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Las rarezas del pueblo de EU al que solo se llega a través de Canadá

Cuando se trazó el límite entre Estados Unidos y Canadá, Point Roberts, una pequeña localidad en la punta de una península, se convirtió en un territorio estadounidense separado del resto del país. Y eso hace que tenga muchas peculiaridades.
25 de enero, 2020
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El tráfico fluye con facilidad por la calle 56, una carretera arbolada en los suburbios de Vancouver, Canadá, hasta que un laberinto de barreras de cemento lo interrumpe abruptamente.

Conduje mi auto alquilado a través de los obstáculos y me detuve en un quiosco, donde un guardia fronterizo de Estados Unidos escaneó mi pasaporte estadounidense. Le dije que acababa de llegar del otro lado del continente, y él se volvió para dirigirse a mí por lo que parecía ser una preocupación genuina.

“¿Sabe a dónde va?”, me preguntó, sugiriendo gentilmente que tal vez estaba perdido. No es común que Point Roberts reciba visitantes de fuera de la región.

Pero precisamente por eso había venido: a ver una mancha estadounidense de casi 13 kilómetros cuadrados que está unida a Canadá, pero físicamente separada del resto de Estados Unidos. Esta rareza geográfica es esencialmente una comunidad cerrada custodiada por el Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU.

Su presencia muestra cómo un acuerdo diplomático aparentemente simple puede tener profundas implicaciones en la vida cotidiana siglos después.

La frontera entre Estados Unidos y Canadá se estableció en el paralelo norte 49ºen 1846 y este cruza una península canadiense, de modo que su extremo inferior, a unos 40 kilómetros al sur de Vancouver, quedó como parte de EE.UU.

Los geógrafos lo llaman “exclave funcional“, un área de un país que, en términos prácticos, solo se puede alcanzar al pasar por otro país. A excepción de los pocos que llegan en avión privado o en barco, todos los que vienen a esta comunidad estadounidense conducen desde Canadá.

Barco en el mar

Larry Bleiberg
Solo se puede llegar a Point Roberts, Washington, en barco, avión o conduciendo a través de Canadá.

El historiador local Mark Swenson dice que Point Roberts no fue un descuido. Conservarlo le otorgó a EE.UU. valiosos derechos de pesca de peces y cangrejos y un punto de apoyo estratégico en el noroeste del Pacífico.

Durante décadas, este lugar remoto se mantuvo como reserva militar, pero en 1908, EE.UU. le otorgó la tierra a colonos; la mayoría, inmigrantes islandeses. Hace más de 30 años, el presidente de Islandia honró a estos colonos dedicándoles un monumento en el cementerio más antiguo de la comunidad.

Hoy, Point Roberts es una localidad rural boscosa, hogar de casi 1.300 residentes durante todo el año, cientos de águilas calvas y algunas manadas de orcas que pasan el verano aquí. Es un lugar con un semáforo intermitente, algunas tiendas y poco más.

El “suspiro” de Point Roberts

Los residentes que llegan desde la floreciente área metropolitana de Vancouver, donde la población está acercándose a los 2,5 millones, afirman que comienzan a relajarse en el momento en que cruzan a esta parte de Estados Unidos.

“Lo llamamos el suspiro de Point Roberts”, me dijo Pat Grubb, quien junto a su esposa publica el periódico local, el All Point Bulletin.

De hecho, visto el foco en temas de seguridad que se pone en la frontera entre Estados Unidos y México, la vida parece relajada en este límite con Canadá.

Conduciendo por Roosevelt Way, la calle más septentrional de Point Roberts, la frontera internacional es poco más que una zanja de drenaje que da a setos cuidadosamente recortados, plantados para preservar la privacidad del patio trasero de los propietarios canadienses, no su soberanía nacional.

Mapa

BBC

En otras partes, columpios y arcos de fútbol ocupan el límite. Lo más parecido a un muro fronterizo es una barrera de hormigón que llega a la altura de la espinilla y que marca el fin de una carretera local de la colindante ciudad canadiense de Tsawwassen.

Pero las cosas pueden no ser tan plácidas como parecen.

