La olvidada historia de la “Pequeña Polonia” de México
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La historia de la “Pequeña Polonia” de México a la que llegaron refugiados de la Segunda Guerra Mundial

Hace 77 años, cientos de polacos llegaron a México huyendo de la guerra y algunos decidieron quedarse en tierra azteca para siempre. Esta es su desconocida y apasionante historia, contada por algunos de los sobrevivientes.
26 de julio, 2020
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“¡Qué lejos estoy del suelo donde he nacido! / Inmensa nostalgia invade mi pensamiento / Al verme tan solo y triste cual hoja al viento / Quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento”.

Así, con los versos de la tradicional “Canción mixteca”, México recibió hace 77 años a cientos de polacos que huían de la Segunda Guerra Mundial y del horror en campos de trabajos forzados.

En efecto, dejaban atrás el suelo donde habían nacido tras un doloroso destierro y llegaban a un nuevo país del que poco o nada conocían, pero que los recibió con alegría y la esperanza de que aquel conflicto bélico pronto llegaría a su fin.

Los años hasta acabar la guerra los pasaron como refugiados en una finca a las afueras de León, en el estado de Guanajuato. A aquel pedacito de su país creado en el corazón de México lo llamaban “la pequeña Polonia”.

Finca de Santa Rosa

Cortesía Embajada de México en Polonia
La hacienda de Santa Rosa estaba ubicada a las afueras de León, en el estado de Guanajuato.

Muchos, sobre todo quienes llegaron siendo niños, aún recuerdan su vida en la hacienda de Santa Rosa como los mejores años de su vida. Pronto pasaron del dziękuję al “gracias” para reconocer la segunda oportunidad que se había presentado en sus vidas.

Tanto fue así, que un puñado de ellos decidieron quedarse para siempre en tierra azteca, y aún hoy confiesan tener el corazón dividido entre sus “dos países”.

Esta es la historia de la tan apasionante como poco conocida historia de solidaridad entre dos países, a priori tan distintos y a más de 10.000 km de distancia, contada por algunos de sus protagonistas.

línea

BBC

Finales de la década de 1930. Polonia parece ser un país condenado a desaparecer: por el oeste son invadidos por el ejército nazi de Hitler, a lo que la Unión Soviética responde ocupando territorios polacos por el este.

La población de Polonia queda atrapada por la pugna entre las dos potencias: los alemanes luchan por expandir lo que consideran su “supremacía racial” y los soviéticos por extender los ideales del comunismo internacional.

Todo el país sufre las consecuencias del inicio de la Segunda Guerra Mundial: asesinatos masivos, encarcelamientos de disidentes, desplazamientos forzados…

La URSS da inicio a la deportación en masa de la población polaca de las zonas que se había anexado para repoblarlas con rusos. Según Polonia, fueron expulsados unos 1,2 millones de personas.

Son enviados a frías e inhóspitas regiones soviéticas como Siberia. Algunos son obligados a ingresar en el ejército y cientos de miles en campos de trabajos forzados bajo condiciones infrahumanas.

Pero su suerte cambió cuando, años más tarde, Alemania invadió la URSS y el gobierno soviético se incorporó al bando de los aliados con Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

Una de las condiciones de los ingleses fue que la URSS liberara a los ciudadanos polacos. Había entonces que decidir cuál sería su nuevo destino mientras su país natal seguía soportando lo peor de la guerra.

***

Con 97 años, la polaca Frania Pater recuerda perfectamente cuando, el 1 de septiembre de 1939, los alemanes bombardearon la estación de tren cercana a su ciudad, Lwów (hoy parte de Ucrania).

“Pasaban los aviones, hasta seis juntos, y temblaban todas las ventanas. Yo corría al campo y me tiraba al suelo porque tenía mucho miedo”, relata para BBC Mundo desde su casa en León.

Poco después llegaron los soviéticos y su ciudad se convirtió en el reflejo de lo que ocurría en el resto de la Polonia oriental. De un lado del puente que cruzaba el río, se apostaron las tropas de Hitler. Del otro, las de la URSS.

A las 6:00 de la mañana del 10 de febrero de 1940, los rusos entraron a la casa de la familia de Pater. No les dieron más que media hora para recoger sus pertenencias de una vida y dejar todo atrás.

