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Cómo la tecnología puede hacer que ya no tengamos que aprender inglés

La tecnología de la traducción ha avanzado mucho en los últimos años y ya es posible comprar dispositivos que tardan pocos segundos en traducir lo que queremos decir. Entonces, ¿será necesario que sigamos estudiando inglés?
2 de febrero, 2020
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Estudiante de inglés

Getty Images
Con todos los avances tecnológicos en materia de traducción, ¿seguiremos necesitando aprender inglés?

¿Llevas años intentando aprender inglés sin obtener muchos resultados? Tal vez la tecnología pueda ayudarte.

Dominar el idioma de William Shakespeare lleva años siendo una de las habilidades más demandadas por las empresas. Pero también lleva mucho tiempo siendo la pesadilla de quienes han llegado a la conclusión de que no tienen la capacidad de hablar otra lengua.

La tecnología, sin embargo, ha intentado llenar este hueco con distintos tipos de herramientas de traducción.

Si bien en un principio estas podían dejar mucho que desear, su precisión y efectividad ha ido mejorando en los últimos años gracias a los avances en inteligencia artificial.

Pero, ¿han progresado lo suficiente para que podamos ya dejar de invertir tiempo y dinero en clases de inglés?

El traductor de Google, por ejemplo, ha dado pasos gigantes desde que saliera al mercado en 2006.

Tras pasar por una etapa en la que se dedicaba a buscar el equivalente en otra lengua de una frase determinada, en 2016 el gigante tecnológico le introdujo una nueva forma de operar: la traducción automática neuronal.

Pizarra con palabras en varios idiomas

Getty Images
Los traductores electrónicos pueden traducir decenas de idiomas.

El resultado son textos mucho más fluidos que tienen en cuenta el significado global del texto en vez de traducir palabra por palabra.

A esto se suman mejoras que en los últimos años han permitido que se pueda traducir también sonidos y documentos utilizando el micrófono y la cámara del celular.

Pero Google no es el único que ofrece ayuda para quienes quieren hacerse entender en un idioma que no hablan.

Traductores electrónicos

Si bien puedes utilizar software como el traductor de Google en tu celular para leer una traducción de lo que alguien está diciendo, existen en el mercado varios dispositivos que realizan el mismo trabajo con algunas ventajas.

Por ejemplo, Pocketalk, que se ha convertido en uno de los más populares en Japón. Su principal ventaja es la calidad de su micrófono, con tecnología de cancelación de ruido, lo que facilita la traducción en lugares muy transitados como cafés o aeropuertos.

Otras marcas alternativas incluyen Langogo y Buoth Smart Voice, todas rondan el precio de US$300. ¿Vale la pena pagar por algo que se puede hacer con una app en el celular? Quienes invierten en ellas destacan el hecho de que les ayudan a ahorrar en batería del teléfono y que ofrecen una traducción más precisa.

Mujer hablando al teléfono

Getty Images
¿Vale la pena pagar por un dispositivo traductor pudiendo usar el traductor de Google?

Otra opción más reciente que todavía está por popularizarse es la de los audífonos que traducen en tiempo real.

Si bien Google lanzó los suyos, los Pixel Buds, hace un par de años, las críticas no fueron buenas. Hoy, se puede comprar alternativas como el WT2Plus, al que pronto le saldrá competencia: el Ambassador de Wavery Labs, con sede en Nueva York.

Ambos requieren estar conectados a un celular para poder funcionar y que cada hablante se ponga uno de los dos audífonos en la oreja.

“Enviamos la señal de lo que se está diciendo a la nube, donde la transcribimos y la traducimos, y luego la devolvemos a los audífonos. Así que, en efecto, lo que sucede es que yo te hablo en español y un minuto y medio después tú oirás la traducción directamente en el auricular”, afirmó Andrew Ochoa, director de Waverly Labs, sobre el Ambassador.

Teléfono y audífonos

Waverly Labs
Cada hablante debe ponerse un Ambassador en la oreja y conectarlos a un celular.

