México, atrapado entre las élites
close
Recibe noticias a través de nuestro newsletter
¡Gracias! Desde ahora recibirás un correo diario con las noticias más relevantes.
sync
México, atrapado entre las élites
Lejos de una renovación de la vida pública que impulsara nuevos liderazgos, caras y hasta formas de hacer política, lo que hemos visto en estos tres años es que no logramos salir de los mismos grupos que han gobernado al país durante los últimos 20 años.
Por José Antonio Cárdenas Rodríguez
26 de junio, 2022
Comparte

“México ya cambió” es una frase que se escucha en todos lados desde hace cuatro años. Al alcanzar la presidencia Andrés Manuel López Obrador con un partido nuevo, muchas personas pensamos que se había dado un quiebre en las élites que habían gobernado el país desde la transición democrática de 1997 y que el sistema político necesariamente tendría que cambiar para hacerle frente a la nueva hegemonía que se venía en puerta. Por un lado, parecía que Morena, al abanderar un discurso de transformación de la vida pública, se preocuparía por mostrar nuevos rostros e impulsar los nuevos liderazgos que le habían dado soporte desde su fundación en 2015. Por el otro, parecía casi ilógico que los partidos de oposición le apostaran a mostrar lo mismo de siempre cuando habían recibido un mensaje tan rotundo de un deseo de cambio. Hoy, a cuatro años de aquella elección, podemos decir que no fue el caso en ninguno de los lados.

La realidad es que lejos de una renovación de la vida pública que impulsara nuevos liderazgos, caras y hasta formas de hacer política, lo que hemos visto es que no logramos salir de los mismos grupos que han gobernado al país durante los últimos 20 años. Desde antes de asumir la presidencia, López Obrador y su partido asumieron una táctica que él mismo probó exitosa cuando fue presidente nacional del PRD en 1996: la de postular a quién fuere, sin importar si provenía de otro partido, siempre y cuándo tuviera oportunidad de ganar. En ese entonces y ahora ha probado ser una estrategia exitosa de crecimiento acelerado que se evita el proceso largo y tardado de construir un liderazgo desde cero, y que solamente le da nuevas siglas y color a alguien que ya puede aportar miles o millones de votos.

Del otro lado, la oposición no ha cambiado mucho su estrategia y ha candidateado a personas que difícilmente representan una alternativa y difícilmente responden a la exigencia de cambio de la ciudadanía. Teniendo la oportunidad de mostrarse como fuerzas políticas receptivas y emprender procesos de renovación en serio, que pusieran al frente nuevos liderazgos sociales que abanderaran causas que el grupo gobernante había dejado de lado, los partidos de oposición le apostaron a los cuadros de siempre, de alguna manera queriendo utilizar la misma estrategia de confiar en quien les pudiera asegurar votos ya y confiando en su operación política a nivel de piso que pudieran generar con alianzas basadas en compadrazgos, clientelas e intercambio de favores.

Observemos los perfiles de quiénes fueron las y los candidatos a las seis gubernaturas en disputa este año. El siguiente cuadro muestra el nombre de las personas que abanderaron las candidaturas de la coalición gobernante y la de oposición, su partido actual, su partido previo y el año de inicio de su carrera política. El resultado es bastante claro: con solo la excepción de la candidata de Morena a la gubernatura de Quintana Roo, absolutamente todas y todos los candidatos ya eran parte de la élite gobernante de sus respectivas entidades desde el PRI, el PRD o el PAN.

Prácticamente todos los partidos políticos tienen que confiar cada vez más en liderazgos locales que se encuentren fuertemente arraigados para hacerse competitivos en las elecciones. Actualmente no podríamos decir que las dirigencias nacionales de los partidos políticos de la coalición gobernante y opositora tendrían la fuerza para poner a raya a algún liderazgo local o marcarles agenda; si pierden su apoyo, pierden la posibilidad de hacerse competitivos. Esto implica por lo menos tres grandes riesgos, uno político, uno social y uno de seguridad.

El primero, el político, es reconocer que todos los partidos nacionales en México son tremendamente débiles como estructuras políticas. No hay un partido que sea capaz, desde su dirección nacional, de ponerle un freno al poder de sus liderazgos locales. Casos como los de Guerrero y Jalisco, donde Félix Salgado y Enrique Alfaro respectivamente pesan mucho más que las declaraciones de principios, programas de acción y agendas de Morena y Movimiento Ciudadano, muestran a qué grado son capaces de doblar a las estructuras nacionales que, se supone, les supervisan. Ningún partido (tal vez solamente con la excepción del PAN) ha logrado construir una marca que sea capaz de aportarle un valor agregado a una figura que sea bien vista por la ciudadanía. Los partidos en México se han convertido solamente en subastadores de candidaturas a cambio de espacios, contratos y clientelas.

