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BBC Three
Quería ser heterosexual y por eso asistí a una terapia de conversión gay
Tratando de luchar para reconciliar su religión con su sexualidad, Shulli pasó más de un año en terapia de conversión gay. Este es su testimonio.
BBC Three
8 de abril, 2019
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“Quiero ser heterosexual y por eso estoy aquí”

Cerré los ojos y apreté los puños. Aunque estábamos sentados cara a cara, evité la mirada del terapeuta.

Pero me concentré intensamente en sus palabras: “Entonces, ¿tu madre trabajó, dices?”.

Asentí.

Luego siguió: “Debes sentirte tensa con los hombres. ¿Por qué?”

Apreté los dientes y me quedé en silencio.

Siempre me aterrorizaba, antes de cada sesión, mientras subía nerviosa las escaleras hacia su oficina que alguien pudiera verme y darse cuenta de por qué estaba allí.

Nunca me relajé del todo, mi espalda estaba rígida y mi cuerpo tenso todo el tiempo.

Me pidió que describiera cómo me sentía cuando veía a una chica que me gustaba en el gimnasio.

“Tenía mariposas en el estómago”, le dije.

Asintió y luego comenzó a pedirme que analizara por qué tenía esa sensación de ansiedad.

Quizás mi incapacidad para sentirme atraída por los hombres se debió a que en realidad me preocupaba que no les gustara, sugirió.

Suspiré. Ya no sabía lo que sentía, excepto que estaba adormecida y atrapada.

No, esto no era un mal sueño. Estaba en medio de la terapia de conversión gay que dominaría mi vida cuando tenía veintitantos y que me marcaría para siempre.

Entonces, estaba convencida de que tenía que ser heterosexual para ser feliz.

Como judía ortodoxa moderna, estaba desesperada por llevar lo que pensé que era una vida “normal”: casarme con un “buen hombre judío”, tener una familia y ser aceptada por mi comunidad religiosa.

Mientras que muchos judíos liberales aceptan la homosexualidad en la actualidad, algunos judíos ortodoxos aún se oponen a ella porque está prohibido por las enseñanzas religiosas.

Sentada allí, en la oficina del terapeuta, traté a regañadientes de comprometerme con su petición de llegar a la raíz del problema.

De manera ingenua, pensé que el dolor de analizar mi infancia y a mis padres valía la pena porque, creía, iba a atravesar todo ese proceso para convertirme en una mujer heterosexual.

Eso era todo lo que quería entonces.

A pesar de los avances del movimiento LGBTQ+ que hemos visto durante las últimas cinco décadas, la terapia de conversión gay, una práctica pseudocientífica que intenta cambiar la orientación sexual o reducir la atracción sexual hacia otras personas del mismo sexo, todavía se lleva a cabo en muchos países.

Reino Unido está estudiando su prohibición después de un informe publicado en internet el año pasado.

Estaba basado en una encuesta anónima de personas LGBTQ+ llevada a cabo en el país de julio a octubre de 2017.

Recibió más de 108.000 respuestas.

Una de sus principales conclusiones es que el 2% de las personas que respondieron a la encuesta dijeron que se habían sometido a una terapia de conversión en un intento de “curarse”, y que a otro 5% se le había ofrecido.

De los que dijeron que habían recibido terapia de conversión, más de la mitad (51%) la habían recibido a través de un grupo religioso, mientras que el 19% dijo que se la recomendó un profesional de la salud.

Aunque crecí en Londres en una familia de mente abierta, no conocía a nadie que se identificara como gay, lesbiana o bisexual.

A los 11 años, le dije a mi madre que me gustaba una chica de mi edad que conocía.

Pero me dijo que a muchas gente les gusta personas del mismo sexo cuando atraviesan la pubertad y que yo era demasiado joven para saber qué me gustaba.

No volvimos a hablar de eso durante años.

En mi primer año de universidad, en 2010, intenté de nuevo hablar con mis padres sobre mi sexualidad, pero no fue fácil. Tenía todos estos sentimientos contenidos dentro de mí y necesitaba sacarlo.

Cuando empecé la universidad, me lancé a la vida estudiantil e intenté poner esos pensamientos sobre mi sexualidad en el fondo de mi mente.

