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De cómo Andrés, Margarita y Gilberto arruinaron la Navidad
De los mensajes y saludos de buenos días, hemos pasado a largos días de silencios incómodos que nos auguran cómo será la Navidad. ¿Acaso se volvió tan difícil aceptar que alguien piense muy diferente? ¿Nos es imposible evitar ciertas conversaciones? ¿O será que nos hemos polarizado más y llevado al extremo nuestras opiniones?
Por Rafael Prieto Curiel
13 de diciembre, 2020
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Aún faltan dos semanas para que sea Navidad, pero estoy seguro de que será una de las épocas más complejas del año. No habrá posadas (o no debería haberlas), no tendremos la gran cena navideña y en una pantallita nos mandaremos abrazos virtuales para luego colgar y seguir a distancia. Para cerrar un año sumamente difícil, ya sin algunos seres queridos y con un duro golpe económico, la pandemia nos pondrá el reto de seguir, al pie de la letra, las recomendaciones de salud. Y, sin embargo, creo que la Navidad de algunas familias, como la mía, quedó arruinada ya desde hace varias semanas o meses quizá, y no tiene que ver con la pandemia, sino con la guerra cultural: ese conflicto entre ideologías, esa polarización entre “izquierda” y “derecha”, demócratas y republicanos, entre chairos y fifís, ellos y nosotros.

Las mejores conversaciones, aquellas que te hacen analizar y te dejan reflexionando por días, usualmente no las tienes con personas que piensan como tú. En mi familia, cada persona tiene muy diferentes experiencias y conocimientos en muy diversos temas, así que las conversaciones pueden ser realmente interesantes. En una reunión familiar, después de los abrazos y saludos, bastaba con que alguien mencionara a Peña o a Trump, a López o a Calderón, para que se hablara de política. En un grupo de más de veinte personas y de un amplio rango de edades y de contextos, el consenso era prácticamente inexistente, así que muy frecuentemente se libraba una pequeña batalla cultural. Bastaba con que se llegara a alguno de los temas más polarizantes, como el aborto o los derechos de la comunidad LGBTI para recordamos que hay un puñado de temas con los que nunca vamos a estar de acuerdo. En persona, pese a esa pequeña batalla cultural con los tíos con los que crecí y con los primos y primas con los que pasé gran parte de mi infancia, podíamos tener algunos debates realmente interesantes.

El tiempo que llegábamos a estar juntos era tan corto que se nos iba como agua entre los dedos. Si algún tema se volvía muy intenso, repetitivo o monótono, o si alguien acaparaba la conversación -posiblemente yo-, bastaba romper la dinámica con el intercambio de los regalos navideños o con alguna pregunta sobre las próximas bodas o posibles embarazos -somos muchos primos- para regresarnos al sólido punto de inicio: te quiero, te admiro, te respeto, eres mi tío desde siempre, me enseñaste a andar en bicicleta y a ponerme una corbata, pero hoy vemos la vida de manera muy distinta y pensamos diferente y aún en ese disenso, podíamos seguir siendo felices. Además, en persona, las conversaciones eventualmente llegan a su fin, así que, aunque el debate fuera intenso, pasarían varias semanas, o incluso meses, hasta que nos volviéramos a encontrar, por lo que la posible tensión se borraba con el paso del tiempo. Esa pequeña batalla cultural duraba unas cuantas horas.

Sin embargo, esas pequeñas batallas se hicieron una permanente guerra. Como muchas familias, nosotros tenemos -o teníamos- un grupo en el que mis tías solían mandar Piolines de buenos días, mis primos algún meme, fotos con la abuela, felicitaciones de cumpleaños y alguna que otra noticia relevante. Como las ramas de un árbol se van separando del tronco mientras más crecen, así sucedió con mi familia: hoy vivimos unos a miles de kilómetros de los otros y creo que Vicente Fox era presidente la última vez que estuvimos todos juntos. Y justo por ello formamos un chat familiar: para mantenernos cerca, aunque la vida cada vez nos ponga más lejos. Era un grupo que creamos hace unos cinco años y al que se fueron agregando miembros conforme la familia crecía. Y en ese chat, como supongo sucede en muchos grupos familiares, se discutieron también temas de “actualidad”. Recuerdo, por ejemplo, con el tema de las fotomultas, escribir cientos de líneas sobre las ventajas de por fin pensar en la seguridad vial. Muchas noches me iba a dormir sabiendo que a mis tíos no los había convencido de la ventaja de los límites de velocidad, no había logrado que pensaran en el riesgo que corremos o en la eficiencia de las avenidas y ellos seguían pensando que estarían más y más horas atorados en el tráfico por los “malditos nuevos límites de velocidad”… pero al menos, en ese disenso, yo me quedaba satisfecho, pues tal vez había logrado sembrar una pequeña semilla sobre la seguridad vial. Además, me tocaba escuchar de primera mano las críticas que luego me lloverían en Twitter –e incluso que luego utilizaría Claudia Sheinbaum en su campaña– por defender esa postura. “Malditos límites…” empezó mi tío. “Discrepo” -dije yo.