Frania Pater en una salida a León

Archivo familia Frania Pater
Frania Pater (segunda por la derecha en la fila inferior) fue una de las jóvenes que vivió refugiada en México tras verse obligada a abandonar su hogar.

Viajes en trineo y cuatro semanas en tren después (“el tren se paraba a cada rato”), llegaron a Krasnoyarsk, en Siberia. Otros fueron trasladados a Uzbekistán o Kazajistán.

Como el resto de polacos, Pater fue sometida a jornadas extenuantes en condiciones infrahumanas en campos de trabajos forzados. Ella se encargaba de “sacar la goma de miles de árboles y ponerlas en barriles”.

“No había camas, dormíamos en tablas. Nos daban un kilo de pan por persona para mucho tiempo, así que comíamos puras hierbas. Trabajábamos desde la mañana hasta que oscurecía, yo no sabía ni qué día de la semana era”, recuerda.

Dos años y medio después de aquello, los polacos fueron liberados y Pater pudo dejar Siberia junto a su madre. Su padre, en cambio, no soportó las condiciones como tantos otros y falleció.

***

Una de las claves para que la URSS aceptara liberarlos fue la idea de Reino Unido de que sería efectiva y útil para la guerra la formación de un ejército polaco en territorio soviético.

El primer ministro del gobierno polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski, aceptó. Pero vistas sus pésimas condiciones físicas, la URSS aceptó reubicar a los polacos en un clima más favorable en 1942.

Así, unas 40.000 personas entre soldados, mujeres y niños dejaron territorio ruso rumbo a Irán, que en ese momento apoyaba al bloque de los países aliados. Aunque muchos murieron en el camino, su llegada al puerto de Pahlevi los llenó de esperanza.

Niños polacos en Irán

Biblioteca de PRCUA
Cientos de niños polacos fueron recibidos en Irán antes de encontrar un país que les ofreciera refugio permanente.

Pero su estancia en Teherán como refugiados tampoco se pudo prolongar mucho. Su peregrinaje continuó en busca de asilo y fueron trasladados después a la ciudad india de Karachi (hoy parte de Pakistán).

Finalmente, seis países de África Oriental pertenecientes a la Mancomunidad Británica ofrecieron refugio a 20.000 personas. Ni EE.UU. ni Reino Unido les abrieron sus fronteras.

Pero mucho más llamativo fue que México, un país en el otro lado del planeta y con fuertes restricciones ante la inmigración en aquella época, se ofreciera también a recibirlos.

Visita de Sikorski a México

Enrique Díaz / Archivo Gral. de la Nación (México)
El presidente mexicano Manuel Ávila Camacho recibió al primer ministro polaco en el exilio, Wladislaw Sikorski, para oficializar el acuerdo de recepción de refugiados.

“En nuestro libro, insinuamos que realmente fue una petición del gobierno de EE.UU., que fue un gesto en el que se manifestó la participación de México como parte del espíritu panamericanista de apoyo a EE.UU. en la guerra”, dice Gloria Carreño, historiadora y autora junto a Celia Zack de Zukerman del libro “El convenio ilusorio”.

Aquel convenio se firmó a finales de 1942, cuando Sikorski visitó México y fue recibido con honores de jefe de Estado por el presidente Manuel Ávila Camacho.

Los refugiados podrían vivir hasta que terminara la guerra en México. Su transporte y manutención sería posible gracias a un préstamo de Washington al gobierno polaco en el exilio y de organizaciones polacas en EE.UU.

Visita de Sikorski a México

Enrique Díaz / Archivo Gral. de la Nación (México)
Durante su visita a México, Sikorski incluso se probó un sombrero charro.

****

En Karachi, los refugiados polacos tenían que decidir si querían ir a África o a México. La familia de Valentina Grycuk se decantó por América Latina.

Ella tuvo que abandonar Novogrudk (actualmente en Bielorrusia) cuando solo tenía 2 años. Por eso no recuerda su etapa en Siberia, donde murió su madre. A su padre se lo llevaron al ejército, por lo que quedó a cargo de una tía y sus abuelos.

