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La liberación de las mujeres: la gran mentira capitalista
Lejos de liberar a las mujeres, su ingreso al ámbito laboral asalariado garantizó una explotación organizada y sistematizada. La fábrica y los talleres de confección de la industria indumentaria en nuestro país es prueba de ello, como se ha documentado desde el terremoto del 19 de septiembre de 1985.
Por Daiset Sarquis
19 de septiembre, 2021
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Después del terremoto de 1985 surgió la Unión de Costureras en la Lucha, uno de los ejemplos más emblemáticos de una lucha conjunta en la cual no solo se exigían derechos laborales, sino que, como costureras, se exigían los derechos de mujeres asalariadas.

¿Tiene género el oficio? Al hablar de costura, hablamos de mujeres; la vestimenta siempre se ha relacionado con el trabajo de casa y los cuidados de la familia. Además, culturalmente la costura, el tejido y el bordado han quedado por lo general en manos de las mujeres. El terremoto del 85 develó que el oficio de costurera, además de las largas jornadas de trabajo que implica la fábrica o taller de producción, en este país se ejercía en condiciones indignas.

En los talleres clandestinos y fábricas pequeñas del centro, los baños estaban cerrados con candado para promover la productividad, no se les proporcionaba agua; además los encargados cronometraban el tiempo por pieza y de no cumplir la cuota, se les sancionaba. Las costureras no tenían derecho a descanso ni horario de comida, su salario era por debajo del mínimo, y como práctica común y para mantener el orden se les ponían multas altas y sufrían de despido sin explicación o justificación.

Decenas de estos talleres se derrumbaron durante el sismo gracias a que los predios no estaban diseñados para contener la pesada maquinaria. Cientos de costureras murieron al no poder salir, pues para prevenir robos las puertas estaban encadenadas. Como protesta, un gran número de costureras acamparon por días junto a lo que había sido su lugar de trabajo, exigiendo algún tipo de indemnización; algunas de ellas únicamente pedían que se les pagaran sus horas ya trabajadas.

De esta protesta surgió la consigna “una costurera vale más que toda la maquinaria del mundo”, ya que cuando por fin, después de días, los dueños de las fábricas comenzaron a llegar al sitio acompañados por el ejército, no fue para dialogar con las manifestantes, tampoco fue para ayudar a sacar los cuerpos de las víctimas, sino para salvar lo que se pudiera de la maquinaria entre los escombros.

La Unión de Costureras en la Lucha dio lugar al primer sindicato creado por mujeres: el Sindicato Nacional de la Industria de la Costura y la Confección 19 de Septiembre. Esto garantizaría que las trabajadoras tuvieran contratos donde se delimitarían los horarios de trabajo, de descanso, el salario por horas, vacaciones, permiso por maternidad, etcétera.

El Sindicato de Costureras hoy se analiza como uno de los movimientos sociales reformadores de este país, que nació además a la par de otras luchas de colectivos feministas. La posibilidad de organizarse entre mujeres por la exigencia de derechos laborales básicos nos llenó de esperanza. Se podía trabajar en conjunto y poner al sistema en crisis; había una lucha organizada encabezada por trabajadoras.

Por ello, cuando en el 2017 se derrumbó una vez más un taller de producción de indumentaria en la calle de Chimalpopoca, en el centro, fue devastador descubrir que las condiciones eran por mucho peores que treinta años atrás. De alguna forma, las fábricas de costura habían encontrado maneras de operar nuevamente desde la ilegalidad, amparándose con acuerdos desleales con gobiernos estatales, llevando a cabo prácticas que evitaban la creación y afiliación a sindicatos, u operando de manera clandestina.

En el taller de Chimalpopoca ya no era necesario contabilizar a las trabajadoras el tiempo de producción por prenda, ahora simplemente se les pagaba a destajo. Además había cámaras que ayudaban a desincentivar la socialización y para evitar las prestaciones legales se les hacían contratos por semana o trabajaban sin contrato, ya que muchas de ellas eran inmigrantes. Activistas y reporteros cuentan cómo al llegar al sitio, la familia dueña de la fábrica ofrecía dinero, ya no para salvar alguna maquinaria entre los escombros, sino para encontrar archiveros con documentos contables.

