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Debí ponerme pantalón hoy
Cuando era niña, mi único miedo al andar en bicicleta con falda era caerme y raspar mis rodillas: la peor sensación de la niñez. Hoy, mi miedo es a escuchar lo que los hombres opinan de mi cuerpo. Descuidarme un momento y que se vea mi ropa interior, que alguien capture el momento con su celular o que alguien me siga.
Por Stephanie Orozco
14 de mayo, 2022
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Despierto a las siete de la mañana y en tan solo cinco inestables pasos dados ya tuve la primera elección de mi día. ¿Debería de ir al baño antes o prendo la radio para escuchar las noticias?

Me decido por la primera y pienso si tal vez, por hoy, me animo a hacerme un peinado.

Al terminar voy hacia la sala para poner mi programa predilecto de noticias que, aunque el 80% de las noticias que dan son preocupantes, sus bromas pertinentes aligeran la mañana. Un peinado sencillo, porque tampoco son muchas mis habilidades con la secadora. ¿Qué ropa quedaría bien con ese peinado? Está limpio el vestido que mi mamá me dijo que se me veía lindo aquel día que me recogí el cabello. Tal vez me decida por ese.

Aún no me acostumbro a despertar y no usar mi voz hasta mucho más tarde. Vivir sola es una decisión que mi familia y yo tomamos para que pudiera estudiar y después poder moverme a mi trabajo sin perder cinco horas del día en transporte, pero sobre todo, por el miedo a ser desaparecida. El Estado de México me enseñó a no confiar, a esconder el celular, a vestirme con mucha ropa aunque el calor fuera insoportable, a esconder dinero en los lugares más escondidos de mi mochila, a preferir los tenis a los zapatos abiertos, a preferir morir antes de ser llevada por la fuerza. Fue aquella vez cuando tenía 13 años que en un camión, durante un asalto, me tomaron por la ropa para intentar llevarme con ellos y al no lograrlo, golpearon mi cabeza con un arma. ¿Por qué estoy recordando esto ahorita? Trece años después busco la manera de evitar esos espacios, aun cuando tenga que gastar en rentas casi impagables para vivir en una delegación medianamente segura o aun cuando sé que dentro de mi propio edificio puedo estar en riesgo, porque en este país ninguna de nosotras está a salvo.

Termino mi peinado, me maquillo con mi labial favorito que minutos después el cubrebocas me quitará. ¿Me pondré el vestido? Reviso el clima. Me asomo por la ventana y veo que, en realidad, aunque aún es temprano el sol parece asomarse lo suficiente para usar un suéter delgado. ¿Y el vestido?

Voy a la cocina a meter a mi bolsa la comida que llevaré a la oficina. Lo de siempre. Aquella receta de avena rápida, sencilla, un poco insípida, pero eso sí, muy saludable.  “¿Otra vez pensando en tu cuerpo y restringiéndote?”, me digo. Unas frutas, agua, café… ¿Dónde dejé mi cargador? ¡Ah, aquí está! Tal vez debería de usar esos zapatos que dejé ahí, pero no combinan con el vestido que quiero usar. Pero, ¿sí me lo voy a poner?

¿Debería llevar otra fruta? No sé a qué hora salga hoy de la oficina. ¿Debería llevar paraguas? No, no parece que vaya a llover. Entonces sí podría ponerme vestido. Pero, ¿y qué tal que salgo muy tarde?… ¡Las ocho! Ya tengo que salir. Voy a vestirme. Una mirada rápida al espejo, zapatos y estoy lista. Y el cubrebocas; sí, es cierto.

Me despido de mi gato, cierro la puerta con cuidado y al dar el primer paso fuera, acomodo mi vestido. Lo bajo lo más que pueda. En realidad, no es muy corto, pero intento sacar todo su largo. Tomo el metrobús y me acerco a la zona de mujeres. Me pongo mis audífonos y pongo música. ¿Dónde guardo el celular? Mi vestido no tiene bolsillos pero si me los quito, escucharé comentarios que los hombres me hacen… Como aquel que también está esperando el metrobús. No ha dejado de verme. Bajo otra vez mi falda. Espero impaciente el metrobús y ahora que me suba, me iré hasta enfrente y tal vez así el señor se olvide que voy ahí.

Mi mamá siempre se ha preocupado de que baje en Hidalgo. Me aferro a mi mochila y me abro paso entre las personas. Evito la cercanía a les demás y para ser sincera, es algo que hacía desde antes de la pandemia. Estar cerca de otras personas facilita que algunos hombres se sientan con el permiso del anonimato para tocarme. Acelero el paso y llego a la estación de bicicletas, donde me arrepiento de haberme puesto vestido por tercera vez hoy. Esta escena me lleva a otros momentos de mi vida. Cuando era niña, mi único miedo al andar en bicicleta con falda era caerme y raspar mis rodillas: la peor sensación de la niñez. Hoy, mi miedo es a escuchar lo que los hombres opinan de mi cuerpo. Descuidarme un momento y que se vea mi ropa interior, que alguien capture el momento con su celular o que alguien me siga. Y además, claro, a que algún automovilista no respete mi paso.