Pese a ser entonces una niña, Grycuk aún conserva a sus 83 años un detalle grabado para siempre en su memoria del viaje rumbo a México a bordo del barco Hermitage, con más de 700 personas a bordo.

Valentina Grycuk en la hacienda de Santa Rosa

Archivo familia Valentina Grycuk
Valentina Grycuk (primera por la derecha en la fila central) estudió en la escuela de la hacienda Santa Rosa.

“A diario se moría mucha gente, me impresionaba ver los cadáveres amortajados y que aventaban (lanzaban) al mar. Ese chasquido que hacían al caer al agua lo tengo tan presente que siempre lo recuerdo cuando estoy en una alberca (piscina) y oigo que alguien se lanza”, recuerda.

Tras paradas técnicas en Australia y Nueva Zelanda, el barco llegó al puerto de San Pedro, al sur de Los Ángeles. De ahí, fueron en tren a la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez, en México, hasta llegar a León en Guanajuato.

Era 1 de julio de 1943. Habían viajado durante semanas a lo largo de más de 22.000 km del planeta.

Mapa

BBC

Desde León, Grycuk le cuenta con orgullo a BBC Mundo lo que recuerda de la bienvenida que le dio el país que acabaría siendo su hogar.

“Fue maravilloso. En la estación había muchísima gente con flores, dulces para los niños, música y mariachis. Fue muy cálido, como son los mexicanos, muy cálidos”.

***

Wladyslaw Rattinger fue uno de los liberados en Siberia que pasó a formar parte de los ejércitos formados por polacos para defender Rusia.

Su principal misión era rescatar grupos de cientos de polacos de los campos de Asia Central para enviarlos a Irán. Fue enviado después a Irak, donde lo transfirieron al ejército inglés y le encomendaron acompañar a un segundo grupo de refugiados a México.

Rattinger en Irak

Archivo familia Rattinger
Wladyslaw Rattinger (segundo por la derecha) en Irak, donde fue transferido al ejército británico.

“Definitivamente, ayudó a salvar vidas”, le dice a BBC Mundo su hijo, Andrzej Rattinger.

Su padre, fallecido en 1998, ocupó en esa segunda travesía del Hermitage el cargo de comandante del transporte.

“Él se encargaba de comunicarse con las autoridades, mantener el orden del grupo, que estuvieran culturalmente actualizados… Es sorprendente el nivel de organización del barco, recibieron clases y empezaron a estudiar algo de español”, cuenta.

Buque Hermitage

National Archives Record
El buque Hermitage fue el barco en el que dos grupos de cientos de polacos viajaron hasta México.

El segundo grupo llegó a León el 2 de noviembre de 1943. En total, fueron 1,453 los refugiados polacos que encontraron en la hacienda de Santa Rosa, a 10 km de León, su nuevo hogar.

Era “la pequeña Polonia”.

La pequeña Polonia

Peter Gordon
Foto de familia en “la pequeña Polonia”.

***

Aquella finca, habitada en mayor parte por mujeres y niños (muchos huérfanos), funcionaba organizada como una pequeña población.

Debían vivir en el espacio de la hacienda y tenían prohibido trabajar fuera, por lo que sus labores eran para su propia subsistencia: plantación de hortalizas, granjas o talleres artesanales.

Cultivando en la finca Santa Rosa

A. Trzebiez
Los adultos polacos en Santa Rosa aprendieron oficios, criaban animales y cultivaban sus propios vegetales para contribuir a su alimentación.

Había clínica, capilla y mercado. Los adultos aprendían oficios y los niños estudiaban en la escuela siguiendo el sistema educativo polaco, ya que la intención era que regresaran a su país al acabar la guerra.

“Fueron años maravillosos. Como niña que era, para mí era todo alegría. Vivía con mis abuelitos, no me faltaba de nada, tenía colegio, teníamos que comer… hasta funciones de teatro. Yo era muy feliz allí”, recuerda Grycuk.

Valentina Grycuk haciendo su primera comunión

Archivo familia Valentina Grycuk
Grycuk (a la izquierda del sacerdote) recibió su primera comunión en el campamento.

