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La amenaza del backlash blanco-mestizo
Es responsabilidad nuestra estudiar la experiencia del blanco-mestizo mexicano y presentar una manera justa de ser mexicano de tez blanca. Racista o no, de poco o nada sirve identificar a un “whitexican” si no se le ofrece una alternativa para dejar de serlo.
Por René Rejón
24 de junio, 2021
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Pedro Carrizales dio de qué hablar una vez más. “El Mijis” twitteó que “llamar a alguien whitexican sólo hace más grande el problema” del racismo en México. El ciberactivismo explotó: “El racismo a la inversa no existe”, “¿Por qué los sentimientos de la gente blanca siempre son más importantes?”, “resaltar los privilegios de unos cuantos no es racismo”. Es fácil perderse en el calor del debate. Tomemos un paso atrás para analizar las cosas fríamente.

Uno podría asumir que las realidades de Michel Franco y “El Mijis” son diferentes, aún así, ambos coinciden en que “whitexican” es un término “racista”. ¿Por qué? ¿Hay alguna verdad en ello? ¿Hay alguna lección que aprender? Se ha dicho antes, pero vale la pena recalcar: el racismo inverso no existe. “Whitexican” no es, ni puede ser, un término racista. Sin embargo, esto no necesariamente implica que el mote sea una herramienta útil para el movimiento antirracista en México.  En otro lugar he señalado que si “whitexican” es útil o no, dependerá de la definición que le otorguemos. Aquí, quiero enfocarme en el riesgo que el uso irresponsable de la palabra podría generar. Quizá haya razones para pensar que “whitexican” (en alguna de sus versiones) podría hacer más grande el problema.

En interesantes trabajos etnográficos, y en contextos completamente diferentes, los sociólogos Rossana Pinheiro-Machado y Michael Kimmel han encontrado patrones sorpresivamente similares. Pinheiro-Machado (2020) estudió la transformación de una localidad de bajos ingresos en Porto Alegre, Brasil. Esta comunidad abandonó radicalmente el Lulismo para apoyar a Jair Bolsonaro en las más recientes elecciones. Su investigación revela cómo las políticas redistributivas de Lula da Silva tuvieron efectos imprevistos en las personas “blancas”: crisis de autoestima, sentimientos de agravio ante la narrativa oficial y una consecuente reacción a la defensiva. Un “backlash” blanco, de Lula progresista a Bolsonaro conservador. Por otra parte, Kimmel (2013) investigó a los “hombres blancos enojados” que reemplazaron a Obama por Donald Trump como presidente en los Estados Unidos. Su trabajo encontró que estos hombres se sienten justamente agraviados: sus condiciones de vida empeoraron y beneficios que creían suyos les fueron arrebatados.

¿Y en México? El Módulo de Movilidad Social Intergeneracional 2016 del INEGI fue uno de los primeros esfuerzos para documentar el racismo estructural en México. Los hallazgos confirman que en México hay una correlación directa entre privilegio y color de piel. Sin embargo, esos mismos datos también nos advierten que son las personas de tez más blanca las que sienten que su nivel socioeconómico ha empeorado en los últimos años, al igual que las personas de etnicidad blanca y mestiza (ver gráficas). De acuerdo a estos datos, el descontento de estos grupos es mayor al de las personas de tez morena, indígenas y afrodescendientes.

Esta información debe alarmarnos: no porque los sentimientos de la gente blanca sean más importantes, sino porque nos advierte del backlash que se avecina. Kimmel sugiere que negar la experiencia y caricaturizar el sufrimiento de estos “privilegiados” fue lo que puso a Trump en la Casa Blanca. Si ocurrió en Estados Unidos y en Brasil, podría suceder en México. Entender, y atender, la experiencia del blanco-mestizo mexicano es indispensable para prevenir un fenómeno similar en nuestro país. Es una tarea que el movimiento antirracista en México no debe ignorar. Estudiar al blanco-mestizo mexicano no se trata de protegerles, ni de ceder ante su “fragilidad blanca”, se trata de comprender que negar su experiencia nos confronta, y que una batalla es siempre costosa, incluso si se sale victorioso.

Por más difícil que resulte creerlo en estos tiempos, las experiencias de opresión y sufrimiento no son una competencia ni un juego de suma cero. Ellos” pueden ser víctimas al mismo tiempo que “nosotros”, incluso si lo son en menor intensidad y de fenómenos diferentes. Kimmel señala la necesidad de presentar a esos “hombres blancos enojados” una manera alternativa de ser hombre y blanco. Ahora bien, sería flojo e irresponsable “tropicalizar” las sugerencias y alternativas que Kimmel propone. Es responsabilidad nuestra estudiar la experiencia del blanco-mestizo mexicano y presentar una manera justa de ser mexicano de tez blanca. Racista o no, de poco o nada sirve identificar a un “whitexican” si no se le ofrece una alternativa para dejar de serlo. Haríamos bien en aprender del backlash estadounidense y el brasileño, que hacer lo primero, sin hacer lo segundo, podría ser contraproducente precisamente para los que más sufren.

* René Rejón (@RRejonP) es politólogo por la UNAM y filósofo por accidente. Cuando tiene oportunidad da clases, y cuando tiene necesidad trabaja para organizaciones de la sociedad civil. Su tesis doctoral investiga las responsabilidades morales de los beneficiarios de la injusticia estructural en sociedades post-coloniales.

 

 

 

Bibliografía:

Kimmel, M. (2013). Angry White Men. New York: Nation Books.

Pinheiro-Machado, R., & Scalco, L. M. (2020). From hope to hate: The rise of conservative subjectivity in Brazil. HAU: Journal of Ethnographic Theory, 10(1), 21–31.

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