Una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp
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Cómo una joven encontró a su familia 26 años después gracias a una foto en WhatsApp

Una niña que quedó huérfana en el genocidio de 1994 en Ruanda ha encontrado a sus familiares gracias a las redes sociales. Esta es su historia.
24 de septiembre, 2020
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Grace Umutoni de niña, a la izquierda, y en una imagen actual.

Grace Umutoni
“¿Me conocen?” Grace Umutoni publicó fotos de cuando era niña en las redes.

Para Grace Umtoni lo ocurrido ha sido “un milagro” obra de las redes sociales.

Umtoni quedó huérfana cuando solo tenía dos años. En 1994 sus padres fueron víctimas del genocidio que se cobró miles de vidas en Ruanda. Años después, ha podido encontrarse con algunos familiares.

La mujer, que no conocía su verdadero nombre, publicó fotos suyas de niña en grupos de WhatsApp, Facebook y Twitter el pasado abril con la esperanza de que miembros de su familia la reconocieran y pudiera reunirse con ellos.

Sus intentos anteriores, a través de cauces más formales, no habían dado resultado.

Todo lo que esta enfermera de 28 años sabía de su historia es que la habían llevado a un orfanato en Kigali, la capital ruandesa, después de encontrarla en el barrio de Nyamirambo. También fue acogido allí su hermano, de 4 años, que murió después.

En Ruanda hay miles de niños como ella, que perdieron a sus padres entre las 800,000 víctimas que se estima dejó la matanza sistemática de miembros de la etnia tutsi y hutus moderados en cien días de genocidio.

Muchos siguen buscando a su familia.

Después de que publicara sus fotos, aparecieron algunas personas que dijeron ser parientes suyos, pero pasaron meses hasta que apareció alguien que de veras parecía serlo.

Antoine Rugagi había visto las fotos en WhatsApp y se puso en contacto con ella para decirle que se parecía mucho a su hermana, Liliose Kamukama, muerta en el genocidio.

“El milagro por el que había estado rezando”

“Cuando lo vi, yo también noté que nos parecíamos”, le dijo Umtoni a la BBC.

“Pero solos las pruebas de ADN podían confirmar si éramos parientes, así que nos hicimos unas en Kigali en julio”.

Umutoni viajó desde el distrito de Gakenke, donde vive, mientras que Rugagi llegó desde Gisenyi, en el oeste, para que pudieran recoger los resultados juntos.

Grace Umutoni y su tío Antoine Rugagi .

Grace Umutoni
Grace Umutoni y Antoine Rugagi viajaron a Kigali para recoger los resultados de su prueba de ADN.

Resultó ser un gran día para ambos, ya que las pruebas revelaron un 82% de posibilidades de que ambos fueran famlia.

“Estaba impactada. No pude contener mis ganas de expresar mi felicidad. Todavía hoy pienso que estoy en un sueño. Fue el milagro por el que siempre había rezado”, cuenta Umtoni.

Su recién hallado tío le contó que el nombre que le pusieron sus padres tutsis era Yvette Mumporeze.

También le presentó a varios parientes de la rama paterna de la familia, como su tía Marie Josée Tanner Bucura, que lleva meses atrapada en Suiza a causa de la pandemia.

Grace Umutoni y su madre.

Grace Umutoni
Grace Umutoni y su madre, Liliose Kamukama, en una imagen de un álbum familiar.

Ella estaba convencida de que Grace Umtoni era su sobrina antes incluso de conocer el resultado de las pruebas genéticas por el parecido de la mujer de la foto de WhatsApp con el de la niña de los álbumes de la familia.

“Era claramente la hija de mi hermano Aprice Jean Marie Vianney y su esposa, Liliose Kamukama. A los dos los mataron en el genocidio”.

‘Pensamos que ninguno había sobrevivido’

La señora Bucura le contó también el nombre completo de su hermano, que llegó con ella al orfanato, Yves Mucyo, y que había tenido otro hermano, Fabrice, de un año.