Precisamente Rattinger, tras acompañar a México al segundo grupo de refugiados, se quedó en Santa Rosa coordinando esas actividades de educación y entretenimiento de la finca como teatro, danza o desfiles.

Según la historiadora Carreño, “los mexicanos estaban contentos con la presencia de los polacos. En todas las fiestas populares, les invitaban a que participaran en los desfiles con sus trajes típicos polacos. Fueron muy integrados a la sociedad de León”.

Rattinger en varias representaciones teatrales

Archivo familia Rattinger
Rattinger, vestido arriba como San Nicolás, coordinaba desfiles, representaciones y otras actividades culturales.

A ello contribuía que, aunque oficialmente los refugiados no podían salir del campamento, con permisos especiales sí podían organizar excursiones a León o Ciudad de México, lo que les permitió interactuar y conocer a la sociedad mexicana.

E igual que los polacos se las arreglaban para salir, también los mexicanos se las ingeniaban para entrar a la finca.

Desfiles festivos en León

Cortesía Embajada de México en Polonia
La comunidad polaca de Santa Rosa participaba en las fiestas populares de León.

Pater recuerda como todos los días iban muchas personas para verlos desde detrás de las rejas de alambre. “Parecíamos un poco animales raros”, ríe.

“Había un mexicano que me vio nada más bajar del barco y que iba a la finca todos los días. Yo me quedaba sentada cerca de las rejas con dos amigas, y él me traía que si una rosa, cosas así…”, relata.

Jóvenes polacas en León

Cortesía Embajada de México en Polonia
Algunas jóvenes polacas formaron familia con ciudadanos mexicanos.

“Estaba prohibido que los mexicanos entraran al centro, pero él le dio unos zapatos al guardia y así tenía libre todos los días para que le dejaran entrar. Ya ve, que con dinero baila el perro”, cuenta riendo.

Aquel hombre se convirtió en su marido y el principal motivo por el que, después de acabar la guerra y de que la hacienda de Santa Rosa fuera oficialmente clausurada al terminar 1946, Pater decidiera quedarse para siempre en México.

La escuela en Santa Rosa

Cortesía Embajada de México en Polonia
Los niños seguían el sistema educativo polaco, ante la previsión de que volverían a su país tras la guerra.

***

Cuando se anunció a los refugiados que tenían permiso para instalarse y trabajar fuera de la finca o mudarse, la mayoría eligió como nuevo destino EE.UU., especialmente la ciudad de Chicago, donde había gran presencia de diáspora polaca.

Rattinger mostrando la finca Santa Rosa

Archivo familia Rattinger
Rattinger, a la izquierda, mostrando el campamento a unos visitantes antes de que la finca fuera cerrada en diciembre de 1946.

Muchos tenían la ilusión de volver a Polonia, aunque su país -entonces bajo dominio de la URSS, la misma que los había expulsado y llevado a campos de trabajos forzados- ya se parecía poco al que guardaban en sus recuerdos.

“En Polonia ya no tenía nada, nos quitaron todo: la casa, los terrenos… nos quedamos sin nada”, lamenta Pater. Quienes sí decidieron regresar fueron un centenar de polacos, a quienes siempre se conoció en su país como “mexicanitos”.

Otros intentaron establecerse en México, aunque no a todos les resultó fácil y acabaron marchándose. Pero Pater, al igual que Grycuk y Rattinger, formaron familia con mexicanos y se quedaron para siempre.

Frania Pater junto a su esposo

Archivo familia Pater
Frania Pater se casó con el mexicano Antonio Luna Azpeitia, quien falleció en 1971.

Años más tarde llegarían los reencuentros con aquellos a quienes daban por perdidos a causa de la guerra. Rattinger volvió a ver su madre y hermano en Polonia en los 50. Tras casi 40 años sin verse y pensar que estaba muerto, Pater se encontró con su hermano en Inglaterra.

“Yo me separé de mi padre en Siberia cuando tenía 2 años, por lo que no le recordaba. Puedo decir que lo ‘conocí’ ya en los 70, cuando fui a verlo a Polonia”, lamenta Grycuk.

“Gocé a mi padre 90 días, juntando las tres veces que alcancé a ir. Pero esos días valieron por años”.

