El COVID y la pérdida - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
El COVID y la pérdida
A mi amigo Juan Andrés Pérez Pérez se lo llevó el COVID. Como a cientos de miles, es verdad, pero cada uno cuenta distinto. La muerte cuenta más cuando se trata de un amigo de toda la vida.
Por Marcos Aguila
6 de marzo, 2021
Comparte

A la memoria de Juan Andrés Pérez, amigo y camarada

 

El pasado 25 de enero falleció Juan Andrés Pérez Pérez, un héroe de la lucha socialista en México. Un héroe que nunca buscó los reflectores, muy cercano a sus compañeros de lucha, organizador nato, confundido entre el grupo y con autoridad y liderazgo sobre él al mismo tiempo. Se lo llevó el COVID. Como a cientos de miles, es verdad, pero cada uno cuenta distinto. La muerte cuenta más cuando se trata de un amigo de toda la vida. Se pierde así una parte de lo que se vivió en común, lo que significa que una parte de uno mismo también muere.

Nos conocimos cuando aún no cumplíamos los 20 años. Éramos estudiantes del Instituto Politécnico Nacional. Él estudiaba en la Escuela de Ingeniería (ESIME) y yo en la de Arquitectura (ESIA), en Zacatenco. Él había llegado de Oaxaca, yo había caído allí por vocación y porque mi tío Julio, topógrafo, había apostado por el Poli. Pero no nos conocimos en el campus. Nos conocimos en la ferviente militancia política. En el periódico La Unidad, las brigadas a las fábricas, la huelga de la General Electric, la revista Solidaridad y la lucha de los electricistas democráticos del SUTERM. Después del 68 y de la crisis de la estrategia guerrillera en México, que no vivimos, la convocatoria a insertarse en el movimiento obrero, propuesta por el filósofo y exguerrillero Víctor Rico Galán, nos pareció absolutamente irrefutable. Ambos abandonamos nuestras carreras. Desde entonces me convertí en arquitecto frustrado. Juan entró a trabajar a Telmex y realizó mucho trabajo político allí. Al cabo de los años muchas veces insistí en que terminara la carrera, después de todo empataba con las posibilidades de desarrollo técnico dentro de la empresa. Él me decía que sí, pero, taimado, hacía lo que quería y creía conveniente. A lo largo de su vida pospuso sistemáticamente lo personal por lo colectivo.

Juan se jubiló de Telmex en un puesto de técnico medio. Recuerdo haber escrito juntos volantes contra el charro Salustio Salgado. Juan contribuyó a su salida, y a que Francisco Hernández Juárez pasara de una segunda fila, al frente del sindicato. La democratización, sin embargo, avanzó poco. Hernández Juárez sigue allí, en el podio, reflejando esa tendencia perniciosa hacia la eternización de las dirigencias sindicales. La voluntad de cambio no es siempre suficiente, aunque sin voluntad no hay nada. Juan no ocupó altos cargos, ni en el sindicato ni en la vida pública, salvo por unos pocos años en la antigua delegación Gustavo A. Madero, donde tuvo que lidiar, por ejemplo, con la celebración del día de la Virgen de Guadalupe, un acto que involucra el movimiento de millones de personas. Fue un general sin títulos. Su liderazgo fue, esencialmente, moral.

Juan influyó en mi vida, como sucede con todos los verdaderos amigos. El me presentó a mi primera esposa, Selva, recién egresada de la Escuela Normal, que acudía a un círculo de lectura. Recuerdo como si fuera ayer un viaje a su Oaxaca natal que hicimos con él en mi auto. En ese viaje pude constatar el origen de algunas de sus virtudes. Su madre era una mujer de una pieza, con una extraña mezcla de timidez y una sonrisa franca. Una mujer al mismo tiempo dulce, discreta y firme. Estoica, como lo fue él. De raíces populares, con una cultura basada en el esfuerzo y el contacto con los niños de las comunidades oaxaqueñas. Sus padres fueron maestros educados en la tradición cardenista. Tenían una casa amplia, construida a base de esfuerzo. Allí nos dieron posada y salimos a los mercados, al centro, a las ruinas, a Guelatao. Esas visitas hubiesen sido unas, como turistas, y otras muy distintas, junto a Juan, que sabía todos los pormenores y apuntaba hacia los detalles y las historias detrás de edificios, plazas o sabores de comida y bebida. Uno aprendía de él todo el tiempo. Trajimos unos tapetes, unas piezas de barro negro, y afianzamos una confianza y camaradería para siempre.

Por mi parte, mientras Juan ingresaba a Telmex, luego de un año de trabajar en una fábrica y ante una promoción inducida que generaría un alto riesgo de accidentarme, opté por volver a la escuela. Estudié Economía y luego Historia. Juan construyó una familia. Yo me había divorciado y vuelto a casar. María Elena, el amor de mi vida, hizo migas con Juan fácilmente. Después de todo, ella también tiene raíces oaxaqueñas y también busca ayudar en lo personal a todo a quien se le atraviese en el camino, sin consultar siquiera. Ella sabía de nuestra cercanía, sabía que Juan era para mí como un hermano. Magdalena y Juan tuvieron dos hijos, Juan Andrés y Olinca, hoy jóvenes profesionistas, y con hijos propios. Juan tuvo la fortuna de ser abuelo. Sus hijos, también con COVID, lidiaron con el penoso trajín de intentar hasta lo último sanar a su padre. La atención pública llegó, pero fue insuficiente. Vivieron el calvario que sacude hoy en día a la población, particularmente la de escasos recursos y alta probabilidad de infección, por la simple razón de tener que usar el transporte público, no poder vivir con “sana distancia”, o padecer enfermedades crónicas producto de malos hábitos, mala alimentación e infraestructura sanitaria insuficiente. Por no poder quedarse en casa.

