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Arde Barcelona
Crónica de la noche del miércoles cuando el corazón de la zona derecha del barrio del Ensanche, en la ciudad condal, ardió en llamas.
Por Diego Gómez Pickering
22 de octubre, 2019
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El lunes 14 de octubre España despertó de un letargo de meses al conocer, finalmente, la sentencia que tenía al país, y especialmente a la Comunidad Autónoma de Cataluña, en vilo desde principios de año. El denominado “procés” contra los líderes independentistas que participaron en el referendo del 1º de octubre de 2017 terminaba con penas que suman, para los doce imputados, más de 100 años de prisión. Barcelona y el resto de las capitales catalanas no dejaron pasar un minuto sin reaccionar; lo que ha sucedido desde entonces era quizá previsible, pero no imaginable. Esta es una crónica de la noche del miércoles cuando el corazón de la zona derecha del barrio del Ensanche, en la ciudad condal, ardió en llamas.

BARCELONA, España.- “Puta España, puta España, puta España”, los cánticos al interior del atestado vagón de la línea 5 del metro en dirección a Cornellá retumban entre los cuerpos arremolinados, sudados, cansados y abrumados de gente que en cada parada hace lo posible por no perder su espacio, por reducido que este sea, al interior del tren subterráneo. Los oídos, después de algunos minutos, se vuelven sordos al monótono eslogan. El cántico no es nuevo, de hecho, podría incluso decirse, es parte del escenario sonoro barcelonés. Su frecuencia embrutecida y su omnipresencia sí son nuevas, se afianzan con garra desde que se ha dado a conocer la sentencia del “procés”.

Próxima estació: Sants Estació. Enllaç amb línia 3, rodavías Renfe i altres línies de Renfe”. La familiaridad del megáfono del metro saca de su trance a la mitad de los viajeros que se aprestan a descender en la estación que conecta con la principal estación de ferrocarril de la ciudad. La batalla por llegar al andén antes que nadie está a punto de iniciar, son pasadas las seis de la tarde y es plena hora pico. Para quienes vuelven del trabajo y para quienes apenas van hacia allí, así como para los muchos manifestantes que en estos días solo tienen como trabajo clamar por la República Catalana y protestar, pacífica o violentamente, por la sentencia recién anunciada.

La estación de metro de Sants está desbordada, como parece estarlo toda la ciudad a esta hora en este día. Turistas japoneses, alemanes, franceses y qataríes pululan confundidos con su equipaje a cuestas entre pasillos interminables de gente que con motivos disímilmente importantes apremian el paso, y los gestos, para llegar a sus respectivos destinos. Entre esa marabunta decidida a todo, me abro paso para caminar los trescientos metros que me separan de la entrada de la facultad de la Universidad de Barcelona en donde empiezo hoy mi curso de catalán avanzado.

“El día de hoy la Universidad permitirá a sus alumnos y profesorado el libre derecho de libertad de expresión y por tanto unos y otros están eximidos, si así lo desean, de presentarse a clases o a trabajar”, los letreros, impresos en folios tamaño A4 y tipografía Arial se repiten en cada una de las siete puertas de cristal que permiten el ingreso al edificio universitario. Imagino los habrán pegado por la mañana, el diurex del que cuelga uno todavía se adhiere a los dedos con el simple tacto. El vestíbulo de frío mármol parece abandonado, en los ocho meses que llevo asistiendo ahí a clases nunca lo había visto tan ausente de vida. Dudoso pero decidido, los 370 euros que pagué por esta edición avanzada del curso de lengua catalana me lo reclaman, me aventuro, con ese oneroso silencio, hasta el aula del tercer piso que han asignado para aquel primer día de clases.

Benvinguts”, atina a decir el profesor, Alex, a los cuatro gatos que estamos ahí reunidos desde hace una decena de minutos, viéndonos las caras furtivamente mientras no estamos pegados a las pantallas del celular. “Como sabréis ha sido un día complicado y no sabré si llegarán más compañeros así que iniciemos”. Las sonrisas, tímidas y desconfiadas, se cambian por búsquedas, a veces infructuosas, para escudriñar el catalán aprendido antes del largo receso del verano. Las casi tres horas de clase, como siempre sucede en los cursos de idiomas, transcurren afables. Los sonidos lejanos del “puta España” y las sirenas de ambulancias, patrullas y helicópteros se cuelan por la ventana entreabierta; no distraen la atención, pero echan a volar la mente.

“Eso es todo, no dejéis de hacer los deberes, os veo la próxima semana, si es que no hay otra huelga”, dice enfático nuestro flamante maestro a manera de despedida. La noche ya es cerrada y sólo pienso en volver a casa. Instintivamente prendo el celular, tres horas alejado de su pantalla táctil me parecen demasiadas. Cuatrocientos mensajes sin leer y una docena de llamadas perdidas. El corazón se me estruja, nunca algo así puede ser buena señal, me dicta el instinto del chilango que soy. “Hola, ¿mi amor? Sí, soy yo, ¿qué pasa? Estaba en clase y no podía contestarte”, me noto el tono severo, de reprimenda, ese que me sale cuando me pongo nervioso. “¿En dónde estás ahora exactamente? ¿Cuánto tiempo tardas en coger el metro? No sé si podrás acercarte a casa, esto está sitiado”. Su alarma me alarma.

