Una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp
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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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Cuartoscuro

Aumentan contagios y muertes de trabajadores por COVID en armadoras de Guanajuato y Puebla

Trabajadores de armadoras en Puebla y Guanajuato acusan que los contagios COVID se han salido de control, y que los patrones rechazan suspender actividades para contener la propagación del virus que ha matado a más de 30 obreros.
Cuartoscuro
15 de enero, 2021
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Mensajes de condolencias inundan los chats de trabajadores de plantas automotrices de General Motors y Volkswagen ubicadas en Guanajuato y en Puebla:

“Descanse en paz nuestro gran amigo y compañero Juan Antonio, el ‘Tigre Toño’. Murió por COVID el 11 de enero”.

“Una oración por Fidel Guadalupe del área de pintura, fallecido el 25 de diciembre. El último día andaba muy enfermo y así lo dejaron trabajar; fue atendido por el servicio médico (de la empresa) hasta las 3:00 de la tarde”.

“Nos unimos a la pena que embarga a la familia de nuestro compañero José Luis del área de carrocerías, por su sensible fallecimiento acaecido el 19 de diciembre. Roguemos a Dios por su eterno descanso”.

Trabajadores de ambas armadoras entrevistados por Animal Político acusaron que los contagios de COVID-19 entre el personal se han salido de control desde diciembre, y que los patrones rechazan su exigencia de suspender actividades con goce de sueldo para contener la propagación del virus, que ha cobrado la vida, al menos, de una treintena de obreros.

Leer más | Más horas laborales y menos sueldo: la situación de trabajadores ante crisis COVID

En ambos casos, los trabajadores señalaron que las medidas sanitarias implementadas por General Motors -cuya planta se ubica en Silao, Guanajuato- y por Volkswagen -localizada en Cuautlacingo, Puebla- se han relajado y ya no se cumplen; afirmaron que las herramientas no se desinfectan, que en las áreas de trabajo y comedores hay aglomeraciones, y que las empresas no han vuelto a aplicar al personal pruebas de COVID desde mediados del año pasado.

Por su parte, las direcciones de comunicación de ambas compañías transnacionales se deslindaron de responsabilidades, al sostener que los obreros pescan el virus fuera del trabajo y que son casos aislados, razón por la cual descartaron parar sus actividades de manera preventiva, conforme escritos enviados a este medio. 

La persistencia de ambas empresas contrasta con el ejemplo de Audi, compañía automotriz que a partir de este fin de semana activará un paro técnico que permitirá reducir la afluencia de trabajadores a sus instalaciones en Puebla, con la finalidad de reducir los contagios.

De acuerdo con estadísticas oficiales, hasta el pasado 13 de enero, en el municipio guanajuatense de Silao había 2 mil 376 casos acumulados de COVID y 203 defunciones, cifra que fue en ascenso desde diciembre. El municipio es vecino de la ciudad de León, donde ha habido 30 mil 900 contagios y 2 mil 380 defunciones.

Guanajuato está entre los cinco estados en semáforo rojo a nivel nacional, junto con la Ciudad de México, el Edomex, Morelos y Baja California.

Por otro lado, si bien la armadora de Volkswagen se ubica en Cuautlacingo, la mayoría de su fuerza laboral proviene de la capital poblana, que colinda con dicho municipio y está a 30 minutos de distancia. En la ciudad de Puebla ha habido 33 mil 298 casos acumulados de COVID y 3 mil 224 defunciones con corte al 13 de enero. El estado se encuentra en semáforo naranja, en el umbral de transitar posiblemente a rojo.

El caso de Volkswagen, Puebla

De acuerdo con los testimonios recabados, a pesar del aumento acelerado de contagios a nivel nacional y estatal, ni Volkswagen ni General Motors han aplicado pruebas diagnósticas a sus empleados desde mediados del año pasado, cuando se definió a la industria automotriz como actividad esencial con permiso para reactivar sus labores.