Existe un rumor persistente que describe a Point Roberts como un destino popular del Programa Federal de Protección de Testigos de EE.UU., una iniciativa para ayudar a los informantes que testifican contra criminales.

Según este rumor, a decenas de personas se les ha dado nuevas identidades y han sido reubicadas aquí. En 2012, Atlantic.com’s City Lab sugirió que 50 residentes podrían formar parte de este programa.

Después de todo, cualquier persona que llegue en automóvil desde cualquier otra parte de EE.UU. debe pasar por dos puestos fronterizos internacionales: uno para ingresar a Canadá y un segundo para volver a entrar a territorio estadounidense en Point Roberts.

Y Canadá tiene regulaciones especialmente estrictas que prohíben la entrada a personas con antecedentes penales, lo que proporciona garantías adicionales.

Point Roberts

Larry Bleiberg
Point Roberts es una porción de Estados Unidos en Canadá, unos 40 kilómetros al sur de Vancouver.

Tracy Evans, subgerente general del club de golf Bald Eagle de Point Roberts, se cree el rumor. Algunas personas e incidentes le han parecido sospechosos y algunos de sus vecinos se mantienen completamente aislados.

“Piénsalo. Es un buen lugar para poner a alguien. Es una ubicación remota. Si te metes en problemas en Miami, tendría sentido que vinieras aquí”.

Como muchos lugareños, Grubb se ríe ante la sugerencia. Pero sí comenta que alguna vez sacó su cámara en una reunión pública para tomar una foto para publicarla y que la gente prácticamente salió zumbando para evitar ser fotografiada.

Incluso si este rumor no se puede confirmar, la ciudad atrae a personajes distintos.

“Conocerás a alguien y preguntarás: ‘¿Cuál es tu historia de Point Roberts? “, me dijo Swenson, autor de Point Roberts Backstory(“La historia detrás de Point Roberts”), un libro sobre la historia de esta localidad.

“Tienes una divertida colección de espíritus libres. Tienes a gente a la que le gusta lo orgánico y otra que cuida a las águilas y las conoce por su nombre. Tienes a gente a la que le gusta hacer colchas, tienes apicultores, coleccionistas de sellos. Quizás muchas ciudades tengan lo mismo, pero el hecho de que todos estemos metidos en 13 kilómetros cuadrados lo hace más pronunciado”.

Los inconvenientes

La geografía también crea rutinas diarias inusuales. Point Roberts tiene una escuela primaria, pero los estudiantes que pasan del tercer grado deben tomar un autobús para ir a clase en Blaine, en el estado de Washington, un viaje de ida y vuelta de más de 80 kilómetros que pasa por Canadá para volver a ingresar a Estados Unidos, lo que requiere cruzar fronteras cuatro veces al día.

Un esfuerzo que se ha vuelto algo común para los residentes, que hacen viajes similares cuando tienen citas con el médico o deben recoger recetas o placas de automóviles.

Y luego están las peculiaridades y molestias de vivir al lado de una frontera. “Hay un gran libro de regulaciones sobre lo que puede pasar por la frontera y cambia con frecuencia, y es obligación de ellos mantenerse al día”, afirmó Swenson. “Estas reglas pueden ser muy, muy específicas”.

Point Roberts

Larry Bleiberg
Una barrera a la altura de la espinilla separa este pequeño enclave estadounidense de sus vecinos canadienses.

Algunas parecen desafiar la lógica, aunque están destinadas a proteger la agricultura estadounidense de plagas y enfermedades.

Por ejemplo, los residentes no pueden trasladar tomates enteros, pero si los llevan cortados en rodajas, no hay problema. Dado que traer cordero a los Estados Unidos está muy controlado debido a las preocupaciones sobre la introducción de enfermedades, los dueños de mascotas deben tener cuidado con la comida para perros que compran.

Durante el apogeo de los temores sobre la enfermedad de las vacas locas, a los escolares de Point Roberts les confiscaron sus almuerzos porque sus padres les habían mandado sándwiches de carne asada.

Para muchos, el atractivo de Point Roberts es puramente económico. Los canadienses poseen casas de verano aquí porque los inmuebles frente al mar son mucho más baratos que en el área de Vancouver.

