Dos recuerdos de Rosario Ibarra
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Dos recuerdos de Rosario Ibarra
Una anécdota y el primer recuerdo político del autor sobre la luchadora social Rosario Ibarra, recién fallecida.
Por Emiliano Ruiz Parra
18 de abril, 2022
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Rosario Ibarra de Piedra se sentó a la mesa, participó brevemente de una conversación casual e irrumpió con su voz grave y segura. Mientras tomábamos café y comíamos unos sopes con frijoles y queso, doña Rosario contó la historia de aquella noche lejana, cuando amenazó con una pistola a una de sus vecinas.

1. Rosario antes de Doña Rosario 

Eran los años sesenta y Rosario no era todavía Doña Rosario, sino una ama de casa de Monterrey. Estaba casada con el médico Jesús Piedra y la pareja tenía dos hijos pequeños, que habían recibido los nombres de sus padres: Jesús y Rosario Piedra Ibarra. Todos los días Rosario le preparaba un almuerzo a su esposo, que se pasaba la jornada entera atendiendo pacientes en su consultorio privado. Rosario hija tenía la tarea de llevarle la vianda a mediodía.

—¿Cómo está tu papá? —le preguntaba a su regreso.

Su hija le respondía que estaba bien.

—¿Y con quién estaba?

—Con Cuquita.

Monterrey era una ciudad pequeña y muchos se conocían. A Rosario le llamó la atención que Cuquita (le he cambiado el nombre) se aparecía muy seguido en el consultorio del doctor Piedra.

Rosario conocía a Cuquita. Era joven, guapa y, hasta donde ella sabía, gozaba de buena salud.

Una tarde Rosario siguió a Cuquita hasta una tienda. La saludó cordialmente, le hizo plática y le ofreció llevarla a su casa. Cuquita se negó. Rosario insistió.

—No, gracias, de verdad.

Rosario insistió hasta que se impuso.

Cuquita notó que Rosario se desviaba del camino.

—Por aquí no es —le dijo asustada.

Rosario apagó el automóvil en una calle solitaria. Abrió la guantera y sacó una pistola. Apuntó al pubis de su pasajera.

—Cuquita, o se alivia, o se alivia. Porque si sigue enferma, le voy a disparar ahí, para que ni con su marido, ni con el mío.

La pasajera estaba lívida. Alcanzó a musitar un sí, sí. Rosario la bajó del coche y la vio caminar a tropezones, mareada del espanto. A Rosario le dio pena: estaban en una calle oscura y solitaria. Si algo le pasaba a Cuquita ella sería corresponsable. Se le emparejó y le ordenó que subiera de nuevo al coche. La llevó en silencio a su casa.

Doña Rosario terminó su historia, convivió unos minutos más y se fue. La escuché de sus labios en 2007, en la oficina del senador Alejandro González Yáñez —o Gonzalo Yáñez—, coordinador del grupo parlamentario del PT. Yo era reportero del diario Reforma y ese día me mandaron a cubrir el Senado. Yo conversaba con González Yáñez y algunos de sus colaboradores cuando llegó doña Rosario, saludó y sin más preámbulo contó su historia. Doña Rosario Ibarra era senadora e integraba la fracción del PT.

2. El tsunami

Rosario Ibarra de Piedra me lleva a mi primer recuerdo político. Era la primavera de 1988 y doña Rosario era la candidata presidencial del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), de línea troskista. Mis padres eran de otro grupo trosko, el POS, pero igual apoyaban a doña Rosario.

Pegaban calcomanías por la ciudad con la cara de la Doña. En el metro, los teléfonos públicos y las paredes de los autobuses Ruta-100. Mi padre vivía fuera del país, pero mi madre se volcó a la campaña. Recuerdo aquel domingo: la candidata llegó a las puertas de una pequeña cárcel municipal en el Estado de México.

Yo era un morrito de seis añitos y me cansé del solazo. Le pedí brazos a mi mamá y ella clamó por ayuda. Me rescató Édgard Sánchez —acaso el hombre que estuvo más cerca de doña Rosario durante 40 años— y Édgard me subió a sus hombros. Desde arriba supe que Rosario dio un discurso espléndido —no recuerdo qué dijo pero me quedé embobado por su magnífica oratoria— ante los familiares de presos que esperaban entrar a la visita.

De repente se escuchó una voz: autorizaban a dos personas a entrar al penal: Rosario y Édgard, que había perdido a mi mamá y me metió a la cárcel en sus hombros. Recuerdo decenas de sillas de palma amarradas a la pared: los internos recibían algún ingreso por fabricarlas. Y a los presos: los rostros de los internos también embobados con un segundo discurso de doña Rosario: bajita, delgada, cabello rizado, nariz prominente y aguileña, con el camafeo al pecho de su hijo Jesús, desaparecido por el gobierno mexicano en 1975.

En las elecciones de junio de 1988 a Rosario Ibarra de Piedra le reconocieron 80 mil votos: una cifra ínfima comparada con su propio resultado de 1982, 400 mil votos, cuando fue la primera mujer candidata presidencial también por el PRT.

En esas elecciones presidenciales el gobierno le hizo fraude a Cuauhtémoc Cárdenas. Sin embargo, dudo que le hayan robado votos a doña Rosario. Su postulación fue un fracaso redondo porque la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas se convirtió en un tsunami que arrasó con el resto de las izquierdas.

Con la derrota de Rosario Ibarra murió también la izquierda revolucionaria con registro electoral, es decir, con capacidad de competir en elecciones. El cardenismo engulló a las izquierdas dentro del PRD. El paso del marxismo al cardenismo cambió el sentido de la lucha: ya no se trataba de transformar el mundo sino de llevar a un caudillo a la presidencia.

En 1994 Rosario Ibarra encontró a su hijo simbólicamente en el Subcomandante Marcos, a quien demostró públicamente un cariño maternal. Pero políticamente se adhirió a Andrés Manuel López Obrador, quien la impulsó al Senado en 2006 y, en 2018, promovió que se le diera la medalla Belisario Domínguez. Doña Rosario rechazó temporalmente la condecoración y dijo que la recibiría cuando el gobierno le entregara a su hijo. El presidente López Obrador no ha podido encontrar a Jesús Piedra Ibarra, como tampoco ha hallado a los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Ha preferido agradar al ejército antes que indagar la verdad.

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