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Millennials, la generación solitaria: por qué el 22% dice que no tiene amigos

En una encuesta, los millenials dijeron ser los que se sienten más solos. ¿Cómo se comparan con los 'baby boomers' y la Generación X?
4 de agosto, 2019
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¿Cuántos amigos tienes?

Para un millennial es normal tener miles de amigos en sus redes sociales, pero en la vida real la situación es radicalmente diferente.

Los millenials, aquellas personas nacidas entre 1982 y 1999, son la generación más solitaria desde la mitad del siglo pasado.

Al menos así lo refleja una reciente encuesta en la que los millennials dijeron tener menos amigos que sus predecesores de la Generación X (1965-1981) y los baby boomers (1946-1964).

En la encuesta no se incluyó a la Generación Z, que le sigue a los millennials.

La encuesta la hizo YouGov, una firma demoscópica británica que consultó la opinión de más de 1,500 personas en Estados Unidos.

mujer

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Los millennials se sienten más solos que sus generaciones anteriores.

Entre los encuestados, tres de cada 10 millennials dijeron que siempre o frecuentemente se sienten solos.

En comparación, dos de cada 10 de la Generación X y 1.5 de los baby boomers dijeron lo mismo.

Sin amigos

Los millennials también tienen la mayor tendencia a no tener amigos.

El 27% dijo que no tenía amigos cercanos y el 22% dijo que, excluyendo a sus familiares y a su pareja, simplemente no tenía amigos.

El 30% dijo que no tenía “mejores amigos”, lo que también significa que la mayoría (70%) reportó que tiene “al menos un mejor amigo”.

¿Por qué ocurre?

Entre todos los encuestados, el 31% dijo que le cuesta trabajo hacer amigos.

amigos

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El uso excesivo de redes sociales puede aumentar la sensación de soledad.

La razón más común es la timidez (53%). El 27% dijo que “no siente que necesite amigos” y un 26% dijo que no tiene ningún hobby o interés que le ayude a crear amistades.

La encuesta de YouGov no analiza directamente por qué los millennials se sienten solos, pero algunos estudios previos apuntan a que internet y las redes sociales pueden estar relacionadas con esta realidad.

Un estudio de la Universidad de Pensilvania citado por YouGov, por ejemplo, concluyó que usar menos redes sociales lleva a una “significativa reducción de la depresión y la soledad”.

Maike Luhmann, psicólogo de la Universidad Ruhr de Bochum (Alemania), matiza un poco la situación.

“Siempre y cuando hagamos lo que debemos hacer, reconectarnos con las personas, la soledad es algo bueno“, dice Luhmann en entrevista con el portal Vox.

amigos

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El 38% de los millennials dijo que había hecho un nuevo amigo durante los últimos 6 meses.

“Se convierte en algo malo cuando se vuelve crónico. Ahí es cuando se producen los efectos sobre la salud”, continúa.

“Y entre más tiempo estés solo, se vuelve más y más difícil conectarse con otras personas”.

Pero en medio del panorama desolado que la encuesta muestra de los millennials, hay un dato que podría ser esperanzador: el 38% dijo que había hecho un nuevo amigo durante los últimos seis meses.


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Carlo Echegoyen

Sin sentencia, Reyes Alpízar vio pasar 17 años de su vida en la cárcel

Reyes Alpízar fue detenido en octubre de 2002, acusado por el homicidio de la regidora de Atizapán, María de los Ángeles Tames; estuvo preso 17 años, aunque nunca recibió sentencia.
Carlo Echegoyen
5 de septiembre, 2019
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Después de abandonar la prisión tras 17 años, Reyes Alpízar Ortiz pensó que finalmente había recuperado su libertad. Salió de casa, pero apenas unos pasos adelante sonó la sirena del brazalete que porta en la pierna izquierda, el que todavía le recuerda que, aunque seguirá el proceso fuera de la cárcel, aún no ha recibido sentencia. 

El ruido de la sirena alertó a los vecinos y él, avergonzado, se encerró en casa. “Se activa como una alarma de patrulla, todos los vecinos la escuchan y toda la familia. Salí a la tienda por unos refrescos y luego luego se activó”, contó desde casa a pocos días de haber dejado el encierro.

