Guía mexicana para la alimentación del futuro
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Guía mexicana para la alimentación del futuro
Una guía para la alimentación del futuro debería considerar como base la identidad gastronómica mexicana desde un enfoque integral, promoviendo los platillos típicos mexicanos como fuente de valor nutricional y salvaguarda de nuestra agrobiodiversidad.
Por Ana Paula Sandoval y Verne Martínez
19 de julio, 2022
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México es un país que se ha destacado a nivel internacional por su riqueza gastronómica, al grado que la UNESCO la reconoció en su lista de patrimonio inmaterial, pues proporciona sentimiento de identidad y favorece el bienestar social. Esa amplia diversidad de texturas, sabores, colores y olores surgen del proceso natural de adaptación climática y la selección de semillas en cultivos por parte de las comunidades a través de miles de años. Un magnífico ejemplo es el maíz, que cuenta con el registro de 64 variedades adaptadas a diferentes condiciones climáticas. 

Sin embargo, desde la década de los ochenta, a través de la globalización se ha observado un fenómeno de homogeneización en las dietas, lo cual implica una problemática para la agrobiodiversidad mexicana, representa un riesgo a la salud y maximiza la crisis climática. Por este motivo, es importante preguntarnos ¿qué efectos generan ciertos patrones de consumo en nuestra salud y la del planeta?, ¿cuáles son los cambios necesarios dirigidos hacia la sostenibilidad alimentaria? y ¿cómo podemos potenciar y promover esos cambios? 

Desde la instauración de la Revolución Verde durante los años setenta, el sistema alimentario evidenció una transición en el esquema de producción debido a la tecnificación y la implementación de sistemas de monocultivos dependientes de enormes cantidades de agroquímicos, que provocan la disrupción en los patrones ecológicos de las regiones, afectan y reducen la biodiversidad e incrementan el potencial riesgo a plagas, y todo bajo la premisa de garantizar los niveles máximos de productividad para una sociedad en crecimiento. 

Tal ha sido el avance en la tecnificación y simplificación en la visión sobre la agricultura, que en la actualidad solo 9 cultivos abarcan el 66% de la productividad y el impacto es enorme: se ha se estimado que el 75% de la diversidad genética se ha perdido en los últimos 100 años debido a la simplificación y expansión de los sistemas de monocultivo. En México, esta situación es todavía más compleja si consideramos el caso de los jornaleros agrícolas, pues actualmente 7 de cada 10 viven bajo condiciones de pobreza y apenas 1 de cada 10 es dueño de sus tierras. Esto es resultado de un proceso progresivo de irrupción de la agroindustria que deja a su paso la reducción de la agrobiodiversidad, un incremento en los daños medioambientales y, por lo tanto, el aumento en los impactos generados por el cambio climático. 

Y a pesar del incremento en la productividad de los agroecosistemas en México por las nocivas técnicas de monocultivos propiciadas por la Revolución Verde, los niveles de inseguridad alimentaria se han acrecentado hasta el punto que el 45% de la población en México padece hambre. No obstante, también se vive una paradoja, pues según algunas estimaciones, se calcula que en el país, se desperdicia el 37% de los alimentos, cantidad que podría servir para eliminar el hambre de 7.01 millones de mexicanos. 

Otra problemática es la malnutrición que afecta a la población, pues se ha evidenciado un patrón en la transición de la dieta tradicional mexicana por comida ultra procesada, esto de la mano con la urbanización, la cual facilita el acceso a alimentos procesados de bajo valor nutrimental hasta el punto de convertirlo en un problema de salud pública. A nivel nacional, 7 de cada 10 personas padece sobrepeso y casi una tercera parte sufre obesidad; asimismo, México se ubica dentro de los países con la mayor tasa de incidencia en obesidad infantil.

Es importante evaluar el punto en el que nos encontramos y establecer estrategias que garanticen la seguridad alimentaria, el mantenimiento de los agroecosistemas y la preservación de los recursos naturales; de igual forma, y como responsabilidad moral, poder dirigir la acciones capaces de mejorar la calidad nutricional de la población, así como las condiciones económicas y sociales de las personas jornaleras. Es urgente modificar el enfoque de extractivismo hacia uno de reciprocidad que garantice el bienestar social y su mantenimiento bajo condiciones de salud y respeto. 

Una guía para la alimentación del futuro debería considerar como base la identidad gastronómica mexicana desde un enfoque integral, promoviendo los platillos típicos mexicanos como fuente de valor nutricional y salvaguarda de nuestra agrobiodiversidad. Además, se debe retomar la agroecología como única alternativa de producción y cuya evidencia señala que contribuye a la captación de carbono, reduciendo el impacto del cambio climático y presentándose, además, como un movimiento social con capacidad de mejorar las condiciones de las personas que trabajan en el campo. 

También es de vital importancia impulsar el desarrollo de políticas públicas que vayan dirigidas a la expansión e incorporación de metodologías con enfoque sistémico, que sean capaces de identificar los agroecosistemas como entidades biológicas con capacidad de respuesta y no solo como unidades de producción con entradas y salidas. El tamaño y la severidad de las crisis venideras estará en función de los caminos y las decisiones que se tomen en la actualidad, las cuales son urgentes e impostergables. 

*Ana Paula Sandoval (@apsandovalm) y Verne Martínez (@verne_martinez) son investigadores de Inclusión y Desarrollo Sostenible de Ethos Laboratorio de Políticas Públicas (@ethoslabmx).

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