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Culiacán: breve bitácora
Mi madre llamó el viernes, después de la balacera en Culiacán. Sabía que yo volaría a esa ciudad pocos después, así que intentó convencerme de renunciar a ese viaje. Prometí cuidarme, no hacer locuras, mantenerla al tanto de mi situación. Si las cosas se complicaron, no fue por el narco.
Por Julieta García González
4 de noviembre, 2019
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Mi madre me llamó con esa voz que conozco tan bien: una voz en la que trata de apagar la alarma por lo que pueda pasarme, porque nunca está segura de que en mí quepa suficiente sensatez como para que ella no sufra. Siempre será mi madre y siempre pensará que estoy a punto de cometer alguna barbaridad porque me mide aún con el rasero de mi juventud. Ahora, sin embargo, la llamada parecía fundada.

Llamó el viernes, después de la balacera en Culiacán. Sabía que yo volaría a esa ciudad pocos después, así que intentó convencerme de renunciar a ese viaje. Prometí cuidarme, no hacer locuras, mantenerla al tanto de mi situación. Si las cosas se complicaron, no fue por el narco.

Aquí fue

Llegué el lunes al atardecer. El poeta Jesús Ramón Ibarra nos recogió, a mí y a otras escritoras, en el aeropuerto. Lo primero fue hablar de escritores y periodistas queridos y respetados que han muerto. Hablamos de Enrique Servín y lo que le pasó en Chihuahua. También de Javier Valdez, de sus hábitos, del café al que iba a escribir en Culiacán. Con estas dos muertes arrancamos la conversación. Después, atrapados por el tráfico, nos acercamos un poco más a la realidad.

“Por acá”, dijo Jesús Ramón, “había carros incendiados”. No necesitamos más palabras para concitar las imágenes de lo ocurrido en nuestras mentes. Todo había sucedido ahí, en ese sitio que volvía a lo cotidiano. Junto a este centro comercial, donde ahora está varada en el tráfico esta camioneta como una pesada ballena, hubo un auto que echaba llamas.

El ambiente se llenó de una sensación extraña, mixta, a la vez ominosa y exultante. Íbamos como invitadas a un encuentro de nombrado con poesía, cabalístico: “13 habitaciones propias”. Es el tercer año que el Instituto Sinaloense de Cultura lo celebra para darle voz a las mujeres, mirar la literatura con ojos femeninos y discutirla desde ahí. Un episodio gozoso, de letras y encuentros, estaba ahora rodeado por las cifras del horror. Culiacán se convirtió de pronto en México y México en Culiacán. La ciudad ha sido, por unos días, el emblema de una nación perdida en un berenjenal de muerte y caos.

A pesar de todo, Culiacán —como cualquier sitio vivo, donde hay niños y perros y comercios y cines— se vio obligada a volver a la normalidad porque los días se siguen unos a otros y hay cosas importantes que hacer. Así que la charla en el coche del poeta pronto derivó en las naderías que sirven para enlazar personas que hace poco se conocen.

Salimos a cenar esa primera noche para reunir a quienes ya estaban con quienes habían llegado incluso después que nosotras. Caminamos desde nuestro Ramada, en el primer cuadro de la ciudad, hacia una calle más céntrica. En el camino Viridiana, coordinadora del evento, dijo sin más: “Ésta es la esquina famosa. O infame. Aquí fue”. No necesitamos más explicaciones, nadie las pidió. Quedó claro que en ese punto del centro, algo había pasado el jueves 17 de octubre. Ahora, la transitábamos nosotras lo mismo que gente que volvía a su casa, que paseaba, que se iba por una cerveza.

En la zona céntrica, las banquetas son anchas, hay amplios espacios peatonales y arbolados. A pesar de eso, es obvio el descuido, como en casi todas las ciudades mexicanas, por desgano, corrupción o una mala mezcla de ambas. Cruzamos por entre charcos de agua de caño, saltamos basura en paquetes, arremolinada contra las jardineras, hicimos caso omiso de los bolardos chuecos, rotos, tirados, las colillas, los adoquines faltantes.