En una entrevista en el programa de radio de la BBC Business Daily, el empresario explicó cómo se desarrollaron los audífonos que saldrán a la venta durante el segundo trimestre de 2020 por un costo menor al de los traductores electrónicos: US$149.

“Es una combinación de muchas cosas. Por el lado del hardware, tenemos sensores mecánicos microelectrónicos que ya están miniaturizados. Cosas como acelerómetros o micrófonos que ahora puedes meter en dispositivos pequeños. Son baratos y puedes conseguir muchos de ellos”.

“Por el lado del software, tienes estos nuevos modelos de inteligencia artificial que impulsaron por completo la precisión del reconocimiento de voz y traducción”.

Ochoa confía tanto en la capacidad de la inteligencia artificial para traducir, que se atreve a asegurar que los traductores profesionales corren el riesgo de quedarse sin trabajo pronto.

Aunque advierte: “Si intentas negociar un tratado de paz nuclear, usa un intérprete profesional, ¿OK?”

El empresario argumenta que hay muchas aplicaciones en las que las tecnologías de traducción hoy en día que “son lo suficientemente buenas para reemplazar algunas interacciones”. Y vaticina que “dentro de siete o 10 años, empezaremos a alcanzar la paridad con los humanos“.

Pocketalk

Getty Images
Dispositivos como el Pocketalk rondan los US$300.

Aunque también admite que hay limitaciones.

“Hay problemas como: ¿y qué si hay varias personas hablando diferentes idiomas al mismo tiempo?… Imagina que estás en una habitación con una docena de personas a tu alrededor. El oído humano puede hacer un muy buen trabajo concentrándose en la persona a quien quiero oír. Pero las máquinas no pueden hacer eso“.

A este se suma el del ritmo: “Ahora mismo, funciona así: hablas y paras, hablas y paras… Pero queremos llegar al punto en que sea simultánea, que es lo que ves en televisión cuando alguien habla y un intérprete traduce en tiempo real lo que está diciendo…”

Algo que cree que puede empezar a verse, al menos en forma de prototipos, tan pronto como en 2020: “Cuando eso suceda, revolucionará inmensamente la tecnología de la traducción”.

Escasez de profesores

Hablantes y estudiantes de inglés sumarán alrededor de 2.000 millones en 2020, según el British Council, el instituto cultural público de Reino Unido.

Mujer traduciendo

Getty Images
Andrew Ochoa asegura que los traductores pueden quedarse sin trabajo pronto.

La demanda de estudios de inglés es tan grande, que ya se está hablando de una escasez de profesores nativos, como explicaba a Business Daily Melanie Butler, editora de la publicación especializada en el sector de la enseñanza de inglés English Language Gazette.

“A las escuelas de idiomas locales les está yendo bien, pero se está volviendo imposible proveerlas de hablantes nativos de inglés porque el mundo es demasiado grande”, afirmó.

Solo en China, por ejemplo, existen entre 50.000 y 55.000 academias de inglés que emplean a 400.000 profesores, según Butler, que estima que 260.000 ejercen la profesión de manera ilegal al no cumplir los requisitos necesarios.

Ante los avances de la tecnología y la dificultad de responder a la demanda de profesores de inglés nativos, ¿podrán dispositivos como los Ambassadors hacer desaparecer la necesidad de que aprendamos inglés y ocupar su lugar como lengua franca?

“Supongo que es posible, nunca pensé en eso”, respondió Ochoa.

De lo que sí está seguro es de que productos como el suyo, pese a sus limitaciones, “harán más divertida la experiencia de explorar diferentes culturas”.


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Cuartoscuro

Tras el contagio, la culpa: la otra secuela que deja la COVID en los mexicanos

Además de los contagios y las pérdidas, el dolor y la culpa se han convertido en algunas de las secuelas más comunes entre los mexicanos.
Cuartoscuro
Por AFP
15 de febrero, 2021
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¿Cómo se infectó? ¿Por imprudencia? ¿Hicimos lo correcto? Entre las secuelas de la COVID-19, una menos visible mortifica a enfermos y familiares: la culpa, que se ha hecho más patente en México con el repunte dramático de las muertes.

