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La cultura: un espíritu amarrado
¿Cuál debe ser su influencia en esta época de incertidumbre e imprecisión? ¿Cómo expandimos sus contornos para que sea un producto de toda la sociedad?
Por Gonzalo Sánchez de Tagle
9 de mayo, 2020
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La cultura es la manifestación única y auténtica de la forma en que miramos la realidad y hoy está olvidada. En esta época de incertidumbre y de encierro es la mejor manera de vincularnos con nosotros y nuestro sentido colectivo.

En abril de 2015 un terremoto azotó Nepal y las calles de Katmandú se inundaron de cadáveres y despojos. Una tragedia que cobró vidas humanas en un país muy pobre y con una historia reciente de sangre, asesinatos y golpes de Estado. Pero tal vez lo que hizo diferente este drama de muchos otros, fue que sus templos y pagodas, en su gran mayoría, fueron destruidos.

Las plazas Durbar en Patán, Baktapur y el propio Katmandú, epicentros de la colectividad creyente en las divinidades hindús (Brahma, Vishnú, Shiva, Ganesha, Hanumán, y muchos otros), se hicieron inservibles. O bien se derrumbaron o quedaron tan dañadas que no fue posible visitarlas. Y un pueblo que cifra su entendimiento en el pasado y sus esperanzas futuras en las ceremonias a sus dioses, quedó de pronto huérfano. No solo su ciudad estaba destruida y sus familiares muertos, sino que ante la calamidad no pudieron rezar a sus seres trascendentes. El terremoto les dejó el espíritu amarrado.

La religión es una parte constitutiva de una cultura y a la inversa. Modula sus formas sociales y define las articulaciones personales. Es una de las estructuras centrales de cualquier civilización. Al final y al principio (porque son ambas), la cultura es una manifestación de un proceso histórico. Es aquello que se expresa de forma auténtica y que es propio de una visión única del tiempo.

Claro que la cultura puede ser definida de muchas formas y a partir de diferentes contextos históricos. Pero es cierto que se trata de una causa y una consecuencia. Es la primera en tanto que es lo que nutre de identidad a una colectividad y es la segunda, porque es lo que ese grupo ofrece al mundo y lo distingue del resto.

La cultura también es conocimiento. Es, digamos, un derecho de y para conocer. Aquí las instituciones del Estado tienen una función especial, porque es a través de su actuación que se permite a los ciudadanos acceder a él. Ya sea por medio de financiamiento, la apertura de sitios arqueológicos, bibliotecas, espacios escultóricos, museos, salas de conciertos, etc.

Y sucede que en el encierro pandémico, estamos mudos de cultura. Enclaustrados en los muros de nuestros espacios confinados, incluida la mente. El COVID-19 la ha puesto en reposo y está hibernando. La expansión del ser, que es premisa del futuro, encuentra en la cultura su medio más preciso y sublime. Porque la creación es una constante frontera para ser quebrada y mallugada, es rebeldía, protesta, inconformidad, crítica y reto.

La cultura es espiritual, porque integra el sentido de la experiencia de la vida y define el lugar individual en los cursos de la historia. Nos coloca en un momento preciso del devenir. Y lo hace tanto para quien crea, como para quien lo contempla. Es un conversación entre dos entidades que se intuyen, y que hablan por medio de la obra. Lo mismo en un museo que en un templo o una calle. Y es una producción tumultuaria, de la que todos aportamos y abrevamos.

Por eso es indispensable preguntarnos sobre el papel la cultura en tiempos de pandemia. ¿Cuál debe ser su influencia en esta época de incertidumbre e imprecisión? ¿Debe ser, como lo ha sido en México, un espacio reservado para las élites o debemos pensar en expandir sus contornos y que sea un producto de toda la sociedad?

Y claro que lo primero que viene a la mente es que no se trata de una actividad esencial y que suponer abrir museos o iglesias sería, ante todo, una ilegalidad y en el mejor de los casos, una irresponsabilidad extravagante para el gusto de muy pocos. Pero esos espacios son lugares de diálogo cultural. Es ahí, en sus muros hoy desiertos y sus pasillos abandonados, en donde las sombras de nuestra historia nos hablan. También en las calles que como órganos autónomos, producen la cultura cotidiana. Hoy nuestro derecho a la cultura está en suspenso y nos olvidamos que la paz mental y espiritual, es una actividad esencial.

Desamarremos el espíritu de la cultura. En Nepal se quedaron sin sus templos, abramos los nuestros, para poder experimentar nuestra identidad en la cultura. Al final, ahí está nuestro derecho a ser y a conocer.

* Gonzalo Sánchez de Tagle (@gonzalosdetagle) es escritor, abogado por la UIA, maestro en Derecho por la Universidad de Georgetown e historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México. Colocutor del Podcast #DerechoRemix. Autor de los libros Historias de una ceiba azul, Tu sombra en el espejo, La Constitución Política de la Ciudad de México, federalismo e instituciones, Belisario Domínguez, Ciudadano Revolucionario y, en coautoría, La Reforma Constitucional de Telecomunicaciones, el Modelo del Estado regulador en México.

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