El enfoque conductual en políticas públicas: el papel de las emociones y el análisis racional - Animal Político
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
El enfoque conductual en políticas públicas: el papel de las emociones y el análisis racional
Estamos en un momento de transformación acelerada, que implica superar las formas tradicionales de hacer política pública. Tal vez las ciencias del comportamiento sean una vía para valorizar el papel de las emociones en el cambio social.
Por Javier González
16 de diciembre, 2021
Comparte

Las personas tomamos frecuentemente decisiones irracionales. No siempre elegimos la mejor opción, ya sea para la comunidad en la que vivimos o para nosotros mismos. Existe un conjunto de emociones, sesgos, creencias, filias y fobias, entre otras influencias, que impiden que nuestras elecciones sean óptimas (o que maximicen nuestro beneficio, en lenguaje económico).

Claro, dirá usted, eso ya lo sabemos, los seres humanos somos imperfectos. Y, sin embargo, no siempre somos conscientes de que los sistemas jurídicos, sociales, religiosos y económicos se basan en normas que parten de reconocer esa imperfección.

Tomemos por muestra las leyes de tránsito vial. Los gobiernos saben que habrá gente que, en contra de su propio bienestar, conduzca a exceso de velocidad, maneje bajo los efectos del alcohol o no use el cinturón de seguridad. Por ello es deseable que existan disposiciones jurídicas para sancionar el comportamiento de quien se pase la luz roja de un semáforo, y que el gobierno sea capaz de identificar y castigar al culpable como corresponda. Pero es aún más deseable que las personas cumplan voluntariamente la ley: que no se pasen el alto de inicio.

Las ciencias del comportamiento, aplicadas a las políticas públicas, buscan identificar algunas medidas para mejorar las elecciones de los individuos ante su falta de autocontrol. Parten del supuesto de que es posible utilizar conocimientos de la psicología, la economía y la sociología para encaminar cambios positivos en nuestros comportamientos.

Las recompensas y los castigos han sido siempre una medida al alcance del gobierno para estimular cambios conductuales en las personas. Sin embargo, como instrumento de política pública, los incentivos que apelan a la racionalidad no siempre son los mejores. Piense usted en que, en vez de reforzar el miedo a una sanción para los contribuyentes incumplidos, el estado facilite al máximo la presentación de las declaraciones mensuales de impuestos, para motivar el cumplimiento voluntario y, por consiguiente, la recaudación.

Otro ejemplo, ampliamente estudiado en este campo, es incorporar automáticamente a los nuevos empleados en planes de ahorro para el retiro, en vez de preguntarles si desean afiliarse. Esta medida busca incidir en la arquitectura de decisiones de las personas de forma que puedan beneficiarse, evitando sesgos como el poder de la inercia, la incapacidad de apreciar beneficios futuros frente al corto plazo, o simplemente la carga cognitiva que implica analizar y decidir.

La pandemia ha orillado también a diseñadores de políticas a adoptar enfoques conductuales para incrementar, por ejemplo, la tasa de vacunación y el uso de cubrebocas. En una población del estado norteamericano de Wyoming (conocido como el “estado vaquero”), se distribuyeron carteles con la imagen de un bandido del viejo oeste usando una máscara, exhortando a la población a ponérselas también. Apelar a las identidades de las personas es una estrategia sugerida por las ciencias del comportamiento para internalizar cambios y actitudes deseadas.1

Estos pequeños “empujones” -los bien conocidos nudges- 2, son medidas de bajo costo que facilitan la vida y suscitan el comportamiento cívico de las personas. Su búsqueda ha dado lugar a todo un desarrollo académico y práctico, con la creación de laboratorios de experimentación y análisis en universidades y empresas, pero también unidades de innovación e inteligencia al interior de algunos gobiernos y organismos internacionales, como la ONU y el Banco Interamericano de Desarrollo.

Si bien la proliferación de estos enfoques comenzó en los países anglosajones, gradualmente se ha extendido hacia América Latina, impulsada por algunos innovadores y entusiastas del tema. Pueden identificarse, incluso, diversos casos de uso en países de la región. No obstante, como con cualquier enfoque novedoso en políticas públicas, es necesario introducir una nota precautoria.

Los enfoques conductuales han sido criticados por el bajo porcentaje de efectividad de los “empujones” imaginados por los diseñadores de políticas.3 Es más fácil atribuir en retrospectiva un cambio conductual a una medida diseñada en el laboratorio, que predecir o asegurar el impacto de una nueva intervención. Los costos regulatorios pueden ser altos (medidos en tiempo, recursos económicos, paciencia de las y los líderes políticos), y su implementación puede conducir a resultados decepcionantes.

Al mismo tiempo, el campo ha ingresado en una especie de crisis de replicabilidad,4 al observarse la dificultad de lograr cambios intencionados mediante la importación de métodos o experiencias desarrolladas en otros contextos. Más aún, las administraciones públicas latinoamericanas poseen sus propias y específicas estructuras para el procesamiento de decisiones públicas, muchas veces incompatibles con la experimentación y la toma de riesgos.

Naturalmente, las ciencias conductuales no son “rocket science”. Con todo, parece inescapable aceptar la invitación para ensayar nuevos enfoques, dirigidos a incrementar la eficacia de nuestra políticas y regulaciones, así como el cumplimiento espontáneo por parte de las personas. Desmontar sesgos, al menos reconocerlos, es ya ganancia, aunque no siempre sea posible diseñar (e implementar) “empujones” efectivos.  Estamos en un momento de transformación acelerada, que implica superar las formas tradicionales de hacer política pública. Tal vez las ciencias del comportamiento sean una vía para valorizar el papel de las emociones en el cambio social.

* Javier González es director de Desarrollo Institucional de Ethos Laboratorio de Políticas Públicas (@ethoslabmx).

 

 

1 Greg Rosalsky, The Behavioral Economics Manifesto Gets Revised, 2021, disponible aquí.

2 Richard H. Thaler y Cass R. Sunstein, Nudge. The final edition, Penguin, 2021.

3 Véase por ejemplo Jason Hrena, The death of behavioral economics, disponible aquí.

4 Ídem.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.