El segundo, el social, es que indirectamente están reforzando la idea de que en México no es posible hacer política y ser relevante si no formas parte de un grupo de poder preexistente, y hacen más grande el hartazgo que ya mostró la ciudadanía en 2018. Es un mensaje sumamente desalentador para las personas que no prevenimos de un familia política y acaudalada, pero que queremos construir un mejor país. Esto es todavía peor si consideramos lo cerrado que es el sistema político mexicano que hace prácticamente imposible lograr el registro de un nuevo partido si no se cuenta con una estructura enorme previa. No es gratuito que las únicas organizaciones que lo han logrado han sido las que estaban respaldadas o por sindicados o por iglesias. Las candidaturas independientes también han sido mayoritariamente utilizadas por las élites que ya han gobernado y no logran impulsar nuevos liderazgos: el caso de 2018 es bastante claro donde se le otorga la candidatura a El Bronco, un miembro de las élites que hizo trampa, y se le niega a Mari Chuy, un nuevo liderazgo que quiso jugar derecho.

Finalmente el tercero, el de seguridad, es el que pudiera ser el más escalofriante. Darles todo el poder a las dinámicas y liderazgos locales implica aceptarlos con todas las alianzas y compromisos que éstos construyan. En una situación de normalidad democrática eso está bien, ya que finalmente hace que las personas que quieren gobernar negocien con las y los ciudadanos. Pero en el México de hoy eso implica aceptar las alianzas que se realicen con los grupos del crimen organizado de la zona. Está ampliamente documentada la influencia de los cárteles en las elecciones; el caso de Michoacán en 2021 es emblemático, pero no aislado a la realidad. Tan sólo las elecciones de este año en Tamaulipas se dieron en un ambiente de inseguridad e incertidumbre que solamente hacía crecer el rumor de que cada uno de los candidatos era respaldado por un cártel distinto que se disputaba el control del Estado. Los grupos del crimen organizado no se involucran en política por convicción ideológica o por una agenda social, lo hacen con el único propósito de poder tener influencia desde el gobierno estatal para continuar con impunidad su asalto brutal a la sociedad. El permitir que estas alianzas sigan pesando es consolidar un Narco-Estado en donde lo último que importa es la seguridad de la sociedad.

¿Qué se puede hacer ante tal escenario? Dejar de lado la estrategia fácil de confiar en las élites establecidas y apostarle por la construcción de una nueva política, con una agenda a la altura de las circunstancias, con nuevos rostros, pero sobre todo con una nueva manera de hacer política que salga de esta dinámica de élites. Este cambió ya sucedió una vez en México. Con la transición democrática que comenzó en 1989, la vida política de todo el país se comenzó a llenar de nuevos liderazgos dentro del PAN y el PRD, que estuvieron años sin ninguna posibilidad de ocupar ningún espacio y de repente podían responder a la demanda de renovación que el país comenzaba a exigir. Es una tragedia que sean las mismas personas que se vieron beneficiadas de aquella apertura las que hayan cerrado el sistema político y siguen emprendiendo esta dinámica.

El problema requiere una altura de miras que vaya más allá de la sobrevivencia de las nóminas, los contratos y los espacios que, tristemente, no se ve en ninguna de las dirigencias nacionales de los partidos de la coalición gobernante u opositora. Pero espero de verdad que alguna de ellas se dé cuenta que no es empoderando más al club de amistades que ha gobernado México por más de 20 años que van a lograr una mayor aceptación de la ciudadanía y que es abriendo el sistema político nuevamente y sus estructuras internas, apostándole a la renovación que la gente tanto quiere, que puede hacer que México escape al laberinto de las élites.

* José Antonio Cárdenas Rodríguez (@T_Cardenas_) es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y maestro en Políticas Públicas por la London School of Economics, Campeón Nacional de Debate Político y militante del PRD.

Lo que hacemos en Animal Político requiere de periodistas profesionales, trabajo en equipo, mantener diálogo con los lectores y algo muy importante: independencia. Tú puedes ayudarnos a seguir. Sé parte del equipo. Suscríbete a Animal Político, recibe beneficios y apoya el periodismo libre.

#YoSoyAnimal
Comparte
close
¡Muchas gracias!

Estamos procesando tu membresía, por favor sé paciente, este proceso puede tomar hasta dos minutos.

No cierres esta ventana.