El señor Alonso ha trabajado 25 años en la planta de Volkswagen en Puebla. Actualmente está en el área de pintura. Tras el periodo vacacional de diciembre, cuenta, la empresa aplicó a los obreros un cuestionario para evaluar su estado de salud, en lugar de pruebas diagnósticas.

“Es por medio de una aplicación (de celular), nos hacen preguntas: si estuviste enfermo, agripado, con temperatura. (…) Otro que hacen es que el coordinador llega al área y te pregunta si estuviste enfermo de algo; si sí, nos mandan al servicio médico y nos revisan, y si estamos bien, nos regresan a trabajar. Ése es el chequeo”, comenta Alonso, cuyo nombre fue cambiado a petición suya para no tener problemas con la empresa.

Esta “prueba”, naturalmente, no es útil para detectar a los enfermos asintomáticos de COVID, confirma el trabajador.

“Después del paro largo de la pandemia (el año pasado) sí hicieron pruebas (diagnósticas), pero ahorita la única prueba es (el test), que definitivamente no sirve, porque sí ha habido contagios aquí dentro del área, que los han detectado y los han regresado”, detalla.

Los trabajadores de la planta han contabilizado al menos 15 fallecimientos de compañeros desde diciembre. En la armadora hay más de 11 mil empleados, según datos de la propia empresa.

Volkswagen no quiso revelar cuántos registros ha tenido de contagios y muertes de obreros por COVID, pero dijo que sus índices se mantienen “bajos”. Además, aseguró que la transmisión del virus ocurre fuera de sus instalaciones.

“Es evidente que los índices de contagios aumentaron con el inicio de las vacaciones decembrinas y de Año Nuevo, en donde la movilidad social creció pese a los llamados a mantenerse en casa. En ese sentido, es irrelevante focalizar la atención con respecto a posibles contagios en determinada empresa cuando la información disponible sustenta que estos están relacionados con la actividad social fuera de los centros de trabajo”, indicó el área de comunicación a este medio. 

“No obstante, y en atención a su pregunta, le informamos que, a lo largo de 10 meses, en Volkswagen de México se cuenta con un índice de personal con registro de contagio de apenas el 3 por ciento; cifra que representa un índice de contagio por debajo del 0.19 por ciento por semana”. 

Un índice del 3% indicaría que alrededor de 330 obreros se han contagiado. Sin embargo, la compañía insistió que, gracias a la exigencia de uso de cubrebocas al personal, la toma de temperatura tres veces al día y la existencia de un protocolo para contener casos sospechosos, “no hemos identificado contagios al interior de la empresa”.

El trabajador Alonso afirma que las herramientas de trabajo no se desinfectan con frecuencia y que se forman aglomeraciones durante la entrada y salida, así como en el comedor, debido a que no existe un horario escalonado para el descanso.

“Si son 2 mil trabajadores en el área de montaje, todos esos salen a la misma hora. Es mentira eso de que va a haber sana distancia. En el comedor todos pasan al mismo lugar en la media hora que nos asignan para la pausa de comida. Ahí es donde se rompe todo. Y en la salida es lo mismo”, sostiene.

Este empleado afirma que algunos compañeros, si bien manifiestan síntomas de contagio, prefieren no comunicarlo a sus supervisores, debido a que Volkswagen ha tratado la incapacidad por COVID como “enfermedad general” y no como un “riesgo de trabajo”, lo que causa que a los trabajadores les paguen menos de su sueldo durante su convalecencia. 

En abril del año pasado, el IMSS estableció unos criterios para que se calificara al COVID como una “enfermedad de trabajo”, con lo que los trabajadores incapacitados podrían cobrar el 100% de su salario el tiempo que durara su convalecencia. Para acreditar el riesgo de trabajo, se debe probar que el empleado estuvo expuesto en el ejercicio de sus labores a alguna persona enferma, un criterio difícil de cumplir si el patrón niega la existencia de casos positivos en sus instalaciones, como en el caso de Volkswagen y General Motors.

