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¿Por qué muchas mujeres aún se cambian el nombre para usar el apellido de sus maridos?

Tomar el apellido del esposo tiene un origen patriarcal histórico, ¿por qué entonces tantas mujeres mantienen esta tradición?
27 de septiembre, 2020
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Novia con brazo apoyado en el de su novio.

Getty Images
En Estados Unidos, la mayoría de mujeres adoptan el apellido de sus maridos cuando se casan.

Planear una boda en tiempos de pandemia es algo lleno de incertidumbres, pero Lindsey Evans, de 30 años, tiene clara una certeza: “cuanto más se acerca la fecha, más segura estoy de que quiero adoptar su apellido”.

La boda entre esta californiana y su pareja está prevista para julio de 2021.

En Estados Unidos, la mayoría de mujeres adoptan el apellido de sus maridos cuando se casan. En concreto un 70%, según uno de los análisis de datos más exhaustivos en los últimos años.

En Reino Unido, esa cifra asciende a casi un 90%, según datos de 2016. Y el 85% de esas mujeres tiene entre 18 y 30 años.

Aunque la tendencia es menor que hace una generación, queda claro que esta norma cultural aún persiste con fuerza en varios países del mundo occidental. Incluso a pesar de que hoy vivimos en una era más individualista y con mayor conciencia de género.

Aunque las definiciones de feminismo pueden variar, un 68% de mujeres menores de 30 años se definen como feministas en EE.UU. y alrededor del 60% en Reino Unido.

“Es bastante sorprendente, ya que esta tradición viene de la historia patriarcal, de la idea de que una mujer casada se convertía en una de las posesiones del hombre”, dice Simon Duncan, profesor de la Universidad de Bradford, en Reino Unido, quien ha estado investigando esta práctica.

Lindsay Evans

Lindsay Evans
Lindsey Evans, de 30 años, quiere adoptar el apellido de su futuro marido.

Es una tradición arraigada en la mayoría de países de habla inglesa, aunque el concepto de “adueñar” esposas hace más de un siglo que no se usa en Reino Unido y actualmente no hay ningún requerimiento legal para adoptar el nombre del marido.

Gran parte de Europa occidental sigue el mismo patrón, con las excepciones de España e Islandia, donde las mujeres mantienen sus apellidos y Grecia, que estableció un requerimiento legal en 1983 para que las mujeres retuvieran su apellido de por vida.

Incluso en Noruega, categorizado como uno de los países líderes en igualdad de género y con una historia patriarcal menor, la mayoría de mujeres siguen tomando el apellido de sus maridos. Allí, sin embargo, alrededor de la mitad de las mujeres que adoptan otros nombres mantienen su apellido de solteras como segundo nombre, que funciona como apellido secundario.

“¿Es esto solo una tradición inofensiva o hay algún tipo de significado que se filtra desde esos tiempos hasta ahora?”, se pregunta Duncan, quien recientemente se asoció con académicos de la Universidad de Oslo y la Universidad del Oeste de Inglaterra para ahondar en por qué persiste esta tradición.

Tradiciones patriarcales

Por supuesto, hay numerosas razones por las que una mujer puede querer cambiar su apellido de soltera, ya sea porque le disgusta o por desasociarse de padres ausentes o abusivos miembros de la familia.

Pero a través de un intenso análisis de investigaciones y entrevistas con parejas recién casadas o comprometidas en Reino Unido y Noruega, el equipo de Duncan identificó dos motivos especiales.

El primero fue la persistencia del poder patriarcal. El segundo, el ideal de “buena familia”; la creencia de que compartir el nombre de tu pareja simboliza el compromiso y te une a ti y a tus posibles hijos dentro de una unidad.

Algunas parejas aceptan el cambio de nombre simplemente por ser una tradición, mientras que otras adoptan con entusiasmo la idea de transmitir los apellidos del hombre.

“Algunos hombres todavía insisten en mantener ese tipo de suposición patriarcal que viene del pasado. Algunas mujeres están de acuerdo con eso y lo tienen internalizado. Hay mujeres realmente ansiosas en asumir el apellido de su esposo”, explica Duncan.

Hombre proponiendo matrimonio.

Getty Images
Cambiar al nombre del esposo está asociado con otras tradiciones como que sea el hombre el que pide matrimonio.

