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Feminicidio y LGBTIcidio: una respuesta de la masculinidad patriarcal
La proliferación de crímenes de odio en México y en la región no son un daño colateral producto de la violencia propia del contexto, sino que, al igual que los feminicidios, son lgbticidios.
Por Waquel Drullard
18 de noviembre, 2019
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En el sexenio pasado alrededor de 473 personas LGBTI fueron asesinadas en México1 por motivos de identidad de género y/o orientación sexual. Esto quiere decir que, al año, unas 79 personas de la diversidad sexual fueron asesinadas por no ser “coherentes” con el orden heteronormativo sexo–género binario, traduciéndose en 6.5 homicidios por mes según la organización civil Letra S.

México, después de Brasil, es considerado a nivel mundial el más peligroso para ser una persona que vive fuera del mandato heterosexual; es el territorio donde más prevalecen crímenes de odio contra personas LGBTI, especialmente contra mujeres trans por ser mujeres trans2. Es importante reflexionar y problematizar la cuestión, en cuanto las personas LGBTI asesinadas no solo son un daño colateral o un producto propio de la inseguridad ciudadana y el espiral de violencia estructural que experimenta el país desde hace décadas.

Es decir que los crímenes de odio contra poblaciones de la diversidad sexual no solo encuentran explicación en ese enredado campo de fuerzas multiactor que confluyen en México, como son el Estado y sus instituciones (algunas débiles, coludidas y cómplices), el crimen organizado, y los carteles de drogas, como se ha querido confeccionar desde ciertas narrativas tradicionales (medios de comunicación, política doméstica–seguridad nacional) en un intento de justificar el alto número de asesinatos de personas LGBTI, de femicidios, ejecuciones extrajudiciales, desapariciones, etc., sino que el asesinato de personas LGBTI se explica en gran medida en términos necropolíticos, donde la práctica hegemónica de la heterosexualidad obligatoria y de la dictadura binaria “mujer-hombre/sexo-género” persigue, condena, hostiga y busca desaparecer a los cuerpos desobedientes que se salen del orden heteropatriarcal.

Similar a la situación de las mujeres, sujetos construidos como tales entendiendo a “la mujer/las mujeres” como categoría sexualizada/identidad sexocosificada en un sistema patriarcal como la imagen inferior, defectuosa e incompleta en comparación con el “hombre”, específicamente con el varón hegemónico (blanco, heterosexual y con capital), esta construcción de las mujeres como lo subjetivo, lo particular, lo emocional, lo privado –pasivo y lo básico– concreto, construye de manera histórica y en términos relacionales condiciones de desigualdad propiciando de forma “natural” desde la familia (institución doctrinaria por excelencia) relaciones jerarquizadas de supra-opresión generando un falso entendimiento “de lo normal”, replicando el “orden natural” de la dominación masculina en el mundo social.

El cuestionamiento de este orden de dominación sexo-genérico de parte de los feminismos (feminismo de la igualdad, la diferencia, liberal, radical, interseccional, ecofeminismo, comunitario, decolonial, negro, crítico, transfeminismo, etc.) ha provocado la deslocalización de ciertas lógicas de opresiones, poniendo en jaque comportamientos, esquemas y formatos de la masculinidad hegemónica. Es decir, en sus justas dimensiones, los feminismos han observado al patriarcado (con ánimos de deshacerlo), el cual tiene como figura protagonista al “hombre–varón”, entendiendo que, en dicho sistema, el hombre solo es hombre si puede ser “masculino” y para ser masculino se le mandata verticalmente a ejercitar el “poder -sobre”, y el poder es real en cuanto puede ser visible y reconocible por la cultura, logrando así, reconocimiento y estatus social como “varón”.

Ese “ser varón” solo es posible a través del uso de la violencia, mecanismo por excelencia para demostrar el poder y entablar relaciones de supremacía y desigualdad hacia la mujer o al sujeto feminizado. El cuestionamiento de este razonamiento macho-centrado y malvado ha costado la vida de miles de mujeres que son asesinadas por ser cuerpos desobedientes. El costo de desobedecer el poder dado y mandatado al “varón–hombre-macho”, quien en esta estructura es el sujeto ejemplo, objetivo, racional, universal, público, abstracto y literal… surte en una disputa de poder, en la pérdida-ganancia de representación y en el desmantelamiento de la ordenanza patriarcal y la dictadura del varón, lo que ha provocado el despertar de un genio de destrucción de parte de quien pierde el monopolio del poder y la función exclusiva de la fuerza, provocando muerte a quien osa contender: las mujeres.

