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¡Adiós, Parler! Una historia sobre plataformas digitales, restricciones y alt-tech
Aunque existe evidencia de que restringir contenidos extremistas puede reducir su impacto, es crucial que se implementen mecanismos independientes de terceros para auditar estas restricciones.
Por Pepe Flores, Saiph Savage, Shannon Biega y Vladimir Beciez
15 de enero, 2021
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La suspensión de Parler ─una plataforma social pro-Trump─ por parte de Amazon ha despertado opiniones encontradas respecto al papel de las grandes empresas tecnológicas en la moderación de contenidos, especialmente sobre la discrecionalidad con la que aplican medidas restrictivas y sus efectos a largo plazo en el ecosistema digital.

Amazon suspendió a Parler de sus servicios de la nube (Amazon Web Services) cinco días después de la insurrección al interior del Capitolio, debido a que consideró que la plataforma falló en remover discursos que incitaban a la violencia. Previamente, Apple y Google habían prohibido a Parler de sus tiendas de aplicaciones.

Parler se había convertido en un espacio de expresión sin regulación para simpatizantes del presidente Donald Trump, integrantes del grupo Proud Boys, conservadores y extremistas, quienes discutían temas como contenidos de ultraderecha y planes de ataque. Parler fue una de las últimas plataformas sociales que mantuvo a Trump como usuario, en tanto Facebook, Twitter, YouTube y otros servicios han suspendido indefinidamente las cuentas del presidente.

Amazon ha defendido la decisión bajo sus normas comunitarias. Después de considerar que el sitio pro-Trump viola sus pautas al apoyar el contenido violento e incentivar actos de agresión, la empresa decidió remover la plataforma de su nube. Si Parler no encuentra otro espacio de alojamiento, tendría que permanecer desactivada y, eventualmente, cerrada de manera definitiva.

Este acto ha sido celebrado por algunos actores como una pequeña conquista, con la esperanza de que desencadene una mayor moderación de contenidos y restricción de cuentas con esos fines explícitos. Los simpatizantes de la medida consideran que este tipo de acciones podrían mitigar la propagación de contenido peligroso y violento hacia la sociedad y, con ello, ayudar a detener otra insurrección el 20 de enero, día de la toma de protesta del presidente electo Joe Biden.

En contraparte, el CEO de Parler, John Matze, considera que el veto a su compañía es un “ataque coordinado de los gigantes tecnológicos para aniquilar a la competencia”. A su postura se han sumado voces que aseguran que estas empresas intentan eliminar la libertad de expresión y hostigan a las personas usuarias hacia el sometimiento psicológico. Algunos usuarios coléricos están incluso amenazando con hacer explotar centros de datos de Amazon o comprar sus productos con el único objetivo de regresarlos, lo que obligaría a la empresa a pagar por el envío de retorno y vender los productos como usados.

Una parte del debate público se ha centrado en si las acciones de Twitter, Facebook, Google y Amazon para bloquear contenidos y plataformas pro-Trump están conduciéndonos a un escenario al estilo de 1984, en tanto estas grandes corporaciones tienen control sobre la narrativa de lo que vemos y decimos. Dada la alta concentración de poder de los gigantes tecnológicos, es legítimo cuestionar si es correcto que tengan un poder discrecional para moderar la validez de los discursos en línea.

Es importante preguntarse si estas grandes compañías deben ser completamente inmunes a cualquier tipo de rendición de cuentas o si debemos permitir que otras partes interesadas formen parte en estas decisiones. Incluso Jack Dorsey, fundador y CEO de Twitter, sostiene que la suspensión de la cuenta de Trump sienta un precedente peligroso y lo considera “un fallo nuestro en promover una conversación saludable”.

Aunque existe evidencia de que restringir contenidos extremistas puede reducir su impacto, es crucial que se implementen mecanismos independientes de terceros para auditar estas restricciones. Es valioso (y necesario) crear dinámicas donde los diferentes actores del ecosistema ─empresas, académicos, ONG, gobierno y sociedad civil─ puedan definir conjuntamente las reglas que las grandes empresas deberían seguir.

Por último, las restricciones a plataformas están llevando al surgimiento de tecnología alternativa (alt-tec), plataformas que se presentan a sí mismas como espacios para “hablar libremente y expresarse abiertamente sin temor a ser “suspendido” por tus puntos de vista“.

Por ejemplo, cuando el conspiracionista Alex Jones fue vetado de las principales plataformas de redes sociales, esto no lo silenció; Jones simplemente se trasladó a plataformas alternas como Parler, Banned Video y Gab.

El veto de las plataformas convencionales a estas figuras populares de la ultraderecha está atrayendo sus bases de simpatizantes a las plataformas alternas. El director ejecutivo de Gab compartió que la base de usuarios de su plataforma se expandió un 120% después de que el presidente Trump fue suspendido de Twitter.

Aunque vetar a actores como Alex Jones (o al mismo Donald Trump) puedan contribuir a limitar la difusión de sus ideas, debemos considerar también cómo esto puede conducir a la creación de cámaras de eco más radicales sobre las que no tenemos control; nuevos espacios segregados que podrían afectar nuestra capacidad de comprensión de las dinámicas de estos discursos en línea y, con ello, dificultar acciones futuras.

* Pepe Flores es activista de la Red en Defensa de los Derechos Digitales (R3D). Saiph Savage es codirectora del Civic Innovation Lab de la UNAM. Shannon Biega es investigadora en la West Virginia University. Vladimir Beciez es investigador del Civic Innovation Lab de la UNAM.

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