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La extrema derecha: el reto que enfrentamos
Si bien el desempleo, la precarización del trabajo y el encarecimiento de la canasta básica son factores de relevancia, hay una clave más determinante que explica el auge de la extrema derecha en Latinoamérica y Europa: la incapacidad de los gobiernos representativos de establecer una condena efectiva, un rechazo político y un repudio social del autoritarismo que fue constitutivo de su pasado.
Por Donovan Adrián Hernández Castellanos
25 de julio, 2019
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1. El síntoma

En su página oficial, Vox –partido de derechas de reciente creación– perfila los rasgos generales de su plataforma política: “VOX es la voz de la España Viva. Un movimiento de extrema necesidad que nace para poner a las instituciones al servicio de los españoles, en contraste con el actual modelo que pone a los españoles al servicio de los políticos”.1 A renglón seguido, la nota editorial sostiene que Vox es el “partido del sentido común”; es decir, “el único que lucha contra la corrección política asfixiante”. A diferencia de los mass media y de las normas sociales de tolerancia, apertura e inclusión del liberalismo ideológico implícito en las estructuras democráticas gubernamentales, Vox se propone como una “voz” colectiva de los españoles que le dice a los “medios y a los partidos que dejen de imponer sus creencias a la sociedad”.

Ajeno, entonces, a la esfera pública de la razón y la escritura, Vox se plantea como el partido de la experiencia inmediata. Su plataforma política, consecuentemente, se reduce a un programa mínimo: “la defensa de España, de la familia y de la vida; en reducir el tamaño del Estado, garantizar la igualdad entre los españoles y expulsar el Gobierno de tu vida privada”.2 En términos generales, a este breviario de contradicciones (ultraconservadurismo en el ámbito privado y ultraliberalismo en el ámbito económico) no le falta ningún tropo, ningún gesto de la retórica constitutiva de los estilos hegemónicos de las extremas derechas contemporáneas. Se trata de un vademécum de tópicos y narrativas, de acentos e inflexiones que sería el perfecto índice –y sin duda el síntoma– del giro hacia la derecha presente no sólo en los gobiernos sino también en las sociedades de libre mercado.

Demos un nuevo vistazo a las palabras clave de la nueva derecha: necesidad, familia, vida, sentido común. La batalla que libran estos movimientos regresivos claramente tiene como principal objetivo la llamada “corrección política”; pero, ¿quiénes constituyen el telón de fondo de esta etiqueta recursiva y recurrente en los discursos reaccionarios de nuestro siglo? Los movimientos sociales que luchan y construyen, con el tesón de la resistencia, los derechos de la diversidad sexo-genérica (los movimientos LGBTTTIAQ); pero también –y de manera señalada– los movimientos feministas y antirracistas que, tanto en la teoría como en la práctica, han transformado de formas irreversibles el contexto de la política global y sus gramáticas. De este modo, es usual que escuchemos a los portavoces y think thanks de la extrema derecha lanzar improperios –si inarticulados mejor– contra la llamada “ideología de género”, establecer falsas arengas a favor de “las instituciones familiares y las buenas costumbres” (incluso si sus acciones a menudo son anticonstitucionales) y, sobre todo, indignarse ante la presencia de gays, lesbianas y trans en los espacios públicos, la representación social y la industria cultural.

A menudo el falso radicalismo contra lo políticamente correcto encubre también el liso y llano repudio contra los cuerpos y las sexualidades racializadas, constituyendo así la subsistencia del racismo en nuestra época poscolonial. Es usual en este discurso del repudio desplegar una estrategia doble: i) tiene un momento defensivo: presenta al sujeto dominante como si fuera la víctima de un tiempo injusto (“ya no se puede bromear de nada sin ofender a alguien”, “los heterosexuales somos minoría”, “hay un racismo inverso que se aplica sobre nosotros los blancos”, “también a los hombres nos matan”, “los norteamericanos y europeos somos víctimas de un genocidio cultural que borra nuestras memorias del mundo”), pero ii) esa actitud acorazada y victimista encubre en realidad un despliegue ofensivo: su lenguaje es siempre un llamado a la acción, como ha ejemplificado Marie Le Pen en sus posturas antimigrantes y Jair Bolsonaro con su política antiderechos en Brasil.

