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La cuarta transformación, entre lo simbólico y lo real
A veces pareciera que el gobierno encabezado por López Obrador está tan preocupado por hacer historia, que se olvida que ésta se construye en el presente
Por Antonio Cárdenas Rodríguez
23 de diciembre, 2019
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Ha pasado ya un año desde que Andrés Manuel López Obrador entró a Palacio Nacional y abandera la presidencia de la república. Le tomó 12 años, tres campañas presidenciales e innumerables recorridos por los más de 2,400 municipios del país el lograr la meta que tanto se había planteado y que había logrado implantar en el imaginario colectivo de la sociedad mexicana. Durante el gobierno de Felipe Calderón y el de Enrique Peña Nieto, López Obrador se mantuvo activo, en una campaña permanente que lo colocó como el eterno opositor y el que “presagió” los malos resultados de dichos gobiernos. Era una voz que advertía y que, por lo menos, durante el gobierno de Calderón, actuaba de manera decidida y constante contra las políticas que éste se proponía. El problema al que ahora se enfrenta (y nosotros con él) es que su gobierno no ha podido trascender lo simbólico.

No extraña que su victoria fuera un momento tan emotivo y representativo. Después de años de escuchar a López Obrador, opinar, por fin lograba el objetivo que se había planteado y por una amplia mayoría. Para poner en orden el desastre que resultó ser uno de los gobiernos más corruptos de la historia del país, la ciudadanía le otorgó un apoyo abrumadoramente mayoritario para encabezar el poder ejecutivo. Esto no se puede explicar sin la construcción de un discurso que diseñó e implementó cuidadosamente durante años y que, aun siendo presidente, sigue utilizando.

Durante toda su campaña López Obrador utilizó un discurso, principalmente, basado en símbolos. Desde 2006, pero de manera más acentuada en esta elección presidencial, AMLO ha demostrado ser un experto en símbolos que le den fuerza a su imagen y ahora a su gobierno. Sus inicios de campaña se dieron en algunas de las comunidades más pobres del país, acompañó durante mucho tiempo a su movimiento con el símbolo nacional del águila devorando a una serpiente y diseñó una narrativa donde existía un poder político noble, pero que se encontraba secuestrado por un grupo político corrupto al que llamó “Mafia en el Poder”.

Incluso, construyó una narrativa de la historia de México que se adecuaba con la oficial que se enseña desde hace casi 80 años en la educación básica del país, una de periodos encabezados por grandes hombres (y en la que curiosamente se omite a las mujeres que fueron protagonistas indudables) en la que pareciera que fue por la voluntad de ellos y solamente de ellos que se configuró al país. Un relato simplista de buenos y malos que ha sido criticado hasta el cansancio, pero que resultó ser muy pedagógico para educar a millones de mexicanos y mexicanas que no habían tenido nunca acceso a la educación sino hasta el periodo posrevolucionario. La narrativa del ahora presidente se sienta en esa base y reinterpreta los periodos de la historia que nos mostraron prácticamente a todos desde la primaria, la independencia, la reforma y la revolución; en el imaginario colectivo hace sentido.

Al igual que hizo el régimen posrevolucionario que se automostraba como la continuación de la extensa línea recta que era la historia de México, López Obrador ahora quiere mostrarse como el heredero de todo ese proceso de más de 200 años. El logo de su gobierno muestra a Juárez, Morelos, Hidalgo y Cárdenas no solamente porque sean representantes de otros períodos históricos, sino porque él quiere estar junto a ellos. La gran diferencia que tienen todas las grandes personas (hombres y mujeres, aunque se omitan en el logo presidencial) que han impactado en la construcción de este país con el actual presidente López Obrador, es que ellas no perdieron de vista nunca que la historia se trabaja en el presente pensando en el futuro y no mirando hacia el pasado.