El país está pagando una cuenta letal alimentada, entre otras causas, por una docena de celebraciones de fin y comienzo de año.

Enero fue el mes más mortífero en casi un año de pandemia, con 32 mil 729 fallecidos. Las autoridades aseguran que el 60% de los contagios ocurrieron en reuniones caseras.

México, de 126 millones de habitantes, acumula casi 174 mil decesos, una espiral que sigue creciendo en febrero con cerca de 15 mil víctimas.

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Aunque dolorida por la muerte de su hermana, una maestra jubilada intenta que la familia olvide los resentimientos.  

Creen que fue contagiada por una persona que se arriesgó a ir a una fiesta de Año Nuevo mientras esperaba los resultados de una prueba. 

“Eran pocos, pero una (de las invitadas) era caso sospechoso, se hizo la prueba y esperaba los resultados para enero. Pero por no quedarse sola, no dijo nada. Contagió a todos”, relató la mujer a la AFP bajo anonimato.

“Yo le digo a mi sobrina (adolescente) que olvide rencores, que nada le devolverá a su madre, que mire hacia adelante“, añade.

Caso Manzanero 

En su consulta, Francesca Caregnato, psicoterapeuta y tanatóloga, ha encontrado que la culpa a veces se convierte en una agobiante carga.

Con el contagio o la muerte se abre un abanico de cuestionamientos, reproches y búsqueda de responsables. ¿Quién trajo el virus? ¿Era necesario que saliera? 

“Cuando hay una pérdida es complicado para la familia no señalar o señalarse. Es una culpa muy pesada, pero señalar no ayuda en el proceso de duelo”, asegura.

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El pasado 28 de diciembre, el afamado bolerista mexicano Armando Manzanero murió tras contagiarse en su fiesta de cumpleaños. Su edad, 86 años, y la diabetes agravaron la enfermedad.

“Veo la foto con 30 personas, sin cubrebocas y digo: ¡’Qué cosa tan irresponsable’! (…) A todos ahí les dio COVID”, contó Juan Pablo Manzanero, hijo del artista, al diario Reforma.

Caregnato sugiere no perder la perspectiva en casos donde el virus solo es un “detonante” de muertes por avanzada edad o males crónicos. 

El desahogo 

El remordimiento también acosa fuera del ámbito familiar.

“Me voy muy triste porque siento que tuve la culpa”, dice la nota que dejó en la madrugada una empleada doméstica, tras enterarse que los cinco miembros de la familia para la que trabajaba se habían contagiado.

Ella se había infectado tras visitar en Año Nuevo a su padre, enfermo por el virus.

“Sé que no fue intencional, que a veces no sabes ni cómo te contagias, pero sí, me dio coraje, esto del COVID lo hablé mucho con ella”, dice Penélope Gutiérrez, abogada de 36 años para la que trabajaba esa empleada doméstica. 

“Le pagaba extra para que no usara transporte público, le dije que si ella o alguien de su familia se sentían mal, no viniera, que le seguía pagando”, recuerda Gutiérrez, quien pasó una semana hospitalizada con su mamá.

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Otra familia, que perdió al abuelo y a una mujer, y en la que resultaron contagiadas cinco personas más, aún se pregunta si fue correcto llevarla a ella a un hospital público, desbordado de pacientes.

El anciano falleció un día después de presentar síntomas. “No sufrió”, dice un hijo. 

Pero la mujer pasó un mes intubada hasta que el corazón no resistió. “Se agravó por una infección intrahospitalaria. Mi hermano (viudo) se pregunta: ‘¿Y si hubiera ido con su doctor de siempre?'”, añade. 

Hablar de la pérdida ayuda a sanar la culpa, bien con personas cercanas o en una terapia, explica Caregnato. 

“Es un desahogo, permite conectar con las emociones y las acciones que se han tomado. Y en terapia, a través de las preguntas que hago, la idea es que el otro pueda encontrar respuestas”, señala.

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