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Entre broma y broma, nuestro humor lesiona: pensar nuevos humores y nuevas sociedades
El vínculo entre humor y violencia no es gratuito. Mediante las bromas y los chistes, el humor normaliza la agresión por ser diferente desde el lenguaje. Al deshumanizar a quienes consideramos ajenos, la agresión deja de ser sancionada porque quien la sufre pierde su oportunidad de denunciarla como tal.
Por Armando Luna Franco
27 de junio, 2020
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La controversia por la participación de Chumel Torres en un diálogo sobre racismo en México dio paso a un complejo debate. Entre los temas está el papel del humor en la normalización y la reproducción del racismo. Las posturas sobre la relación entre humor y racismo, sintetizadas en dos frases: “el humor reproduce las estructuras discriminatorias de la sociedad” o “el humor es una cuestión individual que no tiene mayores implicaciones”, reflejan una vieja polémica sobre la sociedad misma: el debate entre estructura y actor.

Quienes defienden la postura estructural, plantean que el humor sirve para reforzar los estereotipos y las relaciones de opresión hacia las personas excluidas y negadas de una sociedad. En suma, burlarse de lo diferente es una forma de reforzar su exclusión de la sociedad, replicada en otras estructuras sociales que les impiden participar y ser reconocidos. Por su cotidianidad, el humor nos enseña a deshumanizar al otro como una forma de reforzar nuestra propia posición en la estructura.

Por su parte, quienes defienden la postura del actor plantean que el humor es sólo un acto individual, sin mayores consecuencias ni afectaciones para las personas que son objeto del humor. Consideran que un chiste, una burla o una broma a alguien por cualquier atributo personal sólo afecta si la persona a quien se dirige expresa su molestia, ofensa o perjuicio. Apelan, así, a la subjetividad del humor como un argumento para plantear que éste no guarda relación con el entorno social.

Visto así, parecería un debate irresoluble: posturas lejanas entre sí, sin la posibilidad de establecer un punto de encuentro sobre el cual construir un diálogo. Lo cierto es que las sociedades actuales revisten de complejidad cualquier interpretación sobre la acción social y sus efectos. Entre la estructura y el actor estamos las personas, que, como bien decía Marx: hacemos nuestra historia, pero no en las circunstancias de nuestra elección.

No es gratuita la referencia. Si queremos pensar el humor, el racismo, la violencia y la exclusión que viven las personas por su condición, es necesario pensar cómo coexisten estructura y acción en la inmediatez de las personas, y no sólo ver un lado u otro de la fotografía. En la medida que entendamos cómo somos producto de las condiciones en las que estamos insertos, y cómo intervienen o no nuestras acciones en la estructura, podremos proponer soluciones para erradicar dichos problemas y construir nuevas sociedades.

A esto pueden hacerse dos refutaciones: quien defienda una lectura estructural diría que mi propuesta es una versión más de “el cambio está en uno mismo”; quien defienda una lectura agencial, diría que deja a las personas sujetas a una estructura determinista. Pero no planteo una reducción atomizada de la acción individual, ni a un sujeto determinado en una posición inalterable. Mi apuesta es por es un ejercicio comunitario y reflexivo, que produzca una acción colectiva.

En el caso del humor, aunque es necesario denunciar a quienes consideren “gracioso” burlarse de las demás personas por su condición socioeconómica, racializada o sexual, también es importante actuar como comunidad para erradicar las condiciones sociales que normalizan ese tipo de contenidos. Eso no ocurrirá actuando individualmente, sino involucrándonos en un cambio social, comunitario, que cuestione las normas, valores e instituciones que sostienen el contexto que valida dichas agresiones como humor.

Como sociedad hemos dado varios pasos en los últimos años para trabajar en lograrlo. Ya no aceptamos que se expresen comentarios racistas en los espacios de entretenimiento y culturales. Sabemos identificarlos y denunciarlos, pero hay que dar el siguiente paso. Es momento de consolidar el proceso de largo plazo para que el cambio sea permanente, y no sólo episodios de indignación. Parte del proceso es trabajar para que nuestro entorno, las estructuras en las que vivimos, reflejen el cambio en nuestras propias percepciones.

De nada servirá nuestro esfuerzo si no lo hacemos en conjunto con las personas que han sido históricamente marginadas y excluidas de nuestra sociedad: mujeres, afrodescendientes, personas trans, personas con discapacidad, indígenas, neurodivergentes, por mencionar sólo los más conocidos. Debemos trascender la idea multicultural y liberal de representatividad corporativa, para construir una idea de comunidad diversa, plural, realmente incluyente. No se trata de dar espacios, sino de que los espacios sean para todas las personas.

Un espacio para todas las personas es un espacio que reconoce y fomenta los encuentros y desencuentros, las relaciones que existen entre nosotros desde nuestra diversidad. El fundamento de la convivencia es saber que nuestra experiencia, nuestra forma de vivir en comunidad la fortalece y la hace crecer. A diferencia de un espacio de representación corporativa que sólo asigna lugares, pero no reconoce las relaciones, aquí el núcleo son las relaciones y la forma en que construyen el espacio.

Asimismo, se trata de que cada una de sus voces participe igualmente de la vida pública y se construyan espacios para el diálogo que produzcan los valores y perspectivas que reflejen la diversidad de la comunidad. Que expresiones culturales como el humor no sean a costa de quien forma parte de la comunidad. Estos cambios también afectan a otras dimensiones de la vida social, como la violencia que vivimos actualmente. Por eso es tan importante pensar en nuevas soluciones que no reduzcan el problema al actor o a la estructura.

El vínculo entre humor y violencia no es gratuito. Mediante las bromas y los chistes, el humor normaliza la agresión por ser diferente desde el lenguaje; los términos homofóbicos y racistas fortalecen estereotipos y asimetrías sociales que fundamentan la agresión como método de sanción o de corrección por no ajustarse a la norma. Al deshumanizar a quienes consideramos ajenos, la agresión deja de ser sancionada porque quien la sufre pierde su oportunidad de denunciarla como tal.

Por eso el humor es sólo un paso más hacia la transformación social. En él se trastocan temas como el racismo y la violencia, como he planteado. La invitación, la apuesta, es por un nuevo humor, y por una nueva relación social entre quienes somos favorecidos y quienes han sido excluidos. La apuesta, en suma, es por una utopía. No para alcanzarla, sino para recuperarla como un motor de cambio que abra caminos para una sociedad más diversa e incluyente, donde todas y todos puedan reír sin sentirse agredidos.

* Armando Luna Franco (@drats89) es Politólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, especializado en filosofía y teoría política, y sistemas electorales. Sus principales intereses son la participación política y construcción de comunidad republicana.

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