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El empresario que gastó más de un millón de dólares para vivir 180 años

Se inyecta células madre en el cuerpo, electrodos en la cabeza, toma baños de luz infrarroja y nitrógeno. Así vive el empresario Dave Asprey, fundador del café Bulletproof, cuya receta proviene de Tíbet.
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26 de junio, 2019
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Dave Asprey planea vivir hasta los 180 años. De verdad, no es una broma, él está convencido de que puedo lograrlo.

“No creo que sea ciencia ficción”, dice el empresario estadounidense de 45 años, fundador de la marca de culto de café, Bulletproof.

“Alguien tiene que hacerlo, y yo estoy dispuesto a morir intentándolo”.

Mientras mucha gente lo describe como un excéntrico, Asprey se define como “el primerbiohacker profesional del mundo”.

Un biohacker es una persona que usa la ciencia y la tecnología para intentar mejorar su salud “pirateando” o “hackeando” su propia biología, a menudo haciendo cosas que el resto de nosotros consideraríamos un poco locas.

Y el régimen al que ha sometido a su cuerpo no decepciona. Su búsqueda de la inmortalidad lo ha llevado a que le extraigan parte de la médula ósea cada seis meses, para conseguir algunas de sus células madre y luego inyectárselas en todo el cuerpo.

Dave Asprey

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Asprey mantiene un estricto régimen de ejercicios.

También usa parte de su tiempo en una cámara de crioterapia, que utiliza nitrógeno para enfriar su cuerpo. Y como si fuera poco, se da “baños” de luz infrarroja y se pone electrodos en la cabeza.

Cuenta que ha gastado más de US$1 millón para mejorar el funcionamiento de su cuerpo y su cerebro.

El financiamiento de sus aventuras proviene de la popularidad de su marca de café Bulletproof, un producto que él califica como un biohackeador del cuerpo.

El café se hace con una inusual receta que requiere que los consumidores compren tres productos por separado: café, al que se le agrega mantequilla, y una forma purificada de aceite de coco.

Aunque se le podría agregar cualquier mantequilla o aceite de coco, él vende “la versión original”.

Asprey asegura que el producto puede ayudar a mejorar la salud física y mental de una persona. Y tiene sus adeptos.

Bulletproof

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El empresario asegura que su receta de café ayuda a mejorar la salud mental y física.

Desde que Asprey comenzó a vender el producto en 2012, estima que se han consumido más de 160 millones de tazas.

El exitoso emprendimiento ha conseguido inversiones por más de US$68 millones, dice Asprey, y se ha expandido hasta convertirse en una marca más amplia que incluye productos alimenticios como barras de proteínas, camisetas y libros de dietas.

Asprey ha sido objeto de duras críticas, especialmente de profesionales de la salud, quienes argumentan que el emprendedor no tiene ninguna certificación médica ni entrenamiento nutricional.

Y señalan que agregarle mantequilla al café no es saludable.

La idea del café se le ocurrió en 2004 mientras viajaba por el Tíbet.

Nacido en Nuevo México, Asprey desarrolló una carrera exitosa como ejecutivo de tecnologías de la información en Silicon Valley.

Pero con el paso de los años adquirió sobrepeso y se enfermó. Dice que en su peor momento llegó a pesar 136 kilos.

Tibet

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La idea del café Bulletproof se le ocurrió durante un viaje a Tíbet.

Como una forma de mejorar su salud, Asprey viajó al Tíbet para aprender a meditar.

Y mientras hacía una caminata por la montañas, le ofrecieron una taza de té con mantequilla de yak (un pariente del búfalo y el visón).

“Después de tomarlo me di cuenta de que mi cerebro se sentía mejor“, dice.

Después de volver a California, comenzó a experimentar hasta llegar a su propia versión del brebaje.

El emprendedor asegura que toma su café todas las mañanas y que le ayudó a “cambiar mi vida y perder 45 kilos”.

Yak

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En vez de utilizar leche de yak, Asprey usa mantequilla de vaca.

Desde que nació el negocio en 2012, su crecimiento fue gradual, hasta que en 2016 las ventas aumentaron cuando comenzó a distribuirlo en la cadena de supermercados Whole Foods Market.

Jonny Forsyth, investigador del grupo Mintel, dice que aunque los cuestionamientos al café Bulletproof persisten, la marca ha logrado ser bastante influyente.

“La ciencia detrás de los beneficios para la salud del producto sigue siendo difusa”, explica.

“Pero tiene una poderosa narrativa para los consumidores“.

Dave Asprey

Dave Asprey
Bulletproof ha sido objeto de duras críticas.

Sin embargo, Aisling Pigott, nutricionista y portavoz de la Asociación Británica Dietética, tiene una mirada crítica.

Nunca recomendaría el café Bulletproof, porque tiene calorías y grasa extra sin proveer ningún otro valor nutricional”, argumenta.

“No hay ningún beneficio en agregarle mantequilla al café”.

