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Impuestos a corporaciones digitales y la fragmentación de la web: ¿hacia un Movimiento de Países No Alineados?
El movimiento de los no alineados surgió durante la Guerra Fría para garantizar que las periferias pudieran resistir los intentos de Estados Unidos y la URSS de controlar nuestras políticas y recursos. El contexto actual exige un fuerte regreso, al menos para los debates sobre políticas digitales.
Por Juan Ortiz Freuler
4 de agosto, 2020
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Hace unas semanas, las negociaciones por un nuevo régimen fiscal global para las plataformas digitales colapsaron. La negociación, convenida por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), tiene dos pilares centrales. El primer pilar gira en torno a que las grandes plataformas tecnológicas paguen parte de sus impuestos a las arcas de cada país en donde tiene usuarios. El segundo pilar gira en torno a incorporar un piso impositivo a nivel global, para así detener la carrera hacia el abismo que vienen impulsando las empresas multinacionales al promover que los países compitan en reducir sus impuestos corporativos para ser seleccionadas como el espacio regional donde estas empresas harán inversiones.

Aunque casi 140 gobiernos participan formalmente de la negociación, la mayoría de las notas periodísticas del Norte Global enmarcaron este colapso o bien como un fracaso de los negociadores de la Unión Europea por lograr que los representantes de EE. UU. concedan avanzar hacia un marco más equitativo, o como la retirada arbitraria de EE. UU. Lo que es un hecho es que el gobierno de los EE. UU. ha proferido amenazas de que impondrá aranceles comerciales contra la importación de productos de cualquier país que avance de manera unilateral hacia la implementación de sus propios esquemas impositivos en esta materia. Esta amenaza parece creíble, especialmente cuando el presidente Trump ha expuesto una política exterior agresivamente errática.

Un debate sobre regímenes impositivos puede parecer una cuestión técnica, oscura, y como tal, reservada para grises contadores. Pero es mucho más. Este debate pone el foco sobre la grieta que se está expandiendo dentro del sistema de información global que llamamos la web. Es quizás la señal más clara de que la web está en una trayectoria que podría conducir a su fragmentación permanente, lo que sin duda  tendría consecuencias negativas si entendemos que eso puede dificultar nuestro acceso a conocimiento… pero antes de entrar en ese debate, veamos por qué el debate en torno a impuestos es tan apremiante hoy.

Impuestos digitales en tiempos de COVID-19

La pandemia no sólo estancó la actividad económica en términos generales (es decir, todo el pastel se está achicando), sino que también está forzando una migración de valor desde las tiendas y negocios físicos (distribuidos) al puñado de plataformas digitales (concentradas) que reinan sobre el espacio digital (es decir, algunas porciones están creciendo a expensas de otras).

En este marco de cambios económicos sísmicos, los gobiernos se esfuerzan por garantizar que los trabajadores despedidos tengan lo suficiente para sostenerse; los hospitales puedan atender a pacientes asegurados y no asegurados, y la infraestructura y empresas estratégicas sigan operando, independientemente de que sean rentables o no. Pero, ¿de dónde viene este dinero? En tiempos normales, la mayor parte del presupuesto de un gobierno proviene de impuestos.

Sin embargo, COVID-19 está llevando a muchas empresas a la quiebra. Entonces, ¿de quién recaudarán los gobiernos estos impuestos? ¿Quién tiene la capacidad contributiva? GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) han reportado más de $ 800 mil millones en ingresos brutos anuales en los últimos años, y han reportado un ingreso neto (ingresos brutos menos gastos) de más de $ 150 mil millones en los informes que abarcan los últimos 12 meses. Para ponerlo en contexto, esto es 30 veces el presupuesto de la Organización Mundial de la Salud por dos años y prácticamente el presupuesto anual del gobierno argentino, un país con una población de más de 40 millones de personas.

Fig. 1 Ingresos e ingresos de GAFAM en contexto. CC-BY @ juanof9 – Compilado de varias fuentes.

