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El valor de la vida y la muerte cuando tu nombre no vale
Qué difícil es vivir cuando tu identidad está puesta en duda a cada paso, cuando te dicen que no eres aquello que afirmas con tantas fuerzas ser, armarte de valor y gritarle al mundo quien eres, construir una identidad en este mundo furioso.
Por Héctor Bárcenas Hernández
20 de octubre, 2021
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—¿Quién eres tú?

No era una pregunta alentadora para iniciar una conversación. Alicia, un poco intimidada, contestó:

—Pues yo… yo, ahora mismo, señora, ni lo sé… Sí sé quién era cuando esta mañana me levanté, pero he debido de cambiar varias veces desde entonces.1

Para la Oruga, medir siete centímetros era perfecto, pero Alicia no estaba conforme con eso. Paola tampoco cabía en su cuerpo.

Alicia y Paola se enfrentaron a la Oruga. Ambas se sentían confundidas, estaban incómodas con sus cuerpos, querían cambiar. En la desesperación por conseguir el cuerpo que querían, se animaron a mordisquear unas setas; al tragar unos trocitos, al fin liberaron sus cabezas, encontraron alivio, pero este, inmediatamente se transformó en alarma.

—¿Quién eres tú? —La Oruga repitió con desprecio.

Después apareció la Paloma, convencida de que Alicia era una serpiente.

—Bueno, ¿qué eres? —dijo la Paloma —¡Ya veo que tratas de inventarte algo!

—Soy… yo soy una niña —concluyó Alicia sin mucha convicción, al recordar los numerosos cambios por los que había pasado en aquel día.

—¡No me vengas con cuentos! —dijo la Paloma con el más profundo desprecio. —¡He visto muchas niñas, pero ni una con un cuello como ése! ¡No, no! Tú eres una serpiente; y es inútil que lo niegues!2

Paola también se tropezó con la hostilidad de la Paloma. La palabra no fue garantía suficiente de su identidad. Era como si sus palabras carecieran de valor; a cada exclamación y afirmación, recibía de vuelta aleteos en la cara y rasguños de la Paloma.

Qué difícil es vivir cuando tu identidad está puesta en duda a cada paso, cuando las Palomas te dicen que no eres aquello que afirmas con tantas fuerzas ser, armarte de valor y gritarle al mundo quien eres, construir una identidad en este mundo furioso.

Alicia entra y sale de un carrusel, se topa con la reina que, encolerizada, pide a gritos que le corten la cabeza, la niña grita, grita y despierta de un sueño. Paola no despertó, se encontró con un personaje igual de encolerizado que la reina y se desvaneció. Se le abrió la piel repentinamente, se le escurrió la sangre del cuerpo y se quedó quietecita. El carrusel dejó de dar vueltas. Su mundo se detuvo.

Hace 5 años el mundo de Paola se detuvo. Un personaje lleno de odio decidió disparar y acabar con su vida. Se acabaron las preguntas para Paola. Ya no pudo continuar tejiendo historias, dejó de ser. Ahora ninguna Oruga puede preguntarle quién es.

¿Quién se esconde bajo la piel de la Oruga? Múltiples voces pasan por detrás de ese disfraz de insecto fumador. Paola y Alicia se enfrentaron a esos ojos extraños y lejanos que las miraron burlonamente, pasaron por el escrutinio de montones de Orugas, incluso, ellas se colocaron el disfraz y se juzgaron con dureza.

¿De qué va eso de ser? ¿Quién nos autoriza a ser? y ¿quién reparte las plantillas que tenemos disponibles para elegir?

Paola ya no es, dejó de ser.

El cielo oscuro, 30 de septiembre del 2016. Mujeres en una esquina cerca del monumento a la Revolución en la Ciudad de México, ojos pispiretos, pies cansados, labios rojos. Un hombre se acercó, manejaba un auto compacto, buscaba servicio sexual, ofreció doscientos pesos. Paola aceptó, subió al automóvil. Las llantas giraron algunos metros. Pum, Pum, el arma dio los primeros gritos. El resto de las mujeres que estaban paradas en la banqueta gritaron después, corrieron, alcanzaron a su amiga, apareció una patrulla. Los policías detuvieron al conductor. Encontraron a un hombre manejando un auto, en el lugar del copiloto se hallaba Paola muerta, había un arma, sangre y ojos que habían atestiguado el asesinato. El cielo continuaba oscuro.

