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El metaverso: una distracción horrible que podría moldear nuestro futuro
¿Y si rechazamos el universo discursivo en el que se presenta el metaverso? ¿Y si nos negáramos a habitar la idea en su totalidad? ¿Y si desafiamos las fronteras de lo que se está imaginando como EL futuro? ¿Y si reivindicamos nuestro papel de co-creadores de lo imposible? ¿Qué formas tomaría entonces el futuro inimaginable?
Por Juan Ortiz Freuler y María Fernanda Soria Cruz
6 de noviembre, 2021
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El 28 de octubre de 2021, Facebook cambió su nombre a Meta. El relanzamiento parece ser, al menos en parte, una distracción. Esto ocurre cuando las empresas de tecnología en general, y Facebook en particular, se enfrentan a una nueva ola de críticas. En 2020, el Congreso de Estados Unidos impulsó acciones para que la narrativa se centrara en la cuestión del poder. Los republicanos se sintieron amenazados cuando vieron que Facebook bloqueó la cuenta de Trump, y un campo creciente de progresistas estaba ansioso por equipar al estado con herramientas antimonopolio más sólidas, alejándose de la doctrina basada en daños al consumidor y, en su lugar, enfocándose en cómo la concentración de mercado es una amenaza sistémica a la democracia. Para un Congreso que hace décadas no logra consensos bipartidistas que le permitan avanzar en grandes proyectos, esto significó que se escuchara al unísono: estas empresas tienen demasiado poder.

Pasemos a septiembre de 2021, cuando entró en escena la denunciante de Facebook, Frances Haugen, con una maleta de documentos que retrataban la incapacidad o falta de interés de Facebook para resolver los daños que su plataforma estaba causando. La conversación se alejó del hecho de que Facebook tiene demasiado poder, y pasó a ser una conversación sobre cómo Facebook debería ejercer ese inmenso poder. Este cambio no sólo fue impulsado por la evidencia material de los daños que proporcionó Haugen, sino también por sus propias declaraciones, afirmando que no creía que Facebook debiera enfrentar acciones antimonopolio.

El anuncio del cambio de marca (Facebook->Meta) parece una estrategia de relaciones públicas programada para permitir que Facebook rompa con una tendencia a la baja. Pasamos de discutir la cantidad de poder que Facebook había acumulado en 2020, a discutir cómo Facebook ejerció tal poder en septiembre de 2021, al lanzamiento de Meta, que ahora nos lleva a discutir los problemas imaginarios de un mundo que no existe. No se ejerce ningún poder, no hay ningún daño real a personas reales. Pasamos de un espacio en el que los críticos estaban ganando terreno, a uno en el que las empresas controlan la narrativa a través de videos de fantasía que impresionan al público en general, y generan la sensación de que quizás algo “innovador” está sucediendo.

Fig. 1 Rendimiento de Nasdaq de las acciones de Facebook / Metaverse

El rebranding de Meta es una estrategia para (re)establecer una agenda, fijando el debate público en un objeto menos problemático para la empresa. Sin embargo, dado que los medios y el público parecen haber cumplido con las expectativas de Facebook, y se ha modificado la agenda, vale la pena discutir de qué manera las ilusiones como el metaverso son relevantes y el papel que juegan en nuestro imaginario del futuro “ser”.

¿Dónde empieza el futuro? Esta nos parece ser una pregunta importante que no solemos plantearnos a menudo. Las empresas de tecnología, sin embargo, han respondido una y otra vez a ésta pregunta durante décadas: el futuro comienza hoy. En la aparente sencillez de esta declaración reside el engaño y la distracción. El eterno hoy en el que comienza el futuro es constantemente desplazado, encarnado por la próxima tecnología, el próximo gran salto, el siguiente proyecto. Así, no hay necesidad de pensar en el futuro, porque el futuro ya está aquí, es un hecho. Ya no hay más qué decir, qué pensar; la imaginación se esteriliza. No hay necesidad, oportunidad, ni espacio para imaginar fuera de los márgenes de lo que ya se ha imaginado por otros y para otros. No tenemos nada que decir al respecto. El futuro ya se ha creado y se recrea todos los días mientras nosotros miramos. Por cada futuro que se nos sirve, hay otro que ya se está horneando, siempre lejos de nuestro alcance. Por tanto, terminamos habitando un futuro que en principio, no es nuestro y no nos sirve; en cambio, somos nosotros quienes le servimos.

