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El agua, nuestro líquido más preciado
Durante años ha prevalecido en el mundo el "hecho" de que los océanos están pletóricos de vida, de que sus reservas son infinitas y sin problema alguno alimentarán a todos los miles de millones de seres humanos presentes y futuros. Nada más lejano de la realidad.
Por Rubén D. Arvizu
3 de junio, 2019
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Planeta Azul

Foto: NASA.

Planeta Tierra, planeta azul, planeta agua. Cuando la Tierra es vista desde el espacio, la predominancia de los mares es evidente. Casi tres cuartas partes de la superficie terrestre están cubiertas por este preciado líquido.

La mayor parte se encuentra en los océanos. Se dice que la vida comenzó ahí. La vida depende del reciclaje de la materia -nutrientes y agua-, así como del flujo de energía. Ningún organismo puede crecer, propagarse y continuar su existencia a través de millones de generaciones, sin antes renovar los elementos que lo componen. Al igual que el nacimiento y el crecimiento, la muerte y la descomposición son piezas fundamentales del entorno viviente.

Los mayores volúmenes de agua, los océanos, tienen una profundidad media de casi cuatro mil metros y cubren cerca del 71 % de la superficie planetaria. La tierra firme ocupa el restante 29 % con un promedio de 850 metros de altura. Esta comparación nos muestra que los mares podrían cubrir por completo la esfera terrestre con un manto de agua salada de casi tres mil metros de profundidad. Por volumen, casi el 98 % del agua del planeta existe en las cuencas oceánicas . El 0.001 % flota en la atmósfera como nubes en forma gaseosa. El agua dulce de ríos y lagos ocupa un 0.036 %, y las corrientes subterráneas son diez veces más abundantes constituyendo el 0.36 %. El resto del agua dulce, la mayor reserva para un mundo con cada vez más crecientes carencias del vital líquido, radica en las capas polares que ocupan el 1.64 %.

Es importante tomar en cuenta estas cifras. Muchos continúan considerando que el agua es inagotable, un bien renovable que no tiene fin. Pero esta percepción es totalmente falsa. Si la mayoría del agua de la Tierra es salada y por lo tanto no es potable ni apta para irrigación, los más de 7 mil millones de seres humanos dependemos por completo del .03 % de ríos y lagos y del .36 % en corrientes subterráneas.

La triste realidad es que de esa cantidad, más de la mitad se encuentra contaminada por la actividad humana. Desagües mal planeados, peligrosos productos químicos que entran como desechos a las corrientes hidrológicas, constantes derrames petroleros y residuos de pesticidas que por cientos de miles de toneladas se depositan en mantos friáticos son algunos de los más importantes contaminantes que están convirtiendo nuestras aguas en peligrosas para la salud. El resto, la Antártica y el Ártico, también cuentan ya con graves niveles de contaminación en el hielo que los cubre. Estas reservas para las generaciones futuras se encuentran ahora en grave peligro ante el acelerado calentamiento del planeta. Enormes masas se derriten y desprenden día con día y las proyecciones de estudios muy recientes publicadas por las Naciones Unidas nos hacen pensar que en menos de 5 décadas las capas polares dejarían de existir. ¿De dónde saldrá el agua suficiente para cubrir sus necesidades? Otra falacia que durante muchos años ha prevalecido en el mundo es el “hecho” de que los océanos están pletóricos de vida, de que sus reservas son infinitas y sin problema alguno alimentarán a todos los miles de millones de seres humanos presentes y futuros. Nada más lejano de la realidad.

Los cardúmenes, las grandes concentraciones de peces, por lo general de la misma especie y que se desplazan juntos como nubes, se encuentran sobre todo cerca de la plataforma continental. El resto del mar, sus vastas profundidades, que en ciertos puntos supera los 11 kilómetros, son aguas abisales donde la vida se reduce más que nada a pequeños organismos antediluvianos y a algunas especies gigantescas de calamares y otros monstruos marinos que casi desconocemos por completo. Los grandes bancos de atún y otras especies comestibles están desapareciendo a pasos agigantados. Muchas pesquerías ya están cerradas en varias partes del mundo. La sobreexplotación irracional hizo que simplemente “se acabara la pesca”.

