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Las insólitas formas de pagar por la gasolina (que es casi gratuita) en Venezuela

Nicolás Maduro anunció en agosto del año pasado que la gasolina pasaría a venderse a precios internacionales en Venezuela. Casi un año después, sigue siendo casi totalmente gratuita y los empleados de las gasolineras completan su escaso sueldo con los regalos más insospechados de los conductores.
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27 de mayo, 2019
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Egar recoge la manguera y arruga el billete de diez bolívares que le tiende el conductor que acaba de llenar el tanque. Luego lo arroja a la caja de cartón en el suelo en la que guarda la recaudación del día de la gasolinera de Caracas en la que trabaja.

Hay un montón de bolívares. Pero el bolívar vale tan poco que el valor total de esa montaña de papel no llega ni a medio dólar al cambio.

Así que junto al dinero hay otras cosas con las que le pagan los clientes y que Egar aprecia más.

“Algunos me dan paquetes de arroz o de harina pan; esos son los buenos clientes”, cuenta.

“A veces te dan caramelos, paquetes de galletas; uno acepta lo que le den”.

Cuenta que es raro el día en el que los conductores dejan más de 2.000 bolívares, menos de medio dólar al cambio, que además habrá de repartir con sus compañeros.

En Venezuela la gasolina es casi totalmente gratis y un empleado de los que la sirven en las estaciones de la petrolera estatal venezolana, PDVSA, cobra un sueldo mínimo, unos 40.000 bolívares al mes, menos de 10 dólares al cambio.

Y por eso se ha impuesto la costumbre de agradecerles sus servicios entregándoles una pequeña cantidad de dinero…o las cosas más insospechadas.

Empleado.

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A este empleado le pagaron regalándole un rotulador.

En la caja de la gasolinera en la que trabaja Egar hay un rotulador con el que le pagaron esta mañana.

A poca distancia de allí, en la gasolinera que PDVSA tiene en una de las esquinas de la Avenida Rómulo Gallegos, los empleados almacenan los racimos de plátanos con los que algunos transportistas les han pagado la mañana de este martes.

“Ayer fue mejor porque nos dieron muchos huevos“, explica uno de ellos.

Aunque lo que más se agradece es esa élite de privilegiados que pueden deslizar un billete de un dólar, la divisa estadounidense, que tiene cada vez mayor presencia en la Venezuela de la crisis.

Lo que dejó a todos perplejos lo que le ocurrió a uno de ellos la semana pasada, cuando un conductor pagó su combustible con un vibrador.

“Lo agarré, pero no tenía pilas”, narra el empleado entre las risas del resto.

El plan de Maduro

De acuerdo con el World Factbook de la CIA, Venezuela es el país con las mayores reservas probadas de petróleo.

Su presidente, Nicolás Maduro, anunció el pasado verano un polémico plan para comenzar a vender el carburante a precios internacionales, para lo que llamó a todos los venezolanos a inscribir sus automóviles en un censo nacional de vehículos a motor.

Surtidor.

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El precio oficial de la gasolina en Venezuela es el más bajo del mundo.

Maduro quería acabar con la “deformidad” de la “gasolina regalada”.

Casi un año después de aquel anuncio, el precio oficial sigue por debajo del medio centavo de dólar por litro, lo que, según la consultora Global Petrol Prices, convierte a Venezuela en el país con la gasolina barata del mundo.

“Aquí nos bañamos en petróleo”, afirma uno de los empleados de la estación de la Rómulo Gallegos, con las manos empapadas en gasolina.

Por eso le molesta que “hay algunos clientes que ni pagan”.

Conductor.

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Antonio Marmoto dice que solo paga por la gasolina cuando está en Caracas.

Antonio Marmoto explica mientras llena el depósito de su camioneta que él suele dejar 10 bolívares (unos US$0,002) en Caracas, pero cuando viaja por el Estado Anzoátegui, que recorre a menudo, no deja nada.

Es tan insignificante el precio que muchos se van sin pagar sin que tenga consecuencias.

Alexis Bozalo suele dejar 500 bolívares (menos de US$0,10) por llenar el depósito de su moto. Pese a lo escaso del monto, se jacta de que es más de lo que deja la mayoría.

“Yo lo hago porque me sale del corazón”, comenta ufano.

“La gasolina es lo único que hay barato en Venezuela”, señala.

Como venezolano conoce de primera mano el coste de la vida en un país que va camino de cumplir dos años castigado por la hiperinflación.

