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Barbie diputada. La gordofobia es política
A las mujeres gordas se les recrimina su corporalidad como si la gordura fuera un virus o estrictamente un tema de falta de amor propio. El cambio en el discurso de la aceptación corporal pasa por muchos retos, y uno de esos es insistir en que el peso no es la única medida para la salud, es solo un número más.
Por Stephanie Orozco y SoloMaría
15 de septiembre, 2021
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Ilustración: SoloMaría.

Qué cotidiano se ha vuelto ver contenidos en redes sociales de adolescentes y mujeres que hablan abiertamente de sus Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). Sí, esos de los cuales leíamos en los libros de texto de la secundaria: anorexia y bulimia. Pero ellas ya no solo hablan de esto, nos están llevando a reflexiones más profundas con cada testimonio en los que la cuenta de calorías, la “compensación” a través del ejercicio y la culpa de consumir algunos alimentos, les ha llevado a alzar la voz ya que vivir con un TCA les ha quitado la tranquilidad. A pesar de que estos testimonios son un aire de esperanza para quienes podemos identificarnos con algunos de estos casos, también es preocupante porque cada vez somos más quienes sufrimos violencia por cómo luce nuestro cuerpo. Desde ellas, jóvenes adolescentes que comparten TikToks abiertamente, hasta ellas que ocupan espacios de decisión política, son agredidas a diario.

“Está gordita, pero sí está guapa”, “hoy comí como cerda”, “no voy a desayunar porque voy a comer pizza”, “¡Adelgazaste!, qué guapa te ves”, “¿Te vas a comer todo eso?”, “eso es comida de gordos”… son tantas las frases que acaban poco a poco con nuestra autopercepción que nos han llevado a prácticas que venden como saludables pero que sin acompañamiento, se vuelven un peligro. Me refiero a las dietas, prácticas de purgación, ayunos extremos, medicamentos milagrosos “quema grasa” y procedimientos estéticos de alto riesgo que inundan los medios de comunicación y se ponen al alcance de niñas, adolescentes y mujeres. ¿El objetivo? ser bellas, atractivas, suficientes, agradables… pero si no logramos nada de eso, con estar delgadas está bien porque “la gordura es de las peores cosas que podría pasarnos.”

Las mujeres que no encajan en los estereotipos de belleza de la figura femenina delgada o en la pin-up igualmente delgada pero con grandes senos y trasero, no cumplen con lo que la belleza exige “al 100%”, y además de esto, son juzgadas como personas descuidadas y que no se interesan por su salud. Virgie Tovar, columnista en Forbes creadora de la campaña #LoseHateNotWeight, y muchas mujeres más defienden que la gordofobia es una ideología que estandariza y controla cuerpos. Esto se da en un contexto internacional en el que a raíz de las campañas de prevención de la obesidad se han satanizado formas de vida hasta culpar a las personas que practican ciertos estilos de nutrición (esto, claro, sin culpar a los productores, solo a las personas consumidoras).

La salud de las otras personas es un tema que pasa desapercibido, a menos que esté relacionado con alguien de nuestro círculo cercano. Sin embargo, a las mujeres gordas se les recrimina su corporalidad como si la gordura fuera un virus o estrictamente un tema de falta de amor propio. El cambio en el discurso de la aceptación corporal pasa por muchos retos, y uno de esos es insistir en que el peso no es la única medida para la salud, es solo un número más. Porque nadie nos pide un estudio sanguíneo, porque nadie nos pregunta por nuestra salud mental… lo único que parece importar es cómo luce nuestro cuerpo y qué tanta grasa corporal tenemos.

No es para concursos de belleza para lo que nos preparamos, pero tal como lo dice Esther Pineda en su libro Bellas para morir, es que si algo demuestra el recorrido por la historia de la estética humana es que con independencia del canon imperante, esto no es algo que simplemente se posee, sino que debe ser construida, mejorada o profundizada a través de tenencia de recursos y disponibilidad de tiempo. Es decir, la belleza es una tarea de todos los días y quien la consigue, “gana”.

Vivimos en una sociedad que es gordofóbica porque desprecia a los cuerpos grandes y los cataloga como enfermos, pero además es racista, sexista, misógina, homofóbica y punitivista. Actualmente pareciera que los cuerpos femeninos pasan a ser tema de consulta pública y no hay persona que lo sufra más, después de quienes están en la industria de la moda y mundo pop, que aquellas mujeres que ejercen el poder desde espacios de decisión política.

Las mujeres gordas son discriminadas y en sus centros laborales, son violentadas. Hace un año circuló por redes sociales una imagen en la que juntaron tres fotos de la senadora Claudia Ruiz Massieu en las que compararon su corporalidad a través de los años. No, no se hizo ningún otro comentario más que preguntar al público si se trataba de una dieta o de una cirugía estética. El trasfondo, además de hacer de la política un escándalo, no se basa más que en la exigencia misógina de llevar un seguimiento de los cambios de los cuerpos femeninos como si de una bitácora se tratara.

La secretaria general de Morena, Citlalli Hernández, es violentada a diario (sí, a diario) en redes sociales por personas que buscan iniciar interacción a partir de adjetivos como “gorda”, dando a entender que éste es en sí mismo un insulto. Citlalli Hernández ha recibido estas agresiones de personas de todo tipo de sector –incluso por otras mujeres de la política– haciendo que el nivel de debate político se reduzca a criticar físicos y no ideas, propuestas o argumentos sólidos de su encargo.