Si no estábamos de acuerdo en persona y librábamos pequeñas batallas culturales, tampoco estábamos de acuerdo en el chat, y ahí libramos una guerra, y fue una guerra que peleábamos casi a diario y cada vez con mayor frecuencia e intensidad, y algunas veces, por temas absurdos. Generalizar, compartir verdades a medias o de plano, fake news, pasaba con relativa frecuencia en nuestro chat. Un caso interesante que circuló en nuestro grupo fue el de Jennifer García Quintana. En una imagen, alguien compartió una foto con un texto que dice “Es hija de José Luis García, mi amigo (…) y lleva desaparecida seis días. POR FAVOR AYÚDAME …”. La imagen no era una Alerta Amber o un comunicado oficial, sino solo la foto de una niña y un texto. Una simple búsqueda en internet me llevó a encontrar que esa imagen es falsa y que Jennifer García Quintana es el mismo nombre que se ha utilizado desde 2011 y en varios países (incluyendo Venezuela, Argentina, México y España) para alertar sobre una supuesta desaparición. Posiblemente, así como cuando éramos niños y mis primos y yo hacíamos la travesura de tocar el timbre de la vecina y echarnos a correr, hoy hay adolescentes -o eso quiero creer- que producen estos contenidos basura para su entretenimiento. Utilizan nuestro altruismo y nuestra genuina preocupación en ver otra niña desaparecida para difundir sus “travesuras”. Es falso, -les puse en el chat, junto con el link de la noticia de la misma niña, desaparecida en muchos países. Causó cierta molestia, pues exhibí sus contenidos falsos. “Más vale compartir, aunque sea falso”, me contestaron. Y así ocurría con cierta frecuencia. “Nanopartículas para el COVID” -falso- “…pero lo dijo Olga Sánchez Cordero” -falso. “Limón y bicarbonato para combatir la pandemia” -falso. “La lista oficial de los hospitales en los que no te rechazan si tienes COVID” -falso. ¡Qué lástima que el interés en el bienestar de las personas del grupo, la generosidad y el altruismo sean el principal mecanismo que genera la difusión y propagación de fake news! Pero qué lástima también que los esfuerzos por frenarlas pueden causar fricciones.

Robles, los Duarte, García Luna o Lozoya aparecían con cierta frecuencia en nuestro chat. Las pifias del Conacyt y de Álvarez Buylla, la nula atención que este gobierno le presta al cambio climático, los errores de Gatell (han pasado meses de pandemia ¿y en serio seguimos sin promover de manera clara el uso del cubrebocas?) y la estúpida obsesión con el petróleo, Pemex y Dos Bocas eran temas frecuentes. Si alguien leyera nuestro chat familiar, se convencería de que nos gobernaban unos corruptos y ahora nos gobiernan unos ineptos. Y eso es lo interesante. Estamos de acuerdo en muchos temas y aunque son pocas las cosas con las que no estamos de acuerdo, son las que aparecen frecuentemente en el chat y profundizan nuestra guerra cultural. Discutir que si Andrés, Margarita o Gilberto nos arruinó el grupo que empezó, en teoría, para juntarnos a tantos parientes que estamos en tan distintos lugares. De los mensajes y saludos de buenos días, hemos pasado a largos días de silencios incómodos que nos auguran cómo será la Navidad. ¿Acaso se volvió tan difícil aceptar que alguien piense muy diferente? ¿Nos es imposible evitar ciertas conversaciones? ¿O será que nos hemos polarizado más y llevado al extremo nuestras opiniones?