El genocidio comenzó horas después de que el avión que transportaba a los presidentes de Ruanda y Burundi, ambos de la etnia hutu, fuera derribado en la noche del 6 de abril de 1994.

Milicias hutus recibieron la instrucción de dar caza a los miembros de la minoría tutsi. El suburbio de Nyamirambo, en Kigali, fue uno de los primeros en ser atacado.

Muchas de personas murieron a machetazos en sus casas o en barricadas levantadas para impedir el paso de quienes trataban de escapar. Algunos lograron ponerse a salvo en iglesias y mezquitas.

La señora Bucura dijo que alguien cómo una mujer agarraba del brazo al pequeño Yves y se lo llevaba corriendo de allí, pero no consiguieron más información. De su hermana no se supo nada.

El genocidio terminó meses después, cuando los rebeldes tutsis del Frente Patriótico Ruandés, liderado por el hoy presidente Paul Kagame, se alzó con el poder.

Cráneos en el Memorial del Genocidio en Kigali.

Reuters
Muchos murieron por golpes de machete, como se aprecia en los cráneos conservados en el Memorial del Genocidio en Kigali.

“Pensamos que ninguno había sobrevivido. Incluso los recordábamos cuando cada abril llegaba el aniversario del genocidio”, explica Bucura.

Umtoni no había podido averiguar sobre su familia y lo único que le contaron es que Yves murió al llegar al orfanato como resultado de las heridas que sufrió por las balas de las milicias hutus de las que huía.

Cuando tenía cuatro años, la niña fue adoptada por una familia tutsi del sur de Ruanda que le dio el nombre de Grace Umtoni.

“Los responsables de mi escuela me ayudaron y volví al orfanato en Kigali para preguntar si había algún rastro de mi pasado, pero no había nada”, dice.

“He vivido siempre en la pena de ser alguien sin raíces, pero seguí rezando por un milagro”.

“Por bien que me tratara la familia adoptiva, no podía dejar de pensar en mi familia biológica, pero tenía muy poca información para siquiera empezar a buscar”.

Ahora tiene curiosidad por saber más de sus padres. Han planeado una gran reunión familiar con parientes que llegaran de diferentes lugares del país y del extranjero, aunque el coronavirus ha obligado a aplazarla.

Entretanto, le han presentado a algunos de sos familiares a través de WhatsApp y ha descubierto que tiene un hermano mayor en Kigali, fruto de una relación anterior de su padre.

“Estamos agradecidos con su familia adoptiva”

Desde 1995, casi 20.000 personas se han vuelto a reunir con sus familias gracias al Comité Internacional de la Cruz Roja.

Su portavoz para Ruanda, Rachel Uwase, asegura que aún siguen recibiendo peticiones de ayuda de gente a la que el genocidio separó de su familia.

En lo que va de 2020, son 99 las personas que se han reencontrado con sus familiares.

Para la señora Bucura, descubrir que su sobrina había sobrevivido es algo que agradece.

“Estamos agradecidos con la familia que la adoptó, le dio un nombre y la crió”.

La joven mantendrá el nombre que le dio su familia adoptiva ya que es el que la ha acompañado la mayor parte de su vida.

Pero le tendrá siempre gratitud a las redes sociales por haberla ayudado a encontrar un sentido de pertenencia.

“Ahora hablo frecuentemente con mi nueva familia”, cuenta.

“He pasado toda mi vida con la sensación de que no tenía raíces, pero ahora me parece una bendición tener tanto a mi familia adoptiva como a la biológica, ambas pendientes de mí”.