Después de décadas de lucha y en el marco de la Revolución Inglesa, las mujeres por fin tuvieron acceso al trabajo asalariado. Junto con el sufragio parecía la victoria anhelada, sería su entrada no solo al ámbito laboral, sino al espacio público, la oportunidad de salir de casa y muchas veces, dejar el campo. El acceso al mundo laboral se leía como sinónimo de libertad. Al fin las mujeres ganarían su propio salario, no dependerían de un esposo que alimentara a la familia, pero sobre todo en estas nuevas ciudades, vistazos del futuro, serían partícipes de la construcción del nuevo mundo.

En la historia de las mujeres, este momento se conmemora como uno de los primeros y más grandes logros hacia el camino por la igualdad y, sin embargo, así como la llamada liberación sexual, doscientos años después sabemos que esto dio inicio a otra forma de opresión, una más organizada y sistematizada.

En la fotografía en blanco y negro vemos a tres mujeres dentro de una fábrica rodeadas por maquinaria, una de ellas sujeta un torno mientras sonríe a la cámara. Cabe preguntarse, ¿quién cuida de sus hijos?, ¿quién lava la ropa en casa?, ¿quién hace la comida, va al mercado, cuida de los enfermos?, ¿quién lleva a los abuelos al médico? La integración de las mujeres al mundo asalariado significó lo que hoy conocemos como su triple jornada laboral, en la cual necesitan dos trabajos, a menudo uno más informal que otro, además de sus labores en la casa.

Si la mujer que ahora trabaja no puede cuidar de sus hijos, son sus hijas las que cuidan de sus hermanos menores, o su madre que cuida de sus nietos; una cadena de mujeres que, en nuestro sistema, empleamos y responsabilizamos de los cuidados y los afectos desde la infancia hasta la vejez. “Tengo que llegar a dar de cenar”, dice una señora apurada porque no puede entrar al vagón del metrobús por la cantidad de gente, son las 8:00 pm, esto es una realidad normalizada en nuestro país.

Históricamente la lucha de las mujeres se ha unido a la lucha de clases, argumentando que ésta es la opresión primordial y antes que otra cosa es necesario alcanzar la igualdad social. La historia de las revoluciones nos muestra mujeres aliadas y en la trinchera que sacrificaron su lucha en contra de su propia opresión por apoyar una causa mayor.

Olympe De Gouges, revolucionaria francesa, fue guillotinada por escribir la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana; a las adelitas que durante la Revolución en México fungieron como espías, enfermeras, cocineras, soldaderas, una vez terminada la lucha se les exigió volver a sus deberes domésticos sin haber alcanzado un solo derecho para ellas, no eran consideradas ni siquiera ciudadanas. Algo similar ocurrió con las activistas en Estados Unidos que lucharon contra la esclavitud y estos son solo algunos de los ejemplos que conocemos.

Cuando los primeros economistas, interesados en evidenciar los esfuerzos dentro de un intercambio comercial, se preguntaron qué tuvo que haber pasado y quiénes estuvieron involucrados para que ese plato de sopa llegara a su mesa, descubrieron la labor del carnicero, del ganadero, del campesino, del transportista, pero olvidaron que esa materia prima fue transformada por las manos de una mujer, que convirtió verduras, trozos de carne y agua en un guisado.

Marx no solo habló de la desigualdad como resultado de las condiciones económicas materiales. Cuando define plusvalía, describe además que ésta se produce debido a que el obrero no recibe el valor real que cuesta convertir esa materia prima en producto. El capitalismo depende de ese valioso momento en la cadena de producción, aquél en que la materia se convierte en producto de consumo, o en otras palabras cuando una tela se vuelve vestido. Curiosamente, a pesar del minucioso análisis que hace de la cadena de producción, Marx pasó por alto el valor del trabajo de las mujeres. Como señala Heidi Hartman en su célebre artículo “Marxismo y Feminismo, un matrimonio mal avenido”, el marxismo es ciego al sexo y por tanto al sistema patriarcal.