Alpízar Ortiz está acusado de haber sido cómplice en el homicidio de María de los Angeles Tames Pérez, cometido el 5 de septiembre de 2001. La víctima era regidora del municipio de Atizapán, en el Estado de México. 

El crimen fue bautizado en la prensa como el “Caso Atizapán” y tuvo una intensa cobertura mediática. Fue, además, un crimen que llevó a Alpízar y al exfuncionario Daniel García a pasar 16 años con ocho meses en prisión preventiva, es decir, encarcelados sin que se comprobara su culpabilidad.

Por el delito, también fue encarcelado el entonces alcalde de Atizapán, Juan Antonio Domínguez Zambrano, pero él fue liberado al poco tiempo.

El 23 de agosto pasado, Reyes Alpízar y Daniel García quedaron libres porque un juez modificó la medida cautelar de prisión preventiva a libertad condicional. Ambos salieron a la calle con un grillete que limita sus movimientos y los condiciona a volver a prisión en cualquier momento, si traspasan los límites que tienen impuestos. 

Volvieron a ver la vida fuera del penal tras 17 años, en los que su caso simplemente no se juzgó y tampoco avanzó. 

Reyes Alpizar y Daniel Reyes, tras 17 años de prisión sin sentencia.

A la izquierda, Reyes Alpízar, junto a Daniel García, ambos estuvieron presos por 17 años sin recibir sentencia.

La detención y la tortura 

Reyes Alpízar estaba “muy contento” en la parada de autobús el 25 de octubre de 2002 llegó un auto gris con cuatro policías que lo subieron a la parte de atrás y le dijeron que estaba acusado de participar en el homicidio de María de los Ángeles Tames. 

Tras el paso de los años y de muchos acontecimientos, él y su entorno creen que en el momento en que se lo llevaron, en un coche sin rótulos, ya estaba “sentenciado”. Reyes cuenta que no fue necesaria la decisión de un juez para pasar tantos años preso, en espera de un veredicto y sentencia. 

“Ahorita la vas a vivir”, le habría amenazado uno de los policías mientras él iba esposado y otro policía hacía una llamada anunciando la captura. “¿Sabes a quién te traigo?, a Reyes Alpízar Ortiz”. 

Lo llevaron a las instalaciones de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México en Tlalnepantla. Lo que él recuerda es el color de las camisas, cuántos policías estaban esperándolo, el logotipo en los uniformes, los pantalones que iban metidos en las botas y a un personaje elegante que bajó de un auto. 

El Ministerio Público tenía en sus manos la declaración de tres testigos que habrían escuchado una conversación callejera en la que Alpízar contaba cómo fue el asesinato de la funcionaria de Atizapán. El personaje elegante de la Procuraduría que recuerda Reyes, le dijo que estaba detenido para confirmar esa versión y declarar que Daniel García le había pagado 300 mil pesos a él y a su amigo Jaime, para cometer el crimen.

Esas palabras le recordaron a Reyes Alpízar lo que ocurrió en 1997, cuando se le acusó de encubrir el asesinato de un militar cometido a manos de su amigo Jaime Martínez Franco; delito por el que fue absuelto en agosto de 2002.  

Pero esta vez, además de la acusación, se enfrentaba al personal del Ministerio Público que se presentó con lo que él llama “el equipo” para extraer la declaración que necesitaban: una caja con vendas, agua, un atomizador y otros artículos. 

“Fue sujeto a múltiples formas de tortura: golpes, descargas eléctricas, asfixia, quemaduras, inyecciones, entre otras, para obligarlo a firmar documentos sin conocer su contenido”, dice un informe del Grupo de Trabajo sobre la Detención Arbitraria de la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (ACNUDH), del 16 de octubre de 2017.

El día de la detención después de ser maltratado lo limpiaron y lo subieron del sótano a las oficinas ministeriales. Él dice que le pusieron vaselina en la cara para ocultar los golpes y sus hijas, que se enteraron por la televisión de que su papá estaba preso, fueron a verlo y lo notaron “muy golpeado”.

“Estábamos viendo la televisión, y mi hermana mayor lo vio en las noticias. Gritó, “¡mi papá!”. Fuimos a la Procuraduría, lo vimos, nos volteó a ver y estaba muy golpeado e hinchado pero se veía maquillado”, narró Kaery Alpízar, quien iba con frecuencia a la cárcel durante los años de prisión preventiva de su padre.

