Desquiciados y desquiciantes
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Desquiciados y desquiciantes
A los jesuitas los asesinaron en un país en el que la violencia no solo está banalizada y normalizada, sino está justificada desde el poder como una travesura chusca que merece un jalón de orejas de una abuela licenciosa.
Por Ana Paula Hernández Romano
22 de junio, 2022
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Seguimos sentados detrás de nuestras pantallas, impávidos, leyendo de ocurrencias, de tragedias, de trenes, de desencantos. ¿Hasta dónde tiene que llegar el río de noticias que nos inunda, las madres que buscan a sus hijes desparecides, la mujeres que no llegan a su destino, las casas construidas sobre pilares de corrupción, los periodistas que dejan literalmente la vida en sus pesquisas?

Invadida de miedo, de indignación, de rabia, de preguntas, me asaltan las caras de los sacerdotes jesuitas que asesinaron ayer en la Tarahumara. Javier Campos, SJ, y Joaquín Mora, SJ, fueron asesinados y sus cuerpos sustraídos después “de intentar defender a un hombre que buscaba refugio en el templo y que era perseguido por una persona armada”, dice el Provincial de la Compañía de Jesús en México. Los asesinaron en un país en el que la violencia no solo está banalizada y normalizada, sino está justificada desde el poder como algo gracioso, una travesura chusca que merece un jalón de orejas de una abuela licenciosa.

Estamos tan sumergidos en el conflicto que no terminamos de dimensionar el costo infinito del antagonismo. En un círculo que no parece tener fin, los conflictos polarizan y la polarización crea ideologías y las ideologías son los lentes que determinan cómo vemos la realidad y suelen ser sordas e impermeables al disenso. En el contexto del conflicto, la violencia irrumpe a partir de la construcción que hago de mí y del otro. La respuesta a la pregunta a quién es el otro determina lo que puedo y lo que no puedo permitirme hacer, lo que estoy dispuesta a escuchar y lo que no, lo que creo, lo que sé, lo que soy.

En este lenguaje desquiciante de polarización social en el que vivimos, hemos construido un peligroso imaginario del otro, un otro que no es más que un conservador, un chairo, un fifí. Un otro que no es más que un enemigo, un clasemediero, un periodista, una mujer. Hemos construido una verdad hegemónica y excluyente en la que el otro es el bárbaro de Coetzee, las ratas de los nazis, los escuálidos de Chávez, los migrantes y refugiados en el hemisferio norte. La despersonificación del otro me autoriza, me justifica en mi ficción de aliens, a anularlos, a violentarlos, a hacerles daño.

Seguimos alimentando la brecha desde el lenguaje de odio estrechando, hasta volverlo asfixiante, nuestro sentido de comunidad.

En las sociedades sólidas que buscan preservarse, la función principal de la educación es ampliar el sentido de comunidad, es decir, crecer el selecto círculo de aquellos a quienes considero mis iguales, aquellos que no me son ajenos. La comunidad en niñes pequeños es diminuta: yo y mi mejor amigue. El trabajo humanizante de la educación, y no me refiero únicamente a la educación formal escolarizada, debería tender a ampliar esa percepción, ensancharla tanto que llegara a caber cada persona, cada género, cada ideología, cada rincón del planeta.

Decía Unamuno y antes que él, Publio Terencio: “humano soy y nada humano me es indiferente”, pero la indiferencia parece haberse apoderado de nosotros; habitamos en la República indiferentemente Mexicana, dolorosamente mexicana. Apática de desgano, anestesiada de horrores.

Seguimos viéndonos el ombligo, miopes, persiguiéndonos la cola, mientras renunciamos a formar ciudadanos que no se permitan matar a otro ser humano solo por ser mujer, por ser periodista, por ser sacerdote y decidir darle cabida al otro. Lejos de aspirar a un futuro posible y deseable, estamos construyendo un laberinto en el que no queremos estar y del que no vamos a poder salir.

* Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es mamá, maestra y mexicana.

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