Una de las necesidades del capitalismo, para reproducirse material y subjetivamente, es la precarización del trabajo y la explotación de las mujeres, así como el desplazamiento forzado y el control del territorio. Las mujeres son obligadas a ir donde hay trabajo, lugares lejos de su familia y de su comunidad y de esta forma quedan vulnerables y aisladas, dispuestas a aceptar cualquier condición a cambio de un salario.

Es importante reconocer que en nuestra sociedad, la libertad que parecen haber adquirido las mujeres en el ámbito laboral no es sino una simulación en la cual la presencia de opciones se confunde con el derecho a decidir la forma de un ingreso, o la elección de un oficio. La gran mayoría de las mujeres en este país, no tienen elección en cuanto a trabajo se refiere. Ejemplos hay muchos, pero basta nombrar a las mujeres migrantes en busca de trabajo, que toman anticonceptivos meses antes de comenzar el trayecto, pues saben que no solo su vida corre peligro, sino invariablemente serán violadas en el camino.

Otro ejemplo es la falsa idea de que una mujer elige en libertad prestar su vientre para que sea subrogado y cede los derechos de ser madre a cambio de una paga. Como pregunta de manera atinada Silvia Federici: “¿De quiénes serán los vientres de alquiler, y en qué circunstancias de vida, muchas mujeres tomarán esta decisión?”. Cada día es más evidente que en un sistema en donde quien paga manda, los cuerpos y las vidas se compran y se venden, pero: ¿de quiénes son esos cuerpos y qué vidas son vendidas?

Hoy podemos comprobar que la conquista de las mujeres por el trabajo fuera de la casa no pudo deslindarse de la impronta neoliberal y la violencia institucional que incrementa día con día debido a la exacerbación de la acumulación de capital. Lejos de libertad y emancipación, el ingreso de la mujer al mundo laboral asalariado trajo consigo un modo de esclavización más sistemática y organizada, lo que antes mencionamos como la triple jornada laboral, ya que no pueden desatender sus otras funciones del hogar, las no remuneradas, como el cuidado de los ancianos, niños y enfermos.

Cuando el presidente Felipe Calderón declaró en 2006 que sería un sexenio que beneficiaría a las mujeres pues se abriría un nuevo programa de estancias infantiles o guarderías, reiteró el equívoco de que la crianza por alguna razón, beneficia y corresponde solo a ellas. Olvidamos que el trabajo de crianza y de reproducción, en un sistema de consumo, beneficia en primera instancia a la clase empleadora pues garantiza la fuerza de trabajo. En términos de este orden capitalista, las mujeres preparan a la clase laboral para que pueda cumplir con su deber y salgan a trabajar todos los días. Cabe la pregunta entonces, ¿por qué es un asunto que compete únicamente a las madres?

A partir de lo que Rita Segato llama las “anatomías preestablecidas”, conforme a las cuales asumimos que existen rasgos de la femineidad y de la masculinidad que se asocian al buen cumplimiento de ciertas tareas, el oficio tiene género. Gracias a la jerarquía que ocupan las profesiones en la organización social que hemos construido, los trabajos de las mujeres, incluyendo el de la crianza, son los menos valorados y remunerados.

Ya hemos escuchado múltiples ejemplos: si una mujer cocina por lo general no es chef sino cocinera; si posee los saberes ancestrales de la medicina de su comunidad, no es médica, es curandera. La fábrica y el taller de costura son lugares donde se ponen en evidencia, además del género de los oficios, sus jerarquías. En los talleres de confección en nuestro país no hay sastres, hay costureras que difícilmente ocuparán puestos tales como encargadas del piso, cortadoras, contadoras, etcétera. El eslabón más bajo de la cadena de producción de la industria es el de la confección; es además el que más riesgos de salud y de seguridad conlleva.