Y hay un tráfico constante durante todo el año gracias a los precios más bajos de la gasolina, la leche y el alcohol, ya que los impuestos a estos productos en EE.UU. son de menor cuantía que en Canadá, donde además, la gestión de su producción láctea mantiene los precios altos.

Una encuesta de 2013 y 2014 del Instituto de Investigación de Políticas Fronterizas de la Universidad Occidental de Washington indicó que casi el 40% de los cruces fronterizos hacia Point Roberts tenían como objetivo comprar gasolina, según Swenson, lo que puede proporcionar a los conductores canadienses un ahorro de entre el 20% y el 30%.

Eso explica por qué la ciudad tiene 60 surtidores de combustibles y por qué los grifos no muestran los precios en galones, como se hace en EE.UU., sino en litros, que es cómo se vende el combustible en Canadá.

Otros vienen a recoger paquetes en uno de los varios negocios de envíos que hay en la ciudad. Al usar una dirección de Point Roberts, los canadienses pueden recibir sus compras por Internet en Estados Unidos.

Generalmente, el precio no solo resulta más barato, sino que existen productos que no se envían al extranjero. Como señaló el geógrafo Mark Bjelland en la revista académica Geographical Review, el número de canadienses con buzones registrados en Point Roberts es 40 veces mayor que el número de residentes permanentes de esta localidad.

Point Roberts

Larry Bleiberg
Los visitantes del exclave de Point Roberts deben conducir a través de Canadá para ingresar a Estados Unidos.

La ciudad también tiene un supermercado con más productos de los que se podrían consumir en esta pequeña comunidad.

La tienda de productos comestibles extranjeros International Marketplace trata de hacérselo fácil a sus clientes, indicándoles qué productos se pueden llevar a Canadá: patatas de Idaho, por supuesto que sí; manzanas Honeycrisp, claro que no. También tiene dos cajas para pagos en metálico: una para dólares estadounidenses y otra para dólares canadienses.

Los visitantes ocasionales pueden verse tentados a probar una hamburguesa a medio cocer. Los estrictos reglamentos sanitarios canadienses prohíben la venta de carne cuyo centro todavía esté rojo, ya que temen que transmita E. coli y otras enfermedades. Pero al sur de la frontera, todo vale, al menos cuando se trata de carne a la parrilla.

Según Evans, los clientes canadienses del club de golf nunca están seguros de cómo reaccionar cuando se les pregunta cómo quieren que cocinen su hamburguesa. “Muchos de ellos se sorprenden de que se les dé opciones”.

Tales rarezas forman parte de la vida aquí.

Al cruzar la frontera de regreso a Canadá al día siguiente, pensé en cómo Louise Mugar, coeditora del periódico local, describió a su comunidad. “Vivir en Point Roberts es como vivir en un sueño“, me dijo. “Cuando estás en ella, tiene sentido, pero cuando te alejas, dices. ‘¿De qué se trataba todo eso? ”

Pero lo que no mencionó fue cómo puedes encariñarte con la ciudad rápidamente. Unos minutos más tarde, sentado en el tráfico matutino de la hora pico del área metropolitana de Vancouver, detrás de filas kilométricas de autos, Point Roberts, con sus peculiaridades, personajes e inconvenientes, parecía muy lejano y aún más atractivo.


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Cuartoscuro

Semáforo naranja en la CDMX: “Es un respiro para los restauranteros, pero la recuperación aún está muy lejos”

Dueños de negocios ven el cambio de semáforo como un primer paso, pero dicen que la situación será muy complicada por las limitaciones de aforo. 
Cuartoscuro
Por Manu Ureste y Francisco Sandoval
30 de junio, 2020
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Lorenzo Gaeta, gerente de un restaurante tipo asador en la calle Río Nilo, a unos pocos metros de Reforma, dice que el nuevo “semáforo naranja” de la Ciudad de México que a partir de este miércoles permite la reapertura de los negocios a un 30% de su capacidad, “es una pequeña luz al final del túnel”. Aunque, rápido matiza que aún falta mucho para hablar de “una mínima recuperación” después de dos meses y medio cerrados por la pandemia de COVID. 

