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Declarar emergencia climática ¿para qué?
¿De qué sirve declarar la Emergencia Climática? Al tratarse de un concepto que nunca antes había existido se abre la puerta a que signifique todo y nada al mismo tiempo.
Por Claudia Campero y Pablo Montaño
28 de octubre, 2019
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El pasado 24 de octubre el Senado de la República aprobó un punto de acuerdo exhortando al Ejecutivo a tomar acción frente a la Emergencia Climática. En medio del convulsionado contexto de crisis climática y ambiental, suena como un gran paso que se reconozca de manera oficial la emergencia que vivimos. Igualmente, resulta urgente cuestionar en qué consiste una declaratoria de este tipo. Al final de cuentas, la crisis climática no sólo se ha alcanzado a punta de emisiones de gases de efecto invernadero, sino que ha empleado una gigantesca dosis de promesas y discursos vacíos.

Revisando el recién votado punto de acuerdo de declaratoria de Emergencia Climática se confirma nuevamente que nos ofrecen una curita para un paciente que se desangra. El punto de acuerdo presenta una muy buena síntesis de la problemática climática y menciona algunas de las consecuencias catastróficas que ésta tendrá en distintas partes del país, todo pinta muy bien hasta llegar a los acuerdos, los cuales se quedan muy por debajo del alcance del Senado. Resulta inadmisible que la cámara alta de este país haga en teoría un reconocimiento de la emergencia y acto seguido nos informe que ¡dejará de usar desechables! ¡Y de manera progresiva! En las 13 páginas del punto de acuerdo no hay mención alguna de medidas desde las competencias y obligaciones del Poder Legislativo, se olvidan de formular la legislación que este país requiere para afrontar la realidad y nos dejan con su compromiso gradual de empezar a llevar tuppers y de imprimir a doble cara.

A todo esto ¿por qué hablamos de Emergencia Climática? ¿Por qué la primera demanda de uno de los movimientos climáticos más relevantes del momento, Extinction Rebellion, es “digan la verdad”? Por más sorprendente que parezca, aunque muchas personas reconozcan cotidianamente que los patrones del clima han cambiado, la comprensión de la gravedad, la urgencia y las implicaciones de la situación planetaria en la que nos encontramos es escasamente comprendida y reconocida. Esto se debe a varias razones incluyendo el negacionismo financiado por las petroleras por décadas, pero también a la complejidad del tema en cuestión. Hoy sabemos que la Tierra seguramente alcanzará un aumento de 1.5°C con referencia a la temperatura preindustrial. La batalla es porque no aumente más de eso, y tenemos a lo sumo los próximos 10 años para determinar si lo lograremos. Los compromisos actuales son dramáticamente insuficientes: los Acuerdos de París, de cumplirse a cabalidad, nos perfilan para un aumento de 2.7º a 3°C, donde estaremos hablando de escenarios distópicos (IPCC, 2018). Con un aumento de más de 2°C tendremos una situación de pérdidas irreversibles de diversidad, de productividad de cosechas y de eventos meteorológicos extremos aún peores. Por si fuera poco, las políticas actuales apuntan para escenarios de aumento de la temperatura de 4°. “Decir la verdad” incluye reconocer que la reducción sin precedentes de emisiones de gases de efecto invernadero necesariamente involucra cambiar de radicalmente la forma en que “funciona” el mundo actualmente.

Naturalmente, lo anterior forzosamente pasa por eliminar progresiva y rápidamente nuestra dependencia en los combustibles fósiles. Algo que la clase política y los empresarios no acaban ni de entender, mucho menos de reconocer y para resolver un problema, primero hay que aceptar que existe. En el caso mexicano debemos definir en qué consiste nuestra urgencia de cambio. El sexenio pasado se aprobó la reforma energética que legalizó el despojo territorial para la extracción de hidrocarburos, esos que junto con el carbón son responsables del 78% de las emisiones a nivel global. Una declaratoria que verdaderamente entiende la emergencia tiene que ir acompañada de cambios legislativos que limiten la extracción de combustibles fósiles con miras a eliminar su uso más temprano que tarde. De otra manera, sólo distraen la atención y dan la falsa impresión de que “algo” se hace.

Entonces, ¿de qué sirve declarar la Emergencia Climática? Al tratarse de un concepto que nunca antes había existido se abre la puerta a que signifique todo y nada al mismo tiempo. La prueba más clara de la carencia de significado es el resultado que la declaración ha tenido en Francia, Reino Unido, Canadá e Irlanda, estos declararon emergencia climática y entre ellos suman más de 27,000 mdd en apoyos a combustibles fósiles. La definición de emergencia climática que necesitamos en este momento, es una que nos mueva más allá de los simbolismos y los simples cambios de hábito. Estos últimos están muy bien, pero no serán suficientes para alcanzar el cambio radical que la situación nos demanda.

Siguiendo la alegoría de la casa en llamas, las actuales disposiciones del Senado equivalen a comprometerse a dejar de jugar con cerillos (de manera progresiva) mientras el fuego devora el comedor y la sala. Una institución; sea el gobierno de un país, un municipio o un bachillerato;  que se declara en emergencia climática evaluará su quehacer y procesos para estar en congruencia con la situación que enfrentamos, tomará todas las acciones que estén dentro de sus posibilidades y las orientará en apagar el fuego. Mientras no veamos que la emergencia climática se acompaña de la rapidez y congruencia que demanda la crisis, estaremos viviendo la cooptación de un concepto más del largo glosario ambiental, uniéndose a sus predecesores: sustentabilidad, resiliencia, ecológico, verde, etcétera.

Por esto es que declarar la emergencia climática involucra tres elementos indispensables: (1) entender la urgencia de la situación global, (2) aceptar la necesidad de cambio y (3) actuar en congruencia. Esta actuación necesariamente incluirá cambios profundos del paradigma de extracción y consumo de combustibles fósiles y trabajar en construir sociedades que serán sustancialmente diferentes a las que hoy conocemos. Si aceleramos el paso, tendremos mayor oportunidad de que estos cambios traigan justicia y se realicen antes de los escenarios que traerán más sufrimiento y pérdidas irreparables. Tenemos la responsabilidad histórica de aprovechar la última ventana de oportunidad que tendrá la humanidad frente a esta crisis, que no se nos vaya en vociferar lugares comunes de aplauso fácil.

* Claudia Campero es geógrafa y colabora con Food & Water Watch. Pablo Montaño es politólogo y miembro de Acción Climática México.

 

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