Los hombres no necesitan ser bellos ni delgados para ser aceptados en la política. En cambio, en muchos casos, para las mujeres representa un atentado a su autoestima y salud. En las pasadas elecciones se denunciaron muchos casos de violencia política en razón de género y que se hicieron visibles por atentar contra sus derechos político-electorales en la contienda. Sin embargo, al voltear a ver todos los tipos de agresiones que sufrieron las candidatas, nos daremos cuenta de que el cuerpo es una de las razones más comunes por las cuales son juzgadas. En la política, quien es sumamente atractiva no es lo suficientemente inteligente para estar ahí. Entonces, si no se acepta a “las guapas delgadas” ni a “las gordas”, ¿qué mujeres sí son dignas de la política? Ni Barbie Diputada se salva, también sería cruelmente juzgada.

Las mujeres crecemos rodeadas de “ideales” de belleza desde la infancia, poniendo como meta inamovible ser atractivas y que a través de esto podamos encajar en distintos espacios de la sociedad y ser acreedoras de afecto. Si bien somos atacadas por mensajes en los medios de comunicación, también lo somos por personas de nuestro círculo cercano con comentarios directos hacia nuestro cuerpo y hacia el de las demás. Interiorizamos críticas que le hacen a nuestras semejantes porque nos han hecho creer que todas tenemos que ser igual de estéticamente complacientes.

En la vida cotidiana, la aspiración de la belleza que se convierte en una necesidad, requiere de grandes gastos de la bolsa de las mujeres. Esto injustamente se convierte en grandes ganancias para los hombres porque la belleza es beneficiosa para las empresas que son lideradas por ellos. Una discusión que se da entre las nuevas generaciones de feministas es por los impuestos a productos “femeninos”, que van desde aquellos de gestión menstrual hasta cremas y desodorantes que incrementan hasta el doble su precio únicamente por ser color rosa.

En el caso de la política, mientras nosotras peleamos, hasta con nosotras mismas, por belleza y la seguimos priorizando, ellos siguen ganando espacios. Esther Pineda hace una reflexión muy contemporánea en la que menciona que cuando las mujeres comienzan a sentirse fuertes y productivas; cuando alcanzamos mayores niveles de autonomía política, económica, académica, personal y sexual; cuando nos organizamos, participamos y reclamamos nuestros derechos, es cuando nos intentan desmoronar a través del masivo bombardeo de discursos, representaciones y exigencias de belleza. Y Naomi Wolf lo evidenció diciendo que a medida que aumentaba el poder de las mujeres, aumentaba también la exigencia de belleza que se nos hacía. Al final, la incursión laboral representa una oportunidad monetaria y una exigencia para que invirtamos en nuestro cuerpo como si fuera una obligación, producto de una constante presión por nuestros círculos próximos.

La gordofobia no es la única expresión de violencia y misoginia hacia los cuerpos, pero sí la más peligrosa porque atenta contra una necesidad humana: comer. Vivimos inmersas en “peligros constantes”, como comer más de 10 almendras o más de tres frutas al día… Discursos que atentan contra la nutrición y los requerimientos de nuestro cuerpo por hacer caso a lo que ha “funcionado” a otras personas en su lucha personal por la pérdida de grasa. Por otro lado tenemos claro que no hay ninguna razón científica que nos obligue a hacernos una liposucción o una bichectomía por salud, y aún así hay mujeres que han perdido la vida por someterse a ellas en pésimas condiciones de sanidad.

Los TCA están presentes en niñas, adolescentes, mujeres adultas y mujeres adultas mayores. Un TCA no es solo vomitar después de un atracón, también lo es negar o cancelar citas con amigos y amigas por miedo a “romper la dieta”. La gordofobia mata y como un riesgo a la sociedad, así hay que exhibirla, dejar de reproducirla y combatirla. Es por eso que el llamado en esta ocasión es a actuar desde nuestros espacios y dejar de reproducir discursos que avivan una batalla que en realidad es solo contra la misoginia que nos ha hecho creer rivales ante el mismo objetivo, que para ser realistas, es tan absurdo como creer que nuestros cuerpos permanecerán en el mismo peso y forma por el resto de nuestras vidas.

Cada testimonio dentro o fuera de los TCA es valioso porque la gordofobia ataca a todas las mujeres y no discrimina edades, profesiones, cargos públicos ni ideologías partidistas. Resignificar culturalmente a la gordura y abolir su sentido descalificativo es uno de los primeros pasos que podrían consolidarse también con pasos firmes desde la acción legislativa y de políticas públicas (con el presupuesto necesario) para comunicar y emprender acciones para hacer saber a todas las mujeres, desde la niñez, que todos los cuerpos son valiosos y aceptados sean cuales sean sus formas.

* Stephanie Orozco (@fanieorozco) es comunicóloga política feminista por la UNAM, asesora legislativa y activista por los derechos de las mujeres. SoloMaría (@HipatiaRuiz) es Licenciada en Artes Visuales, periodista e ilustradora. Instagram.

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