Me involucré con uno de los grupos judíos y, al final de mi primer año, me inscribí en uno de sus viajes de verano a Israel.

El viaje duró dos semanas y el chico con el que estaba saliendo en ese momento también vino.

Una noche me emborraché mucho y le conté a uno de los adultos del viaje que él en realidad no me atraía y que en cambio, admití, me gustaban las chicas.

A la mañana siguiente, me desperté con pánico.

Estaba aterrorizada con la idea de que la persona a la que se lo había confesado todo se lo contara a alguien, pero cuando hablé con él más tarde, prometió guardar mi secreto.

Me sentí aliviada de que no estuviera juzgándome. Después del viaje, comencé a tener reuniones con él, ya que él era la única persona en la que había confiado.

Lloré mucho, pero me sentí bien al abrirme finalmente.

Le dije que deseaba poder ser sincera y que mi vida fuera menos confusa.

Durante una de nuestras conversaciones, dijo que había una manera de encontrar la “felicidad”: que alguien a quien conocía en Israel podía ayudarme con una terapia de conversión gay.

El plan era que dejara un año mis estudios y presentara mi solicitud para vivir en Israel en una escuela religiosa.

Estaba emocionada y nerviosa al mismo tiempo. Era un paso drástico, pero estaba decidida a intentarlo todo.

Estaba desesperada por encontrar una manera de sentirme mejor.

Mis padres se ofrecieron a cubrir el costo de US$1.300 aproximadamente porque sabían que estaba sufriendo internamente y solo querían ayudar.

Ninguno de nosotros conocía a nadie que hubiera pasado por este tipo de terapia y no teníamos idea del daño que podía hacer.

En Israel, a partir de 2019, los médicos pueden ser expulsados de la Asociación Médica del país si llevan a cabo terapias de este tipo.

La organización lo prohibió a principios de este año, pero para entonces yo ya había pasado por mi propia experiencia.

Mi terapia duró 18 meses. Continué por video chat cuando regresé a Reino Unido.

Uno de los métodos que me costó hacer, y que encontré francamente siniestro, fue la regresión a vidas pasadas, una forma controvertida de hipnoterapia que supuestamente te permite acceder a recuerdos de tus vidas anteriores.

En mi caso, estábamos buscando un pecado que supuestamente había cometido en una vida pasada y que me había “vuelto gay”.

Me hicieron cerrar los ojos y me preguntaron qué podía ver. Traté de decir que no estaba funcionando, pero me decían que intentara nuevamente.

Al final, me di por vencida y les dije que había sido dueña de una granja y que había intentado matar a alguien, aunque, por supuesto, me inventé todo esto.

Mirando hacia atrás, sé que suena loco, pero solo quería que aquello acabara.

Otro proceso desagradable por el que pasé fue la desensibilización y el reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR).

Todavía es relativamente nuevo y los científicos no están muy seguros de cómo funciona, pero parece que reduce los síntomas del trastorno de estrés postraumático en algunas personas.

En mi caso, me pidieron que pensara en cosas que me asustaban o que no me parecían atractivas, como tener relaciones sexuales con un hombre, mientras hacía que mis ojos siguieran la pluma del terapeuta de lado a lado.

La idea era deshacerme de cualquier sentimiento negativo que tuviera hacia el sexo directo, pero, obviamente, no funcionó e imaginarme a mí misma en esas situaciones realmente fue un desastre.

Cuando regresé a Londres, estaba claro que estaba emocionalmente en un lugar muy oscuro.

Me sentía cada vez peor, no veía ningún cambio en mi sexualidad y eso es lo que me hizo pensar que las cosas habían ido demasiado lejos.

En un momento de desesperación, le pedí al terapeuta una prueba de que su terapia había funcionado con alguien.

Me puso en contacto con una mujer en Israel que había estado haciendo la terapia de conversión durante seis años pero todavía no podía besar o tener relaciones sexuales con un chico.

Escuchar su historia me hizo darme cuenta de que ya no quería vivir mi vida como una mentira.

Que no quería estar sin amor ni sin sexo y que tenía que poner fin a esto.

Ahora, seis años después, estoy mucho más contenta con quién soy, aunque me resulta difícil confiar en las personas y tiendo a sobreanalizar las cosas en las relaciones.

