenochtitlán”, el heredero de Moctezuma “es importantísimo para los mexicanos porque fue el único que logró derrotar a los españoles en la guerra de la Conquista”.

En 2020 se cumplen 500 años de la muerte de Cuitláhuac, que sucumbió a la epidemia de viruela que se desató entre los mexicas tras la llegada de los españoles.

Aunque otra epidemia, la del coronavirus, ha ensombrecido la efeméride, se han organizado diversas actividades culturales para recordar y reivindicar su figura, descrita en un cómic reciente como “el guerrero invicto” del México prehispánico.

Quién fue Cuitláhuac

Sobre Cuitláhuac hay tantas dudas como certezas y los historiadores no han logrado rescatar completamente su biografía de entre la bruma del pasado.

Se sabe que nació en el último cuarto del siglo XV en Iztapalapa, hijo de Axayácatl, tlatoani o rey de los mexicas.

Fue tlatoani de Iztapalapa, una de las poblaciones que hoy conforman la Ciudad de México, cuya Alcaldía promueve ahora actos en su memoria y ha declarado 2020 como el año de Cuitláhuac.

Como capitán general de los ejércitos de su hermano Moctezuma, Cuitláhuac destacó en las campañas para someter a otros pueblos del actual México, algunos de los cuales se aliarían con las fuerzas de Cortés para luchar contra el dominio Mexica.

Este dibujo muestra una vista panorámica de Tenochitlan y del llamado "Valle de México".

DeAgostini/Getty Images
Este dibujo muestra una vista panorámica de Tenochtitlan y del valle de México, sobre el lago de Texcoco.

Al contrario que su hermano, Cuitláhuac receló desde el primer momento de los contingentes españoles y se mostró en contra de que Moctezuma, tlatoani de los mexicas, los recibiera en Tenochtitlán, la capital de su imperio. Pero Moctezuma se inclinó por no seguir sus consejos y recibió con honores a aquellos forasteros barbudos y provistos de armaduras.

Cómo venció Cuitláhuac a los españoles

Según el relato tradicional, en Tenochtitlán se vivió una revuelta general después de que el español Pedro de Alvarado ordenara matar a un grupo de guerreros locales aprovechando que se encontraban celebrando una fiesta en honor de sus dioses.

El episodio, ocurrido mientras Cortés combatía a otra expedición española enviada desde Cuba para capturarlo, pasó a la historia como la Matanza del Templo Mayor y provocó la ira de los mexicas, que sitiaron a los españoles en el Palacio de Axayácatl.

Igual que otros notables mexicas, Cuitláhuac había sido hecho prisionero por Cortés, que poco después lo habría liberado para que regresara con provisiones en un momento en que los españoles ya no encontraban qué comer. Cuitláhuac rompió su promesa de regresar y se puso al frente de la resistencia mexica contra los invasores.

Pero Johansson cree en otra versión: “Aunque las fuentes no lo digan, probablemente Cuitláhuac estuvo de manera anónima detrás de la sublevación y el ataque contra los españoles desde semanas atrás”.

Las crónicas españolas señalan que Moctezuma murió como resultado de las pedradas que recibió de su pueblo cuando, siguiendo órdenes de Cortés, salió a lo alto del Palacio a intentar apaciguarlo, aunque todavía hoy los historiadores debaten sobre la veracidad de esta versión, que no coincide con la que aparece en las fuentes autóctonas.

Sea como sea, lo cierto es que Cuitláhuac rompió con la política de su hermano y se puso al frente de una feroz resistencia contra los conquistadores.

Una representación de México-Tenochtitlan

Cortesía de Tomás J. Filsinger
Ciudad de México-Tenochtitlan comenzó como una isla conectada por canales a los pueblos vecinos.

Con Cuitláhuac al mando, los mexicas se impusieron en lo que los españoles llamaron la Noche Triste y cada vez más en México empiezan a llamar la Noche Victoriosa del 30 de junio de 1520.

Los españoles y sus aliados indígenas tlaxcaltecas tuvieron que huir de la ciudad. Muchos perecieron al encontrar bloqueados los puentes que cruzaban los canales y acequias que la rodeaban.