No hablamos de muertos o narcos, dejamos atrás esas verdades. Disfrutamos la cena y la charla, porque así es como nos hemos acostumbrado a vivir en los últimos años.

Nada nuevo

Entre las charlas que incluyó el encuentro —presentaciones de libros, lectura de narrativa y poesía, discusiones literarias sobre diversos temas— hubo una sobre literatura y violencia. Participé en ella junto con Ave Barrera, Diana del Ángel y Liliana Pedroza. Diana habló de cómo trabajó su libro Los procesos de la noche: como una explicación para los amigos que estaban fuera y querían entender, igual que ella, qué había pasado durante la noche cruel de Ayotzinapa; Ave, de orígenes sinaloenses y una vida en Guadalajara, habló de la violencia que roza y pega en todos lados, incluyendo lo literario; Liliana, chihuahuense, partió de esa clave para hablar de un episodio durante días aciagos en su tierra. La ciudad de Chihuahua parecía sitiada, hubo un toque de queda impuesto por los propios ciudadanos, y en el medio de esa desolación, por calles vacías, al anochecer y desde su auto, vio una pareja que bailaba un vals: eran una quinceañera y su padre, que enfrentaban la violencia con amor —abrazados, elegantes, valientes— solos y emperifollados en una plaza vacía. Esta violencia que hoy vivimos no es nueva, no es algo que surja apenas y que apenas enfrentemos. Pero no deja de ser cruda, de sentirse fresca y ardiente.

Los muchachos que asistieron a nuestra plática, jóvenes universitarios, atendían a medias nuestras palabras, a veces intrigados y a veces distraídos con lo que los hace vibrar desde sus teléfonos, en parte porque así sucede con los muchachos y en parte porque el estado salvaje que ahora vive este país es ya su vida cotidiana. No hay para ellos sorpresas, si acaso hay otras versiones sobre lo que han vivido desde su primera infancia.

Construcciones y olvido

El abandono de México tiene profundas repercusiones, aunque es un abandono difícil de aprehender. Es el que han perpetuado los gobernantes de este país, donde sus propias ciudades languidecen a cambio de dinero que se llevan unos cuantos para uso personal. De ahí que lugares como Culiacán parezcan truncos, inacabados o arrasados por alguna tempestad de la que aún no se recuperan. La tempestad de los malos gobiernos, pues; del desdén al aquí y ahora.

La ciudad es baja, ancha, bonita en muy buenos tramos. Es también caliente y difícil de catalogar. La casa solariega de Inés Arredondo no conserva de la escritora más que el nombre: es ya un “modular” que se renta para fiestas, clases y otros eventos. Otros solares han desaparecido —cada cual llevando a cuestas la arquitectura de su tiempo, una historia qué contar— para dar paso a farmacias de genéricos con enormes altavoces a la entrada o tiendas de conveniencia que surten de electrolitos y pastelillos a la población. La pérdida de esas casas rompe la homogeneidad de los espacios, altera un rostro agradable. Hay por aquí y por allá construcciones bellas e inmensas de las que no queda más que el cascarón y que desaparecerán en breve bajo el rigor del pragmatismo que no tiene interés en el pasado o el futuro.

Esto no sucede en Jardines del Humaya, donde las construcciones se apilan y conservan. Se alzan cúpulas al cielo, los edificios se ensanchan, sus paredes crecen, forradas con mármoles de colores. Le llaman el “cementerio del narco” porque en ese terreno inmenso están sepultados algunos de los narcos más sonados o sus parientes. Las construcciones son más bien casas: hay varias de dos pisos, con jardines y palmeras, caminos a la entrada, balcones y saloncitos de espera. Les dicen mausoleos a falta de un nombre más adecuado, que abarque tanta reja, vidrio blindado y alarmas de 24 horas.