El ultraconservador de nuestros días se presenta típicamente como una minoría desvalida que, en realidad, ha alcanzado puestos de representación y ejercicio del poder público para desmantelar todas las estructuras de bienestar y seguridad social, así como los derechos sexuales y reproductivos. Tras el semblante defensivo debemos encontrar el núcleo obsceno de la violencia (para)institucional de los gobiernos representativos en el mundo, ¿a qué causas responde este giro a la derecha que caracteriza el malestar en la democracia contemporánea?

2. Posliberalismo, iliberalismo y la forclusión de lo político

A menudo se explica el alarmante ascenso de la extrema derecha por dos razones asociadas: i) el contexto posliberal de le economía-mundo, vale decir, el hecho de que los marcos propuestos por la economía neoclásica han entrado en crisis debido a los espectaculares rescates financieros de empresas privadas practicados por los principales gobiernos en países capitalistas, así como el ascenso de nuevos competidores hegemónicos provenientes de Asia, como Rusia, India y China, que con sus modelos de economía mixta han logrado una presencia mayoritaria en los mercados americanos, por ejemplo. El hecho de que las deudas privadas sean solventadas con dinero público, no sólo contraviene uno de los principales dogmas del neoliberalismo sino que a duras penas ha sido eficaz en el control de daños: el pleno empleo ha decrecido incluso en los Estados Unidos.

Esto, se dice, ha dado pie a la segunda razón: ii) la formación de un presente iliberal, es decir, la crisis orgánica de las doctrinas y políticas económicas asociadas con la economía neoclásica ha marcado un nuevo contexto social donde las fuerzas políticas se alinean con posturas regresivas y neoconservadoras, como la defensa del nacionalismo, de la economía restringida o cerrada y de los viejos valores coloniales que retornan, como todo lo reprimido, con nuevos ropajes.

En este sentido, Trump, Bolsonaro y Macri no sólo mostrarían el fracaso del liberalismo, sino que serían figuras políticas que impugnan precisamente el marco analítico del liberalismo neoclásico y representan un repliegue sobre sí mismo del capitalismo occidental. Ambas explicaciones suponen la misma respuesta: ¿cómo podremos salir de la crisis orgánica del presente posliberal e iliberal? “¡Con más liberalismo!”, se dirá. La falencia de esta postura es palpable: el dogma del libre mercado permanece incuestionado. En su lugar, debemos considerar que han sido precisamente las condiciones generadas por las sucesivas privatizaciones y el retroceso de los derechos sociales –el ascenso de la incertidumbre en palabras de Robert Castel (2012)– las que han sentado las premisas materiales del triunfo político de figuras perfectamente iliberales como la triada de mandatarios citada anteriormente. En más de un sentido, Trump, Bolsonaro y Macri son el resultado de la programática aplicación del adelgazamiento del Estado, del anarquismo de los mercados competitivos (Nozick, 1988) y la destrucción de los derechos sociales. La pregunta permanece: ¿a qué podemos atribuir la emergencia de procesos regresivos en la democracia?

Si tras el fin de la Guerra Fría, luego de los neoconservadores metarrelatos sobre el fin de la historia (Fukuyama, 1992), el carácter tecnocientífico de las principales democracias, la cada vez más acentuada interdependencia de los mercados hegemónicos y el conflictivo surgimiento de los Estados poscoloniales nos llevó a suponer que, en adelante, la democracia sería multicultural; actualmente estamos asistiendo a una fuerte crisis de esta variante del pacto social. No sólo desde las versiones comunitaristas se ha impugnado el componente “multicultural” de los gobiernos representativos, sino que en la práctica las decisiones gubernamentales impulsadas por la derecha han renunciado absolutamente a este componente.