Frania Pater y Valentina Grycuk en la actualidad

Archivo familia Valentina Grycuk
Frania Pater y Valentina Grycuk, en una imagen actual, fueron recibidas en Varsovia junto a otros refugiados polacos sobrevivientes tras la Segunda Guerra Mundial.

***

El hijo de Rattinger cuenta que a su padre, como a tantas personas que pasaron por episodios traumáticos como la guerra, no le gustó hablar mucho de ello durante años hasta que la familia lo convenció para que les transmitiera su historia.

“Yo ya les he platicado mi historia a todos, saben cómo fue. No pienso en lo malo ahorita, ¿ya qué me falta? ¡Si cualquier día cuelgo los tenis”, dice Pater riendo.

Los tres protagonistas de esta historia reconocieron siempre su profundo agradecimiento a México por la acogida y la oportunidad que encontraron por empezar una nueva vida.

Valentina y Frania junto a familiares con una bandera mexicana.

Archivo familia Valentina Grycuk
Grycuk y Pater, en la imagen junto a familiares, agradecen la generosidad de México por acogerlas sin olvidar sus raíces polacas.

Pero tanto Rattinger como Pater, que llegaron a Latinoamérica siendo ya jóvenes, tenían muy presente su origen.

“Definitivamente, mi papá siempre se consideró polaco, que es algo que debemos admirar los latinos, ese sentido tan fuerte de patria y nacionalidad. Pero también decía que su vida era de mexicano”, recuerda Rattinger.

Rattinger junto a su esposa y la medalla concedida por el gobierno polaco.

Archivo familia Rattinger
Wladyslaw Rattinger junto a su esposa. A la derecha, la medalla que le otorgó el gobierno polaco por su labor.

“Yo, si soy franca, me siento más mexicana”, dice en cambio Grycuk. Asegura que cuando pone el pie en Polonia “el corazón me late porque siento que allí está mi raíz, es una sensación que quizá nadie la puede entender si no la vive”.

“Pero en México está mi vida, no tengo más que gratitud y adoro este país”, remarca.

La antigua finca de Santa Rosa funciona actualmente como internado de reintegración para grupos de jóvenes y adolescentes, testigo silencioso de aquel apasionante episodio de la historia del que ya solo los mayores en León se acuerdan.

Antes y ahora de un edficio de la finca Santa Rosa

Archivos familiares
Así se veía uno de los edificios de Santa Rosa durante los años de estancia de los refugiados polacos y en la actualidad.

En Polonia tampoco es un episodio ampliamente conocido, si bien se hacen esfuerzos por hacer que esta muestra de amistad y solidaridad no se olvide con el tiempo.

Su gobierno planeaba inaugurar este año un museo en memoria de “Los niños de Siberia” cuya apertura fue pospuesta por la pandemia de covid-19. La embajada de México en Polonia, por su parte, inauguró en julio una exposición sobre la visita de Sikorski al país en 1942.

Valentina Grycuk junto al presidente polaco y su esposa.

Archivo Valentina Grycuk
Grycuk junto al presidente polaco, Andrzej Duda, y su esposa.

“El tema de los niños de Santa Rosa es aún hoy muy valorado porque muy pocas naciones se mantuvieron cerca de la Polonia invadida por los ejércitos nazi y soviético en 1939”, le dice a BBC Mundo desde Varsovia el embajador mexicano, Alejandro Negrín.

“Cuando presenté mis cartas credenciales como embajador al presidente de Polonia, Andrzej Duda, él se refirió con aprecio a ese momento histórico y el mensaje que recibo de distinguidas personalidades es muy claro: ‘Polonia y los polacos no olvidan'”.


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‘El coyote lo abandonó como a un perro’: Tadeo Nieves desapareció tras cruzar a EU por Ojinaga

Lo último que la familia de Tadeo Nieves supo de él es que el coyote que contrató para cruzarlo a EU lo abandonó “en un cerro” porque "no aguantó la caminada", el pasado 4 de noviembre.
Cortesía
13 de enero, 2022
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Zaira cuenta que despertó sobresaltada en mitad de la noche cuando escuchó vibrar el teléfono celular y vio un número desconocido en la pantalla. 

Era la madrugada del jueves 4 de noviembre del año pasado.