Es importante subrayar que la capacidad contributiva de GAFAM no es sólo general, en el sentido de que regularmente reportan ingresos astronómicos, sino que esta capacidad contributiva también es específica a estos tiempos de pandemia. El valor de las acciones de las compañías tecnológicas está aumentando. Es así que estas cinco compañías se encuentran entre las ocho cuya capitalización de mercado creció más en el último año, a pesar de la pandemia. La pandemia ha funcionado a su favor, de muchas maneras. Entre otras, pareciera que su capacidad para apoderarse de la base de clientes de empresas más golpeadas por la pandemia está siendo interpretada como una preparación general de posicionamiento dentro de un mundo cada vez más propenso a catástrofes que Wall Street parece más ansioso por normalizar que abordar. Por lo tanto, tiene sentido garantizar que las contribuciones de GAFAM sean extraordinarias, ya que los tiempos lo son, y también los son sus ganancias.

Fig.2 Ganancias de capitalización de mercado en miles de millones (en inglés “billions”), 17 de junio de 2019-17 de junio de 2020. Fuente: FT.

Y no es sólo en la bolsa. Hace apenas unos días GAFAM publicó reportes de ingresos cuatrimestrales. El resultado? Mientras la economía de EEUU se desploma un 9.5%, y la de México un 17, 3%, ambas máximas caídas históricas; salvo Google, todas las GAFAM reportaron un aumento en sus ingresos de entre 11 y 40%. Por lo tanto, es natural esperar que las contribuciones de GAFAM sean tan extraordinarias como lo son sus ganancias.

Sin embargo, ¿cómo pueden los gobiernos realmente recaudar impuestos de las plataformas digitales? Para visualizar la magnitud del problema, la ONG Fair Tax Mark estima que entre 2010 y 2019 GAFAM + Netflix han aprovechado esquemas de elusión impositiva para pagar entre $ 100-155 mil millones menos de lo que las tasas impositivas reales habrían requerido. Eso es más que el dinero que en 2015 se comprometieron a proporcionar todos los países ricos a los mal llamados “países en vías de desarrollo” como financiamiento para el abordaje de problemas vinculados al cambio climático en 2020.

Dados los desafíos económicos desatados por COVID-19, y la dificultad para gravar a las grandes corporaciones digitales, ¿cómo se financiarán los programas de asistencia y servicios públicos? En la Unión Europea, gran parte del gasto vinculado al COVID se está financiando con deuda. Ahora, consideremos la situación de los gobiernos que ya estaban luchando contra la recesión, la inflación y un nivel de deuda “insostenible” antes de que la pandemia obligará a detener a la economía por completo. Esa es la terrible realidad que enfrentan muchos gobiernos del llamado Sur Global. Estos gobiernos se ven limitados a dos opciones: a) impuestos extraordinarios sobre aquellos que tienen ahorros y/o están obteniendo ganancias extraordinarias en este periodo de pandemia, o b) o una espiral inflacionaria incontrolable.

Olvidemos por un momento la amenaza de represalias proferidas por los EE.UU., que ciertamente disuaden a los gobiernos del Sur Global de explorar estas preguntas de manera creativa (por el momento se limitan a impuestos sobre sus propios ciudadanos por el uso de servicios digitales), y reflexionemos sobre qué configuración podría adoptar este sistema fiscal global.

La dimensión expresiva de los impuestos: definir qué tiene valor  

El plan de la OCDE es crear un derecho a gravar las ganancias globales de compañías multinacionales, tengan presencia física en un país o no. El porcentaje exacto correspondiente a cada país en el que una plataforma tiene usuarios se calcularía en función de una serie de métricas, cuya definición y ponderación exactas son (¿aún?) parte de la negociación. Los documentos oficiales del proceso de negociación, sin embargo, nos permiten asumir que este cálculo se centraría en los ingresos brutos que surgen de las ventas en cada país. Los defensores de este sistema parecen estar erigiendo barreras defensivas frente al modo sistemático en que las empresas eluden impuestos como para confiar en que las corporaciones multinacionales reportarán las ganancias locales de manera transparente.

Sin embargo, si esta negociación llega a cualquier tipo de conclusión sin que todas las partes interesadas sientan que han sido tratadas justamente, es probable que la brecha entre los distintos actores se amplíe, y que esto conduzca a acelerar la fragmentación de la web.

Las tensiones que subyacen a este debate se pueden encuadrar en dos ejes fundamentales: justicia distributiva y sistemas de valores.

Justicia Distributiva

La cuestión de la justicia distributiva puede considerarse como un eje interno: no cuestiona la forma en que la web define y crea valor (ni sus limitaciones), sino la forma en que dicho valor es distribuido.

