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De Manning a Snowden: la vida en el mundo de cristal
Además del presupuesto, la única diferencia entre el cablegate y PRISM es el orden de los factores. Mientras que la filtración de Manning nos obligó a pensar los alcances que debe tener el escrutinio público sobre los asuntos de Estado, la filtración de Snowden nos obliga a pensar los alcances que debe tener el Estado para escrutar los asuntos del ámbito privado.
Por Eduardo Muñiz Trejo
20 de junio, 2013
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Por: Eduardo Muñiz Trejo (@Edmuondo)

El 28 de noviembre de 2010 Wikileaks filtró el contenido de miles de cables diplomáticos estadounidenses y al hacerlo se convirtió en el primer augurio del siglo que nos espera. En aquel entonces la casi totalidad de los medios se centró en discutir el contenido del espionaje per se y ello fue un error. La novedad de la organización comandada por Assange no estaba en publicar información clasificada (Ellsberg hizo lo propio 40 años antes) o en usar Internet para acciones políticas fuera de la “formalidad” institucional (Jiang Lijun saltó al estrellato en 2002), sino en la propuesta del mundo que nos hacía: al revelar con cierta sistematicidad los secretos de Estado, lo que se nos proponía era la construcción de un mundo transparente en el que se reconociese la verdad publicitada como eje rector de toda acción de gobierno.

En su momento, en soliloquio me pregunté  si realmente queríamos el mundo Wikileaks. Para mi resulta arriesgado suponer que lo ideal es que los gobiernos no guardasen ninguna clase de secreto. Sin embargo, gracias a la audaz acción de Edward Snowden, hoy sabemos que no fui ni el primero ni el único en preguntarse al respecto; previamente el gobierno de Estados Unidos ya había respondido a la invitación de construir un mundo de cristal, un mundo completamente transparente.

El programa PRISM de la National Security Agency (NSA) inició operaciones en 2007 (el mismo año en que se fundó Wikileaks) y desde entonces ha venido construyendo un mundo casi idéntico al que impulsa la organización de Assange.  Además del presupuesto, la única diferencia entre el cablegate y PRISM es el orden de los factores. Mientras que la filtración de Manning nos obligó a pensar los alcances que debe tener el escrutinio público sobre los asuntos de Estado, la filtración de Snowden nos obliga a pensar los alcances que debe tener el Estado para escrutar los asuntos del ámbito privado. Juntas ambas filtraciones, cada una con su discurso, nos hablan de un mundo transparente donde la opacidad es un privilegio extraordinariamente difícil de mantener.

Es verdad que el espionaje existe desde que existe la lucha por el poder, también es verdad que gracias a los avances tecnológicos y la cada vez más importante conexión del mundo real con el mundo virtual fue posible (teóricamente) la existencia de PRISM, pero lo cierto es que fue el irresponsable actuar histórico del gobierno estadounidense quien hizo del espionaje masivo e indiscriminado una realidad. Después de este antecedente, luego de que el mundo ya vio a PRISM y al cablegate, ¿quién se atreverá a garantizar que la verdad pública o privada puede mantenerse oculta indefinidamente? ¿Qué nación se atrevería a quedarse a merced del espionaje masivo de Estados Unidos? ¿Qué empresa no estará preocupada por su seguridad y ocupada en la seguridad de la competencia? ¿Qué amante despechado ignorará la oportunidad de espiar a la pareja? Hoy la pregunta ya no es si queremos o no un mundo de cristal, sino cómo es que nos adaptamos a él.

El devenir histórico es claro: la transparencia (nunca entendida tan literalmente) será el común denominador de las distintas sociedades. Por un lado la vida privada será diezmada por los generosos esfuerzos de gobiernos y empresas que legitimarán su actuación en la seguridad nacional o en el crecimiento económico. Pero por otra cuenta, con tantos dispositivos móviles, con la facilidad que resulta extraer grandes volúmenes de información en diminutos medios USB, con la relativa sencillez con la que se puede “desaparecer” cruzando fronteras… ¿Qué gobierno podrá garantizar que sus secretos no serán filtrados por un Manning o un Snowden? ¿Qué estructura puede asegurar que entre sus cientos o miles de empleados no hay un disidente dispuesto a hablar de más?

Con la popularización de carreras informáticas y técnicas, ¿qué gobierno podrá blindar sus redes contra los ataques de un futuro Anonymous o de un LulzSec, e inclusive de un hipotético N33? Al igual que los civiles, los gobiernos también serán vulnerables a los embates de ciudadanos  de sombrero gris o negro, y a las acciones hostiles de gobiernos extranjeros.

Puede no gustarnos, puede incluso que ello nos cause miedo, pero la tendencia histórica es clara. Por más marchas que hagamos, por más leyes que impulsemos, los incentivos para espiar seguirán siendo sumamente atractivos. Lo mejor será  superar la nostalgia, despedirnos de la comodidad de la opacidad y pensar en cómo adaptarnos al mundo que viene.

 

* Eduardo Muñiz Trejo es egresado de Ciencia Política por la UNAM y asistente de investigación en el Instituto de Investigaciones Económicas.

 

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