Es importante notar que tal renuncia se expresa de manera acentuada en los Estados que practicaron activamente la política de expansión colonial. Así, el Brexit del Reino Unido se hace eco del resurgimiento del lepenismo y su fascista llamado a la “acción nacional” del cierre identitario contra la presencia de la diáspora norafricana en Francia. En Estados Unidos resulta alarmante que, luego de años de silencio, el Ku Klux Klan haya marchado públicamente tras el triunfo electoral de Trump, quien con su retórica defensiva del Muro antimigrante nos muestra el carácter defensivo de las soberanías amuralladas que describe Wendy Brown (2015). Precisamente la politóloga estadounidense ha desarrollado una teoría crítica del neoliberalismo, apoyada en las intuiciones foucaultianas, mostrando que no se trata solamente de un programa económico sino de una forma de racionalidad que, entre otras cosas, ha llevado la lógica económica a la gestión del Estado, desplazando la lógica política por un modelo gerencial de gobernanza y resolución técnica de conflictos (Brown, 2017).

En este sentido, el neoliberalismo ciertamente es una forclusión de lo político, del factor del antagonismo y del conflicto entre posiciones que alimentan la dinámica democrática de las sociedades. Sin embargo, el carácter constitutivo del antagonismo político no puede ser neutralizado por mucho tiempo y, en su lugar, retorna violenta y pulsionalmente en el repudio contra los movimientos que buscan radicalizar la democracia en un sentido redistributivo (Butler y Fraser, 2017; Mouffe, 1999). No obstante, Trump y Bolsonaro han reinsertado la lógica del antagonismo al identificar al “comunismo”, al “mexicano” y a la “ideología de género” como el enemigo –rompiendo radicalmente con el agonismo liberal. ¿serán éstas las únicas maneras de reactivar la dinámica conflictiva de lo político o podemos aspirar a formas democráticas de gestión del conflicto provenientes de la izquierda?

3. Rendición de cuentas: violentos pasados

Para insistir en el diagnóstico, resulta muy claro que formaciones regresivas como Vox y el lepenismo contrastan con la dinámica de partidos políticos tradicionales como el PP o incluso de figuras como Nicolás Zarkozy, más inclinados hacia la tecnocracia. Mientras las derechas tradicionales acatan groso modo la tendencia a ubicarse en el respeto nominal del institucionalismo parlamentario, el constitucionalismo o el marco formal del estado de derecho, esa “convergencia en el centro” –en la que las izquierdas partidistas se ven desdibujadas- está siendo minada sistemáticamente por el decisionismo político de la extrema derecha.

Ahí donde han triunfado electoralmente, los gobernantes actúan abiertamente en contra de los derechos humanos, como hace Trump con su política migratoria en la frontera norte o Bolsonaro al estimular a los estudiantes a delatar a profesores con tendencias izquierdistas, y rompen expresamente el marco del estado de derecho por su personalismo autoritario. Donde el ejecutivo no tiene ese margen de maniobra, imprime un giro gerencialista y administra al Estado como una empresa, como sucede con Macri en Argentina. La persistencia de la corrupción en la videopolítica contemporánea, como han ejemplificado los casos de Odebrecht, que involucran a los gobiernos de las más diversas posturas, no bastan para explicar el triunfo de los golpes de Estado suaves que, en Brasil por ejemplo, permitieron que la extrema derecha usara el sistema jurídico para deponer anticonstitucionalmente el gobierno de Dilma Roussef y encarcelara a Lula da Silva. La corrupción, como muestra la paulatina conformación de la economía-mundo, es sistémica al desarrollo del capitalismo; le es funcional y altamente rentable. Mucho menos se puede atribuir el triunfo de la extrema derecha en las democracias contemporáneas al uso de las redes sociales, o a la manipulación de las masas.