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Pixabay

Automedicación y pandemia, combinación letal en Latinoamérica

La automedicación no es un fenómeno reciente en América Latina pero la pandemia está contribuyendo a su expansión. Además, está asociada con sustancias que no solían ser objeto de automedicación en la región.
Pixabay
Por Carmina de la Luz | Scidev
8 de agosto, 2021
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La crisis provocada por el SARS-CoV-2 ha agravado la automedicación, un fenómeno arraigado en Latinoamérica, algunas de cuyas consecuencias son el aumento en la resistencia bacteriana a los antibióticos, efectos secundarios adversos en muchas personas, desabastecimiento y redes de comercio ilegal de fármacos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la automedicación como “el uso de medicamentos por parte del consumidor para tratar trastornos o síntomas reconocidos por él mismo”, lo cual incluye ingerir sin receta fármacos que la requieren, pero también el uso irracional de sustancias de venta libre.

Aunque se trata de un problema de salud a nivel global que precede varias décadas a la pandemia por COVID-19, con prevalencias que iban de 32,5 a 81,5 por ciento en distintos países del mundo, según estudios, hoy más personas se automedican en la región como resultado de la crisis sanitaria.

La automedicación no es un fenómeno reciente en América Latina pero la pandemia está contribuyendo a su expansión.

Por ejemplo, el Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos estimó en junio de 2020 que la cuarentena trajo consigo un aumento de 25 por ciento en el uso de medicamentos sin prescripción médica en el país.

Otro cambio en las conductas de automedicación provocado por la llegada del coronavirus tiene que ver con la edad de quienes la practican: “Antes, la prevalencia era más alta en adultos mayores o de mediana edad. Ahora hemos notado que cada vez hay más jóvenes incurriendo en ella”, dijo a SciDev.Net Franklin Soler, profesor de psicología en la Universidad del Rosario, Colombia.

Ha sido el caso de Perú. Un estudio publicado a principios de 2021 descubrió que, previo a la pandemia, el promedio de edad de las personas que solían automedicarse era de 46,5 años. Este número se redujo a 40,5 años en el contexto de la emergencia sanitaria.

Y aunque probablemente es temprano para ver algunas consecuencias del incremento en la automedicación en América Latina, los especialistas coinciden en alertar sobre la resistencia bacteriana a los antibióticos. En 2017 ya se habían detectado en la región variedades de bacterias con tasas de resistencia a dichos fármacos que iban del 10 hasta el 90 por ciento.

Los científicos creen que este problema, que anualmente cobra la vida de 700 mil personas en el mundo, podría volverse insostenible. Su temor está fundamentado en el hecho de que hasta un 71.9 por ciento de los pacientes diagnosticados con COVID-19 han recibido antibióticos, pese a que solo el 6.9 por ciento de ellos los necesitaba.

“Hace 7 años la OMS lanzó una alerta mundial sobre la resistencia a los antibióticos, que por sí misma es una pandemia que mata a muchas personas, una paralela a la actual”, advierte a SciDev.Net desde Colombia el director del Observatorio del Comportamiento de Automedicación de la Universidad del Rosario, Andrés Pérez-Acosta.

La pandemia, además, está asociada con sustancias que no solían ser objeto de automedicación en Latinoamérica. Anahí Dreser, investigadora del Instituto Nacional de Salud Pública de México, reconoce que antes de la pandemia era preocupante el uso de ciertos analgésicos para el dolor crónico, así como fármacos usados en el tratamiento de la diabetes o la hipertensión.

“Pero la pandemia nos dio la sorpresa de una mayor demanda de antivirales y antiparasitarios, cuya compraventa es escasa o nulamente controlada”, comentó a SciDev.Net vía telefónica la también coordinadora de la línea de investigación Medicamentos en Salud Pública.

Detrás de esta automedicación hay una falta de farmacovigilancia, servicios de salud insuficientes, medios de comunicación que crean falsas expectativas con noticias fuera de contexto y, probablemente más grave aún, gobiernos omisos que muchas veces en lugar de combatirla la promueven.

De acuerdo con sitios web especializados, esto último ha sucedido, al menos, en Bolivia, Brasil, El Salvador y Guatemala. Ahí se han distribuido, de manera indiscriminada, “kits” de medicamentos para que la población los consuma como y cuando mejor le parezca.

