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Julión, yo no puedo trapear
Hacer trabajo doméstico es un viacrucis infranqueable, por la disfunción física que padezco. Las enfermas con una versión severa de fibromialgia, síndrome de fatiga crónica y sensibilidades químicas no podemos trapear, barrer, preparar la comida, tender una cama, lavar, planchar.
Por Blog Invitado
12 de mayo, 2016
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Por: Verónnica Scuttia

Julión: soy enferma y activista de fibromialgia, síndrome de fatiga crónica y sensibilidades químicas (además de otras patologías complejas que estas han detonado). Seguramente no has escuchado hablar de ellas porque son enfermedades básicamente de mujeres y por este motivo son socialmente invisibles. No hay dinero para investigación biomédica progresista ni se hacen campañas para visibilizarnos, tampoco tenemos especialistas que conozcan a cabalidad lo que entrañan: una disfunción global del cuerpo y el cerebro, que puede generar una invalidez permanente absoluta, una #InvalidezInvisible.

Es como vivir con un escuadrón de la muerte interno formado por cientos de síntomas y enfermedades colaterales. Pero literalmente no existimos. Habitamos una enorme fosa clandestina que tiene invisibilizado el sufrimiento descarnado que padecemos.

La fibromialgia según la OMS está vinculada a haber sido víctima de violencia de género. Está integrada entre los efectos en la salud física de las mujeres supervivientes. La violencia contra las mujeres es una ofensa a nuestra dignidad humana y una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres.

Esta situación nos está acabando física, biológica y psicológicamente. Literalmente nos estamos matando a nosotras mismas.

Te cuento mi historia. He sufrido todas las causales para detonarlas: bullying, violencia en el noviazgo, acoso laboral, violencia obstétrica, abuso sexual, exposiciones víricas y tóxicas, accidentes de auto y a últimas fechas violencia psicológica e intrafamiliar extrema. Justamente la violencia feminicida que padezco desde hace una década me llevó a convertirme en activista. Soy universitaria y tengo varios posgrados. Ni en mi peor pesadilla soñé con convertirme en una enferma cuasi terminal.

Mi tragedia comenzó cuando médicos vecinos –hombre y mujer- solo con verme dictaminaron que “yo no tengo nada y que me manden a trabajar”. Estos juicios sumarios “médico-científicos” sustentados en una rotunda imbecilidad (lo cual es habitual en médicos públicos, privados y en sociedad en general), abonaron el clamor que soy una mujer sin oficio ni beneficio.

El origen de la violencia extrema que padecemos mi hijo y yo –él ha sido involuntariamente incluido en este flagelo- es que un doble tuyo, con esa mentalidad obsoleta, en mi casa me hostiga con una violencia física y psicológica que ha llegado a ser sistemática e intolerable. ¡Y todo porque no puedo trapear! Las enfermas con una versión severa de estas patologías no podemos trapear, barrer, preparar la comida, tender una cama, lavar, planchar… simplificando, hacer trabajo doméstico es un viacrucis infranqueable, por la disfunción física que presentamos. Tampoco podemos bañarnos, vestirnos, peinarnos, permanecer más de 20 minutos de pie o sentadas.

Todo esto sustentado en investigaciones científicas progresistas y en datos de asociaciones internacionales, que gracias al tercermundismo mexicano se ignoran. Mi caso particular es que el mero hecho de respirar y existir me deja devastada. Paso gran parte de mis días encamada y encobijada. Soy una carga para mí misma. Sólo tengo fuerzas para estar acostada y dormir y dormir. Como enferma de síndrome de fatiga crónica severo padezco algo que se llama agotamiento neuroinmunitario post esfuerzo. Cualquier esfuerzo físico y/o mental me aniquila y conlleva que tarde horas e incluso días en recuperarme.

¿Cómo reaccionarías tú si tu esposa tuviera estas enfermedades? ¿Si no pudiera levantarse en la madrugada a prepararte tus antojos? Justo como tú reaccionaste solo pensándolo, así es como reacciona y piensa el hombre que me grita, humilla, insulta, denigra, hostiga y que me provocó que perdiera el ojo derecho producto de una golpiza. Pero no es sólo él, mi círculo cercano también me condena desde la ignorancia más maldita -mujeres incluidas- se han erigido en un tribunal que ha fallado en su favor. Le han otorgado el aval para que ejerza una violencia patrimonial sobre mí y que sea despojada de mi herencia familiar. Lo único que poseo para subsistir.

Mi hijo también paga las consecuencias: vive aterrado. A tal grado que me confesó que cuando hay gritos y peleas -lo cual es un hábito- quiere aventarse del balcón del segundo piso. Diego tiene diagnostico provisional de TDAH. Y por haber sido sacado con fórceps debe ser evaluado por posible daño neurológico. Obviamente con esta precarización física extrema tampoco puedo hacerme cargo de él y sus derechos como niño también han sido violentados por una omisión de cuidados involuntaria y por todo lo que sufre a sus escasos casi 9 años (mañana es su cumpleaños).

Esta es mi historia y mi realidad Julión, por eso yo no trapeo, yo lucho por mis derechos y los derechos de millones de enfermas en México. Lucho contra la violencia machista que nos masacra cotidianamente hasta exterminarnos.

P.D. Cada vez es más común que niños, adolescentes y hombres las sufran. Pregúntale a Latin Lover ó Andrés García el infierno que es padecerlas.

 

* Verónnica Scutia es presidenta y fundadora de la organización Por el Derecho a Existir.

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