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La sociedad del desconocimiento: ignorancia y violencia
Los discursos de los tecnoentusiastas dan por sentado que las tecnologías de la información y la comunicación permitirán el perfeccionamiento de la psique colectiva hasta su realización utópica en una Sociedad del Conocimiento, pero cada vez nos alejamos más del uso adecuado y constructivo de estas herramientas.
Por Carlos Armando Herrera Huerta
8 de junio, 2020
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Algunos dicen:

“La civilización que hemos construido todavía es frágil,

acabamos de salir de la noche.

Todavía vemos la imagen hostil de esos siglos de infortunio;

¿no sería mejor olvidarlos para siempre?

Las partículas elementales, Michel Houellebecq

 

Hablemos de violencia e ignorancia. Hace algunos días, en Venustiano Carranza, Chiapas, se viralizó rápidamente una publicación en Facebook y una cadena de WhatsApp que denunciaba un supuesto complot por parte del gobierno municipal para envenenar a sus pobladores con un herbicida dispersado por drones que sobrevolaban la comunidad. Se ponía en duda la existencia del SARS-COV2: la contingencia sanitaria no era más que una manipulación maquiavélica y genocida del gobierno municipal. Una multitud iracunda de treinta personas respondió a la convocatoria en redes. Se vandalizaron las viviendas de familiares del alcalde y algunas instalaciones del Ayuntamiento. Los trabajadores de la clínica rural abandonaron la unidad para resguardarse en sus domicilios ante el temor de un linchamiento.

Desde el inicio de la pandemia, hemos leído numerosos comentarios y fake news en plataformas digitales donde se expresan discursos escépticos y “conspiranoicos” sobre la existencia del COVID-19, que alientan a desatender las medidas de “sana distancia” e incluso incentivan la agresión al personal sanitario. Las redes sociales terminan imponiéndose como referentes legítimos e inequívocos de verdades absolutas. Basta con un tuit, una cadena de WhatsApp o una publicación en Facebook para que millones acepten, sin análisis crítico, una realidad fáctica o algún dato pseudocientífico.

La ignorancia es tan antigua como el conocimiento. Ya Platón hablaba del papel decisivo de la educación en nuestra visión del mundo en su célebre Alegoría de la caverna. Allí las sombras de lo desconocido representaban la única e irrevocable verdad para un grupo de hombres encadenados. La metáfora se mantiene vigente e inamovible, lo único que han cambiado son los grilletes -teléfonos celulares y redes sociales- que nos aprisionan en la ignominia. Los límites de conocimiento e ignorancia parecen borrarse a través de un análisis histórico. Seguimos creyendo en mitos contados a la luz de una pantalla. La percepción de la realidad, frágil y susceptible a distorsiones, la construimos a nuestra conveniencia.

No hablamos de la connotación negativa per se de la ignorancia. Nadie está exento de padecerla. Ignoramos un sinfín de campos de conocimientos, y así terminará siendo hasta el final de nuestros días. Nos referimos a una combinación más peligrosa y letal, es decir, la violenta ignorancia. Un estado anímico e intelectual de la colectividad resultado de otras terribles afecciones: miedo, desconfianza, memorias traumáticas y desigualdad social. Una enorme muchedumbre ciega y furibunda que se agita ante el más pequeño de los estímulos.

Los discursos de los tecnoentusiastas dan por sentado que las tecnologías de la información y la comunicación permitirán el perfeccionamiento de la psique colectiva hasta su realización utópica en una Sociedad del Conocimiento. No. Cada vez nos alejamos más del uso adecuado y constructivo de estas herramientas, para pasar a una Sociedad del Desconocimiento, una colectividad autocomplaciente que deglute toneladas de información vacua en la comodidad de sus sofás. Hambrientos de morbo, alentamos la producción desenfrenada de noticias falsas y conocimientos sin sustento.

El único tratamiento que podrá curar la milenaria fascinación humana por la ignorancia y la violencia, los mitos y las sombras proyectadas, es la de ejercer hasta la hipertrofia el raciocinio. La lanza, el fuego y la rueda nos permitió erigirnos como una especie civilizada y dominante, pero también, belicosa y sin respeto por la vida. Bajo esta dualidad veamos a las redes sociales: herramientas para el crecimiento y armas para la destrucción.

* Carlos Armando Herrera Huerta (@IAcetico) es residente de tercer año de psiquiatría en el Centro Médico Nacional Siglo XXI. Miembro activo de la Asamblea Nacional de Médicos Residentes, Comité Interinstitucional. Contacto: [email protected] FB: armandopowers.

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