La investigación de su equipo expone que el hecho de que las mujeres cambien su nombre está vinculado a otras tradiciones patriarcales como que los padres entreguen a sus hijas antes de la boda o que los hombres sean los que proponen matrimonio.

Estos elementos, dice Duncan, forman parte del “paquete de matrimonio” para muchas parejas.

“Es parte del romance”, coincide Corinna Hirsh, alemana de 32 años residente en Estocolmo, Suecia, quien tomó el apellido de su marido al casarse el año pasado.

“Dormimos en habitaciones separadas la noche anterior. Mi padre y mi marido dieron un discurso, pero yo no”, agrega.

Hirsh cree que estas tradiciones le ayudan a ella y su pareja a desarrollar un vínculo más profundo, a pesar de ya llevar más de ocho años juntos. “No esperábamos sentirnos más cerca tras la boda, pero el hecho de haberla organizado a lo grande y tener un solo apellido hicieron el truco”.

La “buena familia”

El segundo motivo que Duncan y su equipo indagaron se basa más en percepciones públicas. Concluyeron que tomar el apellido de tu pareja se percibe como una forma de mostrar compromiso y unión hacia el exterior.

“Siento que nos da una identidad como familia y no como individuos”, concuerda Lindsey Evans en California.

Familia.

Getty Images
Muchas mujeres eligen tener el mismo apellido que sus parejas para dar más sentido de unidad familiar.

La investigación de Duncan concluyó que esta narrativa de “buena familia” era especialmente fuerte entre las mujeres que ya habían tenido hijos. Incluso algunas de las que no adoptaron el nombre de sus parejas lo hicieron después de dar a luz.

“Quise hacerlo para tener una mejor conexión con mi hijo, no solo en nuestra relación, sino también sobre el papel”, dice Jamie Berg, bailarina y gimnasta estadounidense de 36 años residente en Oslo, Noruega.

Tras mantener su nombre de nacimiento durante varios años, sobre todo porque era importante para su identidad profesional, añadió el nombre de su marido a su pasaporte y otros documentos cuando su hijo nació para “así tener los tres el mismo apellido”. Esto, esperaba, evitaría líos administrativos, por ejemplo, al viajar fuera del país.

El estudio de Duncan destacó otro sentimiento común entre muchos padres, y es que los niños pueden terminar confundidos o infelices como resultado de que los padres tengan nombres diferentes.

Pero argumenta que si bien esto puede crear incomodidad en los adultos, la investigación sociológica sugiere un impacto limitado en los niños, y la mayoría no se confunde en absoluto sobre quién conforma su familia, independientemente de su apellido.

¿Tradición contra el feminismo?

Los académicos están divididos sobre cómo esta norma juega en contra de los esfuerzos para conseguir la igualdad de género.

Duncan describe como “bastante peligroso” si las parejas lo hacen porque adoptan la tradición o simplemente la asumen por defecto.

“Perpetúa la idea de que el marido es la autoridad… reproduciendo la tradición de que el marido es el líder de la casa”, explica el investigador.

Ese argumento es fuertemente apoyado por mujeres como Nikki Hesford, de 34 años y propietaria de un negocio en el norte de Inglaterra. Ahora está divorciada, pero se negó a tomar el nombre de su exmarido cuando se casaron, y dice que le sorprende ver que pocas esposas hacen lo mismo.

Mujer con mano extendida.

Getty Images
Algunas mujeres piensan que asumir el apellido de la pareja masculina no ayuda al movimiento feminista.

“Las mujeres se quejan de que siempre terminan siendo las cuidadoras, las que dejan de lado el trabajo cuando se enferma el niño, lo llevan al hospital o la que sufren con sus carreras profesionales. Pero es que desde el principio sientan el precedente (con el cambio de nombre) al decir ‘tú eres más importante que yo, tú el principal y yo la secundaria'”, argumenta Hesford.

“Algunas personas me dicen que lo estoy pensando demasiado y que no significa nada, pero yo no estoy de acuerdo”, amplía.

Sin embargo, Hilda Burke, una terapeuta de parejas irlandesa, cree que las mujeres que eligen conservar sus apellidos no deberían juzgar tan rápido a las otras. La especialista apunta que estos conceptos de “romance retro”, reforzados por el cine y la literatura, se han amplificado con las redes sociales.

