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El uso de cristal-meth, ¿una crisis de salud pública en México?
La adicción al cristal y otras drogas para el chemsex ha sido reconocida como una crisis de salud pública entre hombres gays en países como Estados Unidos, Reino Unido y Australia. En México no es un fenómeno nuevo, pero definitivamente sí uno que va en aumento y que cada vez se hace más visible ante las consecuencias que provoca la adicción
Por Ricardo Baruch y Santiago González
27 de enero, 2021
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Cuando Roberto vio su celular, se dio cuenta de que eran las 8 pm del domingo. Había llegado el viernes en la noche a casa de un chico que conoció en una aplicación de contactos, quien le dijo que tenía “dulces”. Hasta donde recordaba, desde que llegó no había comido ni dormido nada. A pesar de que habían pasado 48 horas, no tenía hambre ni sueño, pero sabía que tenía que irse porque mañana tendría que trabajar y no había limpiado su departamento, ni lavado ropa, ni cocinado, se le olvidó visitar a su familia e incluso responder 30 conversaciones en WhatsApp. Estuvo fumando cristal-meth y teniendo sexo con varios hombres, quizá cuatro, o más bien ocho. Incluso más.

La adicción al cristal y otras drogas para el chemsex ha sido reconocida como una crisis de salud pública entre hombres gays en países como Estados Unidos, Reino Unido y Australia. En México no es un fenómeno nuevo, pero definitivamente sí uno que va en aumento y que cada vez se hace más visible ante las consecuencias que provoca la adicción, entre las que se incluyen la transmisión del VIH y otras infecciones de transmisión sexual, las sobredosis, los trastornos mentales, el descuido de la higiene, el rompimiento de relaciones sociales e incluso la muerte.

El cristal es una metanfetamina que produce una sensación de energía, aumento del deseo sexual, desinhibición y poder. México se ha convertido en uno de los principales productores de cristal en el mundo, lo que ha provocado que hoy en día sea mucho más fácil conseguirlo a un precio relativamente barato, comparado con otras drogas. La forma más común para su consumo es en pipas de vidrio pero también se ha popularizado el slam, es decir, la inyección de la droga diluida en agua.

Al uso de drogas químicas para el sexo gay se le dio el nombre de chemsex hace unos años en el Reino Unido, país que experimentó un aumento de casos de infecciones de transmisión sexual relacionados con el uso de sustancias. El chemsex incluye el uso de cristal, pero también de otras sustancias como el G o GHB (ácido gamma-hidroxibutirico o butirolactona), la ketamina también conocida como Special K, la cocaína, los poppers y el MDMA. En varios países, el chemsex propició un aumento de casos de VIH, sífilis, gonorrea y hepatitis C por lo que empezó a verse como un problema de salud sexual. Sin embargo, al estudiarse más, se encontró que también implicaba muchos riesgos a la salud mental.

El chemsex es un fenómeno muy extendido en países desarrollados, pero sólo recientemente ha captado la atención en México y otros países de América Latina. En varias ciudades de E.U. se vivió una crisis relacionada con la adicción al cristal-meth por parte de hombres gays a principios del siglo. Las autoridades de salud pública, junto con las organizaciones, lograron contener la epidemia, pero recientemente ha vuelto a aparecer en el vecino del norte. Un estudio del 2020 mostró que el uso persistente del cristal es la principal variable por la cual hombres gays negativos al VIH adquieren el virus eventualmente.

¿La razón? El uso de cristal aumenta el deseo sexual y, además, genera más energía por lo que permite que las personas puedan tener sesiones más intensas, más largas y más “placenteras” de sexo. El rush provocado por el cristal provoca también el deseo de experimentar otras sensaciones por lo que  muchas personas buscarán usar otras sustancias como el sildenafil para mantener la erección, los poppers y el cloruro de etilo para relajarse, o la coca y la keta para generar mayor excitación. Este policonsumo de drogas puede facilitar que la gente “se cruce” o tenga sobredosis, las cuales pueden provocar infartos, enfermedad vascular cerebral y brotes psicóticos.

El hecho de que el deseo sexual aumente tanto con el consumo de cristal puede provocar que se tenga sexo sin protección con múltiples parejas sexuales, lo cual puede traducirse en una eventual trasmisión de VIH y hepatitis C. Esta infección se ha vuelto mucho más común en hombres gays en la última década lo cual ha provocado una serie de complicaciones de salud a mediano plazo como el aumento de casos de cirrosis y cáncer de hígado. En el caso de las personas que viven con VIH que son adictas al cristal, pueden tener un abandono del tratamiento lo cual provoca que su salud se deteriore de manera muy rápida y aparezcan enfermedades oportunistas. En personas con VIH que no abandonan el tratamiento, el uso persistente de drogas estimulantes puede provocar un deterioro en el sistema inmunológico.

Por si fuera poco, la inyección del cristal o slam es una práctica peligrosa no sólo por la droga per se sino también por los riesgos relacionados con la aplicación o incluso con el intercambio de jeringas. Algunos usuarios prefieren este método de consumo debido a que el efecto es más rápido e intenso, pero el riesgo de generar tolerancia a la sustancia y un uso compulsivo es más probable.

Rolando logró superar la adicción después de años de terapia y empezó a ayudar a conocidos que estaban clavados en el cristal. Alguna vez tuvo que “rescatar” a un amigo que le llamó después de estar siete días consumiendo sin parar. Su amigo, que alguna vez tenía cuerpo de gimnasio y una cara perfecta, hoy pesaba menos de 50 kilos, tenía el rostro lleno de manchas y estaba a punto de perder algunos dientes. Por cada persona que lograba sacar de ese mundo, otros dos entraban ante la enorme oferta de la sustancia y la normalización de las prácticas sexuales alrededor del cristal.