Estos paquetes pueden incluir paracetamol, ácido acetilsalicílico, azitromicina, loratadina, ivermectina, vitaminas C y D, zinc, ibuprofeno, antigripales, omeprazol, hidroxicloroquina, prednisona, colchicina y cloroquina.

“Desde las agrupaciones médicas hemos alertado a las autoridades sanitarias sobre los riesgos que conllevan estas entregas, pero han hecho caso omiso”, sentenció en una entrevista con SciDev.Net Nancy Sandoval Paiz, presidenta de la Asociación Guatemalteca de Enfermedades Infecciosas. Al cierre de este reportaje, el gobierno de Guatemala continuaba repartiendo dichos kits.

Raíces profundas

Pérez-Acosta lleva más de una década estudiando el fenómeno de la automedicación desde una perspectiva multidisciplinaria y advierte que se trata de un problema sumamente complejo: “en nuestros países hay una combinación de economías neoliberales y gobiernos débiles que ha generado un caldo de cultivo para que las personas recurran a los medicamentos por cuenta y riesgo propios”, comenta.

En 1997, una investigación alertó sobre los patrones de esta práctica en seis países latinoamericanos. Los resultados mostraron que solo el 34 por ciento de los medicamentos adquiridos en las farmacias sin la guía de un médico eran de venta libre, mientras que hasta un 24 por ciento de ellos debería haberse comprado forzosamente con una receta.

Otro estudio, publicado 20 años después, concluyó que la automedicación en 11 ciudades de América Latina era “una práctica común en más de la mitad de la población” y señaló la falta de tiempo para ir a una consulta médica como la principal causa.

“Antes, la prevalencia era más alta en adultos mayores o de mediana edad. Ahora hemos notado que cada vez hay más jóvenes incurriendo en ella”.

Franklin Soler, Universidad del Rosario, Colombia

Anahí Dreser centra las causas de la automedicación en la insuficiencia de los sistemas de salud en la región. Detrás de su hipótesis están datos como los de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2020 sobre COVID-19 de México.

El documento muestra que el 18 por ciento de personas que reportó una necesidad de salud el año pasado en México, sea por COVID-19 u otras causas, no buscó atención médica porque el padecimiento no era tan grave, tenía miedo a contagiarse o falta de dinero. Según la científica, esa cifra podría interpretarse como la parte de la población que ha estado en mayor riesgo de automedicarse.

Los alcances de este problema se tornan mucho más graves si se considera que, según la Organización Internacional del Trabajo, la mitad de la población económicamente activa en América Latina y el Caribe (al menos 140 millones de personas) trabaja en el sector informal y no cuenta con seguridad social.

Para Nancy Sandoval Paiz, gran parte de la responsabilidad de la automedicación debería recaer en las agencias y programas de farmacovigilancia. Esta se refiere a “la ciencia y las actividades relativas a la detección, evaluación, comprensión y prevención de los efectos adversos de los medicamentos o cualquier otro problema relacionado con ellos, incluyendo el abuso y mal uso”, según la OMS.

“El problema es que esos instrumentos prácticamente no existen en la región”, apunta Sandoval Paiz, “o si los hay no tienen la robustez técnica y científica que se necesitan para estudiar y resolver un problema como el de la automedicación”.

De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, Panamá y Venezuela forman parte del Programa de Farmacovigilancia en América Latina. Sin embargo, diversos documentos especializados reconocen que sus respectivas acciones son muy jóvenes y débiles.

El papel de la infodemia

Aunque la automedicación en América Latina no es un suceso reciente, la pandemia, sin duda, alteró los patrones de consumo y esculpió nuevas tendencias.

Por ejemplo, mediante un abordaje cualitativo, médicos de Argentina encontraron que personas mayores habían optado por la automedicación para no exponerse a un contagio en los servicios de salud donde solían atenderse por padecimientos crónicos, como diabetes, hipertensión o hipotiroidismo.

Un texto en The Lancet Microbe sugiere que la infodemia, es decir, el torrente de información que circula durante el brote de una enfermedad y que puede incluir datos falsos o engañosos, se sumó a estos temores.