De entre las mujeres que habían detenido al asesino, Kenya corrió hacia el automóvil, con los ojos llenos de lágrimas, gritó, gritó, quería una ambulancia para su amiga, quería que ella continuara con vida; grabó con su celular a Paola recostada en el asiento con los ojos cerrados, la boca abierta, la cabellera larga y negra se escurría sobre su cuerpo relajado. A un costado del coche donde yacía su amiga inerte, había varios policías alrededor de una patrulla cuyo vidrio trasero estaba roto, dentro de la patrulla, en el asiento trasero, se encontraba un hombre, estaba esposado y alegaba que él, no había sido. El hombre fue detenido. Las testigos acudieron a reportar lo que habían presenciado sus ojos. A los pocos días el asesino fue liberado.

Fue Gilberto, el juez, a quien se le confirieron por sus capacidades, sensibilidad y experiencia, la función de interpretar la ley, quien decidió que no había suficientes pruebas para privar de su libertad al hombre que había sido encontrado en su coche, con una persona muerta, por impactos de bala, en el asiento del copiloto, con un arma de fuego, con personas que atestiguaron el crimen. El encargado de administrar la justicia, decidió que la cosa no era suficientemente clara.

Después vinieron las carpetas. ¿A quién asesinaron? Al occiso, al sujeto masculino, mataron a Manuel N.N, a un sujeto masculino que vestía prendas de mujer. Esperen, no lo mataron, el arma se disparó… ¡Mataron a Paola! ¿Quién es ella? Esa persona no existe, si no existe, no es tan importante su muerte.

¿Qué necesita hacer uno para existir? Saltan a mi cabeza palabras burdas e inconexas: migrantes, niños de la calle, locos, travestis, putos, putas, tragafuegos, pobres, desaparecidos.

Tomo dictado con el audífono pegado a la oreja, me dicen quién debo ser, qué plantilla me corresponde y qué casillas puedo llenar en el formulario que me entregan a la entrada, me gritan al oído a qué categorías pertenezco, cuánto valgo. Me miro en el espejo y estoy lleno de etiquetas.

Todo a nuestro alrededor está lleno de etiquetas. Les ponemos nombre y apellido a las cosas, a las personas, a las acciones, a los pensamientos. Organizamos nuestro entorno en estantes de acero inoxidable, cajas pulcras, impermeables y frías. Llenamos de documentos estas cajas, documentos que contienen descripciones, descripciones construidas en categorías con valores cuidadosamente asignados. Así, cuando nos buscamos en el índice, encontramos una taxonomía minuciosa. Todo aquello que miramos en el espejo y, lo que imaginamos detrás de él, ya se encuentra impreso en los papelejos. Ya está tabulado nuestro valor en función de las categorías en las que entramos. Estas descripciones se actualizan de tanto en tanto, se le agregan reglamentos, adendas, acuerdos y notas al pie de página.

Con la vida y con la muerte de Paola se abrieron preguntas con respuestas a medias, se crearon huecos en las ideas. Las palabras dejaron de embonar, sobraron pedazos de discurso. Las categorías se quedaron cortas, no le alcanzaron a la ley, se borronearon en medio de una discusión irresponsable y desinteresada.

No solo se puso en juego cuánto vale una vida, también se puso sobre la mesa cuánto vale una muerte.

El primer artículo de la declaración de los derechos humanos dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Este artículo, así como el resto de la declaración, todas las leyes existentes, las leyesexistentes y el resto de documentos que se guardan en el anaquel que estructura nuestra sociedad, está construido de palabras. Las palabras se doblan, se interpretan y reinterpretan; nunca se endurecen, por más detalladas que se encuentren las descripciones; todo se les escurre; entre más aprietan, más se desvanece aquello que tratan de atrapar. Van dejando manchones en el papel y solo consiguen dibujar contornos difusos.

Sabemos poco de libertad, de igualdad; tampoco tenemos claridad respecto a la dignidad y a los derechos, nos los ponemos al revés, se agujerean, hacemos de cuenta que podemos alcanzarlos y caminamos con la ilusión de un destino; nos queda tirar, jalonear, pugnar por escribir posibilidades, tachonar la indiferencia y contestarle a la Oruga, que no sabemos muy bien quienes somos, pero lo estamos averiguando, nos queda imaginar que algo sabemos y que lo estamos descubriendo.

¿Cuánto vale una mujer? Esperen, ¿cuánto vale una mujer que no nació con vagina? Esperen, ¿cuánto vale una mujer que no nació con vagina y que legalmente no es mujer? Esperen, ¿cuánto vale una mujer que no nació con vagina, que legalmente no es mujer y cuya identidad está puesta en duda? Esperen, ¿cuánto vale esa mujer si se dedica a la prostitución?