Esto significa que las mujeres seguirán influenciadas por este tipo de mensajes, a pesar de que el feminismo cuenta con una mayor plataforma hoy en día.

“Mucha parte del contenido de las influencers gira en torno a tener un novio, una gran fiesta de matrimonio y luna de miel. Incluso aunque esas mujeres se identifiquen como feministas, el estilo de vida que representan es el del ideal romántico”, dice Burke.

La especialista opina que, para muchas, cambiar al apellido de sus maridos es una opción pragmática y no necesariamente tiene que ver con ser más o menos feminista.

Pareja de casados en la playa.

Getty Images
“Mucha parte del contenido de las influencers gira en torno a tener un novio, una gran fiesta de matrimonio y luna de miel. Incluso si esas mujeres se identifican como feministas, el estilo de vida que representan es el del ideal romántico”.

Otro argumento es que, a fin de cuentas, el feminismo también se trata de dar a las mujeres libertad de decisión. Esto significa que siempre y cuando sean ellas las que decidan qué nombre tomar, no debería importar si va a favor o no de las normas patriarcales.

“Mi novio jamás me ha dicho que debo adoptar su apellido. Como feminista, soy capaz de tomar la decisión que es mejor para mí sin preocuparme por los roles de género“, dice Evans.

¿Seguirá así en el futuro?

Los investigadores debaten acaloradamente cuán prevalente será la tradición de tomar el apellido de los maridos en el futuro. Hay poca investigación académica predictiva, aunque hay indicios de que, a pesar del lento progreso hasta la fecha, tanto mujeres como hombres están cada vez más abiertos a alternativas.

En Reino Unido, una encuesta de 2016 a más de 1.500 personas mostró que al 59% de las mujeres todavía les gustaría tomar el apellido de su cónyuge al contraer matrimonio, y el 61% de los hombres todavía quiere que lo hagan así.

Aunque estas cifras son altas, son alrededor de un 30% más bajas que la proporción de británicos que actualmente siguen la tradición.

Otra encuesta mostró que el 11% de los jóvenes de 18 a 34 años en Reino Unido ahora están usando apellidos compuestos cuando se casan. Se trata de un práctica que tradicionalmente hacían las familias más adineradas.

“Lo hablamos antes y decidimos que como íbamos a compartir todo en nuestras vidas, también tenía sentido compartir los nombres”, explica Nick Nillsson-Bean, un británico de 36 años residente en Suecia, quien tiene el mismo apellido compuesto de su esposa.

Hombre poniendo anillo a su mujer.

Getty Images
Muchas parejas, por otra parte, optan por llevar apellidos compuestos.

“Se sentía un poco arcaico que tomara mi apellido”, explica.

En Estados Unidos, un número cada vez mayor de mujeres también está optando por apellidos compuestos sin guiones para ser más visibles online por motivos profesionales.

Mientras tanto, algunas parejas mezclan sus nombres o inventan otros nuevos para compartir y los hombres adoptan los apellidos de sus esposas, aunque ambos fenómenos siguen siendo inusuales.

“No estaba obsesionado con toda la masculinidad y la patriarcal y sabía lo importante que era conservar la identidad para mi esposa“, dice Ciaran McQuaid, un ingeniero británico de 39 años que cambió su nombre y se puso el apellido de su esposa.

Dado que las mujeres tienden a casarse más tarde (la edad promedio es ahora de 35 años o más en países europeos, incluidos Reino Unido, Italia y España, y alrededor de 28 en EE.UU.) esto también puede tener un impacto en la elección de nombres futuros.

Una investigación conjunta de Noruega y EE.UU. expone que las mujeres mayores, más educadas y económicamente independientes tienen más probabilidades de mantener sus nombres de nacimiento, mientras que la práctica es menos popular entre las más jóvenes, con salarios más bajos y dentro de la comunidad afroestadounidense.

Pareja casada.

Getty Images
Las mujeres de la comunidad afroestadounidense son menos propensas a conservar sus apellidos tras casarse.

“Ya tenía casa, título, automóvil…si cambiaba de nombre tendría que cambiar todos esos documentos y licencias”, explica America Nazar, una dentista de 50 años residente en Noruega que no cambió su nombre tras casarse el año pasado.

