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Las queremos vivas y las queremos libres e iguales
Quienes han dicho que quemar, romper y pintar no es la mejor forma de protestar, están equivocadxs. Las manifestaciones de poemas, flores, caminatas largas en silencio y performances artísticos parecen ser que no han funcionado suficientemente porque no han sido atendidas. Hoy es necesario tomar otras medidas,
Por Waquel Drullard
22 de agosto, 2019
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La concentración en la Glorieta Insurgentes el pasado viernes no fue una acción más en las que las mujeres salieron a las calles a pedir un alto a la violencia a la cual se ven expuestas todos los días por ser mujeres. Lo del pasado viernes fue un ejemplo del hartazgo, del cansancio total, de la amplia extenuación y un grito desde el alma de muchas mujeres que dijeron no más violencia feminicida, expresando su más profunda indignación y tomando el espacio público, el cual históricamente se la sido negado y catalogado como “peligroso” para ellas, para denunciar la violencia institucionalizada, la falta de voluntad política de las autoridades y evidenciar la complicidad del Estado con las múltiples violencias que sufren las mujeres en México, las cuales suceden en la oscuridad y en plena impunidad.

Las mujeres no solo son cuerpos de destino de las violencias patriarcales machistas, cuerpos que han sido sentenciados “naturalmente” a padecerlas por ser cuerpos de mujeres o sujetos feminizados, sino que también son socialmente condenados, criminalizados, vandalizados y culpabilizados por protestar, por alzar la voz, por hacerse presentes, por salir sin permiso de las jaulas de sus esposos, novios, padres, hermanos… por politizar sus cuerpos como territorios de lucha y no querer soportar más violencias machistas.

Las mujeres que salieron el pasado viernes a protestar lo hicieron en resistencia a los casi 10 feminicidios que en promedio pasan todos los días en total impunidad (en especial contra los 1,199 que van del año)1, salieron a gritar, pintar y romper cristales porque son ignoradas, no son escuchadas y lo hacen porque reclaman justicia por la vida de miles de niñas y mujeres que son abusadas y violadas en complicidad con la autoridad. Alzaron sus voces en resistencia al aumento de los abusos sexuales contra niñas y niños, cuya existencia no solo significa una atrocidad contra la dignidad sino ejemplos claros de injusticia, ya que estos se quedan en el 99% de impunidad.

Las mujeres marcharon y se hicieron presentes en contra del abuso sexual que sufre una de cada cuatro niñas antes de cumplir 18 años, según datos del INEGI2. También lo hicieron contra el acoso sexual, siendo México el número uno en América Latina en este tipo de violencia3. Rompieron banquetas, cristales y puertas, porque las instituciones que deben de procurar la justicia y reparar el daño, no lo hacen, incluso culpan a la víctima por “andar muy tarde en la noche, caminar o salir sola, ponerse una falda tan corta…”, las mujeres tomaron las calles porque ya no pueden caminar por ellas libremente, no quieren ser secuestradas y desaparecidas, porque si bien es cierto que en México la crisis de derechos humanos que experimenta el país es generalizada, aguda y sus afectaciones llegan a diversas poblaciones, también es cierto que a las mujeres y a las niñas las desaparecen por razones distintas: mientras más jóvenes, delgadas y altas4 es más probable que las desaparezcan, lo que nos da la oportunidad, de identificar quizás una posible relación entre este fenómeno y ciertos estereotipos de belleza basados en género.

Muchas de las mujeres y niñas desaparecidas (25 % a nivel nacional y 46 % en entidades como el Estado de México5) son víctimas de otro inexorable fenómeno, la trata de personas. Según el Informe Mundial sobre la Trata de Personas de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito de la ONU (2012), las mujeres y las niñas representan el 75% de todas las víctimas de tráfico detectadas globalmente y en la trata con fines de explotación sexual, representan 58%6, lo que quiere decir que las niñas y mujeres son las principales víctimas del tráfico humano, y más en un país como México, considerado como el segundo país después de Tailandia con más trata de personas7.

Las mujeres que el pasado viernes quemaron e hicieron arder de manera memorable y formidablemente la estación de policía como acción simbólica de la enferma participación y complicidad de Estado con la violencia sexual y de género hacia las mujeres, en específico contra la omisión institucional y los actos de tortura sexual cometidos por elementos de dicha institución, entre las que también está la Marina y el Ejercito, y en especial contra el tratamiento laxo de una violación a una joven de 17 años a mano de cuatro policías en semanas pasadas, lo hicieron como un recordatorio de que si se quieren erradicar las violencias contra las mujeres es necesario eliminar la vileza policial que habita de manera congénita en las instituciones de seguridad de este país.