En regiones como América Latina y África, los ingresos por ventas de estas empresas no son altos. Los ingresos medios de los habitantes de estas regiones no permiten que la persona promedio consuma a las tasas del ciudadano promedio de los EEUU o de la UE; consiguientemente no hay tantas ventas online y el valor de cada publicidad digital también es relativamente más bajo.

Por lo tanto, el Sur tiene razones para preferir un marco donde el número de usuarios y los datos que se extraen de ellos, pese más que lo que pesan los ingresos por ventas. Para referencia, la UE y norteamérica representan menos del 30% de los usuarios de Facebook; mientras que Asia, África y Latinoamérica representan más del 65%. El número de usuarios y los datos extraídos funcionan como un proxy de lo que es realmente valioso: el conocimiento que estos usuarios crean a través de cada clic y cada pieza de información que cargan al sistema.

Si lo que es valioso (usuarios y datos vs ingresos de ventas) sigue definiéndose de manera que beneficie sistemáticamente al Norte a expensas del Sur, se corre el riesgo de que el debate sobre la tributación de las plataformas digitales se perciba no sólo como algo que continúa sino que afianza aún más la relación colonial entre el Norte y el Sur.

Con el tiempo, si esto no se resuelve, es probable que la tensión expuesta por esta crítica fragmente la red a lo largo de fronteras nacionales. Cuando las personas sienten que no están siendo tratadas de manera justa, tienden a retirarse de la mesa. En términos digitales, esto a menudo se materializa en forma de una firewall: se le comunica a los proveedores de servicios de Internet que tienen la obligación de bloquear todo el tráfico a sitios web que no cumplan con la ley. Países como China, y más recientemente Rusia, continúan desarrollando tecnología e infraestructura que les permite retirarse efectivamente del sistema global de información. Con el aumento de las tensiones entre EE. UU. y China, y con proveedores de tecnología chinos que continúan ganando tracción y confianza en todo el Sur Global, esta crítica debe tomarse en serio. Las capacidades que China desarrolló con su firewall no se adquieren de un día para el otro, pero con el financiamiento apropiado y una voluntad política alimentada por el sentimiento de injusticia, las implementaciones efectivas podrían comenzar a aparecer antes de lo previsto en distintas regiones.

A su vez, si un acuerdo global no se materializa, y los distintos gobiernos comienzan a desarrollar sus propios marcos impositivos de manera unilateral, podría suceder que los mismos proveedores de contenidos se retiren voluntariamente de aquellos mercados en los cuales los costos administrativos vinculados al cumplimiento de las nuevas normas superan las ganancias esperadas. Hemos visto bosquejos de esto cuando entró en vigencia el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR, por su sigla en inglés ) de la UE y, al menos temporalmente, miles de periódicos estadounidenses decidieron bloquear a los visitantes de la UE para evitar los riesgos vinculados a un posible incumplimiento de la GDPR.

Por último, argumentando que la red social China TikTok representa un riesgo a la seguridad nacional, en los últimos días hemos observado a India de bloquear su descarga, y a los EEUU presionar para que la empresa venda su operación dentro de los EEUU a Microsoft. Estos dos casos serán sin duda recordados como hitos decisivos en el proceso de fragmentación de la web.

Para imaginar cómo podría ser una web fragmentada, aquellos mayores de 30 años podrán recordar las regiones de DVD. Si un dispositivo reconocía que el DVD fue comprado fuera de su región, no lo reproducía. La tecnología estaba diseñada para garantizar el respeto por las fronteras políticas entre países.

Fig. 3 Regiones de DVD. Posibles regiones de una web fragmentada? Compartido en un permiso GFDL.

Sistema de Valores

Las tensiones vinculadas al sistema de valores como tal, a su vez, pueden considerarse un desafío externo: no hace concesiones, y cuestiona la forma en que se define el valor en el ámbito digital y, en consecuencia, el modo en que se gestiona nuestro ecosistema digital.

Esta crítica se centra en dos aspectos: en primer lugar, la forma en que nuestro sistema actual convierte el tiempo libre en trabajo, y en segundo lugar, la definición limitada de lo que cuenta como conocimiento, y las limitaciones que ello impone sobre la asignación de recursos.

