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Los desamorados
El infinito desamor es ese niño que mete su cara en alguna reja oxidada y la sujeta con sus dos manos para poder mecerse mirándonos, lejanos, como desde otro planeta, donde el oxígeno del que todos hablan no llega.
Por María Cecilia Ghersi Picón
1 de agosto, 2020
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No hay más que una venganza y una absolución: la indiferencia.

Jorge Luis Borges

 

En la literatura, la poesía, el cine, la pintura, la escultura, la música y la filosofía hay una extensa gama de argumentos que explican las causas y consecuencias del desamor y entretejen sus enigmas y contradicciones en múltiples expresiones. En todas las artes el desamor abunda en el dolor y en todas se hace cada vez un enorme esfuerzo por no caer en lugares comunes ni en las típicas expresiones de frustración que generalizan un sentir que creemos único. Cada historia, cada parte sensible y humana queda impresa en una obra que se pretende ilustrar como única, que pretende expresarse con una enorme dignidad a pesar de que todos sabemos que el desamor es el más natural y común de los desencantos y se traduce como una sensación horrenda donde falta el aire, el cuerpo se comprime, se agota y desmoraliza. Este tema, sabemos, no es nada original, pero a veces parece diluirse en la brevedad de lo cotidiano.

En la política, que para muchos es un arte, el proceso de desencanto tampoco es muy original. Se carga de negación, del profundo desinterés que nace de las cenizas en cuanto los fuegos de la pasión se apagan y el espíritu creativo del discurso de los primeros encuentros va perdiendo toda la pauta que dicta el enamoramiento y va desembocando, sostenidamente, en consuelos de melancolía orquestada. Esta técnica es capaz de ir sanando la idealización que proporcionaba enormes entusiasmos físicos y mentales y es muy ágil disimulando las realidades más obvias. “El desamorado” se va conformando porque debe estar atento a sobrevivir. “No todo es amor y diversión en esta vida”, reza el dicho.

El desamor es inevitable porque se transforma y toda idea que creímos eterna se olvida si no se palpa, se esfuma si no se ve. El contrato emocional entre los que prometen y los que un día pretendieron exigir así lo pauta. La indiferencia, la ausencia y el olvido son formas de desamar. Los sueños más paradisiacos pierden el honor que la mente les proporciona y dan paso a otros caminos y a otros deberes ciudadanos. El arte de la política entonces logra simular, incluso crear los espacios mentales para que todo renazca una y otra vez sin tregua, sin el intermedio, sin el duelo, sin la posibilidad de examinar a fondo lo que realmente pasa o pasó alguna vez. Nada de esto sería novedoso si no es porque algunos insistimos en que la esperanza y el acuerdo colectivo debería ser explícito en sus acciones para el futuro.

Es julio de 2020, quizás ya es agosto, diciembre. A la pandemia le da igual, ella se crece y se encoge dependiendo del caso, de los organismos, de los cuerpos institucionales o humanos a los que se dedica a evidenciar. Los estalla contra la pared antes de llevarlos al final, pero algo muere más rápido en esta guerra y el nuevo escenario debería asomarnos a las ventanas de todos los que no las tienen, a los patios y terrazas donde debería deambular el aire y el sosiego de quienes parecen no merecer nada. Para ellos, a los que les prometieron amor a caudales, la cuarentena ha sido eterna, de años, de décadas, y tender la mano al que respira al lado no ha sido el gesto de la mayoría.

Desde un infinito desdén, los ciudadanos también aportamos al rompimiento, a la asfixia. Algunos pensaron que el (re)encierro de esos millones sería tan solo un momento más, un escalón más de sus planes de vida y se les hizo fácil insultarlos, enunciarlos, evidenciarlos, “desamorarlos”. ¡Desagradecidos! Gritaban ¡Nosotros si nos estamos cuidando (de ustedes) de todo! ¿Qué no entienden? ¿Acaso no ven las noticias? Que se encierren. Que se queden en la cárcel de la que salieron. Que nadie los vea, es mejor seguirlos negando, que se queden en el lugar sin oxígeno que les fue dado al nacer.