Reyes Alpízar cuenta que unas psicólogas le pidieron un relato de su vida desde niño, en búsqueda de detalles que lo perfilaran como alguien propenso a delinquir pero, según su testimonio, no hallaron nada sustancial. 

Él no tuvo una niñez trágica, por el contrario, cuando recuerda esa etapa de su vida su relato se llena de detalles positivos. Viajes, trabajo en el campo, convivencia con sus ocho hermanos, techo de cemento, piso también de cemento. Su padre vendía materiales de construcción y su madre tenía un restaurante. 

Esos detalles sobre su vida los enfatizaba igual que cuando se trataba de mantener su inocencia frente a un policía que lo golpeaba, aún cuando posiblemente le hubiera convenido declararse culpable y, como en el caso del militar asesinado, salir libre en poco tiempo, pues sí estaba claro que él no fue el asesino material. 

El sueño del caballo

En 1980 la familia Alpízar se mudó a Atizapán. Compraron un predio y construyeron una casa en la calle Cóporo, a la orilla de un río. Esa casa ahora está habitada por un policía judicial de manera ilegal, según la defensa de Alpízar. 

Le insistieron que contara cómo conoció a su amigo Jaime. Reyes contestó que en la secundaria, y agregó un dato que le sirvió a su defensa para pelear por su inocencia y la de Daniel García: cuando ocurrió el crimen de la regidora, Jaime Martínez Franco estaba preso en Tula, Hidalgo, usando el nombre falso de Elías Gutiérrez Figueroa. 

Es un dato que Reyes repitió cuantas veces pudo el día de su detención pero, según el desarrollo de los hechos, nunca fue tomado en cuenta. ¿Cómo podía ser cómplice y encubrir el homicidio de la regidora, que supuestamente cometió Jaime, si él estaba preso? A nadie le importó. 

Daniel García, preso sin sentencia por 17 años en el Estado de México.

Daniel García, preso sin sentencia por 17 años en el Estado de México.

Reyes Álpizar recuerda a un funcionario apodado El Oso que le habría dicho: “lo único que quiero que digas es que Juan Antonio Domínguez Zambrano y Daniel García Rodríguez te mandaron a ti y al Jaime a matar a la regidora. Ayúdame que yo te voy a ayudar”.

Y después le dijo una frase con la que le dio a entender que si confesaba no pasaría tanto tiempo preso: “Te puedo mandar blandito”. 

De acuerdo con el testimonio de Reyes, no aceptó el trato y fue torturado a tal grado que la doctora de la Procuraduría no pudo atenderlo, y lo canalizó a una institución médica. El informe de la ACNUDH también lo destaca. 

“Tuvo que ser solicitada una ambulancia de la Cruz Roja para trasladarlo al hospital especializado en traumatología a fin de atenderlo de sus heridas; el Ministerio Público hizo constar que solo fue llevado para medirle la presión sanguínea”, dice el documento. 

Reyes cuenta que mientras estuvo en el hospital “alucinó” que corría con un “caballo bueno” que lo impulsaba hacia un punto negro en medio de un túnel, de suaves tonos amarillos. No había suelo ni otras cosas que conociera, “sólo había felicidad”. 

“Monstruos”y navajazos

Es así como comenzó el prolongado y polémico encierro de un hombre que después de 30 días de arraigo y constantes torturas y dos intentos de suicidio, fue enviado a prisión. 

El proceso para llegar a la cárcel fue tan largo para Reyes, que le sucedió algo extraño: “Me sentí en libertad cuando entré a la cárcel, ya sabía que no iba a tener la presión de ellos ni mucho menos los golpes y las torturas”.

Entró a la cárcel de Barrientos con dos pasajes bíblicos memorizados. Meses después fue trasladado a El Bordo, una prisión ubicada en Ciudad Nezahualcóyotl. 

Los recuerdos que tiene de la prisión solo puede narrarlos usando la jerga carcelaria y citando pasajes de la Biblia. 