“La estrategia de Cuitláhuac fue muy inteligente”, concluye Johansson

Cuitláhuac fue proclamado sucesor como tlatoani de Moctezuma y a las pocas semanas se celebró su subida al trono en una Tenochtitlán de la que habían desaparecido las cruces cristianas colocadas por los conquistadores y engalanada de nuevo con ofrendas a los divinidades indígenas.

Según escribió el padre Francisco Javier Clavijero en su “Historia Antigua de México”, publicada en 1780, “es de creerse que los sacrificios que se hicieron en la fecha de su coronación fueron de aquellos españoles que él mismo hizo prisioneros”.

Pero su reino estaba ya herido de muerte. Solo una semana después del triunfo en Tenochtitlán, los mexicas eran derrotados en la batalla de Otumba, un episodio que, a juicio de Johansson, revela que “los mexicas tenían una idea ritual de la guerra”, que no logró imponerse a la “guerra moderna de los españoles”.

Cuitláhuac contrajo la viruela, enfermedad llegada con los europeos que diezmó a la población y a los ejércitos mexicas, y murió el 3 de diciembre, o a finales de noviembre según otras fuentes.

De personaje a oscuro a líder que reivindicar

En el Mexico actual, instituciones como la Alcaldía de Iztapalapa intentan que este indígena rebelde alcance por fin el papel que, a su juicio, le corresponde en el relato del pasado mexicano.

No será tarea fácil. La huella de Cuitláhuac en la historia se ha visto perjudicada por la escasa información que hay sobre él en las fuentes.

Cuitlahuac, representado en los "Códices Matritenses".

Dominio público.
Apenas hay información sobre Cuitláhuac, representado en esta imagen de los “Códices Matritenses”.

Son pocos los textos contemporáneos que hablan de él y son obra de los mismos españoles a los que combatió, como Bernal Díaz del Castillo, que lo menciona en su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, o el propio Cortés, que lo cita en las célebres “Cartas de relación”.

Para Beatriz Ramírez, cronista responsable del Archivo Histórico de Iztapalapa, “los escritores desde el siglo XVI, sobre todo los más españolizados, preferían hablar de los personajes que apoyaron al Ejército español antes que de alguien que le infligió una derrota”.

Un danzante con un traje prehispánico

Getty Images
Algunas comunidades han seguido recordando año a año la memoria de Cuitláhuac.

Pero la investigadora recuerda que entre varios pueblos originarios se ha honrado su memoria con ofrendas florales y otros ritos que han llegado hasta hoy, y reivindica al guerrero mexica “como un ejemplo de la defensa de la tierra del que se puede tomar ejemplo”.

Johansson destaca que “los textos españoles describen a un hombre inteligente y valeroso”.

“Mucho antes que su hermano Moctezuma, supo ver la amenaza que suponían los invasores para toda una cultura y una forma de vida, y por eso quiso hacerles la guerra desde el principio”.

Seguramente fue esa una de las razones que lo impulsaron a enviar embajadas a otros pueblos indígenas proponiendo una confederación contra los españoles, en una tentativa en la que Johansson aprecia el “primer proyecto nacional de los pueblos indígenas”.

¿Por qué fracasó ese intento?

Responde Johansson: “Los mexicas habían sido terribles a la hora de someter a los otros pueblos del México prehispánico”.


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Ilustración: María Victoria Rodríguez

La odisea de migrar cruzando cinco fronteras

A comienzos del 2020 dos médicas cubanas decidieron dejar su país para intentar vivir en EU. El camino para llegar a destino muestra lo difícil que es la migración en la región.
Ilustración: María Victoria Rodríguez
Por Javier Roque Martínez
21 de febrero, 2021
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El 20 de marzo de 2020, siete semanas después de haber entrado ilegalmente a México tras superar tres fronteras centroamericanas por puntos ciegos y no tan ciegos, M. estaba desesperada porque no encontraba trabajo.

– Nosotras caminamos el día entero –decía ese día, sentada en un Starbucks en el centro de la Ciudad de México-. Salimos de la casa a las nueve de la mañana y regresamos a las siete de la tarde, todo ese tiempo dejando solicitudes de empleo.

Lee: Migrantes de otro mundo, la gran travesía 

M. tiene 30 años y es alta, delgada, de tez bronceada y boca pronunciada. Después de trabajar en hospitales cubanos y venezolanos durante unos cinco años, decidió migrar a inicios de 2020.