La mayor parte de las metanfetaminas que se producen en México están destinadas a la exportación a Norteamérica, pero también hay una cantidad importante que se queda en el país, donde es posible conseguir un gramo de cristal por 300 o 400 pesos. Un gramo puede ser suficiente para una persona que fume durante toda una noche, sin embargo, al igual que con otras sustancias, el cuerpo va generando tolerancia por lo que hay personas que usan hasta 2 o 3 gramos por sesión de algunas horas.

Las grandes ciudades del país como CDMX, Guadalajara, Monterrey y Puebla han visto crecientes ambientes y fiestas de chemsex, sin embargo, en muchas otras ciudades del país se aprecia también a través de redes sociales y aplicaciones que existe un fuerte consumo de cristal.

Al igual que con otras drogas, un uso ocasional y moderado no produce mayor problema. El problema es el uso persistente (una vez por semana o más) que puede producir consecuencias severas. Según una encuesta del Instituto Nacional de Salud Pública, el 5% de los hombres gays y otros hombres que tienen sexo con hombres (HSH) han usado cristal-meth en el último año y aunque el número parece pequeño, el potencial adictivo de la sustancia puede provocar que una buena parte de personas de ese 5% genere una adicción.

La familia de Francisco decidió “anexar” a su hijo después de que este tuviera diferentes brotes psicóticos en los que en varias ocasiones se pusiera violento al acusarles de hacerle cosas que no habían ocurrido. Francisco vive con VIH y debido a los largos periodos que pasaba fuera de su casa usando cristal inyectado, dejó de usar su tratamiento antirretroviral por lo que su salud física también se había deteriorado. Ante la falta de recursos de la familia y la falta de opciones del sector público en su ciudad, decidieron llevarlo a un centro de rehabilitación de dudosos métodos.

Existen diferentes prácticas de reducción de daños que se recomiendan para que los usuarios de cristal puedan evitar problemas graves, por ejemplo la limitación de la cantidad de droga, comprando sólo lo que se piensa consumir en una sesión o saliendo sólo con el dinero que se piensa usar en una noche; mantenerse hidratado a través de bebidas no alcohólicas; evitar la inyección del cristal u otras sustancias; evitar el consumo de diferentes sustancias en una misma sesión, particularmente otros estimulantes como la cocaína y los medicamentos para la erección. Las dinámicas del uso de cristal muchas veces no serán propicias para implementar estas prácticas, pero al menos es importante que se conozcan.

En el caso del VIH, es importante que las personas que consumen cristal sepan cuál es su estatus. En el caso de ser positivos, será fundamental mantener una buena adherencia al tratamiento antirretroviral. En el caso de los negativos, sería ideal el uso de la profilaxis preexposición, conocida comúnmente como PrEP. En ambos casos el uso de condón y lubricante es importante, sin embargo, es común que los ambientes de chemsex sean mayoritariamente de bareback por lo que son necesarias otras medidas de prevención. Pensando en otras infecciones de transmisión sexual, es muy recomendado contar con las vacunas de hepatitis B y del VPH, así como hacerse chequeos regulares de otras ITS debido al alto riesgo de transmisión de sífilis, clamidia y gonorrea.

Es fundamental no estigmatizar a los usuarios de drogas y poder distinguir entre quienes hacen un consumo moderado y quienes tienen un consumo problemático o una adicción. Las personas en este segundo grupo son las que probablemente requieren o requerirán apoyo en algún momento a través de servicios de salud mental, incluyendo terapias, grupos de apoyo o espacios de rehabilitación. También es crucial que entre amigos se pueda hablar del consumo de drogas de una manera más abierta para que sea posible percatarse cuando alguien necesita ayuda.

Cuando inició la epidemia del VIH, la comunidad LGBT+ fue la primera en advertir de los daños y la primera en exigir estrategias que desde los gobiernos se implementaran para la prevención y atención. Esta nueva crisis de salud que también aqueja a nuestra comunidad debe ser atendida desde una perspectiva de derechos humanos, respetando la dignidad de las personas y evitando la discriminación, con participación social, pero también del sector público. Campañas como la que actualmente tiene el gobierno federal de “las drogas destruyen tu vida” no sólo no son útiles, sino que vuelven mucho más underground los ambientes de uso de sustancias que existen.

En México existe poca información sobre las drogas y sobre la reducción de daños, es decir, aquellas prácticas que se pueden implementar para que haya menos consecuencias negativas en el uso de sustancias. Algunas organizaciones como Inspira Cambio e Impulse, así como la Clínica Condesa del Gobierno de la Ciudad de México han promovido la información, intercambio de mejores prácticas y apoyo a la salud mental, sin embargo, desde el sector público en otras entidades poco se ha hecho, sobre todo pensando en estrategias específicas para la población LGBT+.

En países que están enfrentando los problemas de salud relacionados con el chemsex como Australia, Holanda, Reino Unido y Estados Unidos, se han implementado estrategias integrales de salud sexual y salud mental, la mayoría de las veces con servicios específicos para la población gay. En México no sólo no se están ampliando las pocas estrategias existentes, sino que incluso están perdiendo recursos.

De acuerdo con la Organización Panamericana de la Salud, se puede considerar que existe una crisis de salud pública cuando existe una situación grave, inesperada, que afecta a un número considerable de personas y que tiene el potencial de afectar a muchas más si no se controla. No dejemos que en México el consumo problemático y la adicción al cristal-meth se conviertan en ello.

* Ricardo Baruch (@baruchdom) es activista e investigador en temas de salud pública y derechos humanos. Santiago González, UASLP.

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