close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
¿Es justificable no sanar heridas del pasado?
Discutir abierta y francamente los hechos criminales acaecidos durante las últimas décadas, sirve tanto para dejar de estigmatizar a las víctimas directas y a sus familiares como para reprochar conductas sociales que son toleradas de forma velada por la sociedad.
Por Paula Cuellar Cuellar
30 de agosto, 2019
Comparte

Como consecuencia del advenimiento de la tercera ola democrática y del desarrollo de la teoría de la justicia transicional, la comunidad internacional ha concluido que para superar exitosamente las atrocidades cometidas durante regímenes autoritarios, guerras civiles y períodos de violencia desbordada, los Estados deben cumplir una serie de obligaciones si efectivamente desean instaurar un nuevo orden instititucional basado en el respeto y la validez real de los derechos humanos. Así, para promover la paz y la reconciliación de una sociedad cuyo tejido social se encuentra resquebrajado por un legado de graves violaciones de estos, recientemente se ha decidido adoptar medidas de verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición entre las cuales se encuentran la creación de comisiones de verdad, el desarrollo de juicios contra perpetradores de crímenes internacionales, la reparación integral de los daños causados a las víctimas y la implementación de reformas institucionales que impidan la reproducción de los actos que generaron las atrocidades.

Sin embargo, vale resaltar que dichas medidas no han sido acogidas fácilmente por los regímenes en transición y que su instauración ha sido producto de procesos de larga duración. Esto se debe a que las mismas acarrean tensiones para las élites del conflicto, las que generalmente conciertan un pacto de impunidad para salir airosas en lo relativo a su responsabilidad frente a estos hechos. Entonces, revisitar el pasado ha sido una labor que ha recaído normalmente en los hombros de las víctimas directas, de sus familiares ‒también víctimas‒ y de quienes desde la sociedad incansablemente han acompañado estas luchas. En ese sentido, vale la pena plantearse la interrogante sobre si es justificable remover un pasado no encarado responsablemente para atacar la impunidad que ha protegido a vulneradores del derecho internacional de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

Si bien es cierto que al momento de una transición entran en conflicto las necesidades de democratización, pacificación y estabilización del país frente a las demandas de verdad, justicia y reparación de las víctimas directas y sus familiares, la satisfacción de estas últimas constituye, por un lado, un imperativo ético y moral para quienes asumen las riendas del nuevo gobierno y, por el otro, se trata de una cuestión de supervivencia y viabilidad institucional. Esto porque, en primer lugar, al obviar su cumplimiento se genera ‒social y psicológicamente‒ una ciudadanía de “segunda clase”, ya que se les otorga un claro privilegio a la protección de los perpetradores sobre los derechos de las víctimas directas y sus familiares. En segundo lugar, faltar a estas demandas conlleva la riesgosa erosión de las bases duraderas sobre las cuales se construye una democracia basada en la observancia de la ley, pues al irrespetar el proceso de rendición de cuentas y desoír las voces de aquellas personas cuyas quejas han sido sistemáticamente silenciadas, se perpetúa la institucionalidad perniciosa que permitió la comisión de graves atropellos de los derechos humanos.

Además, al respecto, es preciso plantearse cuestionamientos esenciales. ¿Se cierran las heridas de las víctimas directas y las de sus familiares con el simple paso del tiempo? ¿Pueden sanar sus heridas sin medidas de verdad, justicia y reparación integral? Es más, ¿alguna vez se cierran estas heridas? Generalmente, la historia latinoamericana contemporánea nos ha demostrado que la respuesta recurrente es un rotundo no. Así ha sido en Argentina, Chile, Perú, Guatemala y El Salvador. En la actualidad, México no es una excepción.

¿Cómo se puede poner “punto final” a un asunto de tal dimensión humana y política como lo son las graves violaciones de derechos humanos sin saber las circunstancias de los hechos que las posibilitaron, las razones que las motivaron, los responsables de su perpetración y ‒en el caso de una desaparición forzada‒ el paradero y la suerte de los seres queridos? ¿Cómo se puede seguir adelante sin que exista un reproche social a una conducta lesiva a la dignidad de las víctimas directas y de sus familiares que restablezca el balance de la convivencia social perdido por la misma? ¿Cómo se puede continuar con la vida de quienes permanecen afectadas por la afrenta, sin que exista una reparación integral que les minimice los daños ocasionados?

Sin ir muy lejos, no hace mucho el presidente de México planteó que en lo concerniente a la invasión española sucedida hace más de 500 años todavía hay heridas abiertas. Es más, llamó a que se esclarezcan los hechos ocurridos en ese momento y que sus responsables reconozcan las graves violaciones de derechos humanos perpetradas contra la población gravemente perjudicada entonces. Al respecto, literalmente, Andrés Manuel López Obrador dijo: “No es el propósito resucitar estos diferendos, sino ponerlos al descubierto, porque todavía, aunque se nieguen, hay heridas abiertas y es mejor reconocer que hubieron abusos y se cometieron errores […] Todo esto debe narrarse, debe saberse […] Para reflexionar es necesario que retomemos a la memoria para comprender qué pasó y en qué terminó”.1 Sin embargo, cuando se trata del pasado reciente, el mandatario no se ha mostrado tan condescendiente para abrir la caja de pandora. En ese sentido, al ser cuestionado sobre la posibilidad de juzgar a expresidentes, ha manifestado que no hay que “estar anclados en el pasado”.2 Por el contrario, ha sostenido, “tenemos que poner un punto final y comenzar una etapa nueva”.3

Discutir abierta y francamente los hechos criminales acaecidos durante las últimas décadas, sirve tanto para dejar de estigmatizar a las víctimas directas y a sus familiares como para reprochar conductas sociales que ‒hasta este momento‒ son toleradas de forma velada por la sociedad. Implica, además, reconocer que esa parte de nuestra sociedad no estaba mintiendo, y que los hechos sí sucedieron tal como los han narrado. Conlleva, en pocas palabras, restaurar su dignidad y devolverles su ciudadanía plena. Por otra parte, permite diseñar políticas públicas para atacar y prevenir el fenómeno de la violencia actual, ya que a partir del conocimiento de los patrones sistemáticos y generalizados de las violaciones se pueden desarrollas planes en tal sentido.

Conocer lo ocurrido en casos de graves violaciones al derecho internacional de los derechos humanos y al derecho internacional humanitario es un imperativo de justicia, tanto individual como colectivo. Tal como se afirma en materia de justicia transicional, no es posible pasar la página de la historia sin antes haberla leído, comprendido y aprendido sus lecciones. Así nos lo ha demostrado en reiteradas ocasiones la enorme cantidad de víctimas directas y de sus familiares que constantemente siguen clamando por verdad, justicia y reparación. Es por eso que en México, con los niveles de violencia desbordada que actualmente se viven, se necesitan mecanismos extraordinarios para combatir la impunidad reciente. Y es que, tal como lo afirma Jorge Luis Borges: “Solo una cosa no hay. Es el olvido”.

* Paula Cuellar Cuellar (@pauscuellar) es investigadora del Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia (@imdhyd).

 

1 Lafuente, J. Corona, S. (26 de marzo de 2019). “López Obrador mantiene que “hay heridas abiertas” de la conquista y “es mejor reconocer errores”. El País. Disponible aquí.

2 Notimex. (16 de agosto de 2019). “López Obrador se muestra en contra de abrir procesos contra expresidentes”. Código Pro. Recuperado aquí.

3 Jiménez, A. (16 de agosto de 2019). “AMLO está en contra de enjuiciar a expresidentes”. El Sol de México, Disponible aquí.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.