El nuevo bombardeo al que está sometida la población incluye estudios sin revisión por pares, tendencias (trending topics) de Twitter, cadenas de WhatsApp, comunicados oficiales de las agencias sanitarias, discursos políticos y, por supuesto, medios de comunicación.

“Hemos notado una correlación entre la publicación de notas periodísticas sobre determinado medicamento y mayores búsquedas en Internet. Y, a su vez, hemos visto que esas notas de prensa tienen una correlación con algún artículo científico que sugería la utilidad del medicamento para tratar COVID-19 o con algún político que lo recomendaba”

Anahí Dreser, Instituto Nacional de Salud Pública de México

Al respecto, un estudio en curso en el que participa Anahí Dreser, sin datos publicados aún, analiza los patrones de búsqueda de medicamentos durante la pandemia mediante la herramienta Google Trends. Y, pese a que dichas tendencias no se pueden traducir directamente a conductas de consumo, conocerlas ayuda a comprender el comportamiento de la automedicación.

“Hemos notado una correlación entre la publicación de notas periodísticas sobre determinado medicamento y mayores búsquedas en Internet. Y, a su vez, hemos visto que esas notas de prensa tienen una correlación con algún artículo científico que sugería la utilidad del medicamento para tratar COVID-19 o con algún político que lo recomendaba”, explica la experta en ciencias médicas.

Es el caso de la dexametasona y de la ivermectina. La popularidad de este último se disparó en todo el mundo luego de que en abril de 2020 una investigación australiana (con un título que diversos especialistas han calificado como tendencioso) concluyera que a altas dosis este medicamento disminuía la replicación del coronavirus en células in vitro.

Más de un año después, ningún ensayo clínico aleatorizado (ECA) ha respaldado el uso de ivermectina para tratar pacientes con COVID-19 ni para prevenir la enfermedad. Los ECA son experimentos donde se compara la eficacia entre un fármaco y un placebo, y constituyen la máxima prueba para el uso de una sustancia con fines terapéuticos.

Fueron científicos argentinos quienes publicaron a principios de julio el mayor estudio de este tipo que descarta a la ivermectina. Días antes, un equipo internacional que incluyó la participación de investigadores en Perú y Brasil había llegado a la misma conclusión luego de hacer un metaanálisis de 10 ensayos clínicos aleatorizados: “la ivermectina no es una opción viable para tratar pacientes con COVID-19”.

Pese a esta evidencia contundente, en lugares como Ciudad de México la atención de personas diagnosticadas con COVID-19 incluye el uso de ivermectina. Al día de hoy, en el sitio web oficial de la Secretaría de Salud capitalina es pública una lista de referencias a favor de ese antiparasitario. Todas ellas están lejos de contar con el rigor científico de los ECA y metaanálisis ya mencionados.

Peligro, no automedicar

En el contexto de la pandemia, el Observatorio del Comportamiento de Automedicación de la Universidad del Rosario ha identificado tres nuevas conductas con consecuencias que ya empiezan a vislumbrarse en la salud de los consumidores: la automedicación con supuestos fines de prevención, la automedicación como un presunto tratamiento, y la automedicación para lidiar con los efectos emocionales de la pandemia.

Pese a que hasta el momento no se ha determinado fármaco alguno que pueda prevenir la COVID-19 más allá de las vacunas, el primer comportamiento parece estar ampliamente extendido. Ejemplo de ello es la vitamina D, cuyas fuentes naturales son la exposición breve a la luz del sol y la dieta.

De acuerdo con Business Wire, el mercado de vitamina D en forma de suplementos alimenticios se aceleró con la pandemia y seguirá creciendo en consecuencia. Tiendas y páginas de de internet promocionan estos productos como “refuerzos del sistema inmunitario”, especialmente después de que estudios observacionales en diversas partes del mundo sugirieran que existe una asociación entre la deficiencia del nutriente y un mal pronóstico frente a COVID-19.