Empleado.

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Los empleados de las gasolineras reciben muchos billetes, pero apenas tienen valor.

Pero Venezuela es el país de las paradojas.

Y pese a que el Estado prácticamente regala la gasolina y hay petróleo en abundancia, en una gran parte del país repostar se está convirtiendo casi en misión imposible.

En estados como Zulia, Bolívar o Táchira, la gente tiene a menudo que hacer cola durante días para conseguir gasolina debido a los problemas en el suministro, que, según la prensa local y muchos usuarios de redes sociales, parece haberse agravado en los últimos días.

La caída sostenida de la producción petrolera de Venezuela a causa de la ineficiencia en la gestión de PDVSA y el impacto de las sanciones de Estados Unidos contra el gobierno de Nicolás Maduro están llevando, según los expertos, a una situación límite.

Pese a que PDVSA difundió esta semana un comunicado en el que aseguraba que garantizaba el suministro en todo el territorio nacional, la experiencia en las carreteras de Venezuela dice lo contrario.

Ciudades convertidas en estacionamientos

En Maracaibo, por ejemplo, una de las ciudades más importantes del país y antaño epicentro de la industria petrolera, se han vuelto habituales las filas enormes de automóviles junto a las gasolineras.

Gasolinera.

Getty Images
La escasez de gasolina ha provocado que enormes colas de autos sean frecuentes en Maracaibo y otros lugares del país.

Hace tiempo que amplias zonas del país el contrabando de gasolina se ha convertido en la opción más rápida debido al desabastecimiento.

En el Estado Bolívar, el más grande de los que conforman la República Bolivariana, los autos viajan con bidones de gasolina sobre el capó.

Quienes los conducen saben que más allá de Puerto Ordaz será casi imposible repostar y toman sus precauciones.

En poblaciones como Tumeremo, las calles están salpicadas de tenderetes en los que buhoneros intercambian gasolina, bolívares en efectivo y oro, las mercancías más preciadas allí.

El conductor José López, que se gana la vida trasladando pasajeros desde Puerto Ordaz hasta otros lugares de Bolívar, explica que suele llevar consigo oro con el que poder conseguir efectivo para pagar el carburante en los lugares donde es más escaso y los contrabandistas lo venden más caro.

Gasolinera.

Getty Images
Este motorista paga 50 bolívares. Es menos de un centavo de dólar al cambio.

Desde San Cristóbal, en el suroeste del país, Vanessa Rubio relata su dura experiencia de los últimos días.

“Aquí conseguir gasolina se está convirtiendo en una cuestión de supervivencia del más apto. Hace falta mucho aguante para pasar cuatro días haciendo cola“.

“Yo llegué a la fila el jueves a las 8 de la mañana en una cola de aproximadamente 5 kilómetros. Un señor pasó numerando los carros y me dieron el 745”, relata.

Rubio describe un escenario apocalíptico en una ciudad que apenas tiene transporte público.

“San Cristóbal se ha convertido en un gran estacionamiento en el que la gente está dispuesta a golpearse para defender su puesto en la cola”.

Aunque también hay espacio para la solidaridad.

“Uno termina conociendo a la gente que está alrededor, se hacen favores y turnos para que puedan ir a bañarse a sus casas“, narra Rubio.

A los pacientes que resisten los días de espera, con suerte les espera una manguera de gasolina al ínfimo precio oficial.

Se paga más por uno de los primeros puestos en la fila. “Hay gente que ofrece hasta 50.000 ó 60.000 pesos colombianos”, la moneda que, dada la imparable depreciación del bolívar, se ha convertido en predominante en esta parte de Venezuela.

Son entre US$15 y US$18.


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Cuartoscuro Archivo

El impacto de la pandemia: 130 mil muertos en cuatro meses, solo 51 mil reconocidos por COVID

El exceso de muertes puede deberse a que enfermedades distintas a Covid no fueron atendidas por el sistema de Salud, o a que muchos no acudieron a la clínica por temor a un contagio.
Cuartoscuro Archivo
Por Proyecto Li (PROYECTO_Li), Nayeli Roldán y Arturo Ángel
2 de septiembre, 2020
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En cuatro meses, entre abril y julio de 2020, México ha registrado 130 mil fallecimientos más que en 2019, de los cuales sólo de una tercera parte sabemos que murieron por Covid.