El feminicidio entonces, como ya lo ha referido Marcela Lagarde, no es un homicidio común. Es el asesinato deliberado de mujeres por ser mujeres3, y no hombres. Lo que nos da oportunidad de afirmar que no es el “fulano” quien mata a las mujeres, sino el patriarcado encarnado, el sistema vivo, la violencia testicular y el machismo galopante, que ajusticia (con la legitimidad que le da el “orden natural” y la historia antropocéntrica) aquellos cuerpos feminizados y mujerizados, que culturalmente fueron colocados debajo, al margen, en las orillas, en lo privado y al servicio de los demás (hombres). Es decir, la razón del asesinato de las más de siete mujeres al día, y el cúmulo de las 23.800 vidas de mujeres arrebatas en los últimos 10 en México4 no es nada más y nada menos que el mensaje contundente que envía el patriarcado a aquellas vidas que se atreven soñar otros horizontes vivibles fuera de las relaciones de dominación masculina.

Entendiendo el feminicidio como un tipo de violencia extrema, no solo de género sino contra las mujeres, suscrita en una política de la muerte siguiendo el concepto “necropolítica” de Achille Mbembe, donde los poderes sociales, simbólicos y culturales son quienes deciden qué vidas merecen seguir vivas y cuáles deberían morir, podríamos decir entonces que las vidas de las mujeres y de aquellos sujetos feminizados son el único pago aceptable que el heteropatriarcado cobra de parte de quienes se atreven salirse de dicho sistema de dominación, contraviniendo los sexualizados esquemas socioculturales y economicistas de dominación cis–heterosexual–binaria-patriarcal.

La población LGBTI, que personifica los cuerpos de la disidencia sexual negando el cuerpo imperial – heterosexual también son vidas precarias, son vidas sin duelo y que no merecen ser lloradas (Butler, 2006; 2010)5. No solo por no suplir el mandato sexo/género, sino también por ser vidas aliadas a las mujeres y construidas/asociadas a lo femenino, resultando ser vidas cobradas por el patriarcado (el cual es siempre heterosexual) por lo cual también son vidas invivibles, de abajo, marginadas y hechas para habitar el habitus (Bourdieu) del servicio a los demás. La proliferación de crímenes de odio en México y en la región no son un daño colateral y un producto de la violencia propia del contexto, sino que al igual que los feminicidios son lgbticidios. Son vidas arrebatadas por ser vidas homosexuales, vidas trans, vidas bisexuales, vidas queer, pansexuales, no binarias… son acribilladas, mutiladas, desechadas y eliminadas porque son cuerpos trasgresores, cuerpos heterodisidentes que, al experimentar otra sexualidad, se convierten en terroristas del binarismo de género y de la heterosexualidad como régimen político (Monique Wittig) y vidas sin permiso a vivir, por ser cuerpos terroristas, enfermos y monstruosos.

El mayor reto que tenemos hoy, en especial en un sistema mundo moderno-colonial, es derribar el patriarcado-cis-heterosexual como mandato natural y regente del orden social, y construir nuevos mundos posibles y horizontes más vivibles.

* Waquel Drullard es activista, defensor de derechos humanos y trabaja en en la Dirección de Incidencia en la CNDH.

 

1(2018). Letra Ese. Informe Violencia extrema: los asesinatos de personas LGBTTT en México, los saldos del sexenio (2013-2018). Disponible aquí.

2 (2019). El País. La tortura de ser transexual en Latinoamérica. Disponible aquí.

3 (s.f). Lagarde, M. ¿A qué llamamos feminicidio? Disponible aquí.

4 (2018). Reina, E. ¿Cuántos feminicidios más puede soportar México? El País. Disponible aquí.

5 (2006). Butler. J. Vida precaria: el poder del duelo y la violencia. Disponible aquí.

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