A un año de haber iniciado su gobierno, el énfasis tan fuerte en los símbolos ha sido -al mismo tiempo- la gran fortaleza y el gran error del gobierno de López Obrador. Los momentos de mayor fortaleza de su gobierno han sido los que se han apoyado en símbolos de unidad y reconocimiento. Sus primeras semanas de gobierno estuvieron marcadas por imágenes simbólicamente muy poderosas que reforzaban el discurso de que se estaba transitando a una “cuarta transformación”. El ver al expresidente Peña Nieto bajar de una camioneta blindada rodeado de escoltas y posteriormente ver a López Obrador llegar en un auto modesto y solamente acompañado de su esposa fue una imagen por más elocuente. Además, se retiró el acceso restringido a “Los Pinos”, se integró la Comisión de la Verdad para el Caso Ayotzinapa, se inauguraron las sedes de las Secretarías de Estado en las entidades federativas para comenzar con la descentralización del gobierno, vaya, hasta la toma de protesta incluyó un acto de entrega de bastón de mando de parte de comunidades indígenas.

Pero más allá de estos actos ¿el gobierno realmente le ha dado sentido a su discurso de una cuarta transformación? La realidad es que se está muy lejos de lograrlo. Pareciera ya es casi una rutina buscar contradicciones y mentiras en los discursos del presidente y sus colaboradores. No hay una estrategia clara de gobierno en ningún ámbito, las Secretarías de Estado se han desarticulado y los recortes presupuestales han comenzado a menguar las capacidades institucionales de actores tan fundamentales como el INE o el INEGI. La inseguridad ha ido en aumento, la economía se ha estancado e incluso se han cometido flagrantes atropellos a la autonomía de otras instituciones y poderes.

¿Y qué ha sido de aquellos episodios que vimos en las primeras semanas de gobierno? Los Pinos se ha convertido en un “recinto cultural” que carece de un plan de impacto serio, el presidente dejó una residencia lujosa, pero ahora vive en un palacio del siglo XVI. Las sedes de las dependencias del gobierno federal en los estados se quedaron solamente con el acto inaugural y ahora están prácticamente abandonadas mientras las actividades siguen en la Ciudad de México. La Comisión de la Verdad del Caso Ayotzinapa no ha mostrado nuevos datos relevantes. Las comunidades indígenas siguen abandonadas e incluso se les han quitado algunos de los apoyos que más les beneficiaban como el Seguro Popular y el Programa Oportunidades-Prospera.

Los símbolos importan, pero éstos quedan vacíos cuando no se respaldan con una acción y realidad de gobierno que les dé sentido. De poco sirve que el presidente reduzca su sueldo cuando aún hay casos demostrados de corrupción y de opacidad en diversas dependencias. Pareciera broma que mientras las personas corrían por sus vidas en Culiacán ante el fallido operativo de captura del hijo de “El Chapo”, la secretaría de Gobernación tuiteaba que se encontraba aterrizando en Chiapas para pedir perdón por los abusos del pasado.

A los símbolos hay que llenarlos de significado; no basta nombrarlos para que pesen, se tienen que enmarcar en algo que dé sentido al presente y que puedan proyectarse en el futuro. A veces pareciera que el gobierno encabezado por López Obrador está tan preocupado por hacer historia que se olvida que ésta se construye en el presente, como sí lo sabían los personajes que toma de inspiración. Ese es el gran error del gobierno actual y por el que se genera tanta frustración en la ciudadanía: el gran vacío que hay entre el discurso y los elementos simbólicos que lo respaldan, con la realidad de un país que sigue sumergido en la violencia y con instituciones cada vez más débiles.

El presidente no ha entendido que la historia no se decreta, no se puede estar en una transformación de la vida pública por solamente decirlo. Los grandes procesos de la historia se construyen en el presente, con acciones concretas que impactan en el futuro, no solamente mirando hacia el pasado, colocando incienso donde nos guste y tachando nombres donde no. Mientras no se tome conciencia de esto seguiremos viendo episodios que tal vez nos conmuevan el corazón, pero que al paso de los días se pierden. Mientras los problemas sigan ahí, la cuarta transformación seguirá atrapada entre lo simbólico y lo real.

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