“Dejé a tu hermano en un cerro -le avisó una voz al otro lado de la llamada-. No aguantó la caminada y no voy a esperarlo más”. 

El número telefónico era del coyote que Tadeo Salvador Nieves Muñoz había contratado para que lo cruzara a Estados Unidos por el paso de Ojinaga, en Chihuahua. 

Te puede interesar: ‘A Omar no se lo tragó la tierra, se lo llevaron’: migrante sobrevive al desierto, pero desaparece en Ojinaga

Tadeo, un joven de 24 años de 1.85 de estatura y ojos color café, nació en San Miguel Octopan, una pequeña localidad de apenas 14 mil habitantes que pertenece al municipio de Celaya, Guanajuato. Ahí hacía trabajos esporádicos cargando y descargando camiones y pintando inmuebles, hasta que un día llegó a la casa de su madre diciendo que quería probar fortuna al otro lado de la frontera.

“Todos le dijimos que cruzar sin papeles es muy peligroso, pero él ya tenía tomada su decisión”, dice Zaira.

Tadeo, que entre sus señas particulares destacan un par de tatuajes -uno en la espalda alta con la leyenda ‘María’ y otro en el pie izquierdo con un diamante con cuernos de venado y la leyenda ‘Tadeo’-, salió de su pueblo el 30 de octubre. Llevaba puestos unos pantalones de mezclilla azul oscuro, unos tenis de la marca Air Force de color negro, una camiseta tipo militar, y una mochila con otro poco de ropa. 

Ese mismo 30 llegó a Chihuahua capital, donde marcó a su casa para avisar a su madre que estaba bien. 

“No hablaron mucho, solo le pidió que le echara la bendición antes de brincar para el otro lado”. 

Al día siguiente, el joven partió con otro grupo de migrantes hacia Ojinaga. Al parecer, todo marchaba bien. Pero pronto Tadeo agotó sus reservas de comida y agua, y al parecer ya no aguantó más el camino.  

El coyote, entonces, llamó a su hermana la madrugada del día 4, cuando ya habían pasado muchas horas de que el joven estaba solo en mitad de la nada. 

“¡Lo dejó tirado en un cerro, así sin más! -exclama enojada Zaira durante la entrevista telefónica con Animal Político-. Lo abandonó como a un perro. Sin preocuparse ni lo más mínimo de lo que pudiera pasarle”. 

El traficante tan solo le envió por teléfono las coordenadas del punto donde había dejado a Tadeo, para que mandaran a alguien a buscarlo. Zaira avisó a su padre, que vive en Arlington, Texas, quien de inmediato se puso en camino y llegó hasta el lugar un día más tarde, donde no encontró rastro alguno de su hijo.

Las horas pasaban y el pánico comenzó a apoderarse de la familia del joven migrante, hasta que el 6 de noviembre logró comunicarse vía telefónica. 

“No pudo hablar mucho porque casi no tenía pila”, cuenta Zaira. “Nos dijo que llevaba cuatro días sin comer ni beber, y nos suplicó que fuéramos a buscarlo”.

Según Zaira, el joven también les dijo que no estaba cansado, que ese no fue el motivo por el que no pudo continuar caminando con el resto de migrantes: “Nos dijo que no tenía ni ampollas en los pies, ni nada. Que el problema que tenía era que no le quedaba comida ni agua. Él pedía a gritos que le dieran agua para poder continuar. Pero nadie se la dio y lo abandonaron”.

Tras la llamada del día 6, Tadeo mandó su ubicación por teléfono y su padre se movió hacia el punto, en otra zona de cerros en mitad del desierto. Pero tampoco lo encontró ese día, ni los tres siguientes con sus noches incluidas en los que, desesperado, peinó la zona varias veces. 

La familia buscó entonces a las autoridades de migración mexicanas para pedirles ayuda y también a la fiscalía estatal de Guanajuato y de Chihuahua. Además, buscaron en reiteradas ocasiones al coyote para reclamar y exigirle que los ayudara a encontrar a Tadeo. 

“Pero el tipo solo se lavó las manos. Nos dijo que él no sabía nada y que no era problema suyo”. 

