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La pandemia y la guerra
Somos 7,800 millones de pobladores en el mundo; podemos darnos el lujo de perder un millón, sin el menor rasguño demográfico. Esta es la lógica explícita de muchos líderes nacionalistas y sus seguidores, que lo piensan, aunque no lo digan.
Por Marcos Aguila
19 de agosto, 2020
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En la Guerra se trata de matar.

Se trata de matar por montones.

Vence el que mata a más enemigos.

 

Estas tres líneas las escribió Elías Canetti (1905-1994), el escritor búlgaro ganador del Premio Nobel en 1981, en su denso libro Masa y Poder. En las guerras tradicionales entre estados, son los pueblos, instigados y vestidos de uniforme, los que protagonizan las matanzas mutuas. Ellos ponen los primeros muertos, pero no son los únicos. La población civil extiende el círculo de la matanza en ciudades y zonas cercanas a las batallas. Por lo general, los primeros combatientes caídos son jóvenes soldados de línea (atacantes y defensores), a los que se añade la población en riesgo, de todas las edades, por efecto de la destrucción circundante. Los civiles son atacados por enfermedades, carencias, escasez de alimentos, dentro y fuera de casa. La mortandad no es homogénea. Al mismo tiempo que a la gente, la guerra apunta a la infraestructura y capacidad productiva del enemigo. Muere entonces también una parte de la capacidad económica instalada, parte del progreso material de los países o coaliciones. Mueren hombres y mueren capitales. La economía de cada uno de los frentes se pone en tensión extrema. Son la fortaleza económica y la moral más sólida, en buena medida, las que deciden la victoria, misma que se traducirá en conquistas territoriales, subordinación política y beneficios materiales para el vencedor. Ocurren entonces reparaciones y rapiña, con frecuencia bañada de sangre. Hay violaciones de mujeres y vejaciones a símbolos patrióticos del vencido. Raras veces los soldados victoriosos son magnánimos.

I

En la actual pandemia, otra forma de guerra, las cosas aparecen algo diferentes, a veces invertidas, pero los montones de muertos están allí. En teoría, la nueva guerra se presenta entre el mundo entero, en contra del COVID. El virus debe ser extinguido, pero éste es huidizo, extremadamente volátil y capaz de autorreproducirse sin parar con cada nuevo ser humano que ataca; tanto, que ya dio la vuelta al mundo, por tierra, mar y aire, de mano en mano, en conversaciones, tocando objetos. Ha conquistado el mundo en unos meses. Hoy, se aloja lo mismo en un restaurante en Nueva York, que en otro en Rio de Janeiro, en Buenos Aires o Bombay. La globalización es su elemento. Viaja por los transportes colectivos de todo el mundo, circula por sus mercados, va o iba al cine, disfruta de vacaciones en Cancún o asiste o asistía a eventos deportivos en Los Angeles o Madrid. Va a escuelas elementales y a universidades. Por ello, los restaurantes, los transportes colectivos, los aviones, espectáculos, playas, estadios, escuelas, están parados, o casi, por todo el mundo. El virus prolifera mejor allí donde la gente se hacina en barrios y viviendas sin servicios, donde no hay agua potable y el contacto humano es inevitable, en cocinas, pasillos y cuartos con cuatro o más camas.

En esta guerra, los frentes de batalla dan la impresión de emboscadas permanentes, traicioneras, sin tregua ni pausa. El perfil de la mortandad se presenta invertida a la de la guerra militar: mueren más los viejos. Niños y jóvenes resisten con éxito, aunque a menudo son el vehículo de transmisión más artero. El frente de batalla de la nueva guerra tiene su localización más dramática en el sistema hospitalario. La eficiencia de los sistemas de salud nacionales se ha puesto a prueba, a semejanza de la guerra militar, sólo que a una escala sin precedente. Hay menos sangre que en las guerras tradicionales. La enfermedad provocada por el virus es interna. Los ejércitos de médicos, enfermeras, camilleros y empleados de salud en general son los héroes por reconocer. Ellos ponen su propia cuota de muertos. Sin fronteras.

II

A inicios de agosto, había algo más de 19 millones de personas infectadas en el mundo, y la cuota de muertes confirmadas alcanzaba las 700 mil. Su ritmo ha sido exponencial, y como existe una notable divergencia entre el número de muertes oficiales y las reales, es seguro que se ha rebasado la cifra mítica del millón de muertos. Canetti, obsesionado con el análisis de la muerte, describe así el fenómeno de la acumulación de muertos: “Se empieza contando los muertos… Ciudades enteras y paisajes pueden hacer duelo como si todos sus hombres hubieran caído. Pero cuando han caído 11,370 intentarán eternamente redondear el millón”.

Al día de hoy, las cifras de los muertos de los estados dan la pauta de la derrota o victoria relativas frente al virus, ya que, objetivamente, este no puede exterminarnos. Así las cosas. Los países de peor desempeño en la pandemia, en proporción a sus montones de muertos son, al día de hoy: Estados Unidos, Brasil, México, Inglaterra e India. Un coctel heterogéneo (dos países desarrollados, tres atrasados), pero no puede eludirse apuntar el perfil bonapartista, así sea de signo distinto, de sus gobiernos. Si nos atenemos a la experiencia de la Gran Depresión de los años treinta, a la que se alude con frecuencia en estas fechas, es probable que la inclinación ideológica de la mayoría de estos gobiernos cambie al signo opuesto cuando la tormenta pase. Así ocurrió entonces en varios países de América Latina. Pero el contraste más agudo, respeto de victorias y derrotas, es el de los Estados Unidos y China. Estados Unidos contabiliza más de 160 mil muertes y supera los 5 millones de contagios. China reporta 4,600 muertos y sólo 88 mil contagios. Si se piensa en sus poblaciones nacionales respectivas, los números de China son minúsculos. Su victoria es abrumadora. El mapa de Estados Unidos está colonizado por COVID, el de China parece confinado. Ello abona a las teorías conspirativas respecto al origen del virus, y deja abierta una rendija a la bravuconería de Trump y la trampa de un nacionalismo supremacista y excluyente.