Acelero el andar sin terminar de fumarme el cigarro, la gente entrando a la estación de Sants, a diferencia de mi venida, lo hace a cuentagotas. Con la rapidez de mis yemas paso de un tuit al otro, de un post en Facebook al siguiente, de un video en las páginas de La Vanguardia o de El País al siguiente, mientras trato de leer con calma las centenas de mensajes en mis chats de WhatsApp con amigos y vecinos. El Eixample, sí, mi barrio, se está incendiando. Comienza a incendiarse mi dedo, la pantalla de mi móvil y mi cabeza. Siento cómo sube el ritmo de mi respiración conforme el metro recorre cada una de las estaciones que me separan de Verdaguer, en la que he de bajarme. Ya casi no hay gente en el vagón, pero me acaloro y sofoco más que cuando iba lleno.

“Ahí, ahí, mira ¡joder!”, “¡cuidado!”. No sé si escuché las advertencias antes o después de salir a la superficie por las escaleras de la estación que desembocan en el cruce de Paseo San Juan y la Avenida Diagonal. Las llamas, enormes, a uno y otro lado de la señorial vía, me ofuscan. La ausencia de gente en el metro se contrapone con las hordas con las que me topo al salir. Troto para tratar de alcanzar la acera derecha que me llevará directo a casa. El celular suena, pero no lo contesto, no hay tiempo para ello, me digo. Salto los semáforos en verde, no tiene sentido esperar, no transita vehículo alguno en las calles que han sido tomadas por la gente. “Visca Catalunya!”, me gritan de frente, con sonrisas aturdidas por las cervezas a medio beber que llevan en mano, un par de adolescentes que salen del único supermercado abierto con dos six-packs al hombro. Se acomodan de nuevo los pasamontañas antes de seguir su paso. Yo apuro, lo más que puedo, el mío.

Al alcanzar la calle de Aragón el mar de gente y la cercanía de las llamas me obligan a repensar la ruta. Nunca llegaré a casa por ninguno de los caminos que usualmente tomo. Los niños, ahora los veo más jóvenes que antes, se multiplican. Quizá sean mayores de edad, pero a mis 41 años les veo aún en pañales. Los gritos, los vivas, las putas, en sus voces púberas, se agudizan. También los petardos. Reconozco en ellos esas ganas de comerse el mundo, ese no tener miedo a nada, ese regocijarse en el fuego. No me reconozco con este miedo que se me mete al cuerpo, esa angustia por los que están en casa y no poder llegar a ellos.

Doblo por Diagonal, bajo por la calle de Nápoles y estoy finalmente en la esquina de casa. ¿Docenas? ¿Una centena? de esos jóvenes encapuchados, uniformados de negro, envueltos en banderas que para mí en ese momento carecen de todo sentido, me separan de la puerta. Cinco contenedores de basura, maderas arrancadas de los andamios del edificio en reparación de al lado del mío, sillas, mesas rotas y a saber qué más, forman una enorme barricada. Me paro en seco, es el miedo, pero también la impotencia. Cuando retomo camino y alcanzo el zaguán de la puerta, un grito, una flama, una hoguera, la barricada prende. El humo se apodera. “Estoy subiendo”, alcanzo a textear mientras se cierran las puertas del elevador. En la quinta planta, la puerta de casa abierta, nos fundimos en un abrazo, empezamos a llorar. Las lágrimas estaban ahí atoradas desde hacía tiempo.

La hoguera de la esquina se convierte en dos, luego en tres y cuatro. Arden las cuatro esquinas que desde el balcón podemos ver. Al menos desde la televisión, las ventanas están cerradas y aún así el humo se cuela, garraspea la garganta. Luego prenden los coches, truenan llantas y se escuchan más petardos. No cenamos, bebimos un par de tarros con mezcal. Nos fuimos a la cama, pero no dormimos. Las sirenas de ambulancias, patrullas y helicópteros hicieron lo propio. La angustia y el miedo que no pudimos quitarnos, nosotros ni ninguno de los vecinos, también. Al día siguiente, con la luz del sol, comenzaron a palparse las evidencias. La docena de coches destrozados por el fuego, el asfalto de las calles carcomido, las fachadas de todos los edificios pintadas de negro por el humo, el bar del chino en donde tomaba mi café todas las mañanas, hecho cenizas. La rabia contenida, la tristeza hecha jueves y, encima, laborable.

“Aquí nadie se rinde, som gent de pau” me dice estoica Montse, la encargada de la veterinaria a donde llevo cada semana a mi perro de quince años a checarse el hígado, enfrente de los coches achicharrados y las fachadas ennegrecidas. A pasos de una gasolinera que pudo haber causado una desgracia la víspera, entre tanta llama. Montse, quizás, tenga razón. Ni Barcelona son solo los incendios, ni tampoco los catalanes son todos independentistas. Los violentos están a uno y otro lado del espectro, los nacionalistas también, unos y otros prenden incendios, no solo en las calles sino en la arena política. Ahí está el problema, lo que no está es la solución.

* Diego Gómez Pickering (@gomezpickering) es periodista, escritor y diplomático. Su libro más reciente es Diario de Londres (Taurus, 2019).

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