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Abigarramiento y racismo en la Bolivia aymara. Apuntes para comprender el golpe de Estado
Bolivia es un país en donde el racismo extremo es palpable. En la Ciudad de La Paz, los habitantes aymaras de El Alto (su zona conurbada) no eran bien recibidos antes del gobierno de Evo Morales y aún en sus primeros años. A lo largo del gobierno de Morales han persistido los ataques a la población originaria.
Por Gabriela González Ortuño
16 de noviembre, 2019
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Abigarramiento es un término que usaba el pensador boliviano René Zavaleta para hablar de la complejidad y superposiciones en Bolivia, para pensar la lucha de clases, la organización indígena y las disputas institucionales. El país sudamericano cuenta con territorios tan diversos entre sí como son su altiplano, en donde se ubican La Paz y El Alto; el trópico, en donde se ubican los Yungas y las plantaciones de hoja de coca, o el desierto en su frontera con Chile y el Amazonas en su frontera con Brasil.

A esta complejidad territorial le corresponde una complejidad organizacional encabezada en los últimos años por la población aymara y quechua, los pueblos originarios mayoritarios que también son presionados por grupos indígenas minoritarios como los guaraníes. Muchas de estas organizaciones originarias tuvieron una superposición con los sindicatos de diversos oficios y corrientes, entre los que destacan las Bartolina Sisa, los cocaleros, los sindicatos mineros que, a su vez, se congregan en confederaciones como la CSUTCB y la COB. A lo largo de la historia boliviana, los sindicatos han sido un contrapeso a los gobiernos o parte de su apoyo nacional popular.

Existen también grupos de algo que podríamos denominar Izquierda tradicional latinoamericana, como los grupos comunistas y socialistas, incluso guerrilleros a los que perteneció el exvicepresidente García Linera. En el otro espectro están presentes grupos de ultraderecha ligados a la oligarquía boliviana, cristianos cuyo origen presumen europeo, blanco. Estos se encuentran en el territorio denominado la media luna, en donde se agrupan los departamentos de Tarija, Santa Cruz, Beny y Pando.

En las últimas décadas, después de las denominadas guerras del agua y del gas en las que se luchó contra la privatización de ambos recursos, es posible detectar organizaciones urbanas que, sin embargo, mantienen mucha de su organización comunitaria india, como las juntas vecinales de El Alto, que también tienen radios comunitarias y consiguieron la creación de la Universidad Pública de El Alto (UPEA). Existen otras formas de organización como los comités cívicos en los que la oposición ha encontrado eco. Todas estas organizaciones se han encontrado ligadas, en mayor o menor medida, a la política partidaria institucional que también da cuenta de la diversidad de posiciones en el país: desde el falangismo y el populismo post revolucionario hasta el masismo.

Se trata de un país en donde el racismo extremo es palpable. Por ejemplo en la Ciudad de La Paz, los habitantes aymaras de El Alto (su zona conurbada) no eran bien recibidos antes del gobierno de Evo Morales y aún en sus primeros años. La etnofobia les ayuda a detectar diferencias que a una visitante externa le parecen imperceptibles. A lo largo del gobierno de Morales han persistido los ataques a la población originaria: el “indio de mierda” es una expresión en uso que denota un colonialismo activo que se consolida a través de ideologías fascistoides que son claras entre, por ejemplo, las juventudes cruceñas que utilizan símbolos del nacional socialismo y apelan a su fe cristiana cual cruzada contra los infieles, los y las indias que ofrendan a la Pachamama y leen las hojas de coca.

Además del abigarramiento interno, se encuentra presente el panorama internacional en donde Bolivia se encuentra claramente opuesto a la política internacional norteamericana. El expresidente Evo Morales reiteró al arribar a México su carácter antiimperialista. Bolivia, junto a Venezuela y Cuba, y en su momento Uruguay, Brasil y Argentina, han constituido gobiernos nacional populares que se contraponen a los intereses globalizadores del neoliberalismo liderado por Estados Unidos. Así, Bolivia ha dado prioridad mercantil a Rusia, China y Venezuela. El gas natural y el litio de esta pequeña nación sudamericana no han sido abiertos a Norteamérica. Como miembro no permanente del consejo de seguridad de la ONU se mostró contrario a las posiciones estadounidenses.

Aunado a lo anterior, no podemos obviar la injerencia no sólo política, sino militar de Estados Unidos en la región en el ya conocido Plan Cóndor, obnubilado por el júbilo transicionista postdictaduras, y la no lejana Escuela de las Américas, en donde se han formado no sólo exmilitares que forman parte de organizaciones del narcotráfico, sino miembros de ejércitos nacionales en activo. Han circulado videos de militares bolivianos jurando su fidelidad a Dios, al tiempo que -después de la renuncia de Evo Morales- el ministro de Defensa renunció a su cargo responsabilizando a Mesa y Camacho de la represión al pueblo boliviano. Esto debiese recordarnos que las fuerzas armadas no son una institución neutral y que en el caso de Bolivia como en el resto de países de América Latina han tenido una presencia determinante en los procesos políticos, no siempre a favor de fuerzas nacionales.

El uso de la violencia racista extrema hacia el interior está ligado a intereses del exterior. La tensión entre las fuerzas nacionales es aprovechada por posturas que no necesariamente corresponden a las movilizaciones populares prodemocráticas. El uso del terror entre la población boliviana no debería ser la respuesta ni de su policía ni de sus fuerzas armadas.

* Gabriela González Ortuño es estudiosa de América latina y profesora de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la FES Acatlán UNAM.

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