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Ciclistas sin justicia: en accidentes viales, llevamos las de perder
Por Eréndira Aquino
14 de octubre, 2019
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Ser ciclista en la Ciudad de México es un deporte de alto riesgo, entre los automóviles, motocicletas, monopatines, peatones, bicicletas, baches, coladeras abiertas, carriles invadidos y el caos propio de una urbe que vive siempre de prisa.

Pero el pasado miércoles 9 de octubre fue particularmente difícil…

Salí de casa con mi bicicleta rumbo al trabajo y la rodada transcurrió sin contratiempos hasta que, en un cruce de la avenida Paseo de la Reforma -una de las vías principales que cuenta con un carril exclusivo para bicicletas, en uno de sus tramos- me encontré con un motociclista.

Al percatarme que no pensaba frenar para permitirme cruzar la calle e incorporarme a la ciclovía, me detuve y en seguida él también frenó. El gesto me preció una señal para continuar pedaleando y lo hice, pero, inesperadamente, el hombre se arrancó y me arroyó.

Caí de costado y el hombre pasó sobre la llanta trasera de la bicicleta para en seguida darse a la fuga mientras yo le gritaba que se detuviera.

Mientras me incorporaba, un par de ciclistas que atestiguaron el percance mientras transitaban por el lugar regresaron a ayudarme y me proporcionaron la placa del motociclista, a quien uno de ellos persiguió unos metros hasta que se perdió de nuestra vista.

¿Qué hacer? En una ocasión anterior, en la que un taxista arroyó a un ciclista y me tiró sobre la ciclovía, también en Reforma, perseguí al auto hasta que lo alcancé y llamé a una patrulla que terminó diciéndome que no tenían patrullas para llevarnos al Ministerio Público y que tampoco valía la pena perder el día, porque además los ciclistas tenemos una mala cultura vial. Sí, así, aunque ese hombre se había pasado un semáforo en rojo y nos había embestido en el carril exclusivo.

Esa experiencia me dejó un mal sabor de boca que me puso en el dilema de acudir o no ante las autoridades, pero finalmente me decidí. En ese momento pensé que de todas formas, lo peor ya había pasado. Pero no fue así.

Como la llanta estaba rota y los pedales se doblaron con la caída, la bicicleta no rodaba, y como no tengo un automóvil tuve que esperar a que llegara un familiar por mí al lugar del accidente para que me ayudara a cargarla hasta el Ministerio Público más cercano a mi domicilio y a donde se dieron los hechos, en la Coordinación Territorial Cuauhtémoc 7, en la colonia Roma. 

Lo primero que me dijeron al llegar a la agencia del Ministerio Público, después de cargar la bicicleta unos tres kilómetros, era que no podían tomar mi denuncia porque los hechos correspondían a otra Coordinación Territorial, a la que debía acudir de todas formas porque en esa oficina no había médico legista para evaluar mis lesiones.

La otra agencia a la que me pidieron acudir, la Coordinación Territorial Cuauhtémoc 5, se encontraba a unos cuatro kilómetros de distancia, mismos que tuve que recorrer de nueva cuenta caminando con la bicicleta cargando.

Al llegar inmediatamente pasé con la médico legista que me evaluó y confirmó que la única lesión que tuve -afortunadamente- era un moretón en la pantorrilla izquierda. Lo escribió en el certificado que me expidió, mientras me decía que los del otro Ministerio Público no me  dijeron que unos 10 minutos después de que salí de ahí era la hora de entrada del doctor que trabajaba en la agencia, por lo que era más sencillo que me hubieran pedido esperar.

Le sonreí, aunque en realidad sentía mucho coraje. Me consolé pensando que, después de más de dos horas entre que sucedió el percance y estuve dando vueltas en diferentes oficinas, al menos el proceso ya había empezado.

Con el certificado en mano acudí con el ministerio público para que tomara mi declaración… misma que me dijeron, no podía dar en ese momento, porque no tenían sistema.

“¿Se espera o regresa después?”, me preguntó una de las funcionarias de la agencia, y aunque una parte de mí ya estaba cansada y lo único que quería era regresar a casa y descansar, decidí quedarme un rato, por si el sistema volvía. Y así fue.

Minutos después pude al fin realizar la denuncia. Me pidieron hacer un dibujo para ubicar el incidente, me preguntaron cómo ocurrió, si identifiqué al motociclista y si contaba con algún testigo que, de ser necesario, pudiera acudir para declarar su versión de los hechos. 

Afortunadamente uno de los ciclistas que me apoyó tuvo la amabilidad de proporcionarme sus datos para buscarlo en caso de que necesitara un testigo. Un problema menos.

Después, una segunda declaración, esta vez con el comandante de la Policía de Investigación, quien me explicó que harían una revisión de las cámaras del gobierno capitalino para ubicar el percance y tratar de identificar al motociclista, no sin antes cuestionarme sobre si usaba casco o no al momento de los hechos. Le dije que sí e inmediatamente me preguntó el color. Rojo, respondí, y con un tono de incredulidad me dijo “bueno, si no de todas formas saldrá en el video”.  

Por fin se acercaba el final de la odisea, hasta que me dijeron que la bicicleta tenía que quedarse para ser evaluada por los peritos, pero que debía regresar por ella horas después porque, al ser un objeto de valor, no podían mantenerlo seguro… sí, en un lugar lleno de policías.

Aproveché las horas de espera para volver a casa en metro, comer algo, cambiarme de ropa y volver al Ministerio Público. Nueve horas después del accidente me devolvieron la bicicleta y el proceso de denuncia había terminado, al menos por ese día. 

Acompañada de un familiar, salí por la noche de la agencia ministerial para volver a casa. Esos fueron los últimos cinco kilómetros y medio que caminé con la bicicleta cargando.

Mientras caminaba, cansada, angustiada, frustrada, lo único que pensaba era en el castigo que parecía representar para mí el ser ciclista, porque “es inseguro”, porque “no tenemos cultura vial”, porque “manejamos mal”, porque “las avenidas no están diseñadas para nosotros” y de paso porque no tengo un vehículo para trasladar el que me habían averiado…

Al final del día, como dicen en el argot cochista, “me quedé con mi golpe” y voy a tener que pagar por la reparación de mi bicicleta y quien sabe si algún día encuentre justicia por el daño a mi propiedad, delito por el que quedó abierta una carpeta de investigación.

La única ganancia fue saber que esta vez habrá quedado el registro de un hecho de tránsito generalmente ignorado e invisibilizado por la normalización de un discurso que asegura que los ciclistas somos responsables de nuestras desgracias.

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