En su informe en el 2020 “Una mirada desde los datos cuantitativos y cualitativos a la industria indumentaria en México”, Fundación Avina investigó las condiciones laborales en la industria para entender la relación de las maquilas con la salud pública, la seguridad y los derechos humanos, entre otras cosas. Durante dos años y a partir del análisis de datos duros y entrevistas de campo, se determinó que la industria de la confección es la que más mujeres emplea en México y que, comparada a otros ámbitos manufactureros, es la que ofrece menos prestaciones, peores salarios, y donde la brecha de género se agrava.

El informe establece, además, cómo y cuáles son las prácticas de contratación que se benefician de la precarización de la vida de las obreras. Existe un perfil demográfico perfectamente identificable por las grandes maquilas que buscan contratar a mujeres jóvenes que no piensan en la jubilación y con un grado de educación corto, ya que esto asegura que no van a exigir más pues asumen que no encontrarán trabajo en otro lado por falta de preparación.

Los empleadores también buscan mujeres jefas o líderes de familia –familias monoparentales–, por lo que ellas son quienes sostienen la casa y quienes llevan el único ingreso económico, esto promueve el autoempleo o el trabajo desde casa, la paga variable y el pago a destajo sin contrato. La opción de renunciar se convierte en un lujo y de esta forma las fábricas logran bajar al mínimo el costo de producción y aumentar significativamente la ganancia por utilidad de su mercancía.

Otros datos importantes que arroja el informe es que menos de la mitad de las mujeres empleadas tienen contrato; solo el 0.5 pertenecen a un sindicato y es la industria manufacturera la que permite mayor informalidad, dado que las obreras pueden trabajar desde casa y al distanciarse de la empresa o del lugar de trabajo los derechos laborales se van vulnerando y borrando. Las trabajadoras muchas veces no saben las características de su relación con las empresas, desconocen cómo acceder a sindicados, reclamar prestaciones, exigir un contrato, etcétera.

Los resultados del informe nos confirman que existen muchos ejemplos donde, si los empleadores sospechan que comienzan a darse indicios de una organización sindical, prefieren cerrar los talleres de confección y moverlos de lugar, pues esto es más barato que contratar a todo el personal de manera legal.

La cadena de consecuencias no es poca. En temas de salud las costureras suelen tener problemas de riñones por no ir al baño a tiempo, enfermedades respiratorias por los químicos que utiliza la maquinaria y padecimientos de articulaciones por la repetición del movimiento. En temas de seguridad, el informe también echa un vistazo a la relación entre la industria y los homicidios. Es bien sabido el riesgo que corren las obreras durante los trayectos del trabajo a casa. Y en cuanto a la crianza se refiere, vemos una vez más el modelo de niños y niñas al cuidado de niñas.

La maquinaria compleja mediante la cual se transforma la materia en bien consumible; requiere, en este país, del trabajo de muchas mujeres. Gracias a que el sistema se beneficia de las condiciones de empobrecimiento de las obreras y sobre todo de su deber y labor en casa, el problema de éstas en el ámbito laboral no solo es de discriminación, desigualdad e inclusive opresión, es muchas veces de explotación y esclavitud.

Si la precariedad y la sobre carga de trabajo que ya tienen las mujeres gracias a las responsabilidades invisibilizadas del cuidado de otros resultan tan lucrativas en este sistema, no podemos hablar de libertad en cuanto a oficio y profesión se refiere. Lejos de liberar a las mujeres, su ingreso al ámbito laboral asalariado garantizó una explotación organizada y sistematizada. La fábrica y los talleres de confección de la industria indumentaria en nuestro país es prueba de ello.

* Daiset Sarquis es investigadora y gestora cultural. Cuenta con una maestría en arte y otra en literatura latinoamericana. Tiene más de doce publicaciones académicas acerca de escritoras latinoamericanas contemporáneas. Escribe para revistas sobre la producción de mujeres artistas, escritoras y feminismos. Sus últimos artículos han sido publicados en Revista con la A, Código DF, Washington Post y Este país. Actualmente forma parte de Cultura DH, instituto de estudios en cultura de Derechos Humanos, como asesora e investigadora. Hoy día es gestora del proyecto Malinche-Malinches (@MMalinches) en el Museo Universitario del Chopo.

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