Si bien el desempleo, la precarización del trabajo y el encarecimiento de la canasta básica son factores de relevancia, hay una clave más determinante que explica el auge de la extrema derecha en Latinoamérica y Europa: la incapacidad de los gobiernos representativos de establecer una condena efectiva, un rechazo político y un repudio social del autoritarismo que fue constitutivo de su pasado. Esta incapacidad, soterrada por el discurso de la amnistía o la superación del pasado de oprobio, ha impedido que las estructuras democráticas cobren una vida verdadera y real, capaz de enfrentarse a las fuerzas abiertamente antidemocráticas que perviven en su seno.

En el caso de Europa, el rechazo del reconocimiento público de la violencia de la incursión colonial en África, Asia y América, pese a las disculpas públicas que algunos gobiernos individualmente han llevado a cabo, constituye el marco cultural a partir del cual posturas como la de Vox o Le Pen cobran sentido dentro del orgullo chovinista de sus militantes. La cuestión de la justicia restaurativa en el contexto poscolonial es, por ello, más indispensable hoy que nunca. La provincialización de Europa no ha dado lugar al desmantelamiento de la colonialidad del poder (Quijano, 1992), que es un patrón de dominio de larga duración dentro del sistema-mundo moderno/colonial, como demuestra la postura del director del Musée de l’homme; quien, luego del incendio del Museo Nacional de Río de Janeiro, declarara: “El tercer mundo se queja mucho del colonialismo, pero eso nunca le habría pasado al Museo Nacional de haber estado aquí (en París)”. La falta de una impugnación activa, política y social del relato colonial no sólo forja políticas tutelares sobre el patrimonio cultural de los países del Sur global, sino que impide el reconocimiento de su propia vulnerabilidad y la necesidad de una cooperación multilateral, como el incendio de Notre Dame demostró.

Para el caso de la América Latina, la dificultad que enfrentan los Estados para encarar públicamente la herencia de las dictaduras militares del Cono Sur ha sido uno de los principales obstáculos para la consolidación de la dinámica democrática y los afanes de radicalizarla en un sentido igualitario. Así, países como Chile, Argentina, Paraguay y Brasil, por mencionar algunos, no sólo no han logrado hacer rendir cuentas a los perpetradores de la violencia política y del terrorismo de Estado, sino que tampoco han logrado derrotar democráticamente a las fuerzas que a viva voz claman por un retorno de la dictadura militar.

El hecho de que Bolsonaro considere seriamente conmemorar el golpe de Estado, es un claro signo de que las pulsiones autoritarias están lejos de haberse extinguido y que permanecen como una tendencia social en el Brasil contemporáneo. El hecho de que otras naciones, como Colombia y el Perú, que han votado por opciones políticas que se niegan a establecer procesos de paz paulatinos en la región o bien se niegan a ajustar cuentas con las herencias de las gestiones neoliberales del pasado –como el fujimorismo- son también muestras de lo mucho que nos hace falta para transitar hacia una construcción radicalmente democrática en la región. En este sentido, la extrema derecha no sólo desmantela las estructuras democráticas dentro de los aparatos de Estado sino que mina la función misma del Estado para la construcción democrática. La falta de rendición de cuentas por los crímenes de Estado y la violencia política de las dictaduras de la región es un factor clave del triunfo de los extremismos ultraconservadores, incluso es más determinante que la atribución del éxito electoral de estos por causa de sus alianzas con los sectores evangelistas.3

4. ¿Posliberalismo en México?

México, como en otras ocasiones, parece ser una contratendencia al giro hacia la derecha que caracteriza a los países estratégicos de la región. Al menos el reciente triunfo electoral de la izquierda partidista así lo sugiere. Recientemente el presidente Andrés Manuel López Obrador declaró que el neoliberalismo había llegado a su fin con su gestión, lo que dio lugar a una serie de reflexiones acerca de la verosimilitud de dicha declaración. Hay buenas razones para tomarla con prudencia, dado que es imposible que el sexenio que recién comienza pueda revertir más de treinta años de programas económicos que han profundizado la brecha de desigualdad palpable en el país.