Exactamente lo mismo ocurría con E. de 28 años y nacida en Camagüey, en la zona central de Cuba. Se conocieron en Venezuela, durante sus misiones internacionalistas, y desde entonces han emprendido camino juntas. Cuando regresaron a Cuba no aguantaron más. E. habló con  un amigo cubano en México para que le explicara cómo llegar. Así dio con “la contacto”, una guatemalteca con una red que cubre casi toda Centroamérica. Empezarían por Nicaragua, uno de los pocos países del mundo que no le exige visado a los cubanos.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

***

Cuando M. y E. aterrizaron el 14 de enero en el Aeropuerto Internacional Augusto César Sandino, en Managua, uno de los hombres de “la contacto” ya las esperaba en las afueras de la terminal. Ellas apenas sabían su nombre de pila, pero una vez que atravesaron la puerta de salida él las reconoció de inmediato. Tenía las fotos que ambas le habían mandado a “la contacto” antes de despegar en Cuba.

Un par de horas y 200 kilómetros de auto después, llegaban los tres a Somotillo. Las líneas más o menos modernas de Managua y sus alrededores habían ido desvaneciéndose hasta diluirse por completo en el paisaje natural del interior centroamericano: esa planicie verde que se pierde con la vista, interrumpida aquí y allá por pequeños pueblos o caseríos y atravesada siempre por largas carreteras interdepartamentales.

Por una de esas llegaron a Somotillo, un municipio viejo, vetusto, cuya atmósfera amarillenta recuerda el color de los paños blancos cuando han pasado muchos años guardados. No hay mucho desarrollo allí. Sus casi treinta mil almas viven mayormente de lo que dejan la ganadería, la agricultura, el comercio y el contrabando. Algunos de sus pobladores se dedican a pasar migrantes que buscan llegar a Estados Unidos, o al menos a México.

– Pero no pudimos pasar para Honduras –dice M.-. Estaba malo eso.

Aunque el plan inicial era que M. y E. siguieran camino lo antes posible, “la contacto” tomó la decisión de detenerlo. Ese mismo día, mientras ellas descansaban en Somotillo después de casi siete horas de viaje, 409 kilómetros más al norte, en pleno territorio hondureño, cerca de mil personas empezaban a concentrarse en las inmediaciones de la Gran Central Metropolitana de San Pedro Sula. Tenían la decisión de partir a pie hacia los Estados Unidos apenas clarease a la mañana siguiente.

Se cocinaba la primera caravana centroamericana del año y Honduras era un hervidero con los ojos de medio mundo puestos sobre sí. El gobierno hondureño llevaba tiempo cercando el negocio de los coyotes. Entre 2018 y 2019, casi ciento cuarenta personas fueron acusadas de tráfico ilícito de personas de aquel lado de la frontera. Ahora, con tanta cámara y patrulla allá afuera, hubiese sido más riesgoso que de costumbre. Lo más conveniente era esperar. Y esperaron.

– ¿Y qué hicieron en todo ese tiempo?

– Nada –dice M con una mueca de obstinación-. Estar ahí, en un cuarto, encerradas, esperando.

Sin salir a la calle para no atraer miradas indiscretas ni levantar sospechas, pasaron la mayor parte del tiempo pegadas a las pantallas de sus teléfonos, hablando entre sí o bien refrescándose en la piscina que había en la casa. Tantas imágenes de migrantes sudando la vida sobre el asfalto del mediodía y allí estaban M. y E., empezando el mismo viaje en una piscina.

Tras varios días,  el hombre de “la contacto” les dijo:

– Ya. Van a salir en la madrugada para Honduras.

Ni M. ni G. recuerdan qué día fue, pero sí que el viaje empezó de madrugada, bajo el manto cerrado de la noche nicaragüense. Sobre las tres de la mañana, un taxi llegó y se estacionó afuera de la casa. Luego de montarse con sus mochilas, el hombre dio la indicación al chofer y partieron rumbo a El Guasaule, uno de los puntos fronterizos que conecta Nicaragua con Honduras, a cinco kilómetros de Somotillo.