Pasamos en el auto frente al mausoleo de Arturo Beltrán Leyva, que mezcla algunos ingredientes de castillo de cuento (torres, almenas, balcones y columnatas) con una cúpula ancha, ojos de buey y faroles que se encienden al anochecer. Hay jardines laterales, árboles en jardineras y rejas en las ventanas y puertas. Caminamos luego por entre tumbas diversas. La de un niño que idolatró a Batman (todo en ella recuerda al niño y al superhéroe), la de algunos abuelos (ella se fue primero, él la siguió dos meses después), la de una bebé que murió a los pocos meses de nacida. Pero estas tumbas apenas suman un puñado porque lo que hay, además de los inmensos mausoleos, es un grupo doloroso de muchachos muertos. Es fácil pensarlos carne de cañón, chicos y chicas que se prestaron a lo que ofrece la vida del crimen organizado y para los que no hay oportunidades en esta zona del país. Una muchachita de ojos grandes y pelo a la cintura, su foto rodeada de corazones de cartón; un joven casi niño que mira a una cámara tocado con un sombrero, tal vez orgulloso de su bigote reciente, y que ahora descansa junto a botellas de tequila y una cajetilla de cigarros; un hombre en sus treintas, con botas y dientes de oro, que se abraza de otro al que le han tachado el rostro, con dulces y distintas botellas de bebida a su alrededor: caras de la muerte que cobra peso y realidad en esta zona de desgobierno.

M. nos pide que nos vayamos, que tomemos el coche y salgamos de este lugar inquietante. Volvemos por la carretera y el poeta señala: “Aquí es donde viven los militares”. Nos cuenta que ahí, del otro lado de esta barda larguísima, fue que se dio el encontronazo final entre los del cártel y miembros del ejército, donde cuajó la negociación para liberar a Ovidio Guzmán. Se trata del Cuartel Militar Novena Zona, donde viven los militares y sus familias, a unos metros de donde se yerguen mausoleos que desafían no sólo a la muerte, sino a la idea de que en este país hay otro poder que no sea el del narco. Los militares pasan a diario frente a las florerías que surten esas tumbas de fantasía y atraviesan por zonas de la ciudad que se desmoronan por el olvido y el descuido. Y la versión que corre es que se amenazó al núcleo del cuartel, que los narcos estaba dispuestos a romper a las familias para cobrar venganza. Ahí, entonces, se negoció.

En un semáforo vemos a un individuo que lleva en hombros a su hijo de unos cinco años. Se ven cansados, delgadísimos, con el pelo empolvado y seco. Son blancos, tostados por el sol, de ojos claros. Cada uno carga con una bandera hondureña, piden dinero ante la indiferencia generalizada de los conductores. Unos kilómetros más adelante encontramos a otro hombre, otro joven sin futuro. Es de tez muy oscura, tiene rastas, cara de desconcierto y hambre. Pide dinero a señas, no habla español y lo imagino de Nigeria o Haití, de un lugar todavía más olvidado que el norte de México, más cruel.

Anomalías

Al día siguiente de nuestra llegada, los coordinadores del evento nos invitaron a comer al restaurante Cabanna, comida de mar. Yo, ay, soy alérgica a los mariscos. Pedí unos tacos fritos de pescado que se acompañaban de un caldo. “Soy alérgica al camarón. Muy alérgica”, advertí al mesero, quien juró que el caldo era nomás de pescado. Cuando llevaba cinco cucharadas, volvió con cara de angustia. La base de mi caldo era, por supuesto, de camarón.

Pasé la madrugada en la Cruz Roja de Culiacán. Mis compañeros en urgencias no estaban heridos de muerte ni padecían los problemas asociados a la violencia sino los relativos a la precariedad. Una diabetes mal atendida, una fiebre infantil sin control, la presión tan alta que amenaza con explotar las venas o el corazón, por ejemplo. El estado de guerra vivido unos días atrás parecía cosa del pasado, un poco porque es necesario aferrarse a la normalidad y otro poco porque se trata de episodios aislados, operados por grupos bien identificados y por problemas concretos. No es —a pesar de que su cultura ha invadido una buena parte del imaginario colectivo de esta región y del país entero— algo que todo lo permee. No se le debe a esa violencia organizada ni la fragilidad del cuerpo ni la fortaleza del espíritu.

Me recibió un amanecer de paz y me arroparon las mujeres y sus letras, la ciudad misma con su trajín diario. El cotidiano pasa también por las anomalías de la felicidad.

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