Otra preocupante situación consiste en la desaparición cada vez mayor de los arrecifes de coral, verdaderas islas vivientes formadas por miles de millones de esqueletos calcáreos de ciertos celentéreos, de los cuales los más importantes son los pólipos de coral. En estas inmensas colonias se desarrollan hábitats donde pululan toda clase de seres marinos. Son una especie de condominios que proveen vida y la atraen al mismo tiempo.

Sin embargo su futuro es incierto. La mayor concentración de arrecifes, la llamada Gran Barrera en Australia, está desapareciendo en forma alarmante, al igual que otros famosos arrecifes del Mar Rojo, del Caribe, del Pacífico. Son víctimas de la depredación humana y ahora también de un fenómeno natural que los científicos aseguran se ha acelerado por la actividad del hombre, la corriente de El Niño. En los últimos 15 años el nombre de “El Niño” -y ahora su contraparte, “La Niña”- han aparecido en todos los noticieros, periódicos y revistas del mundo. Esta corriente marina que se desenvuelve en la zona ecuatorial este del océano Pacífico produce un aumento en la temperatura de las aguas marinas. El resultado es muchas veces devastador, como lo ha comprobado el Perú y otros países cuyas costas son bañadas por el Pacífico, el mayor de los océanos.

Los cambios climatológicos que particularmente han sido más severos en el último decenio del siglo XX y continúan en el XXI son atribuídos inexorablemente a los efectos de El Niño. Inundaciones, sequías, aumento en el número y fuerza de los huracanes así como mortandad de especies marinas. Este fenómeno natural, observado por primera vez por los españoles en las costas sudamericanas en el siglo XVI durante los últimos días de diciembre -de donde tomó el nombre del “Niño Dios” -espaciaba sus efectos durante 15 o más años. El problema ahora es que tal pareciera que su presencia es casi permanente, ocasionando enormes trastornos a nuestro atiborrado planeta. El costo económico y ecológico de este desastre es astronómico y sus consecuencias se harán sentir más agudas en los próximos años.

Todo esto que brevemente hemos enumerado lesiona a la biodiversidad. La biodiversidad es la enorme variedad de formas de vida en la Tierra: plantas, animales y microorganismos, los genes que contienen y los ecosistemas que forman. Conocemos en buena medida los componentes de la biodiversidad, aunque aún hay mucho por aprender -y sabemos más lo que hay en tierra que lo que existe en el mar. ¿Qué tan importante es la diversidad y cómo debemos evaluarla? No hay una respuesta sencilla para eso. Pero los estudios más recientes de prestigiosas organizaciones científicas estiman que más de 10,000 especies de organismos terrestres se extinguen cada año, y la cantidad sigue en aumento. Según un reciente estudio dado a conocer por la agencia intergubernamental IPBES, un comité de las Naciones Unidas, hay un millón de especies en peligro de extinción debido al Cambio Climático, el cual ha su vez ha sido señalado como el principal detonador de la proliferación del sargazo, un género de macro algas planctónicas unicelulares marinas que está causando enormes problemas sobre todo a lo largo del Mar Caribe.

Debemos tener muy presente que la diversidad de vida de los mares, desde el más pequeño microorganismo, el fitoplancton, hasta la ballena más grande, debe ser protegida a toda costa si queremos continuar habitando este hermoso planeta azul. El único en el que, al menos hasta este momento, sabemos que existe el profundo y maravilloso misterio de la vida.

 

* Rubén D. Arvizu es escritor, productor, director cinematográfico, y ecologista. Colaboró por varios años con el Capitán Jacques-Yves Cousteau en muchos de sus proyectos internacionales. Actualmente es Director General para Latino América de la organización de Jean-Michel Cousteau –Ocean Futures Society , es embajador del Pacto Climático Global de Ciudades y Director para América Latina de la Nuclear Age Peace Foundation. Como periodista ha recibido los premios Isabel de España y La Pluma de Plata. Es autor del libro ¿De Quién es la Voz que Escuchas? y contribuyó escribiendo un capítulo en el libro de Jean-Michel Cousteau, Mi padre, el Capitán Jacques Cousteau.

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