Cuando hacía la “talacha” —limpieza—, como novato, hacía “chicharrones” —limpiar el piso con una toalla enrollada mientras recibía varios castigos violentos— o “monstruos” —lo mismo pero con una cobija—. La decisión del castigo era de “el talachero”. 

También le tocó lidiarse a navajazos. Era un espectáculo carcelario. Fue lo peor para él, pero sobrevivió. 

“La banda te taponea las cuchilladas, te mete a una celda, con un trapo quemado te taponan. Llega la banda que sabe y te cosen”.

También recuerda que rezaba, “Altísimo señor soberano, muéstrales tu rostro, que el pie del justo no caiga al resbaladero, que caigan en la trampa que han tendido para mí mis adversarios”.

Un año después de la detención, en 2003, los abogados corroboraron los dichos de Reyes sobre una evidencia clave, pues encontraron a Jaime Martínez Franco preso por cometer un robo. “El Jimmy” confirmó que luego de matar al militar en 1997 huyó de Atizapán y se cambió de identidad, tomando el nombre de Elías Gutiérrez, un amigo suyo que falleció en el terremoto de 1985. Es decir, estaba preso cuando ocurrió el homicidio de la regidora.

Daniel García, el otro detenido, fue quien se encargó de que esa versión fuera corroborada. 

“Verificamos esa información, los abogados fueron al penal, hablaron con Jaime y ratificaron lo platicado por Reyes. El día 23 de abril de 2003, Jaime Martínez envío una carta al juez diciendo que estaba preso, envió la causa penal con su huella. Presentamos esa prueba”, contó García a Animal Político

“Nunca nos permitieron establecer la identidad de Jaime Martínez Franco. Nunca se sentó ante un juez, nadie le tomó declaración. Sólo dijeron que no podían desahogar esa diligencia porque Jaime Martínez Franco estaba bajo el Alias de Elías Gutiérrez Figueroa y estaba preso por robo a una agencia de paquetería”, agregó.

La cárcel y la familia 

La familia de Reyes también ‘descansó’ cuando él entró a la cárcel. Durante el mes de arraigo, de acuerdo con el testimonio de Kaery Reyes, policías ministeriales no pararon de rondar su casa y de llevarse a su mamá frecuentemente para tomarle declaraciones. 

En ese momento Kaery tenía 13 años y habría de esperar cinco para poder ir a ver su papá ella sola. Lo encontró “muy cambiado por la vida de la cárcel”. Había estado conviviendo con “las víboras” y “la banda”, que eran presos sentenciados por delitos graves. 

Reyes le contó de los heridos por riñas, de los motines, de los asesinatos, pero también de que aprendió a dar de comer a las víboras con ”alimento sólido y espiritual, al tiempo que lo merecían”, y les compartía “las verdades bíblicas” a los presos “que nunca van a volver a ver la calle”.  

Así pasaron los años, con idas cada dos semanas, sentadillas sin ropa en puntos de revisión, comida recién cocinada destruida por los celadores, pasteles de cumpleaños cada seis de enero, pagos en las revisiones y más pagos por utilizar mesas limpias. Pagos por todo a cada paso dentro de la cárcel. 

En los últimos tiempos “ya estaba muy triste” y, pese a haber conservado un notable estado físico, las huellas de la violencia en su cabeza, rostro y cuerpo eran muy notorias. 

Todos esos años Reyes Alpízar siguió creando artesanías de varios materiales, pero sobre todo, pintó muchos cuadros con la esperanza —dijo— de lograr capturar ese color amarillo que soñó después de ser torturado.

Reyes Alpízar, preso sin sentencia por 17 años.

Reyes Alpízar muestra algunas de las artesanías que aprendió a elaborar durante su tiempo en prisión.

Cuando salió de la cárcel sintió “miedo” porque “no lo creía”. Después, en el camino a casa, se bajó dos veces del transporte público porque se mareó con el movimiento. 

Después de 17 años en la cárcel Reyes regresó a casa. Cuando duerme sigue escuchando una especie de vibración, un ruido sutil que le llegaba en la cárcel cuando sentía el peligro acercarse. Lo llama “el refrigerador”. 

Estuvo preso como si estuviera cumpliendo una condena pero, en realidad, nunca le dictaron sentencia y todavía espera que la libertad que perdió sea completa.

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