Tan sólo recordemos el Informe de Amnistía Internacional, Sobrevivir a la Muerte: Tortura de Mujeres por Policías y Fuerzas Armadas en México8, el cual analiza los casos de 100 mujeres que han denunciado la tortura y las violencias de las cuales fueron objetos durante sus arrestos e interrogatorios de parte de la policía y las fuerzas armadas, demostrando que estas autoridades hacen uso ilegitimo de su poder, ejerciendo tortura y violencia contra las mujeres. Un ejemplo es que “el 72 % de las mujeres entrevistadas fueron manoseadas durante su detención, especialmente en pechos y genitales, el 91 % de ellas fueron amenazadas por las fuerzas policiales, durante el arresto, el 27 % de las mujeres les introdujeron algo vía vaginal, al 24 % en la boca y al 17 % vía anal, siendo los dedos, el pene y otros objetos lo más utilizado para ello y el 33 % de las mujeres entrevistadas denunciaron violación durante su detención. Principalmente por parte de la Marina, la Policía Municipal y la Policía Estatal”.

Lo del viernes no es solo por una violación, es por miles de violaciones y agresiones que cometen quienes se suponen que deben de protegernos; su quema es un llamado a la acción y a la sublevación nacional de todas las mujeres y todas las personas que viven en este país plagado de impunidad, corrupción e indiferencia a no soportar más violencias contras las niñas y mujeres.

Quienes han dicho que quemar, romper y pintar no es la mejor forma de protestar, están equivocadxs. Las manifestaciones de poemas, flores, caminatas largas en silencio y performances artísticos parecen ser que no han funcionado suficientemente porque no han sido atendidas. Hoy es necesario tomar otras medidas, pero no solamente porque las demás formas de protestas han resultado cortas, sino también porque la gravedad de la crisis generalizada y estructural de violencia, inseguridad ciudadana y la proliferación de graves violaciones de derechos humanos en todos los sectores y niveles de gobierno, a nivel nacional, atravesada por el casi inexistente acceso a la justicia y la común impunidad del 99.3% según el Índice Global de Impunidad México 20189, amerita que como ciudadanía, movimientos, colectivas y personas que habitamos este país, hagamos otras cosas. Es importante recordar también que el tema central no son las pintas ni los cristales rotos, sino las violencias y el asesinato cruel de miles de mujeres en nuestro país.

El sistema de justicia en México está colapsado. Los feminicidios, los abusos sexuales, los acosos, las desapariciones, las torturas, las agresiones han rebasado la capacidad de respuesta, frente a lo cual es fundamental tomar las calles, usar y alzar la voz. Hoy resulta vital para sobrevivir usar nuestra fuerza de presión y derrumbe, como lo han hecho muchas, como las sufragistas, en especial aquellas que se congregaron el 20 de junio de 1917 frente a la Casa Blanca exigiendo el derecho al voto; como lxs negrxs que marcharon de Selma a Montgomery en 1965 en contra de la discriminación racial del gobierno; como quienes caminaron en la Marcha de la Sal en la India en 1930 contra el imperialismo británico; como lxs jóvenes que protagonizaron los Disturbios de Soweto en Sudáfrica en 1976, hechos que motivaron reconocer el Apartheid como un sistema de discriminación cruel e inhumano que genera opresión, o también como las Mujeres de Liberia por la Paz que en 2003 se opusieron a las violaciones por razones de género, al uso de niñxs soldados y al desplazamiento masivo de personas en la guerra civil de dicho país. Hoy hay que despertar, hay que levantarnos, hay que salir y tomar la calle, hacer la lucha, prender la antorcha y poner el cuerpo, aclarar que no es provocación sino ganas de seguir vivas, porque #NosQueremosVivas, #LasQueremosVivas y #LasQueremosLibresEIguales.

* Waquel Drullard es activista, defensor de derechos humanos y trabaja en en la Dirección de Incidencia en la CNDH.

 

1 (2019). Infobae. México: el país feminicida: 1,199 mexicanas fueron asesinadas en lo que va de 2019. Recuperado aquí.

2 (2019). Animal Político. De mil denuncias de violencia sexual contra niñas y niños, solo uno llega a condena en México. Recuperado aquí.

3 (2018). HispanTV. México, primer lugar en acoso sexual en America Latina. Recuperado aquí.

5 (2018). IDHEAS e IMDHD. Diagnóstico: Mujeres desaparecidas en el Estado de México. Recuperado aquí.

6 (2012). UNODC. Informe Mundial sobre la Trata de Personas. Recuperado aquí.

7 (2013). BBC. México y el infierno de la trata de mujeres. Recuperado aquí.

8 (2018). AI México. Sobrevivir a la Muerte: Tortura de Mujeres por Policías y Fuerzas Armadas en México. Recuperado aquí.

9 (2018). UDLAP. Índice Global de Impunidad México 2018. Recuperado aquí.

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