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El ataque de la costumbre, o ¿es Greta una dogmática delirante?
En las redes he leído desde un "ya era muy raro que los ambientalistas tuvieran tal ahínco con el tema del cambio climático, se trata solo de una agenda izquierdista", hasta que Greta solapa, oculta o representa intereses oscuros.
Por Hugo González-Manrique Romero
30 de septiembre, 2019
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Las reacciones a la huelga global encabezada por la joven Greta Thunberg son, por sí mismas, un reflejo del mayor reto a vencer en la lucha contra el cambio climático: la inacción, el conformismo y el miedo de una sociedad ensordecida por décadas de amenazas amplificadas por la globalización, que al estilo ¡ahí viene el lobo! han mermado la credibilidad y disposición a cooperar de los ciudadanos. Solo que esta vez, el lobo ya está aquí. Desde 2014, el Grupo de científicos expertos de la ONU que asesoran las decisiones de política climática internacional advirtieron un aumento promedio de la temperatura global de casi un grado centígrado. A este dato los escépticos suelen plantear dudas, sobre todo respecto a los impactos reales de tales alteraciones en los sistemas humanos y naturales. Todos hemos oído un “pero si en San Juan de las Milpa hace más frío”. Esta postura llevada al extremo pone en entredicho la existencia del fenómeno, de los hallazgos científicos que lo sustentan, del andamiaje internacional para darle atención, y desde luego de las soluciones hasta ahora planteadas.

Más allá de aquellas críticas simplistas hacia la estudiante sueca de 16 años, que centran su agudeza en descalificarla por su origen, raza, condición, o hasta por su papel como figura que enmascara tenebrosos intereses ocultos, existe una percepción particularmente palpable en las redes sociales sobre una supuesta contradicción entre la lucha urgente, global y basada en la ciencia que ella respalda, y la agenda anticientífica que muchos perciben en términos como agroecología, desarrollo local, respeto a derechos humanos, soberanía territorial y alimentaria, entre otros, que también forman parte del desglose más detallado de soluciones propuestas por muchas de las organizaciones que la respaldan.

Existen pues, dos tipos de escépticos climáticos. Por un lado, aquellos cuyas posiciones anticientíficas, de duda por la duda misma y de conspiraciones y otros refugios de la pereza mental bien los pueden agrupar entorno a un líder como el presidente estadounidense. Éstos son los clásicos negacionistas, cuyas figuras de mayor paroxismo se representan en EEUU por personas que, orgullosas, ruedan en grandes vehículos con alteraciones que les permiten emitir grandes volúmenes de humo negro por sus escapes. En México esa postura no más conciliadora, pero por el momento sí menos exhibicionista, se encarna en personajes que discuten y agreden a vegetarianos, ambientalistas, animaleros y todos aquellos otros que rompan con su ideal de consumo rápido, fácil y sin responsabilidades éticas o ambientales.

El otro tipo de negacionista climático se ha desvelado por motu proprio en estos días de las marchas globales. Es uno no bien comprendido, y hasta cierto punto confundido, porque él (o ella) mismo se asume como racional, o liberal, o progresista, o lo que venga bien a los buenos ojos que juzgan con mirada política todo acto individual. Estos negacionistas están convencidos que todo lo que no sea ciencia, o más bien, todo lo que ellos no identifican como ciencia, es propaganda, ideología o similares. Y esa es una postura peligrosa. Lo es porque, como ya se decía al principio, nuestra sociedad sumergida en la inmediatez, destina unos cuantos segundos de su atención a adoptar o descartar una nueva lucha, tendencia o producto. Así es como el siguiente gran reto de la humanidad, del cual depende la existencia de la vida como la conocemos, libra a diario una lucha por los reflectores con los nuevos memes, o los perros más graciosos de ese día en los celulares, computadoras y diarios del planeta.

En este sentido, la lucha contra el cambio climático puede tener una desventaja de origen y, gracias al segundo tipo de escéptico, también un agravante. Está en desventaja pues el tema es complejo, por multifactorial; ha sido reducido al ámbito ambiental cuando en realidad se trata de una lucha en todos los frentes, y ha tomado derroteros alarmistas; ya mencionábamos la figura de Pedro y el lobo. Pero además, si el ciudadano no está suficientemente confundido, ahora se suman personajes que, pretendidamente educados en la ciencia o doctos en las posturas liberales más acabadas, arguyen que las soluciones son trampas. En las redes he leído desde un ya era muy raro que los ambientalistas tuvieran tal ahínco con el tema del cambio climático, se trata solo de una agenda izquierdista, hasta que Greta solapa, oculta o representa intereses que buscan enfrentar a la eficiencia liberal de los mercados, con pamplinas como las consideraciones y diferencias de género, el respeto a los pueblos indígenas, sus conocimientos y arraigo tradicional, o ilusiones como el consumo local. Pero la verdad es que si no actuamos ya, si esas soluciones no se aplican, las cosas pueden cambiar mucho, para mal, y con la rapidez que ahora se observa, también cambiar muy pronto, desde luego, también para mal.

La atención al cambio climático ha sido lenta sí porque ha requerido un proceso global para estandarizar, desde la comprensión de los conceptos más básicos, hasta asegurar -como sucedió en París en 2015- que una abrumadora mayoría de países se comprometa a poner metas concretas a sus políticas nacionales. Pero no por esto es improvisada; a las soluciones originadas en el norte, sobre todo respecto a enfoques tecnológicos y de eficiencia para reducir las emisiones a la atmósfera, se les han sido sumadas desde el sur valiosas propuestas para hacer frente a los impactos que ya se perciben actualmente como huracanes, sequías o incendios, bajo consideraciones humanas y ambientales de respeto. Porque de esto se trata, de unir esfuerzos para alcanzar soluciones duraderas que eviten remedios mágicos, ya sea bajo la faceta de eficiencia, ciencia y tecnología, o de mera ideología. La idea es dejar de perpetuar los modelos de desarrollo que nos trajeron hasta acá y que nos mantienen en esta situación. Mirar más allá de un reducido enfoque sobre lo que es eficiente o no, lo que es ciencia o no, cuestionar nuestros miedos sociales al cambio profundo, permitirá que juntos enfrentemos a este, el siguiente gran reto de la humanidad.

* Hugo González-Manrique Romero es experto en diseño de políticas de cambio climático. Ha contribuido desde principios de esta década a estructurar, diseñar e implementar la política nacional de cambio climático en México, en las escalas federal, estatal y municipal.

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