Ocupados, con conexión a la red, comprando vía remota “tiempo aire” (vaya ironía) la comida que llega a la puerta, lavándolo todo con mucha agua y alcohol, desinfectando muebles, agotados con los hijos sanos en casa, sumando días en los que se pudo salir a caminar por las zonas donde todos tienen la posibilidad económica de seguir sanos. Algunos con sueldo, quizás incompleto, pero sueldo al fin y con la posibilidad de almacenar en la memoria los sagrados alimentos de las tres comidas diarias. Hablando de películas sobre epidemias desde la comodidad de un mueble dispuesto para el descanso. Sumergidos en el remolino de la ceguera, viendo las redes para intervenir como jueces y expertos, sin ver las calles de estas agudas ciudades donde se instalan todas las pandemias, donde conviven la delincuencia y la basura desperdigada por todos lados, donde las mujeres temen a las banquetas oscuras y también continuar en casa y donde se deben administrar los virus que ella expulsa de sus entrañas como cuando las puertas del tren los empuja a los andenes como mercancía. El metro, ese que irradia la tensión, el cansancio, el sucio, el moho, el aire desencajado, nunca continuo, siempre adormecido, de millones de ciudadanos amontonados que hace mucho no han sido atendidos, ni tomados en cuenta. Son los desenamorados de siempre. Son los desencantados en los que todas las obras artísticas esculpen los argumentos.

La ausencia los habita, son la ganancia del olvido, de las campañas, de los apuros, de las selfies institucionales, de las pautas mediáticas, de la extrema ocupación de todos al teléfono, del descanso de muchos, los sobornos de otros y la libertad de quienes les señalan. El desamor es ese que les dice que los créditos en la web están listos para apoyar su desempleo mientras dura la pandemia, pero el internet no les llega por ninguna vía, es como el agua, que aún no llega donde el amor pudo hacer familias. La indiferencia es ese tenue desprecio que tilda de mediocres a los que antes de poder quedarse en casa están viendo cómo hidratar a un recién nacido, cómo alimentar siete bocas, cómo forrar con bolsas plásticas las goteras del techo, que enseñan a sus hijos cómo sostener ladrillos sin cemento y cómo transportar mercancía ya vencida.

El desamor es ese niño que nunca ha ido al recreo y por eso no lo extraña, el que nunca ha visto el horizonte en los brazos de sus padres sonriendo, el que nunca ha tenido un choco milk en el “refri” o en una tetera tierna esperándolo para las buenas noches. El olvido es el sucio que corre por las escaleras de sus barrios apretujados, de los baños compartidos por docenas, de los 30 metros cuadrados que corresponden a la mayoría. Es el aire que le sobra a los otros, el que se tragan cuando salen a suspirar en alguna azotea compartida donde ladran los perros de hambre y los gatos persiguen las ratas que corren aterradas cuando se incinera el basurero.

El infinito desamor es ese niño que mete su cara en alguna reja oxidada y la sujeta con sus dos manos para poder mecerse mirándonos, lejanos, como desde otro planeta, donde el oxígeno del que todos hablan no llega. Es ese que no sabe que cuando el cuerpo se comprime y se estremece es que algo que le correspondía no le ha sido dado y quizás nunca se enterará.

El desamor es esa diminuta letra que no leyeron de nuevo en el contrato.

* María Cecilia Ghersi Picón (@Machixblue) nació en Mérida, Venezuela. Estudió publicidad y realización cinematográfica en su  ciudad natal y terminó de especializarse en Edición Digital en Londres, Inglaterra. Trabajó en producción y  diseño de arte en varias productoras de Ciudad de México. Tiene más de 20 años ejerciendo la Gerencia de Medios, estrategia digital, edición y creación de contenidos  y lo turna con su taller de pintura experimental en “Ghersi Atelier” y la publicación de artículos y ensayos en diversos medios mexicanos y venezolanos.

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