– Nos llevaron para la frontera, que es un lugar muy desierto, y ahí nos montaron en unos caballos –dice M.- Cada una en un caballo y con un guía.

Cuando M. dice “desierto” no se refiere a un desierto de arena, puesto que, a excepción del puesto fronterizo y sus alrededores, la zona de Guasaule es puro monte centroamericano. Quiere decir solitario. Al no tener papeles, tenían que cruzar por uno de los puntos ciegos de la frontera, uno de esos trillos alejados y pedregosos, abiertos a destajo entre la maleza, donde no se siente un alma. Sólo por esos caminos ocultos, casi jíbaros, hay cierta posibilidad de burlar el ojo vigilante de los militares.

Fue en la entrada de uno de estos puntos donde M. y E. se despidieron del taxi, conocieron a sus nuevos guías y siguieron camino a caballo.

– Recorrimos como cuarenta minutos más o menos, pero imagínate aquello a las tres de la madrugada: una oscuridad tremenda. Yo por lo menos estaba aterrada.

– Es que ella se quedó atrás atrás atrás –dice E.

– Niño, ¿tú te sabes el camino? –le preguntaba M. a su guía, asustada de no ver nada más allá de unos metros-. ¿Los otros dónde están?

– No se preocupe –la atajaba rápido el guía-. No se preocupe.

Para esas fechas hacía ya cinco meses que el gobierno hondureño había desplegado cuatrocientos agentes de la Fuerza Policial de Control Migratorio en la zona. En 2019, más de nueve mil indocumentados habían cruzado ilegalmente amparados por los matorrales. Día y noche, grupos pequeños de oficiales de camisa azul cielo y gorra y pantalón oscuros, armados con ametralladoras, peinaban el lado hondureño de la frontera como manadas de sabuesos. Aunque el año apenas iniciaba, cientos de migrantes, fundamentalmente haitianos, ya habían sido descubiertos en alguna de las veredas o intentando cruzar el río Guasaule. Todos fueron devueltos a Nicaragua.

– El del primer caballo iba haciendo señales con una linterna como cada veinte minutos y yo pensaba: no llegamos, no llegamos.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

***

Lee: Migrar bajo las leyes del COVID: las vías del tren volvieron a ser la ruta de migrantes

Ahora mismo M. está enfadada porque ha caído en la trampa de las empresas fantasmas de Ciudad de México.

– ¿No me ves los ojos todavía hinchados de llorar? Esto yo no lo concibo.

A las pocas semanas de haber llegado a México, cansada de entregar currículos por toda la ciudad sin ningún resultado, M. supo de una empresa que le podía pagar dos mil pesos mexicanos semanales por trabajar como consultora administrativa. Corta de dinero, pensó que era una oportunidad que no podía permitirse dejar pasar. Pero después de un par de entrevistas, conferencias y tests sicométricos, le pidieron 300 pesos para una credencial y le hablaron de una supuesta prueba de aptitud ante el trabajo, una prueba que consistía en vender perfumes.

Por suerte, ya un amigo le había alertado.

– Si yo voy a trabajar como consultora administrativa, ¿qué hago yo vendiendo perfumes cuando en la primera conferencia te dicen que el trabajo no es de ventas y que no te van a pedir dinero? No encajaba una cosa con la otra. Pero nada, me vieron cara de pendeja. Dijeron: ésta es una migrante necesitada, loca por trabajar, que no tiene dinero; ésta es perfecta. Y yo ahí, con más fe que el Papa.

***

El cruce de la frontera por El Guasaule no duró mucho más de cuarenta minutos. La pequeña caravana de M. y E. no tropezó nunca con ningún retén, ni siquiera en las cercanías del río, que corre de este a oeste justo en el medio de una franja descampada estrecha pero al descubierto.

No lo sabemos con certeza, pero es muy probable que hayan entrado a Honduras por El Triunfo. De los municipios del departamento de Choluteca, el más al sur, ninguno tiene identificados más puntos fronterizos ciegos que este. Lo que sí sabemos es que del otro lado las esperaba un hombre que, luego de montarlas en una de esas motocicletas adaptadas para varias personas, las llevó para una casa. Allí, sentadas en el patio, sin probar bocado, sólo agua, esperaron hasta las seis de la mañana. A esa ahora abordaron un bus que las dejó cerca de la Oficina Regional de Migración de Choluteca.