“(En Volkswagen) no lo están tratando (el COVID) como un riesgo de trabajo”, critica Alonso. “Para nosotros ha sido un problema eso, porque muchos de los que han estado contagiados los han detectado nuestros propios compañeros, que luego le comentan al coordinador; pero muchos no quieren decir que se sienten mal porque no se quieren ir, porque no es de riesgo de trabajo y pagan menos; muchos de mis compañeros no se quieren retirar por lo económico”.

Leer más | La otra pandemia: aumentan 25% quejas de trabajadores por abusos laborales

“Somos humanos, no máquinas”

Mauricio también tiene 25 años trabajando para Volkswagen, en el área de carrocerías. Para él, dice, las malas noticias ya son usuales.

“La semana pasada fallecieron siete compañeros. Hoy en la mañana el servicio médico tenía en chequeo a 20 personas para saber si estaban o no ‘contaminadas’. Todos los días escuchamos que sale un infectado o que fallece alguien, ya es muy común ahorita”, cuenta.

El empleado de 45 años de edad, que también pidió cuidar su identidad, considera que, al no aplicar pruebas diagnósticas a los obreros, es irrelevante que la empresa asegure que los contagios son externos, si estos casos pueden ingresar fácilmente al centro de trabajo.

“Si tú estás sano, y viene alguien de afuera contaminado, y por no hacerle prueba ingresa a planta, y tú estás sano trabajando, pues te infectas adentro, por no controlar a la persona que se infectó afuera, y ahí se empieza a propagar”, comenta.

Alberto acusa que el sindicato de trabajadores no ha intervenido activamente para proteger a los obreros. El pasado 11 de enero, el Sindicato Independiente de Trabajadores de la Industria Automotriz, Similares y Conexos de Volkswagen de México (Sitiavw) informó que no había planes de suspender las actividades de producción y que las labores continuarían con medidas de higiene.

“Las medidas no se respetan”, contrasta Mauricio. “A ellos (la empresa) lo que les interesa es la producción, nos ven más como números que como humanos, y por parte del sindicato no hemos recibido alguna noticia.

“(Se debe) parar tantito esto, porque somos humanos, no máquinas; pedimos que se pare dos o tres semanas hasta que se baje este contagio; si el año pasado estuvimos parados seis meses, ¿por qué no parar ahorita un mes?”, cuestiona.

El caso de General Motors, Silao

El personal de la armadora de General Motors en Guanajuato ha contabilizado la muerte de 15 trabajadores, una de ellas mujer, por COVID. La empresa rechazó transparentar cuántos casos positivos y fallecimientos ha registrado, pero sí aseguró que los contagios han ocurrido al exterior de la planta.

“Debido a las condiciones generales derivadas de la pandemia que se viven en el país, tenemos conocimiento de que algunas personas que trabajan en el complejo han dado positivo a COVID-19 tras haber estado expuestos fuera de la planta”, refirió el área de comunicación.

“En estos casos, y siguiendo los lineamientos establecidos por las autoridades competentes, se les ha identificado y aislado oportunamente para mitigar cualquier riesgo. Por respeto a la privacidad de nuestros colaboradores y sus familias, no compartiremos más detalle”.

La compañía automotriz destacó que aplica un “estricto protocolo” de higiene que incluye el uso de equipo de protección personal, lavado constante de manos, suministro de gel antibacterial, monitoreo de temperatura y distanciamiento físico en las áreas de trabajo.

No obstante, los testimonios de los empleados contrastan con el discurso de que todo está bajo control.

“Salí positivo y me despidieron”

Sergio Contreras laboró 26 años en la planta de General Motors en Silao, donde coordinaba a un equipo de trabajo. Fue despedido a mediados de septiembre tras ausentarse por haber contraído COVID. 