Sobre trabajo digital: las redes sociales dominantes se apoyan en elementos de diseño para asegurarse de que los usuarios permanecerán enganchados durante el mayor tiempo posible. Esto es a fin de lograr dos objetivos: a) exponer a cada usuario en lo particular a la mayor cantidad de publicidad posible; y b) maximizar el número de acciones (clics, scrolls, visualizaciones) de cada usuario que pueden generar de manera supervisada, a fin de extraer patrones de comportamiento que permitan una optimización continua de los sistemas generales de curación y publicación de anuncios, mejorando su capacidad para operar efectivamente sobre todos los usuarios de la plataforma. Los gigantes tecnológicos que administran nuestro sistema global de información se centran en extraer información de nosotros mientras maximizan las ganancias al vender nuestra atención a los anunciantes. Y para lograr esto, han estado dispuestos a desarrollar mecanismos capaces de causar adicción. Esto debería ser inaceptable, no sólo porque constituye un ataque a la libertad de pensamiento, sino también porque constituye una reapropiación o re-captura de la cantidad limitada de tiempo libre que los trabajadores tienen a su disposición, convirtiendo o transmutando este tiempo libre en trabajo una vez más.

Sobre creación de conocimiento: nuestro sistema de información colectivo y global no debe estar orientado a perseguir el lucro. El capitalismo está inherentemente en tensión con el Conocimiento y los sistemas que crean conocimiento: en los sistemas capitalistas, el conocimiento está al servicio de las ganancias. Como tal, el capitalismo se ve forzado a poner a la web en una caja manejable, un proceso que, por definición, corta filamentos y limita su desarrollo. El capitalismo obstaculiza nuestra capacidad de aprovechar la web para fomentar una comprensión de quiénes somos como seres humanos, en el sentido más profundo. Dentro de una lógica capitalista, quienes se han apropiado del rol de gerentes de la web se ven obligados a cortar recursos que crean cualquier tipo de conocimiento que no puede traducirse en libras o centavos.

Estas tensiones ya están fragmentando la web, no a lo largo de las fronteras nacionales sino a lo largo de los sistemas privados administrados por distintas plataformas. Mientras que en sus inicios, el crecimiento de la web fue impulsado por una masa descentralizada de personas que se apoyaban en estándares abiertos e interoperabilidad, en las últimas décadas las corporaciones han abusado cada vez más de los principios básicos de diseño y las normas legales para mantener la información y las personas encerradas dentro de sus espacios. Este tipo de fragmentación corporativa de la web se suele discutir menos, pero tiene un impacto igualmente destructivo sobre nuestra capacidad de desarrollar sistemas de creación de conocimiento.

Hacia una agenda tecnológica que priorice el desarrollo del conocimiento

La mayoría, si no todos, los debates relacionados con la tecnología web de hoy se pueden reducir a cinco preguntas básicas:

1) ¿Cómo se financiará el sistema a través del cual se crea el conocimiento?

2) ¿Quién lo gestionará?

3) ¿Qué conocimiento se creará?

4) ¿Quién tendrá acceso a dicho conocimiento?

5) ¿Cómo distribuiremos el valor creado por ese conocimiento?

El debate en torno a qué impuestos se recaudarán de las plataformas digitales se ubica dentro de esta última pregunta. Es una pregunta que adquiere una urgencia inusual debido a la crisis económica que está provocando la pandemia. Pero el debate es, y debe seguir siendo, más amplio.

El conocimiento (y su gemelo egoísta, el poder) reside en la capacidad de conectar piezas de información. En su diseño original, descentralizado, la web contaba con nosotros para que las distintas piezas de información se fueran conectando, a medida que las personas colocaban hipervínculos entre ellas, creando así nuevos significados. La apertura de la web nos permitió que nos beneficiarnos de manera relativamente equitativa de este esfuerzo colectivo de subir y establecer conexiones entre piezas de información.

Hoy, el crecimiento de la web, pero más particularmente su comercialización y posterior centralización en torno a un par de gigantes tecnológicos, significa que el sistema ahora está siendo construido y controlado por un puñado de empresas. Estas empresas tienen acceso exclusivo a la torre desde la cual el tapiz completo de telarañas creadas por estas conexiones se vuelve completamente visible. Así, estas empresas ahora tienen acceso privilegiado al conocimiento que surge de nuestro trabajo colectivo en la web, y una posición privilegiada a través de la cual se define qué conocimiento se produce, prioriza y consume.