Sin embargo, hasta el momento ninguna investigación ha confirmado que dicha relación sea de causa-efecto y, por lo tanto, no se justifica la automedicación con vitamina D para protegerse del coronavirus.

Al contrario, expertos advierten que los suplementos correctos deben ser prescritos en dosis adecuadas únicamente cuando hay pruebas de que los niveles de vitamina D son bajos. Su consumo excesivo puede producir náuseas y vómitos, confusión, pérdida de apetito, deshidratación, cálculos renales, insuficiencia renal, arritmia e incluso la muerte.

Cocktail riesgoso

Respecto a las intenciones terapéuticas frente a la COVID-19, una encuesta online aplicada a una muestra estadísticamente representativa de la población adulta en Perú hizo evidente la automedicación con un amplio “cocktail” de sustancias hasta en el 27 por ciento de los participantes.

Los resultados publicados en enero de 2021 mostraron que el paracetamol, ibuprofeno, varios antibióticos, hidroxicloroquina, así como el lopinavir y ritonavir fueron usados sin prescripción médica y sin un diagnóstico confirmado.

La percepción general sobre el paracetamol y el ibuprofeno es que son inofensivos. Sin embargo, más allá de sus posibles efectos adversos en dosis no controladas, los especialistas advierten un nuevo riesgo en el contexto de la pandemia, ya que estos medicamentos son capaces enmascarar síntomas de COVID-19, y con ello retrasar su diagnóstico y tratamiento oportuno.

En el caso de la hidroxicloroquina, desde agosto de 2020 un análisis de datos abiertos que incluía más de un millón de usuarios reveló que el fármaco en combinación con el antibiótico azitromicina estaba asociado a un mayor riesgo de angina de pecho, insuficiencia cardíaca y muerte cardiovascular. Posteriormente, en el mes de diciembre, un metaanálisis confirmó dicho peligro.

En cuanto al uso de lopinavir y ritonavir, aunque al principio de la pandemia la propia OMS apoyó su estudio como posibles tratamientos contra el coronavirus, su potencial fue descartado el 4 de julio de 2020. Además, el uso indiscriminado de estos antirretrovirales puede causar daños en el hígado.

Por otra parte, Anahí Dreser y Nancy Sandoval Paiz tienen una preocupación común: el incremento de la automedicación con corticoides desinflamantes, como la dexametasona y la prednisona. Si bien estas sustancias han mostrado beneficios en pacientes con cuadros graves por COVID-19, su uso para tratar casos leves de la enfermedad está totalmente contraindicado.

Dreser dice que se trata de un asunto preocupante porque los corticoides conllevan la disminución de la respuesta inmune.

Además, los corticoides están asociados a un aumento de la glucosa en sangre, efecto secundario que resulta particularmente alarmante en una región donde la diabetes tipo 2 afecta a más de 62 millones de individuos.

“Calmar” la mente

La automedicación frente a los transtornos mentales y emocionales también fue revolucionada por la pandemia. Y es que, de acuerdo con una encuesta dirigida por la OPS en 35 países y territorios de América Latina y el Caribe, el 28 por ciento de las personas ha experimentado nerviosismo, ansiedad o preocupación a raíz de la situación por el coronavirus.

En Chile esto ha sido muy visible, pues las encuestas online sobre los efectos del COVID-19 en el uso de alcohol y otras drogas detectaron que en 2020 el 45 por ciento de los participantes había consumido más medicamentos sin receta médica en comparación con el 2019. Para 2021 esta cifra subió a 53,8 por ciento debido -en un 87,5 por ciento- “a la ansiedad, el estrés y la depresión que genera la COVID-19”.

Algunos de los medicamentos que destaca el informe chileno son clonazepam y tramal. El primero suele prescribirse como anticonvulsivo y para algunos trastornos psiquiátricos. Pertenece al grupo de las benzodiacepinas, tranquilizantes cuyo uso no prescrito figura desde hace tiempo como uno de los factores involucrados en las muertes crecientes de jóvenes de 18 a 34 años de edad en América del Norte y Europa.