“Yo fui despedido tras contraer el virus. Poco antes de que yo me enfermara, falleció un compañero y amigo que estaba conmigo en el área de pintura. Él se contagia y a los pocos días fallece. A los tres días me sentí mal dentro de la planta. Fui al servicio médico, me iban a canalizar al Seguro Social”, relata. 

Sergio decidió hacerse una prueba diagnóstica que resultó positiva. Por recomendación de un médico, se aisló 15 días. Aunque el área de Recursos Humanos de GM le dio permiso de ausentarse, a su regreso quisieron forzarlo a firmar un acta administrativa con la que lo penalizarían por no presentarse a trabajar durante dos semanas, según su testimonio.

-¿Cómo le vamos a hacer con tus faltas? -le cuestionaron.

-No falté porque yo quise, sino porque me enfermé; me contagié dentro de la planta -replicó él. 

Se negó a firmar y ello produjo su despido injustificado, que él denunció ante la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje.

Actualmente, Sergio pertenece a una agrupación de trabajadores llamada GM Generando Movimiento -las siglas de General Motors-, que ha dado seguimiento y difusión a las denuncias del personal.

“Ellos están temerosos, muy asustados, porque ni el sindicato ni la empresa ni el gobierno del estado están haciendo algo; están temerosos de contagiarse y de llevar el virus a sus familias”, comenta.

El extrabajador afirma que, a semejanza de Volkswagen, General Motors aplica un breve cuestionario a sus empleados para identificar casos activos de coronavirus, en lugar de pruebas diagnósticas.

“Las ‘pruebas’ que hace GM en el servicio médico es que únicamente te aplica un cuestionario para saber si tienes fiebre, si te duele la garganta, dolor de cabeza, tos. Si no presentas síntomas, te dicen: ‘¿sabes qué?, no estás enfermo de COVID, regrésate a trabajar’”, señala.

“Las medidas de seguridad no son las adecuadas. Cuando tú te subes al camión (de transporte de personal), va lleno. ¿Cómo sabes que los que van a bordo están sanos?”, cuestiona. “Al momento de entrar a la planta, el área de sanitización es pisar un tapete con agua, te limpias, te miden la temperatura y ya. En las áreas de trabajo y en el comedor no hay sana distancia. ¿Cómo te garantizan tu seguridad contra esta pandemia?”.

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“Nos podemos morir”

Lucila es la esposa de un trabajador que ha laborado 14 años en el área de transmisiones en el complejo de GM en Silao. Ella misma trabajó en la empresa un año y medio, cuenta.

Aunque su esposo es hipertenso, acusa, sus mandos no le quieren dar permiso de ausentarse, aun cuando se trata de un padecimiento considerado como una vulnerabilidad ante el virus. 

“Mi esposo es hipertenso y aún no lo quieren descansar, que porque esa enfermedad no es de alto riesgo. (El año pasado) lo descansaron seis meses porque era de riesgo, y ahora no, ahorita que está el semáforo rojo (en Guanajuato) no lo quieren descansar”, critica.

Recuerda que recientemente su marido se enfermó de la garganta, fue al servicio médico de la planta, lo revisaron, le dieron una pastilla para el dolor y lo regresaron a laborar.

A Lucila lo que más le preocupa, además de la salud de su esposo, es que, si él contrae el virus, podría transmitirlo a su familia, donde hay otras personas vulnerables.

“Yo le digo: ‘te puedes contagiar y puedes traer el virus aquí y nos puedes contagiar a nosotros’. De su familia van cinco personas que mueren de eso. La semana pasada murieron tres familiares míos por COVID. Yo le digo: ‘¿a qué nos esperamos a que te contagien?’”, rememora.

“Mi hijo tiene un soplo en el corazón, por eso es que yo le digo a él: ‘tú cuídate, porque mira, se puede enfermar, nos podemos morir’; yo padezco de bronquitis asmática. Le digo: ‘¿a qué nos esperamos?’”.

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