Otros investigadores destacan la influencia de la comunidad LGBTIQ, donde ya hay tendencia a ser más flexibles a la hora de cambiar de nombres.

La doctora Heath Schechinger, psicóloga y terapeuta de la Universidad de Berkeley en California, predice que se puede alentar a las parejas heterosexuales a mantener sus propios nombres a medida que “el concepto de ‘familia’ se expande”.

Es hora de que esto se convierta en una discusión abierta dentro de las asociaciones y no en algo que se asuma o esté predeterminado”, coincide la gerente de marketing Verity Sessions, de 35 años, de Inglaterra, que mantuvo su propio nombre cuando se casó con su esposa.

“Algunos de mis amigos han decidido tomar el apellido de su esposa”, dice.

Sin embargo, dice que entiende que otras parejas “simplemente aman una tradición” o podrían optar por nombres que simplemente “hacen que un árbol genealógico sea un poco más fácil de elaborar”.

En Londres, la psicoterapeuta Burke también cree que las nomenclaturas convencionales van a cambiar, aunque ahora con la batalla contra la covid-19 están teniendo lugar otras prioridades,

Los fanáticos de la tradición de los nombres masculinos como Corinna Hirsch, sin embargo, esperan que no se extinga. “Sería bueno si continúa, pero solo si no es forzado”, opina.


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Imágenes cortesía de Penguin Random House

Terminó la COP 27 pero no la crisis climática: cuatro libros para mantener la conversación sobre la mesa

Después de dos semanas, la COP 27 terminó el viernes en Egipto. En ese contexto, presentamos una selección de libros para seguir hablando sobre cambio climático, sus efectos y las posibles soluciones para México y el mundo.
Imágenes cortesía de Penguin Random House
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La edición 27 de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, COP 27, concluyó este viernes, y con ella, una serie de conversaciones, diálogos y debates entre líderes mundiales, ministros de medio ambiente, científicos y representantes de la sociedad civil, con el objetivo de plantear nuevos caminos para el financiamiento para la mitigación y adaptación a la crisis climática.

La COP 27 fue del 6 al 18 de noviembre en Sharm el-Sheij, Egipto. Entre los temas abordados estuvo la primera mesa redonda ministerial de alto nivel y las metas que tendrían que cumplirse antes de 2030, tomando en cuenta los compromisos que los Estados miembro de la ONU tienen que alcanzar en los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030, adoptada en septiembre de 2015.

Ante esto, los ministros de la COP 27 hicieron un llamado colectivo para aumentar —con urgencia— la acción y el apoyo al clima.

La presencia de las y los científicos también fue importante con la presentación del informe 10 New Insights in Climate Science o 10 nuevas reflexiones en la ciencia climática, en el que señalan ideas clave de las últimas investigaciones sobre cambio climático. 

De acuerdo con un comunicado de la ONU Cambio Climático, uno de los puntos clave en este informe son los límites que tiene la humanidad para adaptarse a los inevitables impactos del cambio climático. En él, se incluyen eventos como sequías, tormentas e inundaciones cada vez más frecuentes y severas.

El Grupo de Financiamiento Climático para Latinoamérica y el Caribe (GFLAC), también presente en la COP 27, presentó 10 puntos que se deben alcanzar para tener acuerdos suficientes que garanticen un financiamiento equitativo, suficiente y sostenible que asegure una transición justa para la región.

Entre los puntos a destacar por parte del GFLAC, se encuentra garantizar un financiamiento con enfoque de justicia climática y género, mejorar la conexión entre necesidades y flujo de financiamiento, y aumento del financiamiento para la adaptación. También enfatizaron el contar con un financiamiento orientado a las pérdidas y daños, entre otros aspectos.

Maximiliano Manzoni, periodista paraguayo en El Surtidor y quien cubrió la COP 27 desde Egipto, escribió sobre la presentación del texto del Fondo de Adaptación, el cual fue enviado a los países para votación al final de la semana. 

De acuerdo con Manzoni, tal documento “‘destaca’ que los países desarrollados deben al menos doblar el monto de financiamiento y ‘nota con preocupación’ la falta de cumplimiento de los compromisos ya asumidos. El documento del Fondo de Adaptación está en línea con lo que se había acordado en Glasgow”, escribe el periodista en su más reciente artículo.

