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Efectos del confinamiento por COVID-19 en la vida de mujeres campesinas de la sierra de Guerrero I
"Yo quisiera que los gobiernos se fijaran en la pobreza de la sierra y nos apoyaran con proyectos productivos, carreteras para sacar nuestra cosecha, maestros para la enseñanza de nuestros hijos y médicos para que salgamos adelante nuevamente”.
Por Equis Justicia y Mujeres Campesinas de la sierra de Guerrero
8 de octubre, 2020
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Lupita, Karina, María, Rosa… son algunos de los nombres —ficticios— de las 33 mujeres que, desde julio, han compartido con EQUIS Justicia para las Mujeres A.C. (EQUIS) de qué manera las medidas adoptadas por COVID-19 han impactado su vida, la de sus hijas e hijos y de su comunidad. Son todas originarias de pueblos campesinos de la sierra de Guerrero que se caracterizan por la siembra y cultivo de amapola y que, a través de sus voces, comparten los efectos del confinamiento: el hambre, la falta de medicamentos, el control de parte de grupos criminales, el trabajo infantil.

Emprenden caminos de tierra y palabra, que nos transmiten “los sentires” de las mujeres, cuyas voces son silenciadas por el machismo y los procesos comunitarios políticos que las excluyen. Voces que se infiltran por las grietas de la violencia que acecha las comunidades. Colectivamente, este grupo de mujeres y EQUIS, recopilamos y plasmamos sus experiencias en este texto, el primero de una seria de entregas que desembocará en un documento de testimonios y propuestas.

Nuestro objetivo es complejo y sencillo a la vez: ver a quien nunca es visto. Escuchar a quien siempre ha sido forzada al silencio. Escucharnos entre todas para construir narrativas que lleven a espacios de participación y acciones colectivas por y para las mujeres, y, sobre todo, a lo que ellas piden: un trabajo fijo, un sueldo seguro, escuelas para sus hijas e hijos, seguridad para sus comunidades, participación política para las mujeres y el cese de la violencia. “Porque al juntar toda la información que las mujeres expresamos, escribirla y darla a conocer fuera de nuestra comunidad, estamos dando a conocer nuestro sentir”, expresa una de ellas, hablando de la importancia que ha tenido para ellas, tanto a nivel individual como colectivo, poder expresar lo que viven y sienten.

Ante un gobierno federal que presume priorizar “a los pobres”, la narración del hambre que comparten las mujeres de la sierra de Guerrero aumenta las perplejidades sobre los verdaderos alcances de la retórica presidencial; más cuando se trata de las mujeres, un sujeto típicamente vituperado en las políticas y declaraciones de la 4T. Asimismo, devela los costos ocultos del manejo de la pandemia, el cual no sólo ha fracasado en los objetivos de contención del contagio y de las fatalidades, sino que ha acarreado consecuencias cuya duración tardará en sanar, si es que lo hará, más que el virus mismo —y los que le sigan—: millones de personas en la pobreza han visto su precaria seguridad alimentaria totalmente fraguada; el derecho a la educación y al desarrollo de millones de niñas, niños y adolescentes ha sido puesto en jaque, agravado por el trabajo infantil y la deserción escolar por la abismal desigualdad que caracteriza a la sociedad mexicana; millones de mujeres, niñas, niños y adolescentes han sufrido el aumento de la violencia en su contra.

Los pueblos de la sierra de Guerrero no han sido la excepción. En las entrevistas, las mujeres comparten que las medidas de distanciamiento y prevención del contagio se adoptaron, aproximadamente, desde mediados de marzo, “desde que se fueron los maestros y suspendieron las clases”. Estas implican el uso de cubrebocas —mucho antes que la mayoría de la población y, por supuesto, que el jefe del Ejecutivo—, gel antibacterial, lavado de manos, no salir de casa de no ser necesario, suspensión de las escuelas, del servicio de transporte público y de las fiestas religiosas y reducción del servicio médico. Estas medidas fueron implementadas principalmente por el Comité de Salud y personas de la comunidad, en un esfuerzo colectivo por evitar los contagios, dada la situación crítica de acceso a la salud. Asimismo, se sometió a estrictos controles la entrada y salida de personas a las comunidades mediante filtros a cargo de “los comunitarios”, un término usado para referirse a integrantes de grupos criminales que ejercen control sobre las comunidades: Este grupo de comunitarios son personas que… nos dan o brindan la seguridad. Realmente ellos… pues pertenecen a un grupo delincuencial porque ellos no son de la comunidad”.

Las sanciones por no cumplir con las medidas son, principalmente, amonestaciones verbales. En caso de falta grave o repetidos incumplimientos, puede imponerse una multa —de alrededor de 200 pesos— o una “fatiga” o trabajo comunitario, por ejemplo, limpiar el camino, estar en los filtros, limpiar los salones comunitarios o cualquier otro trabajo que, en general, beneficie a la comunidad. La sanción más grave son “los tablazos”, es decir, repetidos golpes con tablas de madera, que, por lo general, son infligidos por “los comunitarios”.

Pero, más allá de los castigos físicos o económicos aplicados a quienes no siguen las reglas, hay un impacto relacionado a las medidas de confinamiento que parece afectar a todas las familias de las comunidades: la falta de dinero, trabajo y comida. Por alrededor de cinco meses, se suspendieron el transporte y la movilidad relacionada al comercio, es decir, ni los habitantes de las comunidades podían “bajar” a Chilpancingo o salir a la carretera a vender sus productos —por ejemplo, fruta de temporada— ni a adquirir productos para surtir las tiendas.

“La gente se quedó sin dinero ni forma de buscar trabajo, porque la gente se dedicaba a salir a vender como ahorita las peras, el durazno, la fruta que se produce en esta temporada, la gente se ayudaba mucho de ahí y pues sí ha afectado mucho porque pues no hay… gente que también salía a trabajar ahora no puede hacerlo porque… pues por lo mismo”.

La economía se detuvo y así, mientras las y los pobladores veían cómo se marchitaba su cosecha de fruta, también atestiguaban el aumento de los precios de productos básicos y de la escasez de dinero. Ésta redujo dramáticamente la posibilidad de acceder a otros trabajos, como “alquilarse” en las casas para hacer limpieza, pues nadie tiene solvencia económica para contratar a otras personas. La única actividad posible era el cultivo de las huertas y los campos, pero eso, como analizaremos con más profundidad en una entrega posterior, tiene un sesgo machista importante, pues las mujeres generalmente no son dueñas de las tierras.

 “Mi sentir es que cada vez estamos más pobres en la sierra por todos los problemas de seguridad y la bajada de precio de nuestro principal sostén económico y con la siembra de la amapola. Yo quisiera que los gobiernos se fijaran en la pobreza de la sierra y nos apoyaran con proyectos productivos, carreteras para sacar nuestra cosecha, maestros para la enseñanza de nuestros hijos y médicos para que salgamos adelante nuevamente”.

La pobreza no es el único, dramático, costo del confinamiento. En entregas posteriores analizaremos las implicaciones específicas para las mujeres, a partir del contexto más amplio de las relaciones machistas, así como las propuestas de las propias mujeres a partir de la situación económica de las comunidades y del rol de los cultivos de amapola.

@EquisJusticia

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