Hacia el año de 1985, con la llegada del terremoto en la Ciudad de México, la vida de Juan Andrés dio un vuelco. Él se lanzó a las calles, literalmente, a la solidaridad con los damnificados. Sin pensarlo dos veces. Magdalena le seguiría. En la actividad política ellos hicieron una combinación ideal. Muchas ocasiones él era quien orientaba acciones y discusiones, pero ella era quien las ejecutaba, en contacto estrecho con otras mujeres que, típicamente, son las protagonistas de la lucha urbano popular. Ella llevaba la iniciativa en la toma de terrenos, la gestión de la construcción, la colecta de colaboraciones, la presión ante autoridades. El fenómeno se generalizó en muchos barrios de la ciudad. En acciones de este tipo se cimentó la Asamblea de Barrios. A diferencia de las luchas sindicales, que incurren en reuniones, documentos, discusiones y en ocasiones huelgas, cuyos frutos son a veces volátiles e inciertos, la lucha por la vivienda se traduce -y a veces se extingue- con la edificación de las viviendas mismas. No se necesita conciencia política para requerir casa, y con frecuencia, adquirirla termina con las movilizaciones, si no se logra proyectar un modelo de solidaridad popular, como intentó muchas veces Juan. Con la gestión de financiamientos obtenidos en el extranjero, Juan y Malena intervinieron en varios proyectos. En uno de ellos, en la colonia Vallejo, Juan y su familia ocuparon una vivienda. Pero no fue una transición inmediata. Vivieron en campamentos y bajo condiciones muy difíciles por años. Bajos estas condiciones, estudiaba. Era un gran conocedor de la resistencia y la revolución vietnamita, por ejemplo. A instancia suya, el espacio colectivo de viviendas tomó por nombre el de Giacomo Puccini, el autor de ópera italiano, con la intención de llamar la atención hacia la música culta. Así era él, un luchador y un hombre de cultura: sobre todo, de alguien que disfrutaba la cultura, en particular la poesía. Juan Andrés fue un hombre generoso en extremo. Conservo libros de pintura clásica que me regaló de cumpleaños. Recuerdo su asistencia en Cuernavaca a una presentación de baile flamenco de mi hija Alejandra, que hacía sus pininios en ese arte. Vino toda la familia.

Juan fue generoso principalmente con su tiempo. El tiempo que le regaló a los demás. Cuando amigos o camaradas pasaron por crisis personales, siempre estuvo allí. La última vez que lo vi y escuché, hace apenas unas semanas, participaba en un evento internacional de arte y poesía. Hubo músicos de Colombia y México, un actor que dijo un cuento, una violinista de gran calidad y él, que fungía como maestro de ceremonias, desde la casa de Puccini, leyó algunas poesías. Dijo entre ellas “Los amorosos”, de Sabines, con esa voz clara, pausada, inconfundible. Se disculpó por tener la garganta muy irritada. Tal vez tenía ya el virus en su cuerpo.

Apenas dos semanas antes de su fallecimiento, le invité a una presentación virtual de un documental de otro gran amigo de de Nueva York, Seth Fein, sobre preparación de comida mexicana y de Nepal en Queens. Me contestó: “Querido amigo, con la mala nueva de que di positivo al COVID”. Yo respondí: “¡Puta madre! ¿Cómo te sientes?”. Él no decía groserías. Ese día no hubo más diálogo. Eso ocurrió el sábado 9 de enero. El lunes volvimos a intercambiar mensajes cortos. Yo le compartí una obra maestra de colaboración digital de los intérpretes de la Filarmónica de Rotterdam, que tocaron el “Himno a la alegría”, según yo, para darle un pequeño gusto. Después fue la falta de oxigenación, el miedo, la decisión de llevarlo al hospital, la entrada al Centro Banamex donde recibió buena atención, las noticias esperanzadoras, la determinación de intubarlo, la angustia… y la muerte.

La vida de Juan estuvo rodeada de muchas tragedias. No voy a enlistarlas todas, pero es importante tomar en cuenta que esas tragedias son el pan de cada día de las clases y los barrios populares en México, agudizadas por la enfermedad y el triste estado del sistema de salud pública. Por eso suena tan hueco el triunfalismo estatal. El 14 de junio me escribió: “Te comento (que) estamos viviendo un drama muy fuerte. Mi suegra muere el día 6 de junio (por la madrugada), mi cuñada Toña, enfermera del IMSS, jubilada, estaba internada por COVID y muere el 12 de junio, también por la madrugada. Era la hermana más cercana a Malena. No pudimos más que acompañar en auto el cuerpo a la cremación. Evitamos el contacto, Juan y Olinca nos insistieron en aguantarnos el deseo de saludar, por la salud de Malena, que no está bien y yo que, recordarás, no soy dechado de salud. Así que la pena de Malena es múltiple”. Hasta aquí el mensaje. Pero la avalancha continuaba. En diciembre, el padre de Malena falleció también. Tres familiares íntimos. El texto de Juan fue premonitorio de su propia, estúpida muerte. Ahora, Malena tiene una nueva, enorme pena encima, la muerte de su compañero de lucha y de vida. Confío en que, con el apoyo familiar, que es parte esencial de su fuerza interior, saldrá adelante.

En la casa de mi hermana Coqui ha colgado por muchos años un pequeño cuadro con la sabia estrofa de Moctezuma: La amistad es una lluvia de flores preciosas. Con harta frecuencia la he repetido en mi cabeza. Ahora mismo, suena con más fuerza. Gracias por el ejemplo.

* Marcos Aguila es profesor de la UAM Xochimilco.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.