La siempre prematura llegada del futuro en forma de nueva tecnología nos hace insensibles al hecho de que antes de que la tecnología se materialice, hay que imaginarla. El futuro existe en forma de palabras, ideas y sueños mucho antes de materializarse en objetos. La imaginación es una práctica que precede a la realidad y que finalmente la define a ella y sus contornos. El futuro es un lugar que visitamos a menudo porque es ahí donde nuestros miedos y sueños conviven y se mezclan; donde las posibilidades y las imposibilidades se moldean y deciden; donde lo impensable está a nuestro alcance y toma forma; donde se establecen y resisten sus límites.

Controlar el discurso sobre EL futuro como un mundo virtual, ubicuo, automatizado y “autorregulado” es, en esencia, un mecanismo que socava la práctica de la imaginación. Cualquiera que sea la forma que le demos al futuro, éste está contenido dentro de los márgenes de lo que ya se nos ha presentado. No existe potencial emancipatorio dentro de las fronteras del discurso, pues éste establece las fronteras de la imaginación.

Para que el futuro se convierta en algo distinto de lo que es, se requiere algo más. No basta con criticar al metaverso, sino resistir por completo el discurso, cuestionar la forma en que pensamos y articulamos esos pensamientos; la manera en que hemos sido empujados a pensar sobre el futuro, y nuestro lugar y papel en él.

Reapropiarse de la conversación sobre progreso, tecnología y futuro es un acto de resistencia, de rechazo, que requiere imaginar lo que no está, lo que no es. Otro mundo. Un presente diferente. Un futuro mejor, uno que aún no ha llegado y que, por tanto, todavía puede ser lo que queramos que sea.

Toda la nueva tecnología se ha imaginado primero y luego se ha creado. Su curso no es inevitable y su potencial reside en el proceso creativo y colectivo de donde nace. Algunas creaciones tecnológicas aún no se han materializado y, sin embargo, de alguna manera sabemos lo que pueden hacer. Ya están en el imaginario. Las máquinas para viajar en el tiempo son quizás el mejor ejemplo de esta dinámica.

En un momento dado, toda la tecnología se consideró inalcanzable, imposible. Pero su imposibilidad nos impulsó a crearla, a insistir en ella. Todo fue posible porque existió primero en nuestra imaginación, donde discutimos y negociamos su propósito, estética, tamaño, forma, características. Entonces, ¿y si rechazamos el universo discursivo en el que se presenta el metaverso? ¿Y si nos negáramos a habitar la idea en su totalidad? ¿Y si desafiamos las fronteras de lo que se está imaginando como EL futuro? ¿Y si reivindicamos nuestro papel de co-creadores de lo imposible? ¿Qué formas tomaría entonces el futuro inimaginable?

El metaverso no es sólo una distracción, sino un encerramiento.

Fig. 2 Presentación del cambio de marca de Meta, intervenida por los autores

Pero, ¿qué papel queremos que juegue la tecnología del futuro en nuestras vidas?

El conjunto de productos de Facebook está diseñado como una sala experimental masiva. El experimento consiste ​​en definir el modo más sostenible de aumentar la cantidad de anuncios en los que las personas hacen clic. Después de todo, más del 95% de los ingresos de la empresa provienen de anuncios. Como tal, las empresas de redes sociales han superado algunas de las limitaciones que la academia a menudo señala con respecto a los experimentos, como la falta de participantes representativos y la falta de un entorno natural. Estas corporaciones ahora pueden afirmar que llevan a cabo experimentos en un entorno que se superpone con el mundo (relevante) a una escala de 1: 1. Ese es su rasgo distintivo y la forma en que desarrollan los productos.

La narrativa sobre la que se construye la idea del metaverso es una de control. No es control como un fin en sí mismo, sino cómo parte de un proceso que ha estado en curso durante siglos: el capital busca moldear las acciones de los trabajadores, no para que guíen a las máquinas, sino más bien para complementar las máquinas y su función. Los trabajadores siguen el ritmo que establecen las máquinas en una línea de montaje tanto en una fábrica textil, como en las avenidas llenas de personas que conducen para Uber. Los trabajadores ejecutan el papel que los propietarios del capital codifican en las máquinas. La visión del metaverso que proponen estas empresas parece basarse en el supuesto de que el capital ahora controlará no sólo el ritmo de la máquina alrededor de la cual opera el trabajador; sino que colocará toda la existencia del trabajador dentro de la propia máquina.

