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El nopal, el amaranto y los mercados alternativos nos ayudarán a salir de la crisis
Mientras buscamos cómo frenar el virus, la pandemia nos advierte que tenemos que frenar la globalización del sistema alimentario. Para nuestra salud y seguridad, nos urge sembrar sistemas agroecológicos en nuestras comunidades.
Por Braulio Torres y Daniel Moss
27 de junio, 2020
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¿En qué se parecen la pandemia y el sistema alimentario industrial? Son fenómenos hiperglobalizados. El mundo está muy conectado y esto tiene ventajas y desventajas. La hipermovilidad de las personas explica por qué se extendió tan rápido este virus. Lastimosamente, el acceso a alimentos no se extendió tan equitativamente.

La hipermovilidad de mercancías también es una de las características del sistema alimentario industrial. Antes, en los sistemas más tradicionales, una familia mexicana comía maíz y nopal producidos en la región; consumía el doble de frijoles; en el tianguis semanal, conseguía flores de maguey y quelites de temporada. Ahora, al contrario, vamos al supermercado para elegir entre cajas de alimentos ultraprocesados y frutas que vienen de muy lejos. O quizás por el virus las frutas ni lleguen o lleguen muy caras. Plátanos, sembrados en donde antes había una selva en Centroamérica, que ayer se cortaron verdes para que en pocos días estén en nuestra mesa. O manzanas, que llevan meses refrigeradas en una atmósfera con oxígeno controlado, y que después de desplazarse siete mil kilómetros desde Chile, están ahora en nuestro desayuno, cualquier día del año.

Lo desconectado que se puso ahora el mundo ha visibilizado los problemas del sistema alimentario agroindustrial, como tirar a la basura millones de litros de leche y dejar que la fruta se pudra en el campo porque no hay cómo sacarla a los mercados. Este sistema de alimentos —basado en la hipermovilidad y en las “ventajas comparativas” de las diferentes regiones del mundo— es muy eficiente. Pero es muy frágil. Es muy costoso. Y puede debilitar nuestros sistemas inmunológicos.

La prevalencia de diabetes en México creció 41% entre 1990 y 2013.i La genética del país no cambió en los 90s a partir de la firma del tratado de libre comercio. Lo que cambió fue la oferta de alimentos.ii La diabetes le cuesta a los mexicanos 2.25% del PIBiii y hoy nos está costando más riesgos y mortalidad frente al COVID.

Mientras buscamos cómo frenar el virus, la pandemia nos advierte que tenemos que frenar la globalización del sistema alimentario. Para nuestra salud y seguridad, nos urge sembrar sistemas agroecológicos en nuestras comunidades.

Agroecología y el sector social de la economía

La pandemia ha visibilizado alternativas que están transformando la manera cómo nos relacionamos con la agricultura y con la alimentación. A consecuencia de la pandemia, muchos hemos buscado productos saludables y locales. Y afortunadamente hay experiencias que llevan años tejiendo vínculos con productores y ofreciendo alimentos locales. Por mencionar algunas experiencias de la región centro de México:

Estos mercados sanos y alternativos y cooperativas de consumo son parte del movimiento alimentario que impulsa una visión territorial de los sistemas alimentarios. Durante los últimos meses, estos grupos han dado señales contundentes de organización y solidaridad para fortalecer los vínculos entre campo y ciudad. Pago anticipado a productores para darles certeza; compartirse entre cooperativas soluciones técnicas para ayudarse a implementar entregas a domicilio, son algunas formas como estos grupos se han adaptado. Aquí más sobre las estrategias de adaptación de estas redes.

Son proyectos que basan su quehacer en la construcción de relaciones de confianza; en acercar productores y consumidores para propiciar espacios donde más productores y más consumidores quieran alimentos justos, saludables, medio ambientales. La lista de ejemplos es larga, hay cientos de experiencias construyendo circuitos cortos de comercialización, impulsados bajo una visión agroecológica de la alimentación. Aquí (Mex) y aquí (internacional) otro par de notas sobre las redes alimentarias alternativas en tiempos de la pandemia.