Por otra parte, el hecho de que la actual administración no se haya distanciado efectivamente de los proyectos extractivistas que perjudican a los derechos de los pueblos originarios es un claro signo de que las izquierdas en el gobierno no han logrado satisfacer adecuadamente las demandas de los movimientos sociales antisistémicos de la región. Así ha ocurrido en Ecuador, así sucede en Bolivia actualmente.

Pese a importantes avances en materia constitucional, la protección a líderes indígenas y defensores de derechos humanos no ha estado a la altura de los mandatos populares que llevaron a los gobiernos progresistas al poder.

En este sentido, ni todos los ceremoniales ancestrales que buscan ungir al presidente ni toda la retórica acerca del buen vivir de las izquierdas al gobierno bastarán para transformar radicalmente la realidad.

Entretanto, la militarización de la estrategia de seguridad sigue profundizándose, en lugar de retroceder. Esta prolongación de la trayectoria de los gobiernos de derecha en México no es un buen indicio para transitar a un proceso de pacificación ni de justicia transicional, como se había anunciado en reiteradas ocasiones durante la campaña presidencial del candidato de las izquierdas. No obstante, un aspecto positivo ha sido el regreso a una política exterior independiente de las presiones de Estados Unidos, que, a través del Grupo Lima, presionó a sus aliados en la región para reconocer el grosero golpe de Estado que impulsaba en Venezuela por medio de Guaidó. El hecho de que, pese a la inestabilidad interna del régimen poschavista, la intentona fracasara, deberá brindar valiosas lecciones políticas para los procesos de democratización interna de las izquierdas en el poder. Después de todo, no viviremos en un tiempo posliberal hasta que la izquierda no esté en condiciones de radicalizar las narrativas democráticas y competir adecuadamente por la hegemonía en esta compleja globalización.

* Donovan Adrián Hernández Castellanos (@Donovan97332328) es activista, escritor y profesor de filosofía y ciencias políticas en las universidades Ibero y La Salle. También es parte del consejo académico de Cultura DH.

 

Bibliografía:

Brown, Wendy, 2015, Estados amurallados, soberanía en declive. Barcelona, Herder.

2017, El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo. México, Malpaso.

Butler, Judith y Nancy Fraser, 2017, ¿Reconocimiento o redistribución? Un debate entre marxismo y feminismo. España, Traficantes de sueños.

Castel, Robert, 2012, El ascenso de las incertidumbres. Trabajo, protecciones, estatuto del individuo. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Fukuyama, Francis, 1992, El fin de la historia y el último hombre. México, Editorial Planeta.

Mouffe, Chantal, 1999, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Buenos Aires, Paidós.

Nozick, Robert, 1988, Anarquía, Estado y utopía. México, Fondo de Cultura Económica.

Quijano, Aníbal, 1992, “Colonialidad y modernidad/racionalidad”, en Perú indígena, vol. 13, no. 29, Lima.

 

Disponible aquí.

Disponible aquí.

Los evangélicos, como muestran Alfonso Ropero y Nicolás Panotto, fueron empleados como un ariete contra la teología de la liberación en América Latina. Actualmente se alinean con la derecha y comparten una agenda mínima, que incluye fundamentalmente la defensa de la familia tradicional y la lucha contra el aborto. Disponible aquí. La vacuidad en los esquemas ideológicos de las actuales derechas no debería distraernos de lo fundamental: su insistencia en las políticas neoliberales. A pesar de ello, los neoconservadores de hoy deben defender sus posturas tradicionalistas en un contexto posconvencional, donde se encuentra la posibilidad de derrotarlos en términos intelectuales y culturales.

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