De las 79 mil muertes restantes no se conoce todavía la causa, pero especialistas consultados afirman que serían tres fundamentalmente: por Covid, aunque todavía no son reconocidos públicamente; por otras enfermedades que no fueron atendidas, o personas a las que les dio miedo acudir a un hospital para tratarse y fallecieron en sus casas. Se trata, pues, del impacto de la pandemia en México.

Entérate: Miedo a COVID aleja de los hospitales a pacientes con otras enfermedades

Hasta el 31 de julio ocurrieron 51 mil muertes confirmadas por Covid, y tomando en cuenta que el total de decesos hasta esa fecha ascendía a 130 mil, significa que por cada fallecido a causa del contagio, hay 2.5 muertos.

Para ponerlo en contexto actual, al 1 de septiembre se han registrado 65, 241 muertes por Covid; considerando la tendencia anterior, en el país podría haber ya 163 mil muertes extra, en comparación con 2019.

Animal Político presenta la primera de tres entregas de una investigación que identifica el impacto de la pandemia. Primero, por el exceso de fallecimientos ocurridos en estos meses y, como abundaremos en la siguiente, por la caída en la atención hospitalaria en un sistema de salud que se enfocó, sobre todo, a los contagiados de Covid, y dejando sin atención al resto de enfermos. 

Proyecto Li y Animal Político solicitaron desde mayo pasado el número de actas de defunción de 2015 a 2020 reportadas al Registro Nacional de Población (Renapo), que concentra la información nacional, y al registro civil de cada entidad para hacer la comparación de fallecimientos, tal como lo hizo la Secretaría de Salud hace un mes, pero con corte a junio. 

Esto porque de acuerdo con el tipo de población, ocurren casi el mismo número de muertes por cada tipo de enfermedad cada año, pero en un contexto de pandemia como este, el número de fallecimientos adicionales a los esperados es lo que se considera como “exceso de mortalidad”. 

Dicho número se obtiene al comparar las defunciones ocurridas durante los mismos meses de 2019, con el número de fallecimientos ocurridos en los mismos meses de 2020. En este caso, de abril a julio. 

Se trata de un método que también han utilizado otros países para calcular las otras muertes registradas, dada la dificultad de saber con exactitud el número de fallecimientos por Covid, ya sea porque se requiere de pruebas de laboratorio para confirmarlas o por las posibles inconsistencias en el registro de las actas de defunción.  

Esa medición clasifica “las muertes asociadas directa o indirectamente con Covid y otras afecciones que provocan defunciones” y permite “medir y comparar el impacto de las medidas de salud pública”, explicó Jean Marc Gabastou, asesor internacional de emergencias de salud de la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud. 

Ruy López Ridaura, director general del Centro Nacional de Programas Preventivos y Control de Enfermedades (CENAPRECE), presentó el exceso de mortalidad registrada hasta el 30 de junio, pero sólo en 20 estados del país, en la conferencia de prensa del 25 de julio pasado. 

De acuerdo con sus cálculos, se esperaban 130 mil fallecimientos de marzo a junio de este año, tomando en cuenta la tendencia de 2014 a 2018, pero con la pandemia se registraron 202 mil fallecimientos. Es decir, hasta el 30 de junio había 71 mil 315 muertes en exceso en 20 estados. “Esto representó un 55% de exceso de mortalidad”, explicó López Ridaura.

Para entonces, se reconocían 22 mil 367 personas fallecidas a causa de Covid. Lo cual significaba, dijo el funcionario, que por cada muerte confirmada por coronavirus había 2.6 fallecimientos. 

127 mil personas fallecidas en 2020 

Para obtener el exceso de mortalidad hasta julio, Proyecto Li —una  plataforma ciudadana que da seguimiento a los efectos de la pandemia con base en información oficial— replicó la metodología de la Secretaría de Salud. 

Primero, identificó el número de actas de defunción registradas de 2014 a 2018 en el INEGI y los comparó con los datos del Registro Nacional de Población, que concentra toda la información de los registros civiles, y con los reportes de registro civil de cada entidad federativa. Todo obtenido a través de solicitudes de información. 

El periodo elegido para la comparación abarca del 1 de abril al 31 de julio, toda vez que la primera muerte por coronavirus se registró el 18 de marzo. 

De ahí que, el exceso de mortalidad ocurrido en la pandemia asciende a 130 mil 377 personas fallecidas en 31 entidades del país, entre el 15 de marzo y el 31 de julio.