Luego, dejó de contestar las llamadas. Como también lo hizo el teléfono de Tadeo, que desde aquel 6 de noviembre no ha vuelto a dar señales de vida.

Casos idénticos

Zaira cuenta que el caso de su hermano es muy similar al de Omar Reyes López, un joven de 20 años de Hidalgo que, después de sobrevivir siete días en el desierto cuando trataba de cruzar sin documentos a Estados Unidos, desapareció el 2 de noviembre en Ojinaga, Chihuahua; tan solo un par de días antes del caso de Tadeo. 

“Son casos casi idénticos: desaparecieron en la misma zona y en los mismos días”, plantea la mujer, que matiza que la única diferencia es que Omar desapareció estando en el lado mexicano de la frontera, en Ojinaga, y Tadeo en el estadounidense. 

En ninguno de los casos, la familia tiene la más remota pista de qué pudo haberles pasado, aunque el contexto de violencia que vive la zona del paso Aldama-Ojinaga-Guadalupe les hace temerse lo peor. 

“A Omar no se lo tragó la tierra; a Omar lo tiene alguien, y nosotros solo queremos que nos lo regresen”, dijo Sheila Arias, tía del joven hidalguense.

Precisamente ahí, un poco antes de la desaparición de Tadeo y de Omar, el 25 de septiembre desapareció otro grupo de 13 migrantes mexicanos que fueron interceptados por integrantes del crimen organizado que se los llevó en camionetas, según declaró a la Fiscalía de Chihuahua un migrante menor de edad que logró escapar. 

Más de tres meses después, María, hija de Amador Aguilar Mendoza, de 55 años, y hermana de Emmanuel Aguilar Bailón, de 25, dos de los migrantes desaparecidos ese día, lamenta que siguen sin noticias de sus familiares. 

“Pasa el tiempo y todo sigue igual”, dice la joven en entrevista con este medio. Y eso que se están poniendo múltiples medios para las búsquedas. El pasado 20 de diciembre, por ejemplo, la Fiscalía chihuahuense hizo un sobrevuelo con apoyo de un helicóptero Black Hawk de la Secretaría de la Defensa Nacional para recorrer lugares en el desierto de la frontera conocidos como Rancho Cieneguilla, Rancho Bosque Bonito y Rancho Lomas de Arena, de los municipios de Práxedis Guerrero y Guadalupe, en Chihuahua. Además, en las labores de búsqueda también participaron elementos del Ejército mexicano. Pero tampoco hubo resultados. 

Lee más: Los 13 desaparecidos en Ojinaga: migrar a EU para conocer al padre o pagar la carrera de su hija

“Reconocemos al Gobierno de Chihuahua por la respuesta inmediata que ha brindado desde el principio y la atención que nos ha dado. Pero sus esfuerzos han quedado rebasados ante la situación que enfrenta esa zona fronteriza”, expone Sheila Arias, la tía de Omar. 

El activista Gabino Gómez, integrante del Centro de Derechos Humanos de las Mujeres (CEDEHM) de Chihuahua que está acompañando el caso de Omar, dijo que solo con él llegaron otros 14 casos de personas desaparecidas en la zona de Ojinaga y del Valle de Guadalupe donde desapareció Omar y los 13 migrantes. Mientras que Jesús Manuel Carrasco Chacón, fiscal de distrito zona norte, informó que el año pasado lograron rescatar con vida a otras 60 personas migrantes que también habían desaparecido en los municipios de Guadalupe y Práxedis Guerrero. 

Por ello, los familiares de Omar y de los 13 migrantes, más ahora los de Tadeo Salvador Nieves, pidieron al Gobierno Federal que “ponga atención” a toda esa zona de Ojinaga y del Valle de Guadalupe, donde “es evidente que grupos del crimen organizado operan y controlan la zona afectando a nuestros migrantes”. 

“No podemos cerrar los ojos a esa realidad, ni la autoridad ni la sociedad civil”, dice Sheila Arias. 

Por su parte, Zaira demanda atención de las autoridades de los tres niveles, a las que pide que no den por concluidas las búsquedas de Omar, los 13 migrantes, y la de su hermano Tadeo. 

“Pedimos su ayuda para seguir buscándolos hasta por debajo de las piedras”, recalca la mujer.

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