Asprey se muestra consciente de las críticas, pero apunta que otros profesionales dicen que las dietas altas en grasas -y bajas en azúcar- son buenas.

“Tenía artritis en mis rodillas y síndrome de fatiga crónica. Tenía disfunción cognitiva y estaba bajo el riesgo de un ataque al corazón. Era pre-diabético y me sentía terrible todo el tiempo”, cuenta.

“Logré cambiar todo eso”.

Asprey además destaca que, a diferencia de las dietas modernas, su producto está basado en un costumbre tibetana ancestral.

“Me siento bien de ser parte de una dieta con más de 4.000 años”.


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#YoSoyAnimal
Manu Ureste

Con gritos, insultos y algunos argumentos: así debatieron opositores y seguidores de AMLO

Los ciudadanos que marcharon en protesta por la situación del país y los simpatizantes de López Obrador debatieron en plena calle sus puntos de desacuerdo.
Manu Ureste
2 de diciembre, 2019
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-Acompáñenme al Museo de Memoria y Tolerancia. Allí nos daremos todos un abrazo. 

La invitación a “la unidad y a la tolerancia” la hizo el activista chihuahuense Julián Lebarón para poner fin al mitin que él y su hermano Adrián dieron en la explanada del monumento a la Revolución, en la Ciudad de México, donde marcharon ciudadanos para protestar contra la violencia y también para exigir al presidente Andrés Manuel López Obrador justicia, crecimiento económico, y mejores servicios de salud. 

Pero a algunos asistentes la idea no les convenció: una cosa era protestar en el Ángel y el Monumento a la Revolución, a varios kilómetros de distancia de los miles de simpatizantes del presidente López Obrador que se reunieron en el Zócalo para dar su apoyo al nuevo Gobierno, y otra marchar hasta el Museo de Memoria y Tolerancia, a unos pocos cientos de metros del Zócalo; el territorio del presidente. 

El riesgo de colisión era alto. Aún así, un tercio de los manifestantes decidió continuar la protesta y caminó con los Lebarón en dirección a la Alameda. El resto, la mayoría, replegó banderas y pancartas, y se dispersó por entre las laberínticas calles próximas a la Plaza de la República luego de más de tres horas de protestas.

De camino al Centro Histórico, y ante el giro inesperado de la marcha, un puñado de agentes de tránsito comenzaron a hablar en clave por radio para tratar de improvisar lo más rápido posible un mínimo cinturón de seguridad ante la posibilidad de que las dos manifestaciones se encontraran en el trayecto.

De hecho, los dos bandos no tardaron en cruzarse. 

A unos metros de la Plaza de la República, a la altura del antimonumento de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, entre paseo de la Reforma y Bucareli, la marcha de oposición escuchó los primeros gritos de ‘fi-fís’, el término que el presidente utiliza para descalificar a los neoliberales y a sus adversarios políticos, y otros insultos como ‘vende patrias’. 

Como réplica, del lado opositor salieron disparadas rechiflas y gritos cambiando el clásico lema ‘Es un honor estar con Obrador’ por el de ‘Es un honor estar contra Obrador’. Todo, en una amalgama de gritos que se confundían en una masa sonora amorfa. 

Ante estos primeros intercambios de insultos, la consigna de quienes caminaban junto a los Lebarón fue insistir en “no caer en provocaciones” y evitar cualquier enfrentamiento. Incluso, Benjamín tomó un micrófono y pidió en un punto de la caminata que ya no se lanzaran consignas contra el presidente López Obrador y su Gobierno, puesto que la marcha buscaba la “unión contra la violencia”.

“Los verdaderos enemigos son los sicarios -se desgañitaba por su parte Adrián Lebarón-. Ellos no son mexicanos”. 

Sobre las 14.15 horas, la práctica totalidad del contingente ya se arremolinaba frente a las puertas de hierro que dan acceso al edificio del Museo de Memoria y Tolerancia, a unos pocos pasos del Hemiciclo a Juárez. 

Allí, la familia Lebarón colgó una enorme lona con las manos pintadas de niños que pertenecen a su comunidad en Chihuahua, en recuerdo de los seis menores que fueron asesinados el pasado 4 de noviembre, junto a tres mujeres, en el municipio de Bavispe, en los límites entre los estados de Sonora y Chihuahua. 

Durante varios minutos, en los que los activistas chihuahuenses volvieron a pedir la unión para enfrentar la violencia sin importar ideologías políticas ni colores partidistas, el ambiente se relajó. Hasta que, una vez que terminó el mitin de López Obrador en el Zócalo, muchos de sus simpatizantes regresaron caminando por la Alameda y se encontraron de frente con los integrantes de la marcha opositora. 

Al principio, las consignas y los insultos fueron tímidos. Algunas personas, ataviadas con banderas de Morena, gritaban ‘Obrador, Obrador’, y seguían rápido su camino entre risas. Otra mujer de la tercera edad se acercó a los manifestantes y les espetó un ‘wákala’, ‘fuchi’ y también continuó con su camino sin que nadie la tomara en serio.