Por ejemplo, se estima que Google y Facebook ejercen influencia sobre + 70% del tráfico hacia los principales sitios web. La forma en que las personas acceden al contenido de estos sitios está definida por un conjunto opaco de algoritmos que no buscan aumentar la comprensión humana de los eventos de interés público (o la vida misma), sino incrementar la cantidad de minutos que un usuario se mantiene conectado.

Este es un objetivo que nos hace perder el camino. Incluso los fundadores de nuestros gigantes tecnológicos actuales lo entendieron así. Los fundadores de Google argumentaron en el documento académico que lanzó el motor de búsqueda que: “Los objetivos del modelo de negocio publicitario no siempre están alineados con el objetivo de proporcionar una búsqueda de calidad a los usuarios”.

Sin embargo, una serie de factores, incluida la falta de modelos comerciales alternativos , y en general la mentalidad neoliberal que fue particularmente dominante a fines de los 90s y principios de la década del 2000, década en la cual estas compañías evolucionaron y crecieron, permitieron que la publicidad se consolide como el modelo comercial estándar. Y aprovechando los efectos de red, las economías de escala y los ejércitos de lobbistas, estas compañías ampliaron el modelo hasta el punto de que empresas como Google y Facebook hoy en día son considerados sinónimos de la web.

Necesitamos un cambio radical. Necesitamos que nuestros sistemas de información estén orientados a resolver los grandes desafíos que enfrentamos como humanos en este planeta: ayudarnos a comprender cómo mitigar y adaptarnos a los impactos del cambio climático, y ayudar a las personas a prosperar, creando un estado de abundancia que garantice que se satisfagan las necesidades básicas de cada persona, liberando espacio mental para que puedan explorar y comprender quiénes son, y proporcionándoles herramientas para que puedan interactuar de manera significativa con los demás en ese viaje.

La necesidad de un movimiento digital no alineado

La solidaridad a escala planetaria nunca ha sido más necesaria. La pandemia, como evento planetario, nos recuerda que somos más que individuos. Somos humanos que como especie padecemos las mismas miserias, sin importar dónde estemos. Dicho esto, es importante recalcar que no podemos esperar que las naciones ricas del Norte lideren la reorganización de nuestros sistemas de creación de conocimiento. En términos prácticos, el Norte se ha vuelto dependiente de estos sistemas extractivos. Pero también debemos reconocer que las culturas del norte están tan entrelazadas con las racionalidades que engendraron el propio capitalismo, que a sus representantes se les hace difícil imaginar cualquier articulación de un futuro tecnológico que sea radicalmente diferente de nuestro presente.

Si la web logra evitar la fragmentación, será porque el Sur se pone a la altura del desafío. El Sur lo necesita: sus condiciones materiales provocan regulares aullidos de descontento social. El Sur tiene la imaginación necesaria: después de todo, ha presenciado cómo sus propias culturas fueron destruidas por el colonialismo, solo para ver cómo esas mismas piezas fueron reutilizadas para construir una nueva narrativa, favorable a sus nuevos gobernantes. El Sur tiene la influencia necesaria: es donde reside la mayor parte del 50% de la población mundial que aún no tiene acceso a Internet, personas cuyo conocimiento aún no ha sido procesado por el sistema de información global. Como tal, colectivamente, el Sur es clave para todos los actores que piensan en el futuro.

Dado que las relaciones desiguales de poder descritas a lo largo de esta pieza no son nuevas, quizás sea un buen momento para reabastecer de combustible y reforzar las filas de un espacio diseñado para contrarrestar a los poderes centrales a través de la solidaridad coordinada: el movimiento de países no alineados.

Este movimiento surgió durante la Guerra Fría para garantizar que las periferias pudieran resistir los intentos de Estados Unidos y la URSS de controlar nuestras políticas y recursos. El contexto actual exige un fuerte regreso, al menos para los debates sobre políticas digitales.

Un nuevo movimiento de países no alineados no sólo podría ayudar a transformar el sistema tributario, sino que también podría impulsar un modelo planetario de conocimiento, que es tan necesario como urgente. Para lograr esto, tendremos que mantenernos unidos y actuar como un bloque, conscientes de lo poco que tenemos para perder, y de todo lo que hay por ganar.

* Juan Ortiz Freuler (@Juanof9) es afiliado al Berkman Klein Center for Intertnet and Society de la Universidad de Harvard, miembro de la red Tierra Común. Contacto: [email protected].

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