– ¿No les preguntaron nada en el bus?

– No –dice M.-. Ahí ya todo está cuadrado. El chofer sabe que somos migrantes y dónde tiene que dejarnos.

– Eso es como un negocio bien planeado, ¿ve? –dice E.-. Nosotros teníamos hasta la foto de la guagua que nos iba a recoger.

– ¿Había más cubanos?

– Dos más –dice M.-. El resto eran todos haitianos, migrantes también.

En efecto: la mayoría de los migrantes que entran a Honduras por la frontera sur de Choluteca son haitianos, africanos y cubanos. Muchos prefieren no pasarse por las dependencias del Instituto Nacional de Migración, seguramente por miedo a ser deportados, pero “la contacto” prefiere que sus clientes sí lo hagan. Salvo que haya un inconveniente mayor, Honduras facilita un permiso para continuar camino a quienes entran ilegalmente al país.

M y E. fueron anotadas ese día para ser atendidas una semana después. Mientras tanto, hicieron lo mismo que en Somotillo: pasar los días encerradas en la casa de uno de los contactos de “la contacto”. Descansaron, comieron, vieron series, conversaron con sus familias. El jueves siguiente regresaron a la Oficina Regional de Migración, dieron sus huellas, fueron al banco, pagaron la multa, volvieron, prestaron declaración y listo. Tenían luz verde para seguir el camino protegidas por la ley.

– Salimos como a las cinco y pico de la tarde y como a las siete nos montaron en otra guagua para Guatemala –dice M.

***

Los 2.300 dólares que debió pagar cada una para que la llevaran desde el aeropuerto Augusto César Sandino, en Managua, hasta la Plaza Garibaldi, en Ciudad de México, los consiguieron trabajando en Venezuela, donde estuvieron un par de años como parte de las misiones internacionalistas que Cuba tiene en ese país y en tantos otros.

–Eso incluye hospedaje, comida, guía, todo. Mínimos gastos que uno hace aparte, como las líneas de teléfono para estar comunicados, el agua, el refresco extra. Nosotras mandamos el dinero para Estados Unidos y lo íbamos pagando por tramo. “La contacto” nos decía: “tienen que pagar ahora tanto”, entonces E.  le escribía a la persona que tenía el dinero y le decía deposítame tanto, con una clave, para que no nos fueran a extorsionar o algo. Porque es un peligro andar con ese dinero arriba.

– Y nosotras éramos dos mujeres, que como quiera que sea somos más vulnerables –dice E.-. Pero eso está bien coordinado. Ellos te cuidan porque ellos saben que ese es su dinero, su negocio.

***

El trayecto desde Choluteca hasta la frontera de Guatemala duró cerca de catorce horas, en las que pararon unas tres veces: dos por retenes policiales, otra, ya de noche, para comer arroz con pollo y ensalada. Después de una noche larga e incómoda, llegaron a su destino sobre las siete de la mañana. Allí estaba “la contacto” esperándolas, prefieren no hablar de ella, como tampoco de ninguna de las personas que le trabajan entre Nicaragua y México. Apenas dicen que se trata de una muchacha, lo que significa que no debe superar los cuarenta. Nada más.

– Nos dijo: “Los míos vengan para acá. Se van con él por ahí. Arriba, apúrense” –dice E.

“Los míos” no eran solo M. y E. Otros nueve cubanos habían llegado por rutas diferentes hasta aquel mismo punto de la frontera. A partir de aquí continuarían camino juntos, al menos durante un trecho. “Él” era el guía que los cruzaría hasta el otro lado de la montaña. Nadie les había dicho que debían atravesar montañas, pero en estos casos no hay elección. Además, era la mejor forma de burlar la vigilancia en las carreteras.

“La contacto” no iba con ellos. Seguiría en su auto para recogerlos al descenso.

– ¿Cómo fue la experiencia de atravesar montañas?

–Imagínate –dice E.

A diferencia de M., que es alta y menuda y tiene –al menos en teoría- más posibilidades de resistir una escalada, E. es de extremidades cortas y complexión regordeta.

– Ella se tuvo que poner la mochila mía, porque yo no podía –sigue E.-.