Pero saqué algo muy positivo de todo esto: mis padres ahora son mi mayor respaldo.

Mi padre, desconcertado por la culpa de lo que me provocó la terapia, fue el primero en decirme que parara e intentara ver cómo iban las cosas en un entorno gay.

Tener su apoyo me dio la fuerza para seguir adelante con mi vida.

Hoy en día, mis padres organizan cenas de orgullo gay en Shabbat, ayudan a otros padres de niños gay y actualmente están tratando de encontrarme pareja preguntándoles a todos sus conocidos, incluidos los rabinos, si conocen alguna lesbiana agradable.

Creo que muchas personas LGBTQ+ religiosas luchan por encontrar un lugar donde puedan sentirse plenamente aceptadas.

En un contexto religioso se les puede decir que su sexualidad es inaceptable y en el mundo gay su fe puede ser vista como inoportuna.

Hasta que se resuelva este rompecabezas, los jóvenes LGBTQ+ asustados sentirán que tienen que elegir entre la religión y su verdadera identidad.

Durante años, las palabras del terapeuta me persiguieron.

Me costó dejar de escuchar su voz en mi mente. Pero ahora finalmente he llegado a aceptar quién soy y estoy mucho más feliz por eso.

Puedes leer este artículo en original (en inglés) aquí.


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Foto: Andrea Vega
Hacer fila durante horas, para que no haya medicamentos: lo que padece la gente en el ISSSTE
Derechohabientes denuncian que de forma recurrente, no solo en los últimos meses, hay escasez de medicinas en las farmacias de la institución.
Foto: Andrea Vega
8 de mayo, 2019
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En la puerta de entrada a la farmacia del Hospital General Darío Fernandez Fierro, del ISSSTE, ubicado en Avenida Revolución, en la Ciudad de México, hay colgado un pedazo de cartón. Todos se acercan a verlo antes de formarse en la fila de personas que esperan turno para llegar a las ventanillas, y que abarca media cuadra y todavía da la vuelta. Ahí, en ese cartón, está anotada la lista de medicamentos que no hay en este centro médico.

Son 15 fármacos, entre los que se encuentra la insulina Detemir, para el tratamiento de la diabetes; Buprenorfina para el tratamiento del dolor por cáncer; Acemetacina y Leflunomida, para la artritis reumatoide; Enoxoparina, para tratar y prevenir la trombosis venosa profunda y la embolia pulmonar; Dutasteride, para la hiperplasia de próstata; Alprazolam, para ansiedad y crisis de angustia, y Rivastigmina para el Alzheimer, Parkinson y la demencia.

Leer: ¿No surtieron tu medicina en IMSS o ISSSTE?, ya puedes denunciar el desabasto en una plataforma

La hija de María Eugenia Gómez es una de las afectadas por el desabasto en el Hospital General Darío Fernandez Fierro.

“Desde el mes pasado no nos han dado la insulina Detemir para mi hija, de 44 años, que tiene diabetes. Nosotros no la podemos comprar porque es muy cara; así que hemos estado buscando cómo conseguirla. Acá venimos y venimos y que no hay. Ahorita un familiar nos la está dando, no sé ni de dónde la está consiguiendo”, cuenta María Eugenia.

La señora dice que estuvo formada más de dos horas en la fila de la farmacia para al final salir con los medicamentos incompletos. “Llegué antes de la 1 de la tarde por la receta, me vine a formar y hasta ahorita, las 3:15, que voy saliendo, y para que solo me dieran complejo B y otras, pero me faltó la más importante”.

La lista de las medicinas de las que no hay abasto en el Hospital General Darío Fernández Fierro, del ISSSTE, en la CDMX.

Otro de los afectados en este hospital –en el que Animal Político abordó a ocho usuarios en el área de farmacia, de los que cuatro dijeron haber salido con su receta surtida a medias– es Valentín Garrido Cruz, a quien no le dieron Dutasteride, un fármaco para la próstata.

“Se supone que debo estar tres meses con este tratamiento, porque me van a operar. Pero así me ha estado pasando. Empecé en marzo y vengo y me dicen que regrese en una o en dos semanas, porque no hay medicamento. Imagínese, apenas con este mes iba a hacer el segundo, con esas interrupciones a ver si me van a poder hacer la cirugía”.

