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El día en que José José me pidió un autógrafo
Por Carlos Oen
29 de septiembre, 2019
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A mediados de agosto de 2010, Guadalajara recibía la primer convención fuera de Estados Unidos de Monitor Latino, organización dedicada a monitorear el número de veces que una canción es reproducida en distintos países por diversos medios. Productores, promotores, managers, editores, intérpretes, compositores y programadores de radio se encontraban todos en un solo lugar, y los más destacados darían talleres y conferencias sobre la industria musical en Norteamérica. Puse en la cajuela de mi coche copias de mi primer disco, el cual gracias al apoyo de amigos sonaba en algunas estaciones de radio mexicanas y fui de los primeros en registrarme en la mesa de recepción de la convención. Todo un novato, quien después de grabar mis canciones en tres distintos estudios de la Ciudad de Mexico comenzaba a entender el poco glamoroso y bastante corrupto mundo de la industria musical nacional.

Un promotor de radio recién me había contado que le padre de Iskander pagó millones de pesos en payola para colocar a su hijo dentro del top nacional. Dinero que como todo acto de corrupción no es posible deducir y que de tenerlo, sin dudar lo habría gastado en una casa. Así que mi estrategia era acudir a Monitor Latino a relacionarme, aprender y entablar amistad con quienes sintiera buena química.

La convención estaba a reventar y ocupaba dos pisos enteros del hotel sede. Mares de gente bordeaban islas de stands publicitarios de sociedades de gestión colectiva, como la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM) y sus equivalentes gringas BMI, ASCAP y SESAC, así como grupos de medios, distribuidores de equipo de audio y una isla dedicada a promover a Margarita “La Diosa de la Cumbia”.

La marea y mi interés me llevaron a un auditorio donde Armando Manzanero, presidente de la SACM, compartía a los otros panelistas y al público en general como en sus inicios le habían robado porcentajes de canciones a cambio de darle una “oportunidad”. Parecía que la extorsión a autores era una especie de rito de iniciación necesario para el éxito. Como ejemplo, tengo un par de conocidos que han tenido experiencias amargas con Gloria Trevi y su equipo. El “éxito”, hasta el momento, no les ha llegado. ¿Será que quien con pedófilos se acuesta, amanece mojado?

Mi amor, tiempo y esfuerzo estaban puestos en cada una de las copias de mi disco, mismas que repartí a tantos ejecutivos del medio me topé, quienes las recibían con el mismo interés con el que un retacado cenicero recibe otra colilla de cigarro. Flotando a la deriva en un mar de pretensión y oropel fue como la corriente me llevo hasta toparme con “El Príncipe de la Canción”.

Con dificultad al hablar y visiblemente agobiado José José intentaba cruzar la inmensa sala de exhibición al mismo tiempo que olas y olas de personas con celular en mano le impedían avanzar. Poco a poco el vacío que las sefies dejaban me acercaba más a él. Tuve tiempo de meditar en la paciencia con la que aceptaba cada foto y en como posteriormente era abandonado como estampilla de álbum repetida. Pensé en su majestuosa voz y en como el abuso del alcohol lo había deteriorado. En las burlas de un pueblo mayormente alcohólico ante la desgracia de uno de sus mejores cantantes. Cuando por fin estuvimos de frente me miró a los ojos como esperando que le pidiera una foto. “No quiero nada, pero quiero regalarte algo”, le dije mientras le extendía una copia de mi disco. Lo tomó. Vio la portada (que tiene una foto de mi) y pregunto “¿eres tú? Le contesté que sí. Me tomó del brazo fuertemente y sin soltar comenzó a jalarme mientras se abría paso entre las sefies. Muchos minutos después llegamos a la esquina donde se encontraba la zona VIP. Los guardias se apartaron de la puerta y entré, brazo derecho primero, a la bahía de las estrellas remolcado por José José. Me soltó y con las dos manos quitó el celofán que protegía el disco. Sacó el librillo y se tomo su tiempo en verlo. De la bolsa interior de su traje sacó una pluma diciendo “fírmamelo”. Ahí aprendí que quien es, no necesita pretender.

Que tu tránsito hacia la otra vida carezca de sufrimiento y se encuentre lleno de luz querido Príncipe de la Canción.

* Carlos Oen es compositor e intérprete que palpita bajo la piel de un abogado con maestría en derecho internacional público y en periodismo. Bajo su propio sello discográfico ha producido dos álbumes: “A ti” y “1978”. Escribe para publicaciones en México y Canadá. Sus temas son música, historia, mindfulness, cultura educativa y política internacional.

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