Es una “rebelión silenciosa”, parafraseando al actual Secretario del Medio Ambiente y Recursos Naturales de México. Son tejedores y guardianes de una alimentación local, biodiversa, que usa los propios procesos ecológicos de la tierra para producir abundancia y regenerar los suelos; independiente de los combustibles fósiles y libre de deudas con las empresas de semillas y agroquímicos; impulsores de una alimentación agroecológica. Aquí (video) y aquí (lectura) más detalle sobre agroecología.

Estos grupos organizados también son redes de información y resistencia. Paréntesis rápido: la globalización de la alimentación está obligando a México a reformar su ley sobre variedades vegetales que afectará por igual a los campesinos como a los consumidores. Nos quita lo propio de nuestra cocina. Aquí información relevante.

El futuro alimentario es local

Estos grupos nos recuerdan que hay un sistema paralelo emergente, que hay alternativas de consumo y que debemos mirar hacia lo que tenemos cerca. Son también la memoria viva de lo que nuestros territorios siempre han producido.

El plátano se domesticó en el sureste asiático, la manzana en Asia Central y han brindado mucho alimento nutritivo a muchas regiones del mundo. Pero su globalización desde épocas coloniales ha borrado otros cultivos de nuestro imaginario. La rebelión silenciosa está trayendo de vuelta alimentos olvidados y que pueden ser un pilar para sembrar sistemas agroecológicos en nuestras comunidades.

Harina de amaranto, harina de mezquite, son ejemplos de alimentos difíciles de encontrar en los canales comunes de comercialización pero que debemos re-aprender a producir y consumir más. Son cultivos que han sido adaptados a nuestro territorio por miles de años y que además están mejor preparados para la crisis climática que tenemos enfrente. El amaranto es resistente a sequías. El mezquite es un árbol que florece en las zonas áridas del territorio. En un país donde 50% del territorio es árido, ahí es donde tenemos que buscar nuevas soluciones (locales). Y el nopal—ese que ha sido difícil de borrar porque siempre florecerá en nuestro territorio—y que ahora es fácil de encontrar, de producción agroecológica, en los mercados alternativos.

La hiperglobalización nos borró de la memoria la harina de mezquite y nos puso en la estantería mucho aceite de soya, jarabe de fructuosa de maíz y pollos que comen maíz transgénico. La hiperglobalización de los alimentos nos ha hecho ver a la comida como una mercancía, en vez de mirar la historia detrás: la historia de justicia o injusticia para quien la produce, la historia de una dependencia mutua entre [email protected] [email protected] y los consumidores urbanos, la historia de sustentabilidad o de contaminación de cómo se produce, la historia de salud o de enfermedad de lo que metemos a nuestro cuerpo.

¿Qué sistema alimentario queremos? Uno consolidado en pocas grandes empresas, que produce calorías de más, que enferma, que mueve mercancías miles de kilómetros con su correspondiente impacto ecológico, en donde no sabemos qué estamos comiendo. O preferimos sistemas alimentarios más locales, con alimentos que se producen de manera agroecológica, cerca de nosotros, que pagan lo justo a quien produce y que son saludables para nosotros.

Esta pandemia nos ha obligado a restringir el movimiento de personas y de mercancías. Estas circunstancias son una oportunidad para replantearnos muchas cosas sobre cómo organizamos la economía y la sociedad, lo que se produce y se consume. Las redes alimentarias alternativas son una inspiración y real, en medio de la tormenta, para re-imaginar y reorganizar nuestros paradigmas y prácticas de consumo. La pandemia nos ha recordado la importancia de fortalecer lo local. Es momento de multiplicar y apoyar estos esfuerzos locales, y así construir sistemas alimentarios post-COVID. Hay una acción efectiva que puedes tomar ya: encuentra un mercado alternativo y compra ahí tu canasta de alimentos (con nopal).

* Braulio Torres es investigador de sistemas alimentarios, Proyecto La Guajolota. Daniel Moss es director ejecutivo del Agroecology Fund.

 

 

i GómezDantés et al. Dissonant Health Transition in the States of Mexico, 1990-2013: A Systematic Analysis for the Global Burden of Disease Study 2013. Lancet. 2016

ii Galvez, A. Eating NAFTA: Trade, Food Policies, and the Destruction of Mexico. 2018

iii FUNSALUD. Carga económica de la diabetes mellitus en México. 2015.

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