En julio, tras la reapertura de actividades económicas luego del confinamiento, se registró el mayor número de muertes en 21 estados del país: Baja California Sur, Campeche, Coahuila, Colima, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Jalisco, Michoacán, Nayarit, Nuevo León, Oaxaca, Querétaro, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sinaloa, Sonora, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz y Tlaxcala. 

En Chiapas y Puebla ocurrieron más fallecimientos en junio; y en mayo ocurrieron más decesos en Baja California, Chihuahua, Ciudad de México, Estado de México y Morelos. 

La Ciudad de México y el Estado de México han sido las entidades con el mayor número de contagios. La primera tuvo el mayor exceso de muertes en mayo, al registrar 11 mil 473. En los cuatro meses analizados ha tenido un exceso de 26 mil 568 fallecimientos en comparación con los cuatro meses de 2019.

El Estado de México tuvo el mayor pico en mayo, con 10 mil 631 muertes. Y de marzo a julio sumó 27 mil 613 muertes en exceso.  

En tanto, Nuevo León registró el mayor exceso en julio, con 2 mil 398 fallecimientos. Mientras que Veracruz también tuvo mayor exceso de mortalidad en julio, con 3 mil 575 fallecimientos, pese a que en mayo, por ejemplo, el número de fallecimientos fue de mil 465. 

Tabasco, fue una de las primeras entidades que pasó a semáforo naranja el 11 de junio, es decir, la reapertura de actividades económicas, pero en julio, tuvo 1,008 muertes en exceso, el mayor registrado entre los cuatro meses de análisis.

Yucatán fue la única entidad que no presentó datos de junio y julio en el Renapo ni a través de solicitud de transparencia a su registro civil, pero sí se incluyeron los datos de abril y mayo. 

¿Qué significa el número de fallecidos?

No podría sostenerse que los 130 mil fallecidos fueron contagiados de Covid, pues también están quienes “no recibieron una atención adecuada porque el sistema de salud estaba volcado a otra cosa. O alguien que tuviera un accidente por ejemplo y no se le pudo atender; o que necesitaba una cirugía urgente y no se le pudo dar”, asegura el epidemiólogo e integrante del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), Alejandro Macías. 

Pero el número de fallecidos es tal que incluso los certificados de defunción que se entregaban habitualmente a los sistemas de salud estatales han sido insuficientes. Oaxaca, por ejemplo, recibe una dotación de 28 mil certificados de defunción para todo el año, aunque no se utilizan todos. Pero ese número de documentos ya se ocupó en lo que va de 2020. 

Justamente, el director del CENAPRECE, Ruy López Ridaura, reconoció que calcular el exceso de mortalidad tiene la intención de “vigilar” el comportamiento de enfermedades crónicas en medio de la pandemia, porque “no queremos que por un problema de acceso a medicamentos, de un problema de acceso a servicios hospitalarios, personas se puedan o puedan tener un desenlace fatal por otras causas que no sean secundarias a Covid”.

Pero para el epidemiólogo Malaquías López-Cervantes, integrante de la Academia Nacional de Medicina, el exceso de mortalidad no sólo es el impacto de la pandemia sino “una decisión”, porque “hacer la reconversión de los hospitales y dejar de atender gente ese no es efecto de la pandemia, es la falta de aptitud de la gente que tomó esas decisiones, es una mala política de salud”. 

Se refiere a la reconversión hospitalaria para atención única de pacientes con Covid que el gobierno mexicano adoptó como estrategia de atención a la pandemia. De ahí que la ocupación hospitalaria ha sido un parámetro permanente para medir el manejo de la pandemia. 

De hecho, sobrepasar el 75% de ocupación hospitalaria en los estados ha significado una alerta para ampliar inmediatamente el número de camas de atención. Hasta este lunes, por ejemplo, la ocupación hospitalaria a nivel nacional se ubicó en 35%. Sin embargo, sumaron 66 mil 120 fallecimientos.

No sólo se trata de mantener la capacidad hospitalaria, agrega Macías. “Cuando todo esto empezó, México tenía no más de 3 mil camas razonablemente buenas de terapia intensiva. Ahora supuestamente tenemos unos 10 mil ventiladores. Pero aunque tengas camas y luego ventiladores la pregunta es ¿quién las va a manejar? El personal que teníamos especializado para eso era muy escaso, y eso no se puede remediar de la noche a la mañana”. 

La nota metodológica y los datos abiertos de esta investigación puede ser consultada en la plataforma ciudadana Proyecto Li.

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