Creo que ni lo uno ni lo otro. No creo que hace unos cuarenta años fueran mucho más receptivos al disenso o que fueran más constructivos sus debates -sino todo lo contrario. Me imagino las reuniones familiares de hace décadas en las que se hablara sobre, por ejemplo, la liberación sexual, y que se siguiera la fiel tradición del que grita más fuerte, el que manotea más o al hombre de la casa dictando sus opiniones como mandatos a los demás, y me imagino a mi mamá no dispuesta a ceder un milímetro en muchos de esos temas: ¿Por qué tengo que utilizar falda larga para montar un caballo? ¿O por qué tengo yo que lavar los platos y nunca mi hermano? Me imagino a la generación de mis tíos siendo los revolucionarios de la época, al defender en pasionales debates el divorcio de uno o las ganas de mi mamá de estudiar una carrera profesional y no dedicarse al hogar, y me imagino a sus tías y tíos aferrados a sus posiciones opuestas.

Y tampoco son Andrés, ni Margarita, ni Gilberto. No son ellos. No es México, o no es solo México. No creo que, en Brasil, no existan esas fricciones también y que al simplemente leer Bolsonaro o Lula el chat de alguna familia de allá termine como el mío. Las problemáticas que hoy tienen Perú, Chile, Colombia y Ecuador en las calles de seguro se refleja también en guerras en sus grupos familiares. En Estados Unidos, por ejemplo, desde hace unos 30 años ya se hablaba de una intensa guerra cultural que se ha profundizado en años recientes. En ese país se detectó que la cena de acción de gracias dura casi una hora menos, en promedio, cuando se sientan en la mesa familiares republicanos y demócratas, es decir, cuando hay una batalla cultural de por medio, y ese efecto puede ser aún mayor en años electorales.

Ni nos volvimos menos tolerantes al disenso, ni nos hicimos “peores” para debatir. Y aunque creo que en algunos temas nos hemos polarizado un poco más que antes, la transición colectiva entre distintas opiniones suele ser sumamente lenta, como por ejemplo, el apoyo en Estados Unidos al matrimonio entre personas del mismo género. No, yo no creo que cambiaran tanto las personas, ni que cambiaran tanto los temas que nos polarizan. Lo que sí cambió fue la dinámica. Hace años, ese acalorado debate con los tíos, esa batalla cultural era en persona -y no en un chat- que facilita matizar las opiniones, y entre abrazos y tequilas se podía disolver una discusión. La cara de esa persona en el otro lado de la sala era un recordatorio permanente sobre el hecho de que es un ser querido con el que estás teniendo esa charla. Los gestos nos permiten identificar las reacciones de quienes nos escuchan y los tonos de voz nos permiten hacer énfasis en lo que nos parece más relevante y suavizar algunos otros. Y posiblemente, el factor más importante de todos: las reuniones llegaban a su fin, y con ello, las conversaciones también llegaban a su fin. En persona, cualquier debate concluye en un par de horas.

La dinámica es muy diferente en un chat. A través de una pantalla, las discusiones se mantienen eternamente y la molestia o desazón también, ¡e incluso reviven! El texto escrito es frío y permite que se olvide que hay una persona atrás. El chat se queda, así que basta con arrastrar un poco los dedos para leer y releer ese mensaje que tanto nos molestó. No hay matices, ni claroscuros. A diferencia de lo que pasa en persona, lo que se escribe en un chat lo leen -bueno, lo pueden leer- todos. El sarcasmo, la ironía y los chistes pueden salir fácilmente de contexto y prestarse a interpretaciones. En persona, no todos se involucran en un debate y rápidamente el grupo se fragmenta en muchas conversaciones que suceden de manera simultánea, pero en un chat, imposible. No hay cómo cortar una discusión que resulta molesta o incómoda, ni cómo quitarle la palabra a los que acaparan la conversación. La batalla cultural que se libraba ocasionalmente en persona se convirtió en una permanente guerra en las redes sociales.

Nuestro chat podría seguir vivo, funcionando para mantenernos cercanos y atentos de cómo estamos todos pasando esta pandemia y sería también la promesa de una Navidad cálida y divertida, aunque virtual, pero en nuestro grupo familiar, hablar tan frecuentemente de Andrés, Margarita y de Gilberto nos llevó ya a un nuevo hito. Ese grupo, que esperábamos nos uniera, terminó por dividirnos más. Algo cambió, y no fuimos nosotros -que ya estábamos en una batalla cultural- y no fueron ellos ni tampoco fueron los temas que nos polarizan. Lo que sí cambió en nuestra guerra cultural fue la dinámica de las benditas redes sociales.

* Rafael Prieto Curiel (@rafaelprietoc) es matemático del ITAM, trabajó en el C5 de la CDMX por cinco años y realizó una maestría y un doctorado en matemáticas, crimen y migración en University College London. Actualmente es investigador de PEAK Urban en University of Oxford – UCL.

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