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos. Ah, pero es que hay unos seres más humanos que otros. En este mundo la humanidad se le otorga a los sujetos en medidas disímiles.

La diferencia nos da comezón. Somos una sociedad que mata, que desaparece, qué le asusta la existencia de personas que piensan, miran y gozan distinto al manual de Manuel N.N.

En esta ciudad a mucha gente le sigue costando la vida tener identidad. Me aplasta la cabeza la palabra holocausto, asesinato de judíos, negros, homosexuales. La palabra me respira en la espalda. ¿Será que el odio nos carcome las entrañas y nos empuja a matar como respuesta a la incapacidad por respetar?

¿Tan difícil es coexistir en la diferencia? ¿Tenemos que enviar a los márgenes a quienes ponen en duda nuestra hombría, nuestro lugar de procreadores en el mundo, nuestro lugar de razón?

El pasado 30 de septiembre del 2021, la fiscal, Ernestina, pidió una disculpa pública por  los actos de discriminación y negligencia que se sucedieron tras la muerte de Paola, hubo una carencia de empatía del personal responsable de procurar justicia. Fácil… Pinche Fiscalía General de Justicia, pinches polis, pinches instituciones. Pero, ¿quiénes construyen a las instituciones? Ah, la pinche ciudadanía, pinches detectives, pinche licenciado, pinche complot. Ahí, arriba del automóvil el hombre que insulta a “los travestis” por andar deteniendo el tránsito y alzando la voz para que no pasen encima de sus derechos; la señora que vocifera que luego porque los matan; el muchacho que le provoca asco ver a dos hombres besarse, o el que está de acuerdo con que se vistan como mujeres, pero que no se le acerquen; las jóvenes que aseveran que no son mujeres; que una solo puede ser mujer si nace mujer. Las personas que nos burlamos, denigramos, abusamos, borramos, aceptamos y justificamos el maltrato, la muerte, el desprecio a quién se sale de nuestro guión.

¿De qué va lo trans, este apellido que se le pone a las personas que se identifican con un género opuesto al asignado a partir de los genitales con los que nacieron? Wendi, la licenciada Wendi le decía a Kenya que solo era una puta más y que para ella, era un hombre. Si una persona se identifica como mujer, ¿no sería razón suficiente para referirse a ella como mujer? Pero el apellido tiene su importancia y pone a la etiqueta a bailar en el borde entre el sentido y el sinsentido.

Tendría que ser motivo suficiente que una chica se acercara al ministerio público y dijera que su amiga se llamaba Paola. Pues no, el nombre no le pertenecía a la persona muerta, tampoco podía dar fe de él su amiga viva. En las carpetas de investigación se refieren a Kenya como Jorge por varios meses. No es hasta que, a principios del 2017, presenta su credencial para votar y comprueba que ella es Kenya, que se comienzan a referir a ella en femenino. Su credencial para votar no dice mujer trans, en todo caso, dirá SEXO: M.

Lo que queda claro es que Kenya tuvo que atravesar toda una aventura, un proceso complicado, un TRÁNSito para ser autorizada por el gobierno mexicano a ser nombrada Kenya. Para llamarse a si misma mujer, para sentirse mujer…

Kenya y Paola… y Lupe, Mariana, Brenda y Alicia… mujeres.

¿Hay mujeres más mujeres que otras, como los humanos más humanos que otros?

La etiqueta trans se queda en el espacio de la ambivalencia. Ahí, cuando hago diferencia entre las mujeres y las mujeres trans, comienzo una escala de valores; las mujeres por la derecha y las mujeres trans por la izquierda. En infinidad de ocasiones usamos las etiquetas  para valorizar y desvalorizar, para capturar a las personas, convertirlas en objetos, en productos de consumo, con precio, y en ocasiones especiales, con sus descuentos.

Ahí, cuando matan a Paola, cobra una importancia mayúscula alzar la voz, subrayar que hay un crimen de odio. Que lo que presenciamos es un crimen de transfobia y que la gente se está muriendo porque se sale del renglón. Trans-fobia, miedo a lo que atraviesa. ¿Nos atraviesa? ¿Qué de eso nos llena de tanto odio para matar?

—¿Quién eres tú?

 

 

 

1 Carroll, L. (2002). Alicia en el país de las maravillas. Editorial Optima, España.

2 Ídem.

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