Su negocio, explica, tiene un aforo para 500 personas que solían abarrotar el local en los juegos de NFL, o en los partidos de la Champions League de futbol. Y el plan financiero para generar ganancias está diseñado para tener, al menos, a un 80% de ese aforo. 

“El semáforo naranja y la reapertura, aunque mínima, son bienvenidos porque son un primer paso -insiste Gatea-. Pero, la verdad, la situación va a continuar siendo muy complicada durante mucho tiempo, porque con un 30% de clientes vamos a tener que afrontar casi el 100% de los mismos gastos que teníamos antes de la pandemia”. 

Es decir, con la reapertura parcial, el gerente explica que tiene que volver a ampliar el número de meseros y de cocineros. Y, claro, pagar más luz, agua, y también la renta, que está por arriba de los 120 mil pesos. 

Lee: Así será la reapertura del Centro Histórico en el semáforo naranja de la CDMX

La jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, recordó que aunque la capital ya está en semáforo naranja, “el naranja está más cerca del rojo que del verde, eso significa que seguimos en alerta”. Por eso los restaurantes solo pueden abrir el 30% de su capacidad.

“Durante los meses fuertes de la pandemia se llegó a un convenio para que nos hicieran una reducción de la renta el tiempo que estuvimos cerrados. Pero, a partir de este miércoles, de nuevo nos piden el 100%, aunque aún tengamos muchos menos clientes de lo habitual”.

A unos diez minutos caminando por Reforma, en la calle Hamburgo de la Zona Rosa, el hostelero José Miguel dice que está en una situación muy similar: aun con el semáforo naranja y la reactivación al 30%, calcula más gastos que ingresos por la reapertura de su restaurante de tres plantas.

“Nosotros, de plano, no vamos a reabrir la terraza, ni vamos a poner las mesas. No me trae cuenta,”, asegura el restaurantero, que lamenta que las medidas estrictas que ha dado a conocer el gobierno capitalino para permitir la reapertura, como un número muy reducido de personas en el local, “va a generar que haya muy poca clientela para compensar tantas pérdidas”.

Y eso, dando por hecho que haya clientela. Porque ese es otro problema, subraya José Miguel: buena parte de la base de clientes que llenaba su terraza y karaoke, especialmente los viernes y sábados en la noche previos a la pandemia, aún siguen trabajando desde sus casas. Y, por eso, calles tan concurridas como la propia Hamburgo continúan casi desérticas. 

De hecho, el home office también se nota en el tráfico de Reforma, una de las principales arterias de comunicación de la capital mexicana. Aunque hubo un aumento de la afluencia, especialmente desde que arrancó la ‘nueva normalidad’ a inicios de junio, el nivel de estrés por embotellamientos aún dista mucho de acercarse a lo que solía ser un lunes a las 6 de la tarde antes de la pandemia. 

Así lo explica una agente de tránsito a este medio, que señala que, “en un día normal”, estaría parada en mitad del cruce de Misisipi y Reforma tratando de dar fluidez al mar de coches que se acumula en el semáforo que hay frente a la Diana Cazadora. En cambio, ahora, camina por Reforma con cara de aburrimiento y dejando escapar algún que otro bostezo atrás del cubrebocas. 

Lee: CDMX, Chiapas, Querétaro y 15 estados más iniciarán la próxima semana en semáforo naranja por COVID-19

En Insurgentes, otra de las principales arterias de la ciudad, el tráfico también es fluido y mucho más liviano al habitual, a pesar del semáforo naranja. Tanto, que aún ayer era posible encontrar estacionamiento rápidamente en las calles aledañas al World Trade Center, donde habitualmente ni con la ayuda de los parquímetros -que ayer también comenzaron a operar- es posible encontrar un sitio libre entre tanto coche.

Otras vialidades, como Circuito Interior, Mariano Escobedo, Marina Nacional, y Patriotismo, lucían ayer en la mañana con más carga vehicular y mayor actividad comercial. Por ejemplo, en Insurgentes Sur, los bancos, restaurantes, cafeterías y oficinas de gobierno, estaban abiertos. Y en Patriotismo, varios negocios de reparación y mantenimiento de automóviles también tenían sus puertas abiertas. 