En Animal Político, preparamos cuatro recomendaciones de libros para continuar con la charla sobre el tema y el contexto mexicano.

Lee: Seguir abrazado al carbón o incumplir en cambio climático: el reto de México ante la COP27

‘Bioética. Manifiesto por la Tierra’

Repensar el término “bioética” más allá de la medicina permite ampliar el concepto desde las humanidades y la ciencia, con el objetivo de reflexionar cuánto es que las personas han deteriorado la salud de la Tierra hasta lo que hoy es la crisis climática. Hace 50 años se publicó Bioethics: Bridge to the Future, del bioquímico estadounidense Van Rensselaer Potter.

Cinco décadas después, el médico y escritor Arnoldo Kraus conmemora este libro con una invitación a las personas para tomar acción ante las prácticas humanas que han dañado el medio ambiente, a través del libro Bioética. Manifiesto por la Tierra (Debate, 2022). En la obra, Kraus coordina los textos de 12 autoras y autores que desde sus perspectivas en filosofía, arte, ciencias, historia, entre otras áreas, hablan de la bioética desde sus especialidades en la materia.

El prólogo está a cargo del biólogo e investigador José Sarukhán, quien fuera rector de la UNAM y fundador del Instituto de Ecología y la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio).

‘México sediento’

Entre los temas que se discutieron durante la COP 27 estuvo la adaptabilidad a los efectos de la crisis climática, como las sequías o inundaciones. Para continuar con esta charla, a manera de novela ecológica, Francisco Martín Moreno presenta su libro México sediento (Alfaguara, 2022). En él, plantea un contexto de ficción encaminado al ultimátum hídrico en una de las ciudades más pobladas del planeta.

Moreno elige como escenario a la Ciudad de México, donde la escasez de agua no solo se lee en la novela sino también suele presentarse en la vida real. El escritor no solo presenta una sequía en las calles, sino también a nivel de las relaciones humanas.

‘Contra el futuro’

Marta Peirano, escritora dedicada a tecnología y poder, presenta Contra el futuro. Resistencia ciudadana al feudalismo climático (Debate, 2022), un libro en el que, con una serie de reflexiones en tres perspectivas distintas, mitos, máquinas e inteligencia no artificial, habla de las dificultades que hay al abordar el tema del cambio climático, los cambios de hábitos y las soluciones.

Peirano escribe acerca del denominado “Día cero” y cómo es que ronda alrededor de las grandes metrópolis del mundo como Melbourne o la CDMX. Sin embargo, no todas son tan predecibles como sucedió con Sao Paulo, Brasil, que en 2015 estuvo a 20 días de quedarse sin agua a causa de la deforestación.

La autora también habla de la invasión a Ucrania, la cual ha visibilizado el peso geopolítico de la adicción al petróleo y al gas de países como Rusia o Emiratos Árabes, un discurso que también fue parte de la COP 27 cuando António Guterres, secretario general de la ONU, llamó a un acuerdo denominado Pacto de Solidaridad Climática o Pacto Suicida Colectivo para evitar la catástrofe climática. 

Lee: México promete eliminar quema de petróleo y gas e impulsar energías renovables rumbo a 2030

‘¿Deberíamos comer carne?’

Otro tema cumbre en la COP 27 fue la seguridad alimentaria y cómo garantizarla para la población mundial. Este es, además, uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenibles de la Agenda 2030. Ante una industria agrícola que también ha mostrado cierta responsabilidad dentro de la crisis climática, muchas personas se suman a consumir productos frutales y vegetales de manera local.

En ¿Deberíamos comer carne? Evolución y consecuencias de la dieta carnívora moderna (Fondo de Cultura Económica, 2022), Václav Smil lleva a las y los lectores a conocer cómo se encuentra el carnivorismo de las sociedades occidentales modernas.

El científico y analista político originario de República Checa inicia este viaje por los supermercados con la descripción de la cantidad de carnes que las personas encuentran de distintas especies: pollos, pavos, patos, ovejas, reses, cerdos. España, por ejemplo, es el país que muestra un suministro per cápita mayor en Europa.

Smil señala que ¿Deberíamos comer carne? no es un manifiesto para dejar este alimento, sino una invitación para hacer un consumo responsable de carne, que no solo tenga impacto en la nutrición de las personas sino que, también, preserve beneficios sociales y económicos.

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