Somos 7 mil ochocientos millones de pobladores en el mundo, y contando. Podemos darnos el lujo de perder un millón, sin el menor rasguño demográfico (siempre que no sea yo, se razona). Fue la lógica explícita de Bolsonaro, y la de muchos otros líderes nacionalistas y sus seguidores, que lo piensan, aunque no lo digan: Que los muertos sean chinos (donde hay tantos), que sean negros (tan rencorosos), que sean latinos (tan ladinos), o simplemente pobres (que nada aportan a la sociedad). De hecho, en comparación con otros episodios históricos de mortandad, los montones de muertos actuales son ridículos. Se estima que la oleada de la peste de 1347 a 1353 dejó 75 millones de muertos. La influenza “española”, entre 1918 y 1920, 50 millones, y si sumamos las bajas de la I y II Guerras mundiales, 77 millones, número cercano a la de la peste. Mas si estas cifras se comparan con la población en riesgo (abrumadoramente europea) de cada época, la proporción varía sobremanera. La peste se engrandece muchísimo. Si se estima en 150 millones la población afectada en el siglo XIV, ello hace que la probabilidad de muerte fuera de casi del 50 por ciento. Durante la influenza española, las muertes, comparadas con la población en riesgo de Europa y América, alcanzan una proporción del 7 por ciento. Y si se estima el impacto de la I y II Guerras, llamadas “mundiales”, dicha proporción alcanza un 12%, proporción cercana al saldo de la Revolución Mexicana, que duró una década. En cambio, un millón de muertos por COVID contra 7 mil 800 millones de personas, es estadísticamente insignificante.

III

No obstante, la pandemia ya ha desembocado en una crisis económica global. A diferencia de las guerras tradicionales, cuya consecuencia evidente es la destrucción material de la economía (y la contracción de la oferta laboral por los que van a la batalla o mueren), en el caso de la pandemia la “destrucción” provino de la parálisis inducida detrás de la inocente consigna: Quédate en casa, Stay home, Restate a casa, Reste à la maison… en todos los idiomas, acaso la consigna más eficaz jamás pronunciada, en clave, a una huelga general. Huelga por la vida y, contradictoriamente, contra la economía. Un “coma inducido”, como sugirió Paul Krugman. No podemos estimar aún la magnitud de la destrucción en el volumen de capital. Como en las guerras militares, también en la actual, el protagonista fundamental es el estado, y su manera de intervenir es financiando áreas como el socorro a los desocupados, créditos a las empresas, e inversión en infraestructura médica, todo ello al mismo tiempo que la recaudación baja. Una partida importante en la destrucción de capital será la obsolescencia tecnológica inducida, así como la pesada carga de una deuda global que crece mientras usted lee.

El quedarse en casa demuestra una verdad económica muy simple, que muchos economistas eluden: el que el núcleo de la vida material, la base de nuestro consumo y de toda inversión, es el trabajo humano. Las mercancías y servicios (incluidos los mortuarios), existen porque los ejecutan hombres y mujeres con sus habilidades adquiridas ex professo. En este sentido, para un inmenso grupo de trabajadores manuales o en actividades esenciales, quedarse en casa no es opción: hospitales y funerarias, trabajos asociadas a las comunicaciones, la energía, la seguridad pública.

Ahora bien, como el producto y las ganancias provienen del trabajo humano, hace rato que muchos estados y empresas propugnan por el retorno a las actividades normales (la “nueva normalidad”). Sólo que, para combatir al virus, hay que minimizar los contactos, es decir: ¡hay que quedarse en casa! Aquí hay también una guerra. No una guerra entre estados, sino la terca, testaruda lucha de clases. Quedarse en casa, con bienestar, sólo es una opción para quienes tienen una casa, ingresos acumulados o reciben salarios desde el home office. Trabajar en casa es entonces un privilegio, aunque la tendencia sea hacia su intensificación y posible precarización. Se trata de un privilegio, por la sencilla razón de que salir involucra más riesgo al contagio y potencialmente a la muerte. Para los de abajo, quedarse en casa es un infierno, y salir de casa un salto al vacío. Recordemos, los rezagados a la digitalización suman cientos de millones. Y la cuota de mortandad podrá ser muy pequeña en proporción, pero hay que recordar que todas las muertes son individuales y cuentan mucho, muchísimo, para sus deudos. De ahí el peso de la angustia que acompaña a toda guerra. El saldo final tendrá que tomar en cuenta a estos combatientes involuntarios, acorralados.

Los montones de muertos están allí, regados por todo el mundo. Hay contadores de muertos oficiales en tiempo real que nos lo recuerdan a cualquier hora. Además, nos empiezan a llegar noticias de infectados o muertos cercanos. En la ciudad, el barrio, el centro de trabajo. La infección se acerca. Puede llegar a la familia. La muerte puede olerse. Ya está aquí, a la vuelta de la esquina. Un recordatorio de Canetti a propósito de la muerte individual: “Sigo sin creerme que tengo que morir, pero lo sé”. Yo también lo sé.

* Marcos Aguila es profesor de la UAM Xochimilco.

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