Se supone que el momento de andar en bicicleta debería de llenarme de la hormona de la felicidad, como muchas personas -y la ciencia- lo dicen. Pero estos diez minutos no hicieron más que estresarme al invadirme con pensamientos de alerta que no me dejan concentrarme en la libertad que el movimiento pudiera darme.

Bajo de la bicicleta y al entrar al edificio en que trabajo noto las miradas de los hombres de seguridad, quienes hoy, a diferencia de otros días, me saludan con más amabilidad. No puedo evitar pensar que su “buenos días, señoritaaa” tienen que ver, en gran medida, con que hoy se ven mis piernas.

Llego a mi lugar y el día transcurre con normalidad. Me refiero a esa normalidad en que, a mis 24 años, otros hombres que trabajan en el mismo espacio me dicen: hija, niña, señorita o muchacha, y los hombres son: jefes, jefazos o licenciados. La normalidad en la que los hombres al saludarme tienen la curiosa necesidad de estrecharme cerca de ellos. La normalidad en que si un hombre quiere pasar en un espacio en el que estoy estorbando, se toma el atrevimiento de tomarme de la cintura para moverme. La normalidad en la que la mayoría de los hombres tienen un carro para volver a su casa y las demás solo vemos la hora y mientras más tarde se hace, más pensamos en lo complicado que será el regreso a casa.

Como siempre, salgo del trabajo y hago un balance. ¿Tomar un taxi y gastar la mitad del dinero que gané hoy o caminar lo más rápido que pueda para ir en transporte? Bueno, igual todavía no ha llovido. Así que si tomo metrobús y luego camino, tal vez llegue rápido. Una vez más pienso en el sentimiento de seguridad que me da el entrar a la zona de mujeres del metro o metrobús y verme rodeada de otras que, como yo, tocamos base.

Tomo la punta de mi vestido y la bajo lo más que pueda. Me suelto el cabello porque en algún lado leí que los agresores prefieren el cabello recogido porque se les facilita tomarte de ahí para jalarte. Bueno… en algún momento tenía que quitarme el peinado que me hice en la mañana. También saco mis llaves y aunque esté a muchas cuadras para llegar, tomo la llave más larga entre mis dedos para usarla como un arma en caso de ser necesario.

Con cada persona que veo caminar en la misma banqueta, mis latidos se aceleran y mi puño aprieta la llave. No es la primera vez que me lastimo por sujetarla con tanta fuerza, pero mi miopía no me juega bien, así que desconfío de todo aquel que vea cercano a mí.

La peor espera es la de los semáforos. Me alejo del paso de los carros y también de otras personas que se acercan a mí. Quiero ver el celular, pero recuerdo que no puedo verme distraída. Siento una gota en mi cara y luego una en el brazo. Calculo cuánto tiempo puede pasar antes de que comience a llover. ¿Debería de pedir un taxi ahora? Tal vez no sea lo mejor. La calle está bastante oscura para quedarme parada esperando y además, no puedo gastar ese dinero ahora. Solo queda seguir caminado rápido. Ojalá hubiera traído unos zapatos más cómodos.

Sigo caminando y con cada cuadra que avanzo, me siento más segura. Hago una pausa para revisar que mi vestido vaya bien abajo. Aunque ya no hay mucho que bajar, lo intento. Sigo mi camino y recuerdo que necesito un medicamento. Seguro la farmacia sigue abierta, pero no puedo desviarme. Empezará a llover y será más complicado. Espero que mañana me dé tiempo. Ese carro está bajando su velocidad. Me voy a cambiar de banqueta. Me urge llegar, necesito llegar.

Ya aquí a la vuelta estaré segura, pero hay unas personas fuera de la reja. Busco en mi mano y preparo la llave para entrar, hasta ahora me doy cuenta que me están temblando los dedos. Abro la reja y a pesar de un sentimiento de tranquilidad, sé que cuando era niña, mi mamá no me dejaba jugar cerca de las puertas de los vecinos del edificio donde vivíamos. “No sabes quién te puede jalar de repente hijita, por favor no juegues ahí”. Así que camino lo más rápido que puedo, lo más en medio que puedo en pasillo y como si mi suspiro y la llave se sincronizaran, dejo la calle atrás y me quito el cubrebocas. Debí ponerme pantalón hoy.

Este texto está dedicado a Ró, que hace una semana trascendió.

Ró, mi cuñado, gustaba de vestir faldas porque para él, la ropa no tiene género y así, como con otros actos, creó resistencia. Aferrado activista por los derechos de la comunidad LGBTIQ+ y aliado del movimiento feminista, nos deja un gran legado. #VuelaAltoRó

#NiUnaMás #NosQueremosVivas

* Stephanie Orozco (@fanieorozco) es comunicóloga política feminista por la UNAM, asesora legislativa y activista por los derechos de las mujeres.

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