En la Condesa, la nueva normalidad parece que está regresando a un ritmo más acelerado, aunque con el matiz de que muchos restaurantes siguen con la cortina metálica abajo y el letrero de cerrado. 

No obstante, los parques México y España comenzaron poblarse de nuevo de personas corriendo o caminando, y también de personas sacando a pasear a sus mascotas. 

Un respiro

Frente al parque México, en uno de los restaurantes cuya terraza es de las más visitadas de una zona que, a su vez, está entre las más turísticas de la capital, trabaja María. 

Con una enorme botella de gel antibacterial en una mano, y un termómetro de ‘pistola’ en la otra, la mesera recibe a los comensales que se le acercan para pedir café y unas conchitas para llevar. A todos les da la bienvenida, y a todos les responde que sí, que volverán a sacar las mesas a la terraza mañana miércoles, si es que el gobierno capitalino no cambia de opinión, como hizo la semana pasada; cuando el viernes 19 de junio decidió que, por el número de contagios de Covid al alza, se mantenía el semáforo rojo una semana más y también las restricciones para los negocios. 

“La gente ya está muy ansiosa por recuperar su vida, por salir y disfrutar un poco”, opina María. “Y nosotros, la verdad, también estamos deseando volver a trabajar con algo más de normalidad”. 

A unos cinco minutos caminando del lugar, en la avenida Michoacán, Eduardo acaba de montar unas mesas con manteles de cuadritos rojos en la terracita del restaurante-cafetería donde trabaja. Aún no se puede sentar nadie, ni tampoco se puede ordenar nada que no sea para llevar a domicilio. Pero ya se están preparando para el próximo miércoles. 

“Estamos deseando que llegue la reapertura”, asegura el gerente, aunque, a colación, admite que también tiene dudas de qué tanto le compensará reducir su aforo de 40 mesas a poco más de 10 para cumplir con el 30% que establece el nuevo semáforo naranja. 

“No sé si me va a salir más caro la reapertura que lo que vaya a tener de ganancias”, dice encogiendo los hombros. “Pero, a partir del miércoles, vamos a tener un pequeño respiro. Muy pequeño, sí, pero al menos un respiro”. 

A otros cinco minutos a pie, en la calle Cozumel, ya en la colonia Roma Norte, Sergio explica que también ya lo tiene todo listo para el miércoles. Los meseros están equipados con cubrebocas, guantes, caretas, y gel antibacterial en cantidades industriales. Y ya tiene preparado el menú en formato QR para que los comensales puedan checarlo a través de sus celulares y así no tengan que tocar la clásica carta de cartón o de plástico.

Cuestionado por el tema del aforo y la reapertura a solo el 30%, Sergio dice que él tiene la ventaja de que, al ser un local pequeño, la medida del gobierno solo le va a suponer sacar una mesa de la parte de arriba del local, y otras dos mesas de la terraza. Una situación muy diferente, por ejemplo, a la del restaurante con aforo para 500 personas. 

“Para mí es un gran alivio reabrir el miércoles”, hace hincapié.

En la calle Río Balsas, en la colonia Cuauhtémoc, hay cafeterías que, incluso, no esperaron al miércoles para sacar mesas a la banqueta, donde varios clientes ya degustaban un desayuno. 

Mientras que en la calle Río Sena, a unos escasos metros del lugar, el restaurantero Alejandro prefiere mostrarse muy cauto sobre las expectativas generadas por el semáforo naranja y el inicio de la recuperación económica. Sobre todo, expone, porque también existe la posibilidad de que, tal y como advirtió la jefa de gobierno de la ciudad, Claudia Sheinbaum, puede haber un retroceso al semáforo rojo en caso de que los contagios vayan de nuevo al alza. 

“Ojalá que esto suponga el inicio de la luz al final del túnel –dice Alejandro mientras saca las dos primeras mesas a la terracita de su restaurante Bistro-. Porque volver de nuevo al semáforo rojo sería otra catástrofe para una economía que ya no aguanta más esta situación”.

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