Las máquinas que alguna vez fueron concebidas como extensiones del hombre y las capacidades humanas. Las ruedas realizaban la función de las piernas humanas, las gafas agudizaban la mirada humana, las computadoras imitaban la memoria humana y el proceso mecánico del cerebro. El imperativo de capital pronto modificó la relación entre máquinas y seres humanos, su potencial, su imaginario, su contrafactual. Desde entonces, los trabajadores fueron concebidos como meras extensiones de máquinas; prótesis fallidas de las capacidades de la máquina. Sin embargo, ahora los trabajadores ya no se presentan como las prótesis de las máquinas, sino como un elemento constitutivo dentro de su matrix. No hay más condiciones climáticas o ciclos naturales ofrezcan algún sentido del paso del tiempo. Todo el entorno en el que se permite que tenga lugar la interacción humana estará ahora dentro de los ciclos y el ritmo de la máquina. Ritmos previstos, limitados y controlados por su diseño.

¿Qué papel jugaría entonces la imaginación humana?

Un primer paso es reconocer el papel del colectivo en la definición de los contornos de nuestra propia identidad. Una identidad colectiva que se forja a medida que nuestras intervenciones son aceptadas, animadas o cuestionadas entre nosotros. SOMOS sólo en relación a una comunidad. Los seres humanos son sociales antes de convertirse en seres humanos, porque es sólo dentro de una comunidad que la palabra “humano” se convierte en un significante de quiénes somos, quiénes fuimos una vez y quiénes creemos que podemos ser, no sólo en términos de producción sino de creación. Ninguna persona existe en aislamiento, como tampoco lo hacen los futuros potenciales que nos decimos que estamos o que podríamos estar construyendo. El futuro, sea lo que sea, es un lugar que habitamos colectivamente. Imaginarlo también es un proceso colectivo. Sin embargo, cada vez pasamos más tiempo en entornos digitales, donde el andamiaje social se ha vuelto algo oculto y está bajo el control y el diseño de unos pocos. Esto supone una amenaza que debemos atender.

Conclusión: el metaverso es un mito; construyamos mejores mitos

Entonces sí, el metaverso es una distracción. Probablemente sea mejor que concentremos nuestra atención en cuestiones de poder y el modo en que se practica, se acumula y se ejerce. Podríamos y deberíamos insistir en la redistribución del poder. Poder que estas empresas de tecnología han llegado a acumular, amenazando directamente cualquiera de nuestros futuros potenciales y sus capacidades emancipadoras. Una vez que logremos reclamar el espacio para promover una conversación pública sobre qué futuro necesitamos, queremos y merecemos, podemos comenzar a imaginar la forma y los propósitos a los que podrían servir las tecnologías.

¿Cómo podemos aprovechar la tecnología para ayudar a redistribuir el tiempo de trabajo socialmente necesario de una manera que permita a todos los miembros de la sociedad representar los roles que más disfrutamos? ¿Qué papel puede jugar la tecnología en ayudarnos a mitigar los impactos del cambio climático? ¿Qué propósito debería tener la tecnología para permitirnos realizar el trabajo de imaginar? Ninguno de estos parece ser parte del programa de este proyecto de metaverso.

Mientras derribamos el andamiaje de estas plataformas explotadoras, también tenemos que empezar a dibujar, explorar; asignar nombres y crear los objetos de las utopías alrededor de las cuales podemos convocar a otros. Un paso hacia la creación de mecanismos para empezar a imaginar el futuro más allá del discurso … y ciertamente, más allá del metaverso, un día a la vez, a partir de hoy.

* Juan Ortiz Freuler es afiliado del Berkman Klein Center, becario de doctorado en la Escuela de Comunicación y Periodismo Annenberg de la USCy remero del movimiento tecnológico no alineado. María Fernanda Soria Cruz es becaria de doctorado en la Escuela de Comunicación y Periodismo Annenberg de la USC.

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