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Hacia la coherencia periodística: el caso del fenómeno migratorio
La imparcialidad se logra solo si reconocemos nuestros propios prejuicios y apuntamos a controlar la subjetividad. En otras palabras, hay que armar un propio sistema de frenos y contrapesos entre las creencias y opiniones, y usarlo para regular la cobertura periodística.
Por Fernanda Santos
23 de julio, 2019
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Durante seis años viví en Phoenix y cubrí las noticias en la frontera entre México y Estados Unidos para The New York Times. Muchas veces crucé a México para contar historias que investigaba en español y escribía en inglés para uno de los periódicos más prestigiosos del mundo; historias permeadas por mi sensibilidad de latinoamericana viviendo en Estados Unidos.

Unos meses después de que comenzara la presidencia de Donald Trump pasé unos días en Sonoyta, una pequeña ciudad fronteriza, para investigar qué tenían de cierto los rumores de que había grupos de centroamericanos varados; sobre todo, hombres jóvenes que viajaban solos y que no se animaban a seguir avanzando debido a las amenazas de Trump.

Hace poco volví a la frontera, a Ciudad Juárez, pero en un rol distinto. Ahora soy profesora en la escuela Walter Cronkite de Periodismo y Comunicación Masiva de la Arizona State University (ASU) y mi trabajo es contribuir a enseñar a los periodistas locales a tener una perspectiva más justa en su cobertura de los migrantes de Centroamérica que llegan a la región, una iniciativa conjunta con el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) de México.

Nuestro objetivo era mostrar cómo sería el futuro si los periodistas mexicanos que cubren la situación de los migrantes imitasen a sus pares estadounidenses. Puede decirse que la situación que enfrentan las comunidades fronterizas mexicanas, como Juárez, es una consecuencia directa de las políticas implementadas del otro lado de la frontera por un presidente que gobierna como un matón en lugar de un diplomático; como cuando amenazó con imponer un arancel del 5 % sobre todos los bienes importados de México “hasta que dejen de llegar a nuestro país inmigrantes ilegales” desde el vecino al sur.

En los últimos meses, miles de centroamericanos llegaron a Ciudad Juárez escapando de la violencia, la pobreza y la persecución. Se calcula que hay alrededor de 13,000 inmigrantes en esta ciudad fronteriza, atrapados por el requisito que impuso Trump que los obliga a quedarse en México mientras se procesan sus solicitudes de asilo en EE.UU. En el viaje en taxi desde el aeropuerto al hotel, el conductor, un hombre de alrededor de 60 años llamado José Quintana, me contó que los residentes locales antes ofrecían comida y otras ayudas a los migrantes, pero que fueron perdiendo la benevolencia, así como la paciencia.

“La gente está enfadada”, dijo. Los migrantes “no son nuestra responsabilidad”.

Mientras estaba en Juárez pude notar la animosidad palpable en las páginas de El Diario de Juárez, el único periódico de aparición diaria en esta ciudad de 1.4 millones de habitantes. Uno de los portavoces más conocidos es el alcalde Armando Cabada Alvídrez, quien expresó recientemente que “antes de los derechos humanos de los migrantes están los intereses de los juarenses”, y pidió al gobierno federal que “ponga el recurso para que se regresen” a sus países de origen.

En el curso les dije a los periodistas que yo creía que la imparcialidad se logra solo si reconocemos nuestros propios prejuicios, y que en lugar de buscar la objetividad deberían apuntar a controlar su subjetividad. En otras palabras, deberían armar su propio sistema de frenos y contrapesos entre sus creencias y opiniones, y usarlo para regular su cobertura periodística.

Así que me propuse descubrir cuáles eran sus creencias y opiniones. Les entregué una hoja de papel y les pedí que escribieran lo primero que les viniera a la mente cuando pensaran en el concepto de “migrante centroamericano”, sin detenerse a reflexionar al respecto. “Dejen que sus pensamientos fluyan y escríbanlos antes de que atraviesen los filtros de su mente”, indiqué.

Estos son algunos ejemplos de lo que escribieron:

“Maras. Ilegales. Delincuentes”.

“Pobreza. Ropa sin color. Muchos niños”.

“EE.UU. Gente que vive en la calle. Probablemente mienten”.

Como periodistas estadounidenses tenemos un mensaje muy valioso para compartir con nuestros colegas mexicanos sobre cómo cubrir la migración. No es que sepamos más sino todo lo contrario: los medios estadounidenses cubrieron muy mal la inmigración en nuestro país y alimentaron los peores estereotipos, que después generaron prejuicios. Y, en el caso de Estados Unidos, los migrantes más vilipendiados últimamente por medios como Fox News y políticos como Donald Trump, han sido los mexicanos. El estereotipo más engañoso es, no cabe duda, que todos los inmigrantes cometen delitos con una frecuencia alarmante.

Ese es el mensaje que se escucha constantemente en Fox News y otros medios, reforzado por la explotación continua de testimonios de familiares de víctimas de delitos cometidos por inmigrantes indocumentados (y sin contexto, uno podría pensar que eso es lo único que hacen: delinquir). Así fue como Trump logró capitalizar una mentira que ha repetido sin parar desde que era candidato: que “año tras año, mueren miles de estadounidenses a manos de extranjeros ilegales criminales”, tal como declaró en su discurso del Estado de la Unión de 2019. A pesar de que las estadísticas y los estudios dicen otra cosa, este relato ha cobrado vida propia y asusta a quienes viven lejos de la frontera, que se imaginan a ciudades como El Paso (que está entre las más seguras en todo Estados Unidos) como verdaderas zonas de guerra.

El discurso político estadounidense que denigra a los inmigrantes ha creado asociaciones equivocadas en la mente de muchas personas, que reducen la palabra “inmigrante” a un mero sinónimo de “inmigrante ilegal”, término que, a su vez, se convirtió en sinónimo de “mexicano”.

En los talleres que llevamos adelante en Juárez también participan profesionales de la comunicación y miembros de organizaciones civiles locales que trabajan de manera directa con migrantes. Una de ellos, la Hermana Esther, una monja que dirige la Casa del Migrante, el refugio para migrantes más grande de Ciudad Juárez, tomó el micrófono y dijo: “El tipo de retórica que Trump ha usado contra los mexicanos ahora es usado por medios mexicanos contra los centroamericanos”. También señaló que cuando los centroamericanos dicen que las autoridades mexicanas los maltratan, “a los periodistas no les interesa”.

Es importante detenerse a pensar acerca de esa observación y de la hipocresía que implica replicar en México los mismos patrones de abuso hacia migrantes que existen en EE. UU., solo porque ha cambiado la nacionalidad de quienes están en el poder y la de quienes buscan una mejor vida. Vale la pena reflexionar sobre qué significa la coherencia intelectual y moral, y esperar que México pueda ejercerla.

* Fernanda Santos es autora y profesora de periodismo en Arizona State University.

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