Al igual que con el clonazepam, el consumo crónico de tramal o tramadol puede causar dependencia. Este analgésico de tipo opiode sirve para atender el dolor de moderado a severo, pero tan solo en Estados Unidos su uso no controlado es una de las principales causas de muertes por sobredosis, las cuales ascendieron a más de 90 mil en 2020.

Efecto dominó

Sin embargo, los daños de la automedicación no terminan en las personas que la practican. Al contrario, tiene un efecto dominó capaz de arrasar con la seguridad de terceros y puede contribuir a amenazas tan graves como el comercio ilícito de medicamentos.

Un ejemplo claro de esta dinámica lo ha protagonizado la hidroxicloroquina. Además de ayudar a combatir la malaria, esta sustancia es parte del tratamiento de personas con lupus eritematoso sistémico. Se trata de una enfermedad autoinmune que afecta diversos órganos del cuerpo humano y que en América Latina puede estar presente hasta en 98 de cada 100 mil habitantes.

“En el peor de los casos, uno de esos medicamentos puede acabar con la vida de las personas. O puede que no suceda absolutamente nada, ya sea porque lo que te vendieron está caduco o porque no tiene ningún principio activo”.

Andrés Pérez-Acosta, Observatorio del Comportamiento de Automedicación de la Universidad del Rosario, Colombia

En mayo de 2020, mientras la infodemia en torno a la hidroxicloroquina impulsaba su compraventa masiva, los pacientes con lupus trataban de conseguir el medicamento, sin éxito. En México, el movimiento Cero Desabasto denunció que “el acaparamiento de esta medicina pone en grave riesgo a personas con lupus”, quienes ya son de por sí una población más proclive al coronavirus.

Un mes después, la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios de ese país emitió una alerta sobre la falsificación del Plaquenil, uno de los nombres comerciales de la hidroxicloroquina.

Pero este no ha sido el único caso de mercado negro de medicamentos en Latinoamérica durante la pandemia. InSight Crime reportó una red de contrabando, también de hidroxicloroquina, entre Brasil y Paraguay. El mismo medio señaló un comercio ilegal de ivermectina, remdesivir, tocilizumab y hasta vacunas contra la gripe.

“Estas actividades ilícitas son algo prepandémico, y Latinoamérica ya era una de las bases de ese tráfico”, advierte Andrés Pérez-Acosta, “lo que hizo la pandemia fue darles un nuevo aire”.

Las afirmaciones del investigador coinciden con cálculos previos de la OMS, según los cuales uno de cada diez productos médicos que se comercializan en los países en desarrollo son falsos o no cumplen cabalmente con los criterios de calidad. Por otro lado, de acuerdo con el Pharmaceutical Security Institute, en 2020 América Latina y Oriente Próximo fueron las únicas regiones del mundo donde los delitos farmacéuticos aumentaron.

“En el peor de los casos, uno de esos medicamentos puede acabar con la vida de las personas. O puede que no suceda absolutamente nada, ya sea porque lo que te vendieron está caduco o porque no tiene ningún principio activo”, concluye Pérez-Acosta.

El lado B de la automedicación

Los expertos concuerdan que la automedicación no es un comportamiento negativo per se. En su faceta responsable constituye una práctica benéfica que abona al autocuidado de la salud de la persona que la lleva a cabo y existe evidencia de que ayuda a disminuir la carga económica de los pacientes y favorece a los sistemas de salud.

Sin embargo, para científicos como Franklin Soler, para que esto suceda “los usuarios deben tener plena información sobre el medicamento que van a consumir, los efectos que le puede producir, cuáles serían sus beneficios y de qué manera podrían reaccionar esas sustancias con otras que ya consumía previamente”.

Esto, desafortunadamente, no ha pasado durante la pandemia. Revertir las conductas producto de la contingencia sanitaria es una tarea de la población en general, pero en igual o mayor medida es un pendiente que debe atender el Estado, las agremiaciones de médicos, la industria farmacéutica y la academia.

 

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