– Y yo: “vamos que si nos quedamos aquí, en medio de este monte, no nos encuentra nadie”. Él iba a una velocidad que ni Usain Bolt. Es que está adaptado. Imagínate a cuántas personas pasará a diario por esas montañas. Para él eso es nada, un paseo.

El “paseo” duró cerca de cuatro horas subiendo y bajando lomas a un ritmo inconcebible. Apenas tuvieron descanso. En dos ocasiones ellas tuvieron que detenerse a tomar agua, sobre todo E., que llegó a ponerse muy mal, con fatiga. Luego tuvieron que apretar el paso para no alejarse del resto del grupo.

– Uno lleva una vida tan sedentaria en Cuba, de la casa al trabajo, del trabajo a la casa, luego viendo la televisión o Facebook, que al subir esas montañas yo estaba muerta –dice E.-.

Finalmente, cuando llegaron al otro lado, “la contacto” ya esperaba por todos junto a otro auto. Los once cubanos se apretujaron como pudieron al interior de ambos y emprendieron camino a un hotel, donde estuvieron hasta las ocho de la mañana del día siguiente. Cuando se bajaron de los autos y entraron nadie les preguntó nada. Como si fueran invisibles.

– Ahí tú pasas y ya, todo está comprado –dice E.-. A ti ni te ven.

– Lo que hicimos fue llegar a acostarnos, que estábamos muertas de cansancio –dice M.-. Entre las 14 horas de viaje la noche entera dando rueda más después todas esas montañas, ¿tú sabes cómo llegamos al  ?

El sábado en la mañana, después de llegar a la frontera con México en bus junto a otros cuatro cubanos y atravesar un pequeño río en bote, subieron a unos camiones.  Luego, seis horas y un pequeño trayecto en motos hasta a una casa en Villa Hermosa, la capital de Tabasco, donde pasaron la noche. El domingo fue mucho más movido. Desde las seis de la mañana, cuando salieron, hasta cerca de la medianoche del lunes, viajaron en un pequeño bus, luego en un taxi, pasaron la tarde en una casa y retomaron camino en una camioneta que los dejó en un puente, junto a un guía. Se suponía que un auto los recogería rápido, pero se quedaron varados allí durante cuatro o cinco horas.

– Ni idea de dónde estábamos –dice M., que solo recuerda el sonido de los monos, los mosquitos y al guía diciendo que cerca había cocodrilos-. El carro llegó como a las diez de la noche. ¡Qué estrés!

Finalmente, el auto los recogió y los llevó para otra casa en Tabasco, donde pasaron esa madrugada y dos días más. No habían probado bocado en horas y estaban hambrientas. Como siempre, pasaron todo el tiempo dentro, sin salir, generalmente viendo películas o capítulos de series de Netflix. A las tres de la tarde del tercer día se montaron en una rastra de la que no se bajaron hasta la mañana del día siguiente. Además de ellas y el chofer, iban también dos muchachos hondureños. Durante todo ese tiempo se toparon con cerca de seis retenes.

– Ustedes tranquilos que de aquí no me los baja nadie –les dijo el chofer desde el inicio-. Yo respondo por ustedes. Lo que haya que pagarles a los retenes yo lo pago.

–Eso nos dio cierta tranquilidad –dice M.-. Cuando íbamos a pasar por un retén el hombre nos decía: “acuéstense”, y nos teníamos que acostar bien bien planitos en la cama del camión, hasta que ya pasábamos. Solo hubo una vez en que él tuvo que bajarse y darle cinco mil pesos mexicanos.

Llegaron a Ciudad de México sobre las siete de la mañana del día siguiente. Justo donde se detuvo la rastra las esperaba un taxi, que un rato después las dejó en su destino final, uno de los hoteles que se encuentran en la Plaza Garibaldi. Allí las esperaba una amiga de E.

Nueve meses después de nuestra entrevista, M. está en los Estados Unidos, con su hermana, aunque no sabemos a ciencia cierta cómo llegó. E. sigue en Ciudad de México, donde consiguió trabajo como fisiatra, donde gana lo suficiente para lo que le hace falta.

Ilustración: María Victoria Rodríguez

 

Esta crónica fue escrita en el Laboratorio de Periodismo Situado coordinado por Cronos, aquí puedes leer la publicación original. 

 

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