El señor dice que el fármaco cuesta más de mil pesos. “Si pudiera yo comprarlo, lo hacía. Pero yo soy pensionado, tengo 75 años, y me dan mil 200 de pensión al mes, lo que cuesta el medicamento. Ahorita acá en la CDMX ya no me están dando ni la pensión para alimentos que nos daban antes a los adultos mayores, ya la quitaron, que porque iba a llegar lo de la nueva pensión. Pero no llega. A mí ya fueron hasta dos veces a censarme, pero de la tarjeta y el dinero nada”.

A Yolanda Luna, de 63 años, le tocó quedarse sin Leflunomida, para la artritis reumatoide. “Tampoco me dieron Etoricoxib, que no está ahí en la lista de la puerta pero no me lo dieron. Dicen que no saben cuándo lleguen los medicamentos. Hace varios meses también era muy común el desabasto, casi al final del sexenio anterior. No es algo que esté pasando ahorita. Es lo común. Tenemos que dar dos o tres vueltas a ver si ya hay. Si nosotros los pudiéramos comprar, no estaríamos aquí, pero no podemos, la Leflunomida cuesta más de 2 mil pesos, una caja para un mes”.

Hay otros casos en los que apenas hoy hubo suerte. “No nos habían dado el fármaco Trayenta, para el tratamiento de la diabetes tipo 2, que padece mi esposo. El viernes hablé por teléfono y me dijeron que ya la tenían y hoy vine a recogerlo. Seguido me pasa lo mismo: no hay y tarda una o dos semanas. Tengo que estar hablando y vuelta y vuelta. Lo que hicimos fue comprar una caja para prever que no se quede él sin medicina cuando no nos la dan acá, pero cuesta 1, 060 pesos y no podemos estar comprándola”, dice Laura Marqués Aquino.

En el Hospital 20 de Noviembre, un centro de alta especialidad del ISSSTE, en la Ciudad de México, el escenario es parecido. Acá no hay lista de medicamentos faltantes en la puerta. La cola es menor y avanza rápido. No se nota la misma molestia que en el Hospital de Avenida Revolución, pero faltantes sí hay.

En este centro, de 10 usuarios entrevistados, seis dijeron que sí les habían surtido sus recetas completas y cuatro que no. A Miriam Galicia no le dieron Telmisartán, un fármaco que su papá usa para la presión. “Me dijeron que ahorita no hay, pero que no va a tardar. Voy a estar hablando a ver cuándo puedo venir a recogerlo”.

El principal desabasto aquí, al parecer, es justo de este medicamento. Otros dos derechohabientes, Mario Flores y Laura Zamora, también dijeron que no les habían surtido el Telmisartán. “Seguido pasa que no hay, lo bueno es que no es muy caro, se puede conseguir hasta por 100 pesos la caja, entonces el problema no es tan grave. Yo cuando lo puedo comprar, lo compro para no estar dando vueltas”, afirma Mario. Laura responde que ella también prefiere comprarlo o irlo dosificando.

En cambio a Margarita Cerna sí le preocupa que no le hayan dado la Tolterodina, un medicamento que usa para la incontinencia urinaria. “Me pasa muy seguido que no me lo dan. Esto no tiene dos o tres meses. Yo lo tomó desde hace tres años y así pasa seguido. A veces solo me dan una cajita por mes y yo uso cuatro”.

En otro de los hospitales del ISSSTE visitados, el 1 de Octubre, no se permitió el acceso de este medio al área de farmacia, por lo que no fue posible observar el movimiento en esa zona. De los usuarios que salieron del hospital y dijeron haber acudido por medicamento, solo uno de cinco aseguró que no le surtieron su receta. “Me faltó el Losartan, que es para la presión. Seguido pasa que no hay. A veces prefiero comprarlo, cuesta como 100 pesos la caja, y así me evito estar viniendo”, cuenta Javier Flores. 

Animal Político busco una postura por parte del ISSSTE ante las denuncias de usuarios del desabasto recurrente de medicamentos en la institución, pero, al cierre de la edición, no se pudo concretar una entrevista.

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