Diálogo de sordos

Hasta que la tensión escaló. 

A unos pocos pasos del Museo de Memoria y Tolerancia, un grupo de personas comenzó a gritar con mucha más intensidad el nombre del presidente y consignas como “nunca más un gobierno rico y corrupto”, a lo que los opositores les respondieron con insultos, la acusación de ser “acarreados” y “borregos” del gobierno, y el grito de ‘¡México, México!’.

Los agentes de tránsito se miraban unos a otros con el semblante grave de los momentos tensos. 

Junto a ellos, y rodeados por una masa de camarógrafos, fotógrafos y reporteros, dos personas se escupían argumentos a favor y en contra del nuevo gobierno, en un bizarro diálogo de sordos. 

“AMLO es el mejor presidente que ha tenido México”, gritaba uno golpeándose el pecho. 

“Es un dictador y un fraude”, le respondía el otro mostrándole una pancarta en la que exigía al mandatario que “respete la democracia”. 

En el mismo lugar, a solo unos pasos, otro grupo de antagonistas hacía lo mismo: gritarse nariz con nariz y a vena en cuello, hasta el punto de que uno de los manifestantes abofeteó al otro dándole un ‘llegue’ con la manga de un jersey. 

Muy cerca, otros dos hombres septuagenarios se gritaban reclamos acerca de casos de corrupción del gobierno pasado, y sobre qué ha hecho en el gobierno actual para no dejarlos en la impunidad.

-¡Escúcheme lo que le digo! -exigía uno de los dos. ¡El Gobierno de Peña era un gobierno corrupto y de rateros! Y ahora Obrador está limpiando la casa de todo ese mugrero que dejaron tantos años de gobiernos priistas.

-¡Cállese usted de una vez y escúcheme a mí! Y dígame: ¿qué ha hecho el nuevo gobierno con La Estafa Maestra, ¿eh? ¿Y con la Casa Blanca? -preguntaba el otro golpeando con violencia el suelo con un bastón. 

Y, junto a ellos, otras dos mujeres, una con una gorra del partido en el gobierno, Morena, y otra señora con una playera de Chalecos México, una de las organizaciones civiles que organizaron la marcha para criticar el primer año de gobierno de AMLO, también se reclamaban a gritos acciones y omisiones del actual Gobierno.

-La Cuarta Transformación empieza desde mi persona hacia la sociedad, para cambiar a este país. Dígame, ¿qué ha hecho usted por el cambio? -preguntó la señora de Morena-. 

-Lo que ha hecho la 4T es dividir a la Nación -replicó de inmediato la otra con el dedo índice en alto, apuntando al cielo-. Tenemos a un presidente que ha dividido a México entre fifís y el pueblo bueno, y eso no es de ser un buen presidente. Necesitamos a un presidente que gobierno para todos los mexicanos, y no nada más para los que le lamen la bota o le aplauden. 

-Pues sepa usted que ahora tenemos al mejor presidente que México nunca ha tenido, el único que está combatiendo de verdad a la corrupción. Ahora estamos mejor que nunca -volvió a replicar la señora de Morena, que ante el griterío dio por terminado el diálogo dándole “bendiciones” de manera irónica a su oponente, a lo que ésta respondió que las aceptaba de buena gana, “porque con esta violencia, créame, todos las vamos a necesitar”. 

Todos son mexicanos

La tensión duró unos minutos más, tal vez una media hora. 

Durante todo ese tiempo, la chispa estuvo prendida, aunque el choque de posturas no terminó con el temido estallido de la violencia. No hubo intervención policial, ni granaderos, ni agresiones de ningún bando, más allá de los insultos y de las acusaciones de señalarse unos a otros como ‘fifís’, los opositores, y ‘chairos’, los que apoyan al gobierno, o son de una ideología política de ‘izquierdas’. 

De hecho, hubo hasta momentos de concordia a pesar del calor del debate, como dos manifestantes, un hombre y una mujer que portaban la bandera tricolor, que empezaron gritándose insultos y terminaron el enfrentamiento con un apretón de manos y deseando, “por el bien de México”, que el nuevo gobierno logre abatir los niveles de violencia. 

Mientras tanto, en mitad de los gritos, algunos turistas asistían en silencio y curiosos ante la escena del hombre y la mujer. 

-¿Por qué peleaban? -preguntó alarmado un turista estadounidense a su pareja, una mujer que fotografiaba el momento de tensión.  

-Son opositores del gobierno y personas a favor del gobierno, que están discutiendo -contestó la mujer, en una respuesta muy básica.

-¿Pero, entonces, por qué llevan la misma bandera? -insistió el turista.

A lo